miércoles, 12 de diciembre de 2012

"Vuestro Padre que está en los cielos no quiere que ni uno de estos pequeños se pierda" - San Juan Damasceno



Tú, Señor, me sacaste de los lomos de mi padre; tú me formaste en
el vientre de mi madre; tú me diste a luz niño y desnudo, puesto que
las leyes de la naturaleza siguen tu mandatos.


    Con la bendición del Espíritu Santo preparaste mi creación y mi
existencia, no por voluntad de varón, ni por deseo carnal, sino por
una gracia tuya inefable. Previniste mi nacimiento con un cuidado
superior al de las leyes naturales; pues me sacaste a la luz adoptándome
como hijo tuyo y me contaste entre los hijos de tu Iglesia santa
e inmaculada.

    Me alimentaste con la leche espiritual de tus divinas enseñanzas.
Me nutriste con el vigoroso alimento del cuerpo de Cristo, nuestro
Dios, tu santo Unigénito, y me embriagaste con el cáliz divino, o sea,
con su sangre vivificante, que él derramó por la salvación de todo el
mundo.

    Porque tú, Señor, nos has amado y has entregado a tu único y
amado Hijo para nuestra redención, que él aceptó voluntariamente,
sin repugnancia; más aún, puesto que él mismo se ofreció, fue destinado
al sacrificio como cordero inocente, porque, siendo Dios, se
hizo hombre y con su voluntad humana se sometió, haciéndose obediente
a ti, Dios, su Padre, hasta la muerte, y una muerte de cruz.

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