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sábado, 28 de enero de 2012

La Paciencia - Santo Tomás de Aquino


"Si buscas un ejemplo de paciencia, encontrarás el mejor de ellos en la cruz. Dos cosas son las que nos dan la medida de la paciencia: sufrir pacientemente grandes males, o sufrir, sin rehuirlos, unos males que podrían evitarse. Ahora bien, Cristo, en la cruz, sufrió grandes males y los soportó pacientemente, ya que en su pasión no profería amenazas; como cordero llevado al matadero, enmudecía y no abría la boca. Grande fue la paciencia de Cristo en la cruz: Corramos en la carrera que nos toca, sin retirarnos, fijos los ojos en el que inició y completa nuestra fe: Jesús, que, renunciando al gozo inmediato, soportó la cruz, despreciando la ignominia".


Santo Tomás de Aquino

Santo Tomás de Aquino, Doctor Universal de la Iglesia y Confesor - 28 de enero


Para conocer su hagiografía clickear sobre la imagen.

martes, 10 de mayo de 2011

Evangelio del día 10 de mayo de 2011


Evangelio según San Juan 6,30-35. Martes de la III Semana de Pascua

Y volvieron a preguntarle: "¿Qué signos haces para que veamos y creamos en ti? ¿Qué obra realizas?
Nuestros padres comieron el maná en el desierto, como dice la Escritura: Les dio de comer el pan bajado del cielo".
Jesús respondió: "Les aseguro que no es Moisés el que les dio el pan del cielo; mi Padre les da el verdadero pan del cielo;
porque el pan de Dios es el que desciende del cielo y da Vida al mundo".
Ellos le dijeron: "Señor, danos siempre de ese pan".
Jesús les respondió: "Yo soy el pan de Vida. El que viene a mí jamás tendrá hambre; el que cree en mí jamás tendrá sed.


Comentario:


"Yo soy el pan de la vida" - Santo Tomás de Aquino

Sión, alaba a tu Salvador; alaba a tu guía y pastor con himnos y cánticos.

Pregona su gloria cuanto puedas, porque Él está sobre toda alabanza, y jamás podrás alabarle lo bastante.

El tema especial de nuestros loores es hoy el pan vivo y que da vida.
El cual se dio en la mesa de la sagrada cena al grupo de los doce apóstoles en género de duda.
Sea, pues, llena, sea sonora, sea alegre, sea pura la alabanza de nuestra alma.
Pues celebramos el solemne día en que fue instituido este divino banquete.
En esta mesa del nuevo rey, la pascua nueva de la nueva ley pone fin a la pascua antigua.
Lo viejo cede ante lo nuevo, la sombra ante la realidad, y la luz ahuyenta la noche.
Lo que Jesucristo hizo en la cena, mandó que se haga en memoria suya.
Instruidos con sus santos mandatos, consagramos el pan y el vino, en sacrificio de salvación.

Santo Tomás de Aquino (1225-1274), teólogo dominico, doctor de la Iglesia
Secuencia para la fiesta del Corpus "Lauda Sion"

jueves, 10 de marzo de 2011

“Si un hombre tiene el deber de censurar a su Prelado” - Santo Tomás de Aquino


“Sin embargo, es preciso observar que si la Fe corre peligro, un subordinado debería censurar a su Prelado aunque sea en público. Por eso Pablo, que era subordinado de Pedro, lo censuró públicamente, a causa del inminente peligro de un escándalo concerniente a la Fe. (…)”
“No hay insolencia cuando uno piensa de sí mismo que es mejor en algún aspecto, porque en esta vida no hay nadie que no tenga algún defecto. Debemos recordar, además, que, cuando un hombre censura a su Prelado en espíritu de caridad, de ahí no se concluye que se considere mejor que él, si no más bien que ofrece su ayuda a alguien que, ‘por estar en una elevada posición entre vosotros, por eso mismo corre mayor riesgo’

Summa Theologica, Santo Tomás de Aquino

viernes, 28 de enero de 2011

¡Oh banquete precioso y admirable! - Santo Tomás de Aquino


De las obras de santo Tomás de Aquino, presbítero. Opúsculo 57, en la fiesta del Cuerpo de Cristo, lect. 1-4

El Hijo único de Dios, queriendo hacernos partícipe de su divinidad, tomó nuestra naturaleza, a fin de que hecho hombre, divinizase a los hombres.

Además, entregó por nuestra salvación todo cuan tomó de nosotros. Porque, por nuestra reconciliación ofreció, sobre el altar de la cruz, su cuerpo como víctima a Dios, su Padre, y derramó su sangre como precio de nuestra libertad y como baño sagrado que nos lava, para que fuésemos liberados de una miserable esclavitud y purificados de todos nuestros pecados.

Pero, a fin de que guardásemos por siempre jamás en nosotros la memoria de tan gran beneficio, dejó a los fie­les, bajo la apariencia de pan y de vino, su cuerpo, para que fuese nuestro alimento, y su sangre, para que fuese nuestra bebida.

¡Oh banquete precioso y admirable, banquete saluda­ble y lleno de toda suavidad! ¿Qué puede haber, en efecto, más precioso que este banquete en el cual no se nos ofrece, para comer, la carne de becerros o de machos cabríos, como se hacía antiguamente, bajo la ley, sino al mismo Cristo, verdadero Dios?

No hay ningún sacramento más saludable que éste, pues por él se borran los pecados, se aumentan las vir­tudes y se nutre el alma con la abundancia de todos los dones espirituales.

Se ofrece, en la Iglesia, por los vivos y por los difuntos para que a todos aproveche, ya que ha sido establecido para la salvación de todos.

Finalmente, nadie es capaz de expresar la suavidad de este sacramento, en el cual gustamos la suavidad espiri­tual en su misma fuente y celebramos la memoria del in­menso y sublime amor que Cristo mostró en su pasión.

Por eso, para que la inmensidad de este amor se imprimiese más profundamente en el corazón de los fieles, en la última cena, cuando, después de celebrar la Pascua con sus discípulos, iba a pasar de este mundo al Padre, Cristo instituyó este sacramento como el memorial perenne de su pasión, como el cumplimiento de las antiguas figuras y la más maravillosa de sus obras; y lo dejó a los suyos como singular consuelo en las tristezas de su ausencia.

Sacratísimo Cuerpo y Sangre - Santo Tomás de Aquino


Aquí me llego, todopoderoso y eterno Dios,
al sacramento de vuestro unigénito Hijo
mi Señor Jesucristo,
como enfermo al médico de la vida,
como manchado a la fuente de misericordias,
como ciego a la luz de la claridad eterna,
como pobre y desvalido al Señor
de los cielos y tierra.
Ruego, pues, a vuestra infinita bondad y misericordia,
tengáis por bien sanar mi enfermedad,
limpiar mi suciedad, alumbrar mi ceguedad,
enriquecer mi pobreza y vestir mi desnudez,
para que así pueda yo recibir el Pan de los Angeles,
al Rey de los Reyes, al Señor de los señores,
con tanta reverencia y humildad,
con tanta contrición y devoción,
con tal fe y tal pureza,
y con tal propósito e intención,
cual conviene para la salud de mi alma.
Dame, Señor, que reciba yo,
no sólo el sacramento
del Sacratísimo Cuerpo y Sangre,
sino también la virtud y gracia del sacramento
!Oh benignísimo Dios!,
concededme que albergue yo en mi corazón
de tal modo el Cuerpo de vuestro unigénito Hijo,
nuestro Señor Jesucristo,
Cuerpo adorable que tomó de la Virgen María,
que merezca incorporarme a su Cuerpo místico,
y contarme como a uno de sus miembros.
!Oh piadosísimo Padre!,
otorgadme que este unigénito Hijo vuestro,
al cual deseo ahora recibir encubierto
y debajo del velo en esta vida,
merezca yo verle para siempre,
descubierto y sin velo, en la otra.
El cual con Vos vive y reina en unidad del Espíritu Santo,
Dios, por los siglos de los siglos.

Amén

Santo Tomás de Aquino, Doctor Universal de la Iglesia y Confesor - 28 de enero

Para conocer su hagiografía clickear sobre la imagen.

miércoles, 1 de diciembre de 2010

Oh bienaventurada y dulcísima Virgen María - Santo Tomás de Aquino


Oh bienaventurada y dulcísima Virgen María, Madre de Dios, toda llena de misericordia, hija del Rey supremo, Señora de los Angeles, Madre de todos los creyentes: hoy y todos los días de mi vida, deposito en el seno de tu misericordia mi cuerpo y mi alma, todas mis acciones, pensamientos, intenciones, deseos, palabras, obras; en una palabra, mi vida entera y el fin de mi vida; para que por tu intercesión todo vaya enderezado a mi bien, según la voluntad de tu amado Hijo y Señor nuestro Jesucristo, y tú seas para mi, oh Santísima Señora mía, consuelo y ayuda contra las asechanzas y lazos del dragón y de todos mis enemigos.

Dígnate alcanzarme de tu amable Hijo y Señor nuestro Jesucristo, gracias para resistir con vigor a las tentaciones del mundo, demonio y carne, y mantener el firme propósito de nunca más pecar, y de perseverar constante en tu servicio y en el de tu Hijo. También te ruego, oh Santísima Señora mía, que me alcances verdadera obediencia y verdadera humildad de corazón, para que me reconozca sinceramente por miserable y frágil pecador, impotente no sólo para practicar una obra buena, sino aun para rechazar los continuos ataques del enemigo, sin la gracia y auxilio de mi Creador y sin el socorro de tus santas preces. Consígueme también, oh dulcísima Señora mía, castidad perpetua de alma y cuerpo, para que con puro corazón y cuerpo casto, pueda servirte a ti y a tu Hijo en tu Religión. Concédeme pobreza voluntaria, unida a la paciencia y tranquilidad de espíritu para sobrellevar los trabajos de mi Religión y ocuparme en la salvación propia y de mis prójimos. Alcánzame, oh dulcísima Señora, caridad verdadera con la cual ame de todo corazón a tu Hijo Sacratísimo y Señor nuestro Jesucristo, y después de él a ti sobre todas las cosas, y al prójimo en Dios y para Dios: para que así me alegre con su bien y me contriste con su mal, a ninguno desprecie ni juzgue temerariamente, ni me anteponga a nadie en mi estima propia. Haz, oh Reina del cielo, que junte en mi corazón el temor y el amor de tu Hijo dulcísimo, que le dé continuas gracias por los grandes beneficios que me ha concedido no por mis méritos, sino movido por su propia voluntad, y que haga pura y sincera confesión y verdadera penitencia por mis pecados, hasta alcanzar perdón y misericordia.

Finalmente te ruego que en el último momento de mi vida, tú, única madre mía, puerta del cielo y abogada de los pecadores, no consientas que yo, indigno siervo tuyo, me desvíe de la santa fe católica, antes usando de tu gran piedad y misericordia me socorras y me defiendas de los malos espíritus, para que, lleno de esperanza en la bendita y gloriosa pasión de tu Hijo y en el valimiento de tu intercesión, consiga de él por tu medio el perdón de mis pecados, y al morir en tu amor y en el amor de tu Hijo, me encamines por el sendero de la salvación y salud eterna. Amén.

miércoles, 24 de noviembre de 2010

La amistad y sus especies. Los amigos y lo que debe considerarse acerca de la amistad y de los amigos - Santo Tomás de Aquino


LECCIÓN I
Como la virtud es la base de la amistad, compete a la Filosofía moral el tratar de la amistad

1538. Después que el Filósofo estudió las virtudes morales, las intelectuales y la continencia, la cual es algo imperfecto en el género virtud, ahora consecuentemente estudia la amistad, que se funda sobre la virtud, como cierto efecto de la misma.

Primero, en un proemio propone el tema a tratar /1080/. Segundo comienza a estudiar la amistad /1090/.

Con respecto a lo primero hace dos cosas. Primero muestra que a la moral le compete tratar de la amistad. Segundo muestra lo que debe tratarse acerca de la amistad /1086/.

Con respecto a lo primero da seis razones para mostrar que debe referirse a la amistad.

Dice pues primero /1080/, que después de los temas abordados debe referirse a la amistad, estudiando lo que pertenece a la consideración de la filosofía moral y dejando de lado lo que compete a la filosofía natural sobre el tema. La primera razón para tratar de la amistad proviene de que la consideración de la virtud pertenece a la filosofía moral. Y la amistad es cierta virtud, en cuanto es un hábito electivo, como se dice más adelante 1: y se reduce al género de la justicia, en cuanto presenta proporcionalidad, como después se afirma 2, o al menos va acompañada de virtud, en cuanto la virtud es la causa de la verdadera amistad.

1539. Da la segunda razón /1081/,

A la filosofía moral incumbe considerar acerca de todas las cosas que son necesarias para la vida humana, entre las cuales la amistad es sumamente necesaria; tanto, que nadie bien dispuesto elegiría vivir de tal manera que tuviera todos los demás bienes exteriores sin tener amigos. Pues a aquellos que poseen bienes exteriores en grado sumo, a saber, riquezas, mando y poderío, parecen ser sumamente necesarios los amigos. En efecto, en primer lugar, para usar estos bienes, pues ninguna utilidad tienen los bienes de la fortuna si por ellos alguno de nada se beneficia. Pero un beneficio muy grande y muy ponderado se hace a los amigos. En segundo lugar para conservar tales bienes, que no pueden conservarse sin amigos, porque cuanto mayor es la buena fortuna menos segura es, ya que muchos están al acecho de la misma. Pero no sólo en la buena fortuna son útiles los amigos, sino también en la situación contraria.

1540. Pues en la pobreza los hombres estiman que los amigos son un singular refugio. Luego, en cualquier situación de la fortuna los amigos son necesarios. Asimismo, es necesaria la amistad en los jóvenes pues por los amigos se abstienen del pecado, pues los jóvenes según sí mismos son propensos a las concupiscencias de los deleites, como se dijo en el Libro séptimo 3. A los ancianos, en cambio, les son útiles los amigos para complacerlos o servirlos debido a sus deficiencias corporales, y porque fallan en sus acciones debido a su debilidad, les son necesarios como una ayuda. Y a aquellos que están en la plenitud, es decir, en su edad adulta, les son útiles para llevar a cabo buenas acciones, pues cuando dos coinciden son más poderosos. Y en la actividad que es la especulación intelectual, en tanto que uno ve lo que otro no puede ver. Y para hacer cosas exteriores, en lo cual uno es en mayor medida auxiliado por otro. Y así queda claro que ha de tratarse de la amistad como de una cosa necesaria para todos.

1541. La tercera razón /1082/,

Dice que también hay una amistad según la naturaleza, entre el que genera y lo generado, y que es así no sólo en los hombres sino también en las aves que manifiestamente por largo tiempo se dedican a la crianza de la prole, como asimismo en los demás animales. También hay una amistad natural entre los que pertenecen a una misma familia o especie en cuanto participan de las costumbres y de la mutua compañía. Y la más grande es la amistad natural que hay entre todos los hombres entre sí, según la semejanza de la naturaleza de la especie. Por eso elogiamos a los filántropos, es decir, a los que aman a los hombres, como cumpliendo eso que es natural para el hombre, tal como aparece sobre todo cuando uno yerra el camino y pregunta aun al desconocido y extraño por el camino perdido, como si todo hombre fuera naturalmente familiar y amigo para todo hombre. Ahora bien, las cosas que son naturalmente buenas deben ser consideradas por la moral. De esta manera debemos ocuparnos de la amistad.

1542. La cuarta razón /1083/,

Dice que por medio de la amistad parecen conservarse las ciudades, de allí que los legisladores procuren más conservar la amistad entre los ciudadanos que incluso a la justicia, a la cual a veces suspenden, como en las penas que deben inferirse, por no levantar disensiones. Y esto se hace patente porque la concordia se asimila a la amistad. En efecto, los legisladores desean sobre todo que exista la concordia, y ahuyentan sobre todo las contiendas entre los ciudadanos, como enemigas de la salud de la ciudad. Y porque toda la filosofía moral parece ordenarse al bien civil, como se dijo al comienzo 4, a la moral pertenece considerar la amistad.

1543. La quinta razón /1084/,

Dice que si hay amistad en nada se necesitaría la justicia propiamente dicha, porque los amigos tendrían todas las cosas como si fueran comunes, ya que el amigo es como otro yo y no hay justicia para consigo mismo. Pero aunque sean justos, no obstante necesitan la amistad entre sí. Y aquello que es máximamente justo parece ser conservador y restaurador de la amistad. Luego a la moral compete mucho más considerar la amistad que la justicia.

1544. La sexta razón /1085/,

Dice que al tratar de la amistad ha de considerársela no sólo porque es algo necesario para la vida humana, sino también porque es cierto bien, a saber, un bien laudable y honesto. Ponderamos a los filófilos, es decir, a los que aman a los amigos, y la polifilia, es decir, la amistad entre muchos, pues parece ser algún bien, en cuanto hay quienes estiman que son los mismos los varones buenos y los amigos.

1545. Luego /1086/,

Muestra las cosas que han de considerarse sobre la amistad.

Primero sale al paso de cierta duda que aparece sobre la amistad. Segundo muestra cuáles dudas deban determinarse acerca de la amistad /1088/. Tercero excluye un error que algunos sustentan /1089/.

Con respecto a lo primero hace dos cosas. Primero expone diversas opiniones sobre la amistad en las cosas humanas. Segundo en las cosas naturales /1087/.

Dice pues primero /1086/, que no pocas dudas hay acerca de la amistad, lo cual se manifiesta, en primer lugar, por las diversas opiniones existentes. Hay quienes quieren que la amistad sea cierta semejanza y que los que se asemejan sean mutuamente amigos. Y para ello invocan el proverbio que dice que lo similar va hacia lo similar, el grajo hacia el grajo (que es un ave gregal, como el estornino ), e invocan otros proverbios parecidos. Otros en cambio dicen por el contrario, que todos los alfareros están en contra unos de otros, en cuanto uno impide que el otro gane. Pero la verdad de la cuestión es que lo similar, formalmente hablando, es amable. Mas el odio se tiene por accidente, en cuanto es un impedimento del propio bien.

1546. Luego /1087/,

Expone sobre lo mismo opiniones contrarias acerca de las cosas naturales. Dice que acerca de esta misma cuestión hay quienes buscan algo superior, o sea, más elevado y naturalmente mejor, como Eurípides, que dijo que la tierra desecada desea la lluvia, cuasi amando lo contrario de sí, y que el cielo majestuoso por su dignidad, cuando está henchido de lluvia desea caer sobre la tierra, o sea, enviar lluvia a la tierra, lo cual es contrario a su altura y plenitud. Heráclito dijo también que lo contrario es provechoso a lo contrario, como para el hombre superacalorado es beneficioso el frío, en cuanto por cosas diferentes y contrarias se lleva a cabo una óptima armonía o combinación. Pero dijo que lo contrario es útil en cuanto todas las cosas se han producido según una contienda, por la cual los elementos antes confundidos se han distinguido. Pero hubo otros que dijeron lo contrario de estas opiniones, y principalmente Empédocles, quien afirmó que lo similar apetece lo similar a sí mismo.

1547. Mas la duda se resuelve del mismo modo, pues lo similar, hablando formalmente, es naturalmente deseable; pero por accidente se desea lo contrario, en cuanto es útil y medicinal, como se dijo al referirse a los deleites corporales 5.

1548. Luego /1088/,

Muestra cuáles dudas deben determinarse sobre la amistad. Dice que las cuestiones naturales deben dejarse de lado, porque no son propias de la presente investigación. Pero algunas son humanas, como las pertinentes a las costumbres y pasiones humanas, y de éstas nos ocuparemos; así veremos si es posible que haya amistad en todos los hombres, o no podría haberla en los malos; y si hay una o varias especies de amistad.

1549. Luego /1089/,

Excluye el error de quienes estimaban que habría una sola especie de amistad, porque todas las especies de amistad son comparables según lo más y lo menos, como cuando decimos que más grande amistad es la honesta que la útil. Pero él mismo dice que no se basaron en un signo suficiente, pues también los casos que difieren por la especie admiten lo más y lo menos, en cuanto convienen en el género, como si dijéramos que lo blanco es más coloreado que lo negro; o según analogía, como si dijéramos que el acto es mejor que la potencia y la sustancia que el accidente.

1550. Por último dice que ha hablado de lo que pertenece a las cosas humanas en relación a la amistad, o sea, ha comenzado el tema tratando lo antedicho.

LECCIÓN II

Muestra cuál es el objeto de la amistad, que es un bien; plantea dos dudas al respecto y las resuelve

1551. Después que el Filósofo en el proemio mostró que ha de estudiar la amistad y qué cosas ha de tratar acerca de ella, ahora comienza a referirse a la misma.

Primero muestra qué sea la amistad /1090/. Segundo distingue sus especies, /1100/. Tercero, al comienzo del Libro noveno, da las propiedades de las especies de amistad /1260/.

Con respecto a lo primero hace dos cosas. Primero busca las cuatro partes de la definición de amistad. Segundo concluye dando la definición de amistad /1099/.

Primero investiga la parte que proviene del objeto, y hace tres cosas. Primero muestra el objeto de la amistad. Segundo plantea una duda /1091/. Tercero da la solución /1092/ .

Dice pues primero /1090/ que tal vez se esclarezcan algo las cuestiones precedentes si conociéramos qué es lo amable que es el objeto del amor por el cual se dice la amistad.

1552. Pues no se ama indiferentemente cualquier cosa, ya que no se ama el mal en cuanto mal. En cambio, se ama lo amable, que es un bien por sí mismo, o sea, honesto, o deleitable, o útil. Pero esto tercero, lo útil, parece ser aquello por lo cual se llega al bien honesto y deleitable, que son por sí mismos amables como fines. Pero el bien útil es amable en razón de otra cosa, como eso que es para el fin. Pero si el bien y lo deleitable se toman en común, no se distinguirían entre sí por el sujeto sino sólo por la razón. Pues decimos que algo es un bien en cuanto es en sí mismo perfecto y apetecible.

Pero algo es deleitable según que en él se aquieta el apetito. Pero ésta no es la manera como aquí se toma el bien, sino que dice que el bien verdadero del hombre es el que le conviene según la razón, pero el bien deleitable es el que le es conveniente según el sentido.

1553. Luego /1091/,

Plantea una duda al respecto, que consiste en saber si los hombres aman lo que es un bien en absoluto o lo que es un bien para ellos, pues a veces ambos no coinciden entre sí, como filosofar es un bien en absoluto, sin embargo, no lo es para aquél que carece de lo necesario. La misma duda se plantea con respecto al bien deleitable, pues algo deleitable en absoluto -como lo dulce- no es deleitable para aquél que tiene el sentido del gusto alterado.

1554. Luego /1092/,

Resuelve dicha cuestión dando primero la solución. Dice que cada cual parece amar lo que es un bien para sí, porque cualquier potencia es atraída al objeto proporcionado a la misma, así la vista de cada uno ve lo que es visible para la misma. Y como lo amable en absoluto es lo que es un bien en absoluto, así a cada cual le es amable lo que es un bien para sí.

1555. En segundo lugar /1093/,

Objeta en contra diciendo que cada hombre ama, no lo que es un bien para sí, sino lo que le parece un bien, pues el apetito no es atraído hacia algo sino en cuanto es aprehendido. De allí que parece ser falso que para cada cual sea amable lo que es un bien para sí.

1556. En tercer lugar /1094/,

Contesta diciendo que esto nada cambia lo propuesto, pues como se ama algo que aparece ser un bien, se lo ama como un bien para sí. De allí que pueda decirse que lo amable es también el bien aparente.

1557. La segunda parte pertenece a la cualidad del amor /1095/.

Dice que como son tres las cosas en razón de las cuales aman los hombres, a saber, el bien, lo deleitable y lo útil, en aquél amor por el cual se dice que el hombre ama lo inanimado, como el vino o el oro, no se dice que hay amistad. Y lo muestra de doble manera. Primero porque en tal amor no puede haber la correspondencia que se requiere para la amistad, pues el vino no ama al hombre como el hombre ama el vino. Segundo porque no amamos lo inanimado de manera tal que tengamos voluntad del bien del mismo, pues sería ridículo decir que alguien querría el bien del vino, sino que este bien que es el vino, el hombre lo quiere para sí. De allí que por amar el vino no parece el hombre ser benévolo con el vino, sino consigo mismo.

1558. Y si alguien dijera que hay quien quiere el bien del vino, porque quiere conservarlo, ha de considerarse que el hombre quiere salvar el vino para tenerlo, y así no quiere la salud del vino en cuanto es el bien del vino sino en cuanto es el bien de sí mismo. Lo cual va en contra de la razón de amistad. Pues decimos que debemos querer el bien del amigo en razón de éste y no por el bien del que ama.

1559. La tercera parte corresponde a la alternancia del amor /1096/.

Dice que si uno quisiera un bien para alguien en razón de ese alguien, decimos que es benévolo, pero no que es amigo si no hiciera algo por aquél, esto es, que el amado quisiera un bien para el amante por este mismo, pues decimos que la amistad es benevolencia recíproca, de tal manera que el que ama sea amado. Pues hay cierta conmutación del amor según la forma de la justicia conmutativa.

1560. La cuarta parte proviene de la condición del amor mutuo /1097/.

Dice que debe añadirse para completar la razón de amistad, que sea una benevolencia mutua no oculta, pues muchos son benévolos con quienes nunca vieron, en cuanto por lo que han oído estiman que se trata de seres equitativos, o sea, virtuosos o recíprocamente útiles /1098/. Y puede ser que lo mismo experimentase alguno de aquellos con respecto al que es de esta manera benévolo. Luego estos hombres parecen ser benévolos entre sí pero no pueden decirse amigos, cuando la disposición en que mutuamente se encuentren sea oculta.

1561. Luego /1099/,

Concluye de lo dicho, la definición de amistad. Dice que a la razón de amistad corresponde que por ella algunos se quieran bien entre sí, que esto no sea oculto para ellos y que ocurra solamente en razón de algo de lo dicho, es decir, en razón del bien, lo deleitable, o lo útil.

LECCIÓN III

Dividido el bien en sus diferencias o especies, a saber, en honesto, útil y deleitable muestra que la amistad útil y la deleitable son amistades por accidente y que fácilmente se disuelven

1562. Una vez que el Filósofo mostró qué es la amistad, ahora distingue las especies de amistad. Con respecto a lo cual hace dos cosas.

Primero distingue las especies de amistad /1100/. Segundo muestra en qué especies de amistad tienen lugar las acusaciones o reproches /1328/.

Con respecto a lo primero hace dos cosas. Primero distingue las especies de la amistad que se salvaguarda en la igualdad de las personas. Segundo distingue las especies de la amistad que se da entre personas desiguales 1152/.

Con respecto a lo primero hace dos cosas. Primero distingue las especies de amistad. Segundo muestra que consisten en cierta igualdad /1150/.

Con respecto a lo primero hace tres cosas. Primero distingue las especies de amistad. Segundo las estudia por comparación al acto de amistad /1128/. Tercero por comparación al sujeto de la misma /1138/.

Con respecto a lo primero hace dos cosas. Primero hace la distinción de especies. Segundo las estudia en particular /1101/.

1563. Dice pues primero /1100/ que, como haya tres cosas amables, cual se dijo 6: a saber, el bien o lo honesto en sentido absoluto, lo deleitable y lo útil que difieren entre sí por la especie, no como tres especies dividiendo de acuerdo a lo igual un género, sino que se tienen según lo anterior y lo posterior. Y porque los actos se diversifican según la diferencia de sus objetos, en consecuencia, los amores difieren en especie de acuerdo a estas tres cosas: una es la especie de amor por la cual algo es amado en razón de un bien, otra es la especie por la cual algo es amado en razón de lo deleitable, y otra diferente, en razón de la utilidad y porque el acto de amistad es el amor; en consecuencia, también hay tres especies de amistad, en número igual al de las especies de lo amable. Una es la amistad en razón de lo honesto, que es un bien en sentido absoluto, otra, en razón de lo deleitable, y otra, en razón de lo útil.

1564. Pues en cada una de ellas se salvaguarda la razón de amistad dada anteriormente, porque según cada una de las tres puede haber entre algunos una correspondencia no oculta. Y según esos tres bienes pueden quererse mutuamente los amigos conforme a lo que aman, como si se aman en razón de la virtud, querrán recíprocamente entre sí el bien de la virtud, si en razón de lo útil, querrán recíprocamente entre sí un bien útil, si en razón de un deleite, lo deleitable.

1565. Luego /1101/,

Estudia dichas especies de amistad, que no se contienen igualmente bajo la amistad, sino según lo anterior y lo posterior.

Para lo cual hace tres cosas. Primero estudia la amistad para lo útil y en lo deleitable, que participan de la amistad por una razón posterior. Segundo estudia la amistad que concierne a lo honesto que es un bien en sentido absoluto, al cual primero y por sí pertenece la razón de amistad /1109/. Tercero compara las demás especies a ésta /1120/.

Con respecto a lo primero hace dos cosas. Primero muestra cuáles sean las especies imperfectas de amistad. Segundo a quiénes competen /1103/.

Con respecto a lo primero hace dos cosas. Primero muestra que la amistad útil y la deleitable son amistades por accidente. Segundo muestra que son amistades fácilmente disolubles /1102/.

1566. Dice pues primero /1101/, que entre los que se aman recíprocamente en razón de una utilidad, el uno no ama al otro en razón del otro mismo, sino según que por el otro recibe para sí algún bien. Y es similar entre los que se aman en razón de un deleite. Pues no ama uno al otro en razón de ser de tal manera dispuesto, por ejemplo, por ser eutrapélico, es decir, por comportarse virtuosamente en las actividades lúdicas, sino que lo ama sólo en cuanto le resulta deleitable. Así queda claro que tanto los que aman en razón de lo útil, aman en razón de un bien que se ofrece para ellos, como los que aman en razón de un deleite, aman en razón de lo deleitable que perciben. Y así no aman al amigo según lo que en sí mismo es, sino según lo que a él le acaece, a saber, según que es útil o deleitable. De allí resulta claro que estas amistades no son amistades por sí sino por accidente porque no es amado el hombre según lo que en sí mismo es sino según la utilidad o el deleite.

1567. Luego /1102/,

Muestra que estas amistades son fácilmente disolubles. Pues se deben a algo que acaece en los hombres que son amados, en lo cual los hombres no permanecen siempre iguales a sí mismos, como no siempre el mismo hombre es deleitable o útil. Luego, cuando los que eran así amados dejan de ser deleitables o útiles, sus amigos los dejan de amar. Lo cual se ve sobre todo en la amistad en lo útil, pues no siempre lo mismo es útil para el hombre, sino una y otra cosa, según los diferentes tiempos y lugares, como en la enfermedad es útil el médico, en la navegación el marino y así en otras cosas. Luego, porque la amistad era tenida no al hombre según él mismo, sino a la utilidad que por él existe, en consecuencia, disuelta la causa de la amistad, también ésta se disuelve Y algo similar ocurre en la amistad en torno al deleite.

1568. Luego /1103/,
Muestra a quiénes competen estas amistades.

Primero muestra a quiénes compete la amistad en lo útil. Segundo a quiénes compete la amistad en lo deleitable /1106/.

Dice que hay tres tipos de hombres a quienes compete la amistad en lo útil. Considera primero que tal amistad parece darse sobre todo en los ancianos, que no buscan lo deleitable a causa del deleite de su cuerpo y de los sentidos, sino que buscan lo útil, en cuanto lo necesitan para subvenir a una naturaleza ya deficiente.

1569. En segundo lugar /1104/,

Dice que esta amistad compete a los adolescentes y a los hombres jóvenes que buscan lo útil. En efecto, éstos no son en general tales que se amen mutuamente, ni tampoco que convivan pues a veces ni son deleitables recíprocamente, ni uno necesita la compañía del otro, sino sólo se buscan por motivos de utilidad. Pues en tanto la compañía mutua les es deleitable, en cuanto por esto tienen alguna esperanza de un bien para el cual les es útil tal compañía.

1570. En tercer lugar /1105/,

Dice que hay quienes reducen la amistad de los peregrinos, al tipo de amistad en razón de una utilidad, pues parecen amarse entre sí en razón de la utilidad que uno recibe del otro en su peregrinación.

1571. Luego /1106/,

Muestra a quiénes compete la amistad en lo deleitable.

Con respecto a lo cual hace dos cosas. Primero muestra a quiénes compete esta amistad diciendo que la amistad debida al deleite parece ser sobre todo la de los jóvenes, pues viven según que son atraídos por las pasiones, no habiéndose aún robustecido en ellos el juicio de la razón, por el cual aquellas son ordenadas. Y porque todas las pasiones terminan en deleite y en tristeza, como se dijo en el Libro segundo 7; en consecuencia los jóvenes persiguen sobre todo lo que les resulta deleitable en el momento, pues las pasiones pertenecen a la parte sensitiva, que mira sobre todo a lo presente. Pero amar aquello que es productivo de deleite en el futuro, ya se acerca a la razón de lo útil.

1572. En segundo lugar /1107/,

Muestra que las amistades debidas al deleite son fácilmente mudables, por dos motivos. Primero de parte de lo deleitable, ya que pasando la edad se tienen otros deleites, pues los niños, los adolescentes y los jóvenes no se deleitan en las mismas cosas, y por eso los tales se hacen amigos fácilmente y fácilmente dejan de serlo, porque junto con el cambio de lo deleitable pasa la amistad. Y el deleite del joven pronto cambia porque toda su naturaleza consiste en cierta transmutación.

1573. En segundo lugar /1108/,

Muestra lo mismo de parte de los que se aman. Dice que los jóvenes son enamoradizos, es decir, prontos y vehementes en el amor, porque aman no por elección sino según la pasión y en tanto desean el deleite. Por eso aman vehementemente con ahínco. Y porque la pasión fácilmente pasa, como también fácilmente sobreviene, de allí que los tales, como fácilmente comienzan a amar así prontamente dejan de hacerlo y muchas veces en un mismo día traban y disuelven una amistad. Pero mientras la amistad dura, los tales quieren convivir y estar juntos todo el día, en cuanto son deleitables el uno para el otro, pues de este modo se dispone en ellos la amistad.

1574. Luego /1109/,

Estudia la amistad en sentido principal, que se debe al bien de la virtud. Primero explica que esta amistad es perfecta. Dice que la amistad propia de los buenos y de los que se asemejan entre sí según la virtud, es la amistad perfecta.

1575. En segundo lugar /1110/,

Prueba lo dicho mostrando las condiciones de esta amistad.

Primero muestra que esta amistad es por sí y no por accidente. Segundo muestra que nada le falta /1113/. Tercero que es rara /1167.

Con respecto a lo primero hace tres cosas. Primero muestra que dicha amistad es por sí y no por accidente /1110/, pues los que son semejantes en la virtud, quieren mutuamente el bien del otro en cuanto son buenos. Y son buenos en sí mismos, pues la virtud es cierta perfección que hace bueno al hombre y a su actuación. Luego, se hace patente que lo tales quieren el bien mutuo según sí mismos. De allí que su amistad sea una amistad por sí.

jueves, 18 de noviembre de 2010

Me saciaré de tu semblante - Santo Tomás de Aquino


Conferencia sobre el Credo, Opuscula Theologica 2

Adecuadamente termina el Símbolo, resumen de nuestra fe, con aquellas palabras: «La vida perdurable. Amén». Porque esta vida perdurable es el término de todos nuestros deseos.

La vida perdurable consiste, primariamente, en nuestra unión con Dios, ya que el mismo Dios en persona es el premio y el término de todas nuestras fatigas: Yo soy tu escudo y tu paga abundante.

Esta unión consiste en la visión perfecta: Ahora vemos confusamente en un espejo; entonces veremos cara a cara. También consiste en la suprema alabanza, como dice el profeta: Allí habrá gozo y alegría, con acción de gracias al son de instrumentos.

Consiste, asimismo, en la perfecta satisfacción de nuestros deseos, ya que allí los bienaventurados tendrán más de lo que deseaban o esperaban. La razón de ello es porque en esta vida nadie puede satisfacer sus deseos, y ninguna cosa creada puede saciar nunca el deseo del hombre: sólo Dios puede saciarlo con creces, hasta el infinito; por esto, el hombre no puede hallar su descanso más que en Dios, como dice san Agustín: «Nos has hecho para ti, Señor, y nuestro corazón no hallará reposo hasta que descanse en ti».

Los santos, en la patria celestial, poseerán a Dios de un modo perfecto, y, por esto, sus deseos quedarán saciados y tendrán más aún de lo que deseaban. Por esto, dice el

Señor: Entra en el gozo de tu Señor. Y san Agustín dice: «Todo el gozo no cabrá en todos, pero todos verán colmado su gozo. Me saciaré de tu semblante; y también: El sacia de bienes tus anhelos».

Todo lo que hay de deleitable se encuentra allí superabundantemente. Si se desean los deleites, allí se encuentra el supremo y perfectísimo deleite, pues procede de Dios, sumo bien: Alegría perpetua a tu derecha.

La vida perdurable consiste, también, en la amable compañía de todos los bienaventurados, compañía sumamente agradable, ya que cada cual verá a los demás bienaventurados participar de sus mismos bienes. Todos, en efecto, amarán a los demás como a sí mismos, y, por esto, se alegrarán del bien de los demás como el suyo propio. Con lo cual, la alegría y el gozo de cada uno se verán aumentados con el gozo de todos.

sábado, 13 de noviembre de 2010

La superstición - Santo Tomás de Aquino


Vamos a hablar ahora de los vicios opuestos a la religión (q.81 intr), y, en primer lugar, de los que coinciden con ella en lo de dar culto a Dios. En segundo lugar, de los vicios manifiestamente contrarios a la religión, por su desprecio de lo que al culto de Dios se refiere. Los primeros constituyen la superstición. Los segundos, la irreligiosidad. Por tanto, estudiaremos primeramente la superstición y sus especies, para considerar después la irreligiosidad y las partes de la misma (q.97).

Acerca de lo primero hacemos dos preguntas:

1. ¿La superstición es un vicio contrario a la religión?
2. ¿Tiene muchas partes o especies?Artículo 1: ¿La superstición es un vicio contrario a la religión? lat

Objeciones por las que parece que la superstición no es un vicio contrario a la religión.

1. Un contrario no entra en la definición de otro contrario. Pero la religión entra en la definición de la superstición, pues se dice que la superstición es el exceso en la práctica de la religión, conforme a las palabras de la Glosa sobre aquel texto de Col 2,23: Son cosas que para la superstición implican cierta especie de sabiduría. Luego la superstición no es un vicio opuesto a la religión.

2. San Isidoro escribe en el libro de las Etimologías: Se ha dado el nombre de supersticiosos, dice Cicerón, a los que se pasaban los días suplicando y ofreciendo sacrificios para que sus hijos les «sobreviviesen» («superstites» fierent). Pero esto puede hacerse igualmente en el culto del Dios verdadero. Luego la superstición no es un vicio opuesto a la religión.

3. La superstición parece implicar algún exceso. Pero en la religión no puede haber exceso, porque, como antes se dijo (q.81 a.3 ad 3), no nos es posible, ateniéndonos a las exigencias de la religión, pagar con igualdad a Dios todo lo que le debemos. Luego la superstición no es un vicio opuesto a la religión.

Contra esto: está lo que dice San Agustín en el libro De decem chordis: Tocas la primera cuerda, aquella con la que damos culto a Dios, y cae por tierra la bestia de la superstición. Pero el culto al único Dios es algo propio de la religión. Luego la superstición se opone a la religión.
Respondo: Que, como antes expusimos (q.81 a.5 ad 3), la religión es una virtud moral. Y que toda virtud moral, conforme a lo dicho (1-2 q.64 a.1), consiste en el justo medio, por lo que a las virtudes morales se oponen dos clases de vicios: unos por exceso y otros por defecto. Ahora bien: el exceso con respecto al justo medio de las virtudes puede darse no tan sólo en la circunstancia de cantidad, sino también en las otras. De ahí el que en algunas virtudes, por ejemplo, en la magnanimidad y en la magnificencia, el vicio excede el justo medio de la virtud, no por tender a un bien mayor que el que busca la virtud, pues más bien se orienta hacia un bien menor. Sobrepasa, sin embargo, el justo medio de la virtud, en cuanto que hace algo a favor de quien no debe o cuando no debe, o falta en alguna otra circunstancia en casos por el estilo, como consta por lo que dice el Filósofo en el IV Ethic.. Así, pues, la superstición es un vicio opuesto a la religión por exceso, no porque ofrezca a Dios más, en lo que a culto divino se refiere, que lo que la verdadera religión le ofrece, sino por el hecho de rendir culto divino a quien no debe o del modo que no debe.
A las objeciones:

1. Lo mismo que, metafóricamente hablando, llamamos bueno a lo malo, por ejemplo, cuando decimos buen ladrón, de la misma manera aplicamos alguna vez los nombres de las virtudes en sentido traslaticio a hábitos malos. Tal sucede cuando llamamos a veces prudencia a la astucia, como en aquel texto de Lc 16,8: Los hijos de este siglo son más prudentes que los hijos de la luz. Y así es como a la superstición se la llama religión.

2. Una cosa es la etimología del nombre y otra su significado. La etimología estudia el origen del nombre impuesto para significar algo; la significación, en cambio, se fija en lo que con el nombre se quiere decir. A veces estos aspectos difieren. Así, el nombre «lapis», piedra, proviene de «laesio pedis», lesión de pie, que, en realidad, no es lo que significa. De ser así, llamaríamos piedra a un hierro, porque también un hierro podría lesionar el pie. Por igual razón, tampoco es necesario que la palabra superstición signifique aquello de donde procede.

3. En la religión no caben excesos de cantidad absoluta; pero sí de cantidad proporcional, es decir, en cuanto que en el culto se hace alguna cosa que no se debe hacer.

Artículo 2: ¿Hay diversas especies de superstición? lat

Objeciones por las que parece que no hay diversas especies de superstición.

1. Porque, conforme dice el Filósofo en el libro I Topic.: Si uno de los contrarios es múltiple, el otro también. Pero la religión, a la que se opone la superstición, no tiene muchas especies, sino que todos sus actos pertenecen a una misma. Luego tampoco la superstición tiene diversas especies.

2. Los opuestos tratan de la misma cosa. Pero la religión, a la que se opone la superstición, trata de los actos por los cuales nos ordenamos a Dios, conforme a lo dicho anteriormente (q.87 a.1). Luego no se pueden establecer las diversas especies de superstición atendiendo a adivinaciones sobre el porvenir incierto de los hombres o a observaciones en torno a los actos humanos.

3. En Col 2, sobre aquellas palabras del v.23: Son preceptos que para la superstición implican una especie de sabiduría, la Glosa comenta: (para la superstición), esto es, para la religión simulada. Luego también se debe poner la simulación entre las especies de superstición.

Contra esto: está el que San Agustín, en el libro II De Doct. Christ., menciona diversas especies de superstición.

Respondo: Que, conforme a lo dicho (a.1), el vicio opuesto a la religión consiste en sobrepasar el justo medio de la virtud en algunas circunstancias. Y que, como antes dijimos (1-2 q.72 a.9), no cualquier corrupción en las circunstancias cambia la especie de pecado. Tal cambio se produce únicamente cuando se refieren a diversos objetos o a diversos fines, pues, como ya queda dicho (ibid., q.1 a.3; q.18 a.2-6), los actos morales se especifican por esto. Se diferencian, por tanto, unas de otras las especies de superstición, en primer lugar, por parte del objeto. Puede, en efecto, darse culto a quien se debe, o sea, al verdadero Dios, pero de modo indebido, y tenemos la primera especie de superstición. O se da a quien no se debe, o sea, a una criatura cualquiera. Este es otro género de superstición que se divide en muchas especies, según los diversos fines del culto divino.

Y es que, en primer lugar, el culto divino se ordena a reverenciar como es debido a Dios, y, desde este punto de vista, la primera especie de este género es la idolatría, que honra indebidamente a las criaturas con la reverencia que se debe a Dios. Se ordena, en segundo lugar, a la instrucción del hombre por el mismo Dios, a quien da culto. Y esto es lo que se pretende alcanzar con la adivinación supersticiosa, que consulta a los demonios mediante pactos tácitos o expresos con ellos. Por último, el culto divino se ordena a una cierta dirección de los actos humanos conforme a las normas de vida establecidas por Dios, a quien damos culto. Y a esto se refiere la superstición de ciertas observancias.

San Agustín, de pasada, trata ya de estas tres especies en el libro II De Doct. Chríst., cuando dice (Lc.) que supersticioso es todo lo establecido por los hombres para la fabricación y culto de los ídolos. Aquí se refiere a la primera especie. Y, a continuación, añade: O algunas acciones simbólicas aceptas a los demonios y concertadas con ellos para hacerles consultas o establecer pactos. Se refiere en este caso a la segunda especie. Y un poco después escribe: A este género de cosas pertenece toda clase de amuletos. Esto se refiere a la tercera especie.

A las objeciones:

1., como dice Dionisio en De Div. Nom., la causa del bien es una e íntegra; la del mal, en cambio, es cualquier defecto. Por eso, como antes dijimos (q.10 a.5), a una virtud se oponen muchos vicios. Es, por tanto, verdad lo que dice el Filósofo, tratándose de aquellos opuestos en que es una misma la causa de su multiplicidad.

2. Las adivinaciones y ciertas observancias forman parte de la superstición en cuanto dependen de ciertas actividades diabólicas. Vienen a ser como pactos hechos con ellos.

3. Se dice allí que la religión es simulada cuando a tradiciones humanas se les da el nombre de religión, como aparece en la Glosa. Por consiguiente, esa religión simulada no es otra cosa que el acto de dar culto de un modo indebido al verdadero Dios: lo que acontecería, por ejemplo, si uno quisiera dar culto a Dios en el tiempo de la gracia según los ritos de la antigua ley. Este es el sentido literal de la Glosa.

sábado, 2 de octubre de 2010

Los ángeles custodios - Santo Tomás de Aquino


Ahora hay que tratar lo referente a la guarda de los ángeles buenos y a la insidia de los malos. La cuestión referente a la guarda de los ángeles buenos plantea y exige respuesta a ocho problemas:

1. Los hombres, ¿están o no están guardados por los ángeles?
2. A cada hombre ¿le corresponde o no le corresponde un ángel custodio distinto?
3. Dicha guarda, ¿pertenece o no pertenece al último de los órdenes angélicos?
4. A todo hombre, ¿le corresponde o no le corresponde tener un ángel custodio?
5. ¿Cuándo empieza a guardar el ángel al hombre?;
6. El ángel, ¿custodia o no custodia siempre al hombre?-
7. ¿Sufre o no sufre el ángel cuando se pierde el hombre por él custodiado?
8. ¿Hay o no hay discrepancias entre los ángeles por motivos de la custodia?

Artículo 1: Los hombres, ¿están o no están custodiados por los ángeles? lat
Objeciones por las que parece que los hombres no están custodiados por los ángeles:
1. Se asignan guardas a algunos que no saben o no pueden custodiarse a sí mismos, como los niños y los enfermos. Pero el hombre puede guardarse a sí mismo por medio del libre albedrío; y lo sabe también por medio del conocimiento de la ley natural. Por lo tanto, el hombre no es custodiado por el ángel.
2. Donde hay un custodio más fuerte, sobra el más débil. Pero los hombres están bajo la custodia de Dios, según aquello del Sal 120,4: No durmió ni dormirá el que guarda a Israel. Por lo tanto, no hay necesidad de que el hombre sea custodiado por el ángel.
3. La perdición del custodiado se atribuye a la negligencia del que lo guarda; por lo cual se dijo a uno: Defiende a este varón, porque, si cae, será tu vida el precio de la suya (3 Reg 20,39). Pero cada día perecen muchos hombres, cayendo en pecado, en ayuda de los cuales podían venir los ángeles, apareciéndoseles visiblemente, o haciendo milagros, o por medios parecidos. Serían, pues, negligentes los ángeles si estuviesen encomendados a ellos los hombres. Esto es evidentemente falso. Por lo tanto, los ángeles no son custodios de los hombres.
Contra esto: está lo que se dice en Sal 90,11: Enviará a sus ángeles para que te guarden en todos tus caminos.
Respondo: Es evidente que, según el orden de la Providencia divina en todas las cosas, los seres mutables y variables son movidos y gobernados por las inmutables e invariables, como todos los cuerpos por las sustancias espirituales e inmóviles, y los cuerpos terrestres por los celestes, que son sustancialmente invariables. Nosotros mismos tenemos también por regla para las conclusiones, en las que podemos opinar diversamente, los principios, que son invariables. Pues bien, no se puede negar que, respecto al obrar, el conocimiento y afecto del hombre pueden variar mucho y apartarse del bien. Por lo tanto, fue necesario que se destinasen ángeles para la guarda de los hombres, por los cuales fuesen dirigidos y movidos hacia el bien.
A las objeciones:
1. Por medio del libre albedrío puede el hombre evitar el mal hasta cierto punto, pero no indefectiblemente; porque sus múltiples pasiones le debilitan el afecto hacia el bien. Asimismo, el conocimiento universal de la ley natural que posee el hombre naturalmente, le encamina también de algún modo hacia el bien, pero tampoco indefectiblemente, porque, al aplicar los principios universales del derecho a los casos particulares, sucede que comete el hombre muchos errores. Por lo cual se dice en Sab 9,14: Inseguros son los pensamientos de los mortales, y nuestros cálculos muy aventurados. Por eso se hizo necesaria para el hombre la custodia del ángel.
2. Para obrar bien se necesitan dos cosas. 1) Primero, que el afecto tienda al bien. Esto lo hace en nosotros el hábito de la virtud moral. 2) Segundo, que la razón dé con los medios más convenientes para obrar el bien de la virtud. Esto lo atribuye el Filósofo a la prudencia. Pues, en cuanto a lo primero, Dios guarda directamente al hombre, infundiéndole la gracia y las virtudes. Pero, en cuanto a los segundo, guarda Dios al hombre a modo de maestro universal, cuya instrucción llega al hombre por mediación de los ángeles, como dijimos (q.111 a.1).
3. Así como por el afecto al pecado se apartan los hombres del instinto natural del bien, así pueden también desoír las inspiraciones que los ángeles buenos les dan invisiblemente iluminándolos para obrar bien. De ahí que el perderse los hombres no se ha de atribuir a negligencia de los ángeles, sino a la malicia de los hombres. El que alguna vez se aparezcan los ángeles visiblemente a los hombres, fuera del curso ordinario, es por una gracia especial de Dios; como suceden también los milagros fuera del orden de la naturaleza.
Artículo 2: A cada hombre, ¿le corresponde o no le corresponde un ángel custodio? lat
Objeciones por las que parece que a cada hombre no le corresponde un ángel custodio:
1. El ángel es de mayor eficacia que el hombre. Pero un solo hombre basta para custodiar muchos hombres. Por lo tanto, con mayor razón puede un solo ángel custodiar muchos hombres.
2. Los seres inferiores son reducidos a Dios por los superiores por medio de los seres intermedios, como dice Dionisio. Pero, como todos los ángeles son desiguales, según dijimos (q.50 a.4), solamente hay un ángel entre el cual y los hombres no hay algún ángel intermedio. Por lo tanto, es uno sólo el ángel que directamente guarda a los hombres.
3. Los ángeles mayores son destinados a los oficios más elevados. Pero guardar a un hombre no es más elevado oficio que guardar a otro, porque todos los hombres son de igual naturaleza. Por lo tanto, no habiendo más que un ángel que no sea mayor que algún otro, según dice Dionisio, parece que los diversos hombres no son custodiados por ángeles diversos.
Contra esto: está lo que Jerónimo, explicando aquello de Mt 18,10: Sus ángeles en el cielo, dice: Grande es la dignidad de las almas, cuando cada una de ellas, desde el momento de nacer, tiene un ángel destinado para su custodia.
Respondo: Angeles diversos están destinados a la custodia de los diversos hombres custodiados. El porqué de esto radica en que la guarda angélica es una ejecución de la divina Providencia sobre los hombres.: Pero la providencia que Dios tiene sobre los hombres es distinta de la que tiene sobre las otras criaturas corruptibles, por tener el hombre y las demás criaturas distinta relación a la incorruptibilidad, pues los hombres no sólo son incorruptibles en cuanto a su especie común, sino también en cuanto a sus propias formas singulares, que son las almas racionales, lo cual no puede decirse de las otras cosas corruptibles. Es evidente, por otra parte, que la providencia de Dios se ocupa principalmente de aquellas cosas que permanecen perpetuamente; en cambio, de las cosas transitorias se ocupa en cuanto las ordena a las perpetuas. Así, pues, la providencia de Dios está en relación con cada uno de los hombres en particular como está en relación con cada uno de los géneros o especies de las cosas corruptibles. Ahora bien, según Gregorio, diversos órdenes angélicos son destinados a los diversos géneros de cosas. Ejemplo: Las Potestades, a ahuyentar a los demonios; las Virtudes, a obrar milagros en las cosas corpóreas; y es también muy verosímil que estén destinados diversos ángeles de un mismo orden a la guarda de las diversas especies de seres. Por lo tanto, es también muy conforme a razón que sean destinados diversos ángeles en particular para la guarda de los diversos nombres.
A las objeciones:
1. A un mismo hombre se le destina guardián por muchos conceptos. Ya sea en cuanto hombre particular, y, bajo este aspecto, para cada hombre se necesita un guardián, y a veces a la custodia de uno solo se destinan varios. O ya sea en cuanto forma parte de una colectividad, y, en este concepto, la guarda de toda la colectividad se encomienda a un solo hombre, al que le corresponde proveer aquellas cosas que se refieren a cada hombre particular en relación con todo el grupo, como son las cosas que hace cada uno exteriormente, de las cuales otros pueden edificarse o escandalizarse. Pero la custodia angélica se destina, además, a los hombres con miras a las cosas invisibles y ocultas que se refieren a la salvación de cada uno en particular en cuanto tales. De ahí que a los diversos hombres se destinen diversos ángeles que les guarden.
2. Como dijimos (q.112 a.3 ad 4), todos los ángeles de la primera jerarquía son directamente iluminados por Dios acerca de algunas cosas, pero hay otras cosas sobre las cuales sólo son iluminados por Dios inmediatamente los ángeles superiores, los cuales las revelan a los inferiores. Y lo mismo se ha de entender de los órdenes inferiores, pues un ángel ínfimo es iluminado en cuanto a algunas cosas por otro supremo; y en cuanto a otras es iluminado por aquel que está inmediatamente sobre él. Y hasta es posible que directamente ilumine a un hombre algún ángel que tiene bajo sí a otros ángeles, a los que ilumina.
3. Aunque los hombres sean iguales en naturaleza, hay entre ellos desigualdad en cuanto que por la divina Providencia unos están destinados a más y otros a menos, conforme a aquello de Ecl 33,11-12: Con su gran sabiduría los distinguió el Señor y les fijó diferentes destinos: a unos los bendijo y los ensalzó, a otros los maldijo y los humilló. Es, pues, más elevado oficio guardar a un hombre que a otro.
Artículo 3: La guarda del hombre, ¿pertenece o no pertenece al último de los órdenes angélicos? lat
Objeciones por las que parece que la custodia del hombre no pertenece sólo al último de los órdenes angélicos:
1. Dice el Crisóstomo que lo dicho en Mt 18,10: Sus ángeles en el cielo, etc., hay que entenderlo no de cualquier ángel, sino de los más eminentes. Por lo tanto, guardan a los hombres los ángeles más eminentes.
2. El Apóstol en Heb 1,14 dice: Los ángeles son enviados para servicio, en favor de los que han de heredar la salvación; de lo cual parece deducirse que la misión de los ángeles se ordena a la guarda de los hombres. Pero cinco órdenes son enviados en ministerio exterior, como dijimos (q.112 a.4). Por lo tanto, todos los ángeles de estos cinco órdenes son destinados a la guarda de los hombres.
3. Para la guarda de los hombres es sobre todo necesario reprimir los demonios; lo cual de modo particular se atribuye a las Potestades, según Gregorio, y obrar milagros, que es lo propio de las Virtudes. Por lo tanto, también estos órdenes son destinados para la custodia, y no sólo el ínfimo.
Contra esto: está el hecho de que la guarda de los hombres se atribuye en Sal 90,11 a los ángeles, cuyo orden es el ínfimo, según Dionisio.
Respondo: Como ya se dijo (a.2 ad 1), la guarda del hombre es de dos clases. 1) Una es custodia particular, según que a cada hombre se destina un ángel custodio distinto; y esta custodia pertenece al ínfimo grado de ángeles, a los que les pertenece, según Gregorio, anunciar las cosas de menor importancia; pareciendo, por otra parte, que el ínfimo entre los oficios de los ángeles es procurar lo que se refiere a la salvación de cada hombre particular. 2) La otra custodia del hombre es la colectiva, a cuya gradación responde la de los diversos órdenes, porque, cuanto más universal es el agente, tanto más superior es. Según esto, la guarda del conjunto de los hombres pertenece al orden de los Principados, o también al de los Arcángeles, que son los príncipes entre los ángeles, por lo cual, a Miguel, que lleva nombre de arcángel, se le llama en Dan 10,13 uno de los príncipes. Después están las Virtudes, que tienen la guarda de todas las naturalezas corpóreas; a las Virtudes siguen las Potestades, que ejercen su dominio sobre los demonios; y, por último, los Principados o las Dominaciones están al cuidado de los espíritus buenos, según Gregorio.
A las objeciones:
1. Las palabras del Crisóstomo pueden entenderse de los ángeles supremos dentro del ínfimo orden, porque, como dice Dionisio, en cada orden hay primeros, medios y últimos. Es también probable que a los ángeles mayores esté encomendada la guarda de aquellos que han sido elegidos por Dios para mayor grado de gloria.
2. No todos los ángeles que son enviados ejercen una custodia particular sobre algún hombre determinado, sino que algunos órdenes la ejercen sobre comunidades de ellos, mayores o menores.
3. Los ángeles inferiores ejercen a veces algunos oficios propios de los superiores, en cuanto que participan algo de los dones de éstos y son respecto de ellos como los ejecutores de su poder. Así es como todos los ángeles del orden ínfimo pueden también reprimir los demonios y obrar milagros.
Artículo 4: A todo hombre, ¿le corresponde o no le corresponde tener un ángel custodio? lat
Objeciones por las que parece que a todo hombre no le corresponde tener un ángel custodio:
1. De Cristo se dice en Flp 2,7: Se hizo semejante a los hombres y en la condición de hombre. Si, pues, todos los hombres tienen un ángel custodio, también Cristo debió tener el suyo. Pero esto parece insostenible, por estar Cristo sobre todos los ángeles. Por lo tanto, no todos los hombres tienen su ángel custodio.
2. El primero de los hombres fue Adán. Pero éste no necesitaba de ángel custodio, al menos en el estado de inocencia, ya que entonces no estaba expuesto a peligros. Por lo tanto, no a todos los hombres se destinan ángeles para su guarda.
3. La razón de destinar ángeles a la guarda de hombres es para que los conduzcan a la vida eterna, los estimulen a obrar bien y los protejan contra las asechanzas de los demonios. Pero los hombres que de antemano sabe Dios que se han de condenar, nunca llegarán a la vida eterna; y los infieles, aunque alguna vez hagan cosas buenas, no obran bien porque no las ejecutan con intención recta, que está dirigida por la fe, como dice Agustín, y, finalmente, la venida del Anticristo será acompañada del poder de Satanás (2 Tes 2,9). Por lo tanto, no se destinan ángeles a la custodia de todos los hombres.
Contra esto: está la autoridad de Jerónimo que ya antes citamos (a.2 sedcontra), y que dice: Cada alma tiene un ángel destinado para su custodia.
Respondo: El hombre se encuentra en la vida presente como en un camino por el que ha de marchar hacia su patria. En este camino le amenazan muchos peligros, tanto interiores como exteriores, según aquello del Sal 141,4: En la senda por donde voy me han escondido una trampa. Por eso, así como a los que van por caminos inseguros se les pone guardias, así también a cada uno de los hombres, mientras camina por este mundo, se le da un ángel que le guarde. Pero cuando haya llegado al término de este camino, ya no tendrá ángel custodio, sino que tendrá en el cielo un ángel que con él reine, o en el infierno un demonio que le torture.
A las objeciones:
1. Cristo, en cuanto hombre, era regido directamente por la Palabra de Dios, no necesitando, por tanto, de la guarda de los ángeles. Además, en cuanto al alma, era bienaventurado, si bien por razón del estado de pasibilidad del cuerpo era viador; pero bajo este aspecto no le era debido un ángel custodio como superior, sino un ángel ministro como inferior. Por eso se dice en Mt 4,11: Se acercaron los ángeles y le servían.
2. En el estado de inocencia, el hombre no tenía ningún peligro interior, porque interiormente todo estaba en él bien ordenado, como se dijo (q.95 a.1.3). Pero le acechaba un peligro exterior, el de las envidias del demonio, como lo demostraron los hechos. Necesitaba, pues, de la guarda de los ángeles.
3. Así como los reprobos y los infieles e incluso el anticristo no están privados del auxilio interior de la razón natural, así tampoco están privados del auxilio exterior concedido por Dios a toda la naturaleza humana, es decir, la guarda angélica. Y aunque este auxilio, de hecho, no les sirva para conseguir por medio de sus buenas obras la vida eterna, les sirve, no obstante, para apartarse de ciertos males con que se podrían perjudicar a sí mismos y a otros, porque incluso los mismos demonios son reprimidos por los ángeles buenos para que no hagan todo el daño que quisieren. Tampoco será permitido al anticristo hacer tanto daño como pretenderá.
Artículo 5: El ángel custodio, ¿empieza o no empieza a guardar al hombre desde el momento de su nacimiento? lat
Objeciones por las que parece que el ángel no empieza a guardar al hombre desde el momento de su nacimiento:
1. Los ángeles son enviados para servicio, en favor de los que han de heredar la salvación, según el Apóstol en Heb 1,14. Pero los hombres comienzan a heredar la salvación al ser bautizados. Por lo tanto, el ángel custodio se asigna al hombre desde el momento del bautismo y no desde el momento de nacer.
2. Los hombres son custodiados por los ángeles en cuanto son iluminados por ellos doctrinalmente. Pero los niños recién nacidos no son capaces de ser adoctrinados, puesto que no tienen uso de razón. Por lo tanto, a los niños recién nacidos no se asignan ángeles custodios.
3. Mientras los niños están en el útero materno tienen en algún tiempo alma racional, como la tienen después de nacer. Pero, mientras están en el útero materno, se cree que no tienen ángeles custodios propios, como tampoco se les confiere en ese tiempo sacramento alguno por los ministros de la Iglesia. Por lo tanto, no se asignan ángeles custodios a los hombres desde el momento de nacer.
Contra esto: está lo que dice Jerónimo: Cada alma tiene señalado su ángel custodio desde el momento de nacer.
Respondo: Como dice Orígenes, sobre esto hay dos opiniones. Pues unos creen que los ángeles custodios se asignan a los hombres al momento de ser bautizados, y otros que al momento de nacer. Por esta segunda opinión se inclina Jerónimo, y no sin razón. Ciertamente que los beneficios conferidos por Dios al hombre en cuanto que es cristiano, comienzan desde el momento del bautismo, como el poder recibir la Eucaristía y otros semejantes; pero los que Dios le otorga en atención a su naturaleza racional, se le confieren desde el momento en que, al nacer, recibe la naturaleza. Ahora bien, según lo dicho (a.1.4), el beneficio del ángel custodio pertenece a la segunda clase. Por lo tanto, desde el momento mismo de nacer tiene el hombre asignado su ángel custodio.
A las objeciones:
1. Mirando al último efecto de la guarda angélica, que es la consecución de la salvación, sólo son enviados eficazmente en ministerio los ángeles custodios de los que consiguen la salvación. Sin embargo, no se niega el ministerio de los ángeles a los demás, aunque no tenga en ellos la eficacia de llevarles a la vida eterna. Es todavía eficaz el ministerio en cuanto que los libra de muchos otros males.
2. La función de custodiar se ordena a la iluminación doctrinal, como a su último y principal efecto. Pero tiene, además, otros muchos efectos que no se excluyen de los niños, tales como reprimir a los demonios e impedir otros daños, tanto espirituales como corporales.
3. Mientras el niño está en el útero materno, no está totalmente separado de la madre, sino que por virtud de cierto ligamen continúa siendo en algún modo algo de ella, como es algo del árbol el fruto que de él pende. No es, pues, improbable que el mismo ángel custodio de la madre guarde también a la prole que ésta lleva en su seno. Pero cuando al nacer se separa de la madre, se le asigna su propio ángel custodio, como dice Jerónimo.
Artículo 6: El ángel, ¿abandona o no abandona alguna vez al hombre? lat
Objeciones por las que parece que los ángeles custodios abandonan al hombre alguna vez:
1. Se dice en Jer 51,9 en persona de los ángeles: Hemos querido curarla, pero no se ha curado, dejémosla. Y en Isa 5,5: Derribaré su cerca, y será hollada, esto es, quitará la guarda de los ángeles, según la Glosa.
2. Más importante es la guarda de Dios que la de los ángeles. Pero Dios abandona alguna vez al hombre, según aquello del Sal 21,2: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado? Por lo tanto, con mayor razón abandonará al hombre el ángel custodio.
3. Dice el Damasceno: Los ángeles, cuando están aquí con nosotros, no están en el cielo. Pero algunas veces están en el cielo. Por lo tanto, nos abandonan alguna vez.
Contra esto: los demonios están siempre asediándonos, según aquello de 1 Pe 5,8: Vuestro adversario el diablo como león rugiente, anda rondando y busca a quien devorar. Por lo tanto, mucho más los ángeles buenos estarán siempre a nuestro lado.
Respondo: La guarda angélica, como dijimos (a.2), es cierta ejecución de los designios de Dios sobre los hombres. Ahora bien, es cierto que ni el hombre ni cosa alguna se sustrae totalmente de la Providencia divina, porque, en tanto participa algo de la providencia universal en cuanto participa del ser. Pero en tanto se dice que Dios deja a alguno abandonado del orden de su providencia en cuanto permite que tal hombre sufra algún defecto de pena o de culpa. Pues de igual modo se ha de decir también que el ángel custodio nunca se desentiende totalmente del hombre, aunque sí le abandona de algún modo a veces, a saber: en cuanto no impide que caiga bajo alguna tribulación e incluso en pecado, conformándose en esto el ángel con el orden de los juicios divinos. En este sentido se dice que Babilonia y el pueblo israelita fueron abandonados por sus ángeles custodios, porque éstos no impidieron que sufrieran tribulaciones.
A las objeciones:
1-2. La respuesta está incluida en lo expuesto.
3. Aunque alguna vez el ángel se aleja localmente del hombre, nunca le abandona en cuanto al efecto de la guarda, porque incluso desde el cielo sabe lo que le sucede al hombre, y no necesita intervalo para el movimiento local, sino que, instantáneamente, puede acudir a su lado.
Artículo 7: Los ángeles custodios, ¿sufren o no sufren por el mal que le sucede al custodiado? lat
Objeciones por las que parece que los ángeles custodios sufren por el mal que Le sucede al custodiada-,
1. Se dice en Isa 33,7; Llorarán amargamente los ángeles de paz. Pero el llanto es señal de dolor y tristeza. Por lo tanto, los ángeles se entristecen con los males de aquellos a quienes guardan.
2. La tristeza, dice Agustín, lo es de aquellas cosas que suceden a pesar nuestro. Pero la perdición del hombre custodiado es contra la voluntad de su ángel custodio. Por lo tanto, los ángeles se entristecen por la perdición de los hombres.
3. Como la tristeza se opone al gozo, así el pecado a la penitencia. Pero los ángeles gozan cuando el pecador hace penitencia, como se dice en Lc. 15,7. Por lo tanto, se entristecen cuando un justo cae en pecado.
4. A propósito de las palabras de Núm 18,12: todo lo que se ofrece de las primicias, dice Orígenes en su Glosa: Los ángeles son llamados a juicio para saber si por negligencia suya o por abandono de los hombres cayeron éstos en pecado. Pero con razón se duelen todos de aquellos males por los que son llamados a juicio. Por lo tanto, los ángeles se duelen de los pecados de los hombres.
Contra esto: donde hay tristeza y dolor, no hay dicha completa. Por eso se dice en Apoc 21,4: No habrá más muerte, ni llanto, ni clamor, ni dolor alguno. Pero los ángeles son completamente dichosos. Por lo tanto, de nada se duelen.
Respondo: Los ángeles no sufren ni por los pecados ni por las penas de los hombres. La tristeza y el dolor no son, dice Agustín, sino de aquello que sucede contra la voluntad. Pero nada sucede en el mundo contra la voluntad de los ángeles ni de los demás bienaventurados, porque su voluntad está perfectamente conforme al orden de la justicia divina, y nada se hace en el mundo sino aquello que es hecho o permitido por la justicia divina. Por eso, hablando en absoluto, nada acontece en el mundo contra la voluntad de los bienaventurados. Efectivamente, se denomina voluntario simplemente o en absoluto, según el Filósofo en III Ethic., aquello que alguno quiere de hecho al obrar en concreto después de consideradas todas las circunstancias, si bien no sería voluntaria tal cosa considerada sin esas circunstancias. Ejemplo: El navegante rehusa arrojar las mercancías al mar si considera tal acto sólo en absoluto y en abstracto, pero, ante la inminencia del peligro para su salvación, quiere tal acto, por lo cual tal acción es voluntaria más que involuntaria.

De igual modo, los ángeles no quieren los pecados y las penas de los hombres mirando esto en absoluto y en abstracto. Quieren que se guarde en esto el orden de la justicia divina, según el cual algunos sufren castigos y se les tolera el pecar.
A las objeciones:
1. Las palabras de Isaías pueden entenderse de aquellos ángeles o mensajeros de Ezequías que lloraron al oír las palabras de Rabsaces, y que se menciona en Is 37,2ss. Esto en cuanto al sentido literal. Pero, según el sentido alegórico, los ángeles de paz son los apóstoles y otros predicadores, que lloran por los pecados de los hombres. Y si estas palabras se quieren entender de los ángeles buenos, según el sentido anágogico, entonces son una expresión metafórica para expresar que los ángeles quieren la salvación de los hombres, considerada ésta sólo en sí misma. De este modo se atribuyen efectivamente a Dios y a los ángeles las pasiones de este género.
2. La respuesta está incluida en lo expuesto.
3. Tanto en la penitencia de los hombres como en el pecado, queda siempre una razón de gozo para los ángeles, esto es, el cumplimiento de los designios divinos.
4. Los ángeles son llamados a juicio por los pecados de los hombres, no como reos, sino como testigos, para convencer a los hombres de su dejadez.
Artículo 8: Entre los ángeles, ¿hay o no hay discrepancias por motivo de la custodia? lat
Objeciones por las que parece que entre los ángeles no pueden haber discrepancias ni discordia:
1. Se dice en Job 25,2: El mantiene la paz en sus alturas. Pero la lucha se opone a la paz. Por lo tanto, entre los ángeles del cielo no hay lucha.
2. Donde hay perfecta caridad y justa prelacia no puede haber lucha. Pues ambas cosas existen en los ángeles. Por lo tanto, no hay entre ellos discrepancia.
3. Si se dice que los ángeles luchan por aquellos a quienes guardan, es preciso que un ángel favorezca a una parte y otro a otra. Pero, si de una parte está la justicia, de la otra estará, por el contrario, la injusticia. Se seguirá, pues, que un ángel bueno sea promotor de la injusticia. Esto es inadmisible. Por lo tanto, no hay discrepancia entre los ángeles buenos.
Contra esto: está lo que se dice en Dan 10,13, en persona del arcángel Gabriel: El príncipe del reino de los persas me ha resistido por veintiún días. Pero este príncipe de los persas era el ángel custodio del reino persa. Luego un ángel bueno resiste a otro. Por lo tanto, hay discrepancia entre ellos.
Respondo: Se suscita esta cuestión con ocasión de las citadas palabras de Daniel. Jerónimo las explica diciendo que el príncipe del reino de los persas era el ángel que se opuso a la liberación del pueblo israelita, por el que oraba Daniel, cuyas preces presentaba a Dios Gabriel. Esta resistencia pudo tener lugar porque algún príncipe de los demonios indujera a pecar a los judíos conducidos a Persia, por lo cual se ponía impedimento a la oración de Daniel, que oraba por aquel pueblo.

En cambio, según Gregorio en XVII Moral., el príncipe del reino de los persas fue un ángel bueno, el ángel custodio de aquel reino. Para comprender, pues, cómo un ángel discrepa con otro, hay que tener presente que los divinos juicios se ejercen sobre diversos reinos y diversos hombres por medio de los ángeles. Estos se rigen, en sus acciones, por el juicio divino. Pero a veces sucede que hay contrarios méritos o deméritos en los diversos reinos o en los diversos hombres, por lo que tienen que someterse o ser mandados unos por otros. Cuál es en estos casos el orden de la divina Sabiduría, no pueden saberlo los ángeles sin que Dios se lo revele. Por eso necesitan consultar sobre ello a la Sabiduría de Dios. Se dice que discrepan entre sí en cuanto que consultan a la voluntad divina acerca de méritos contrarios e incompatibles entre sí, no porque sus respectivas voluntades sean contrarias, pues todos están acordes en que se cumpla la sentencia divina, ni porque los intereses sobre los que consultan sean incompatibles.
A las objeciones: Está incluida en lo dicho.

domingo, 29 de agosto de 2010

A nadie le está permitido tocarle - Santo Tomás de Aquino sobre la Comunión en la mano


Santo Tomás de Aquino,figura maxima teologica en la Iglesia,en donde es basada toda la doctrina y fundamentada,en la Suma teológica - Parte IIIa - Cuestión 82 ,hablando sobre la distribucion de la Eucaristia dice:

" Corresponde al sacerdote la administración del cuerpo de Cristo por tres razones. Primera, porque, como acabamos de decir , consagra in persona Christi. Ahora bien, de la misma manera que fue el mismo Cristo quien consagró su cuerpo en la cena, así fue él mismo quien se lo dio a comer a los otros. Por lo que corresponde al sacerdote no solamente la consagración del cuerpo de Cristo, sino también su distribución.
Segunda, porque el sacerdote es intermediario entre Dios y el pueblo (Heb 5,1). Por lo que, de la misma manera que le corresponde a él ofrecer a Dios los dones del pueblo, así a él le corresponde también entregar al pueblo los dones santos de Dios.

Tercera, porque por respeto a este sacramento ninguna cosa lo toca que no sea consagrada, por lo tanto los corporales como el cáliz se consagran, lo mismo que las manos del sacerdote, para poder tocar este sacramento. Por eso, a nadie le está permitido tocarle, fuera de un caso de necesidad, como si, por ej., se cayese al suelo o cualquier otro caso semejante. "


Santo Tomas nos deja claro en estos parrafos,que las manos del bautizado no pueden tocar la Eucaristia,porque eso es un privilegio otorgado unicamente a los sacerdotes.

Uno de los frutos de la comunion en la mano,es quitar esta diferencia que hay entre el sacerdocio ministerial y el comun de todo bautizado y es lo que busco Lutero,cuando en sus "liturgias" pidio a sus "ministros" que dieran la comunion en la mano por dos cosas" para quitar la superticion de la Presencia Real y la diferencia que hay entre el sacerdote y el fiel"

Esta doctrina Tomista siempre ha sido confirmada por la Iglesia,resaltando la division que hay entre los fieles y el sacerdote,el Vaticano II deja claro esta diferencia :

"El sacerdocio común de los fieles y el sacerdocio ministerial o jerárquico se ordena el uno para el otro, aunque cada cual participa de forma peculiar del sacerdocio de Cristo. Su diferencia es esencial no solo gradual. Porque el sacerdocio ministerial, en virtud de la sagrada potestad que posee, modela y dirige al pueblo sacerdotal, efectúa el sacrificio eucarístico ofreciéndolo a Dios en nombre de todo el pueblo: los fieles, en cambio, en virtud del sacerdocio real, participan en la oblación de la eucaristía, en la oración y acción de gracias, con el testimonio de una vida santa, con la abnegación y caridad operante." (LUMEN GENTIUM )


Para aquellos que apoyan la comunion en la mano y en nombre del Concilio VaticanoII, intruducen abusos en la liturgia y doctrinas modernistas. Demostramos que el Santo Concilio Ecumenico aprovado por la Santa Sede,deja claro que entre los laicos y los sacerdotes hay una gran linea divisoria y una dignidad mas alta con un llamado especial del Señor. Volvemos a recordar las palabras del Siervo de Dios y Magno Juan Pablo II:


"Tocar las Sagradas Especies y distribuirlas con sus propias manos es un privilegio de los ordenados"(Dominicae Cenae,11).

domingo, 25 de julio de 2010

Omnipotente Dios y Señor mío - Santo Tomás de Aquino


Omnipotente Dios y Señor mío, corre mi corazón a recibir con suma ansia y reverencia el. Sacramento de tu Hijo y Señor mío, Jesucristo. Voy, Dios mío, como el ciervo a la fuente, el pobre a buscar socorro, el necesitado de todo al rico, todo generoso y todo misericordioso.

Suplico, pues, Dios mío, a esa generosidad y largueza, sobre toda largueza y liberalidad, que cure mis enfermedades, sane mis heridas, lave mis manchas, alumbre mis tinieblas, socorra mis necesidades, vista mi desnudez y gobierne mis potencias, sentidos y facultades.

Concédeme, Señor, que dignamente reciba este Pan de los Angeles, Rey de Reyes, Señor de los Señores, Creador de todo lo creado, gozo, consuelo, remedio de todas las criaturas.

Recíbete, Señor, con tanta reverencia y humildad, con tanta contrición, con tan pura intención y tierna devoción, con tan constante fe, cierta esperanza, ardiente caridad y con tan profunda humildad, que mi alma sea sana y salva.

Concédeme, Señor, Te suplico, que no sólo reciba el Sacramento del Cuerpo y de la Sangre del Señor, sino también el efecto y la virtud de este Sacramento.

Piadoso Dios, dame el cuerpo de tu Hijo Unigénito, nuestro Señor Jesucristo, ese cuerpo que tomó en el seno de la Virgen María; haz que lo reciba de tal manera que merezca ser incorporado a su Cuerpo místico y contado entre sus miembros.

Padre amantísimo, concédeme, por fin, poder contemplar cara a cara en la eternidad a tu Hijo muy amado que me dispongo a recibir ahora bajo los velos que le cubren aquí abajo. Y vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo, por los siglos de los siglos.
Amén.

viernes, 16 de julio de 2010

La Voluntad de enriquecerse - Santo Tomás de Aquino


O contra la avaricia y el consumismo hodiernos.

Teniendo, pues, qué comer,y con qué cubrimos,contentémonos con esto.(1 Timoteo 6, 8)


-"Y ciertamente"... declara que la piedad es un gran tesoro, y muestra cómo se han entre sí la piedad y la granjería, que no consiste en la adquisición de riquezas exteriores; "porque los que pretenden enriquecerse caen en tentación y en el lazo del diablo... " Y da la razón: "porque nada hemos traído a este mundo"."Pues es un tesoro infinito para los hombres, que, a cuantos se han valido de él, ha hecho partícipes de la amistad de Dios" (Sg 7,14).

Segundo, en la sustentación de la vida; de donde dice: con suficiencia, esto es, se contenta con lo que basta para vivir.-"porque nada hemos traído a este mundo". Señala la razón, y primero por la condición humana; segundo por su necesidad: "teniendo qué comer... ". Y pone la condición cuanto a su principio y cuanto a su fin, como si dijera: basta la necesidad, no es conveniente la superfluidad, porque "nada hemos traído a este mundo". "Desnudo salí del vientre de mi madre" (Jb. 1, 1)."Durmieron su sueño y nada hallaron en sus manos los varones de las riquezas" (Ps 75; Job 27).

Cuanto a la necesidad dice: "teniendo, pues, qué comer y con qué cubrirnos, contentémonos con esto"; porque la necesidad es la razón de tener los bienes que ha menester el hombre o contra lo interior que lo desgasta, y para eso son los alimentos; o contra lo exterior que lo corrompe, y para eso son los vestidos que lo cubren y las casas que le dan albergue. "Sean las costumbres sin rastro de avaricia, contentándoos con lo presente" (He 13,5). Dice pues: éstos dicen que la piedad es una granjería; mas yo digo que es un gran tesoro la piedad; por eso añade: con suficiencia, pero de aquellas riquezas que dan la suficiencia, que consiste en 2 cosas, principalmente en la piedad, que ordena las otras cosas a Dios y al prójimo, y éstas son las virtudes y dones de la gracia; Lo mismo cuanto al fin, porque nada nos llevaremos. ."Lo esencial de la vida del hombre es agua y pan, y vestido y casa para tener cubierto aquello que no debe dejarse ver" (Eccli. 29, 28).

martes, 13 de julio de 2010

Himno Adoro te devote - Santo Tomás de Aquino


Te adoro con devoción, Dios escondido, oculto verdaderamente bajo estas apariencias.
A Ti se somete mi corazón por completo, y se rinde totalmente al contemplarte.

Al juzgar de Ti, se equivocan la vista, el tacto, el gusto; pero basta el oído para creer con firmeza; creo todo lo que ha dicho el Hijo de Dios: nada es más verdadero que esta Palabra de verdad.

En la Cruz se escondía sólo la Divinidad, pero aquí se esconde también la Humanidad; sin embargo, creo y confieso ambas cosas, y pido lo que pidió aquel ladrón arrepentido.

No veo las llagas como las vió Tomás pero confieso que eres mi Dios:
haz que yo crea más y más en Ti, que en Ti espere y que te ame.

¡Memorial de la muerte del Señor! Pan vivo que das vida al hombre:
concede a mi alma que de Ti viva y que siempre saboree tu dulzura.

Señor Jesús, Pelícano bueno, límpiame a mí, inmundo, con tu Sangre,
de la que una sola gota puede liberar de todos los crímenes al mundo entero.

Jesús, a quien ahora veo oculto, te ruego, que se cumpla lo que tanto ansío:
que al mirar tu rostro cara a cara, sea yo feliz viendo tu gloria.

Amén.

viernes, 25 de junio de 2010

Santo Tomás y el Orden Social - Dr. Carlos Alberto Sacheri


Dentro del amplísimo horizonte doctrinal constituido por la síntesis filosófica de Santo Tomás de Aquino, su concepción del ordenamiento de las instituciones sociales no siempre ha merecido la debida atención, ni ha escapado a interpretaciones erróneas por parte de ciertos tomistas calificados. Por tal motivo parece conveniente presentar en forma sinóptica algunos principios rectores de su filosofía social, cuya formulación e intrínseca armonía resultan sobremanera actuales en medio de la profunda crisis de la inteligencia política contemporánea, que se debate entre los errores del liberalismo y del socialismo, sin atinar a elaborar una recta concepción del hombre y de las relaciones sociales.

1. FUNDAMENTOS ANTROPOLÓGICOS

La elaboración social y política de Santo Tomás se funda en una admirable y completa doctrina de la persona humana. Por aplicación del universalísimo principio operatio sequitur esse, el obrar sigue al ser, según concibamos al hombre, así será nuestra concepción de la sociedad humana. Esta fundamentación antropológica del orden social ha sido objeto de interpretaciones parcializadas por parte de algunos distinguidos tomistas contemporáneos, tales como el P. Schwalm y Jacques Maritain, postuladores de un personalismo secularista, o como los dominicos Congar, Chenu y Liegé, entre otros apóstoles del aperturismo marxista.

La antropología tomista parte del concepto de persona, asumiendo la clásica definición de Boecio, substancia individual de naturaleza racional, ser existente en sí mismo y por sí mismo, realidad sustantiva y subsistente abierta a la captación de toda verdad y de todo bien. Sobre la base del realismo antropológico de Aristóteles, Santo Tomás explícita la unidad substancial de cuerpo y alma humanos aplicando los riquísimos conceptos de materia y forma, y de acto y potencia.

Así el hombre es definido como animal racional, esto es, como ser a la vez corporal y espiritual, sensible y racional, afectivo y volitivo, verdadero microcosmos u horizonte ontológico, que resume en su totalidad psicosomática los confines del universo material con el linde sublime de las substancias separadas o inteligencias puras. Tal es la singularidad que distingue la complejidad y riqueza de la naturaleza humana dentro de la jerarquía de los seres existentes.

Unidad substancial de un cuerpo material informado por un alma racional, como dos co-principios incompletos en sí mismos que se exigen mutuamente, pues si bien cuerpo y alma son substancias, no constituyen sujetos reales que existan por sí separadamente (1).
Como toda forma, el alma es un acto y, según la definición aristotélica (2), acto primero de un cuerpo organizado y capaz de ejercer las funciones vitales. El alma no se limita a mover el cuerpo (como sostuvieron Platón y Descartes) sino que hace existir al cuerpo, estructurándolo y organizándolo como cuerpo vivo. Es inmaterial e incorpórea como toda forma. No sólo ejerce operaciones fisiológicas, sino también cognitivas y volitivas. En estas operaciones, el cuerpo no tiene parte, pues se realizan con total independencia de órgano corporal alguno (3).
Esta independencia de lo corporal confiere al alma humana su esencia espiritual propiamente tal. De ahí que, distinguiéndose de las almas o formas vegetativas y sensibles, las cuales no subsisten aparte del cuerpo, el alma humana emerge del cuerpo y lo trasciende (4).

La naturaleza espiritual del alma intelectiva fundamenta su incorruptibilidad, tanto por lo que es en sí misma, cuanto por su relación con el cuerpo material que informa y estructura. De ahí su carácter inmortal. En efecto, el alma comunica a la materia corporal su propia existencia o esse, formando con ella una sola entidad, el hombre. El ser del compuesto humano es pues, el mismo ser del alma; en lo cual se diferencia el alma racional de las demás formas vegetativas o sensitivas. Estas últimas no subsisten, por lo tanto, una vez destruido el cuerpo, mientras que el alma humana subsiste en estado de separación, sin verse afectada por la corrupción corporal, manteniéndose en su propio ser (5).

En razón de su capacidad intelectual, la persona humana posee además una voluntad libre mediante la cual es dueña de sus propios actos (6). Ella le permite obrar por sí misma, sin coacción exterior o necesidad interior, con relación a todos los bienes parciales que la razón le presenta como perfectivos para el sujeto y sin que constituyan su bien absoluto o bonum humanum perfectum. Tal es el fundamento metafísico de la libertad humana que completa lo que tanto la conciencia psicológica cuanto la conciencia moral certifican respecto del hombre como causa sui: "líberum est quod sui causa est" (7). Pero dado que la persona es libre, como consecuencia de su aptitud intelectual para alcanzar la verdad de las cosas, se sigue asimismo que el hombre es responsable de las consecuencias de sus actos voluntarios, según testimonia nuestra experiencia moral. Racionalidad, libertad y responsabilidad son, por consiguiente, tres propiedades escenciales del ser humano.

Para Santo Tomás, esta condición esencial de la humana naturaleza es la que fundamenta la dignidad excepcional de la persona y la que, en instancia sobrenatural, reviste al hombre de su condición de imago Dei.

Así lo expresa en la Summa c. Gentiles cuando da la razón por la cual las creaturas racionales se hallan sujetas de un modo particular a la Divina Providencia: "Sin embargo, es preciso tener en cuenta la especial razón de la providencia para con las naturalezas intelectuales y racionales sobre las demás creaturas. Porque superan a las otras creaturas en perfección de naturaleza y en dignidad de fin. En perfección de naturaleza, porque sólo la creatura racional tiene dominio de su acto y se actúa libremente en sus operaciones; mientras que las demás creaturas, con respecto a sus propias obras, son más bien actuadas que actuantes... En dignidad de fin, porque sólo la creatura intelectual llega al último fin del universo con su operación, es decir, a conocer y a amar a Dios; mientras que las otras no pueden alcanzarlo sino mediante cierta participación de su semejanza" (8). Este texto nos permite comprender no sólo cuál es la raíz de la eminente dignidad humana (imago), comparada con los demás seres (vestigia), sino captar a la vez la falsedad de la antinomia individuo-persona desarrollada por algunos calificados filósofos tomistas como Schwalm, Maritain, Eschmann, Graneris, Marc, etc.

Tanto más elevada es la persona, cuanto más individua es; lo cual no sólo se verifica del ser humano sino, especialmente, de las substancias separadas, cada una de las cuales agota en su individualidad la totalidad de su especie (9).

Por último, resulta conveniente completar esta visión panorámica de la antropología tomista subrayando otra de sus propiedades esenciales: la sociabilidad. En ella encontramos el principio vinculador de la antropología con la filosofía social de Santo Tomás. El ser humano es naturalmente social y político. En primer lugar, ello es testimoniado por la experiencia histórica de la humanidad, ya que cuanto más remonta el hombre en el conocimiento de su pasado, tantas mayores evidencias halla respecto de los signos de vida social. El Doctor Angélico hace suyos los argumentos formulados por Aristóteles al comienzo de su Política y comenta, en particular, lo relativo al lenguaje humano como signo natural de sociabilidad. Pero ello no basta a nuestro propósito, pues es menester distinguir un doble fundamento de la sociabilidad, basados en la enorme "distancia" que separa la posesión de la mera existencia humana (esse simpliciter), de su total perfeccionamiento ontológico-moral en la felicidad o bien humano perfecto (bonum simpliciter) (10). A ese doble fundamento lo designaremos como orden de generación (ordo generationis), que atiende al inicio de la vida humana, y orden de perfección (ordo perfectionis), orientado hacia el pleno desarrollo de las aptitudes del sujeto. En cuanto a su origen, la dependencia social del hombre se manifiesta en dos aspectos fundamentales: la misma relación generadora o procreadora y la radical indigencia en que se encuentra el recién nacido.

En cuanto a su perfección, podemos distinguir una triple dependencia social: en cuanto al bienestar material, a la plenitud intelectual y a la plenitud moral. Resulta evidente la dependencia de cada individuo respecto del concurso de esfuerzos humanos imprescindibles para la producción y distribución de los bienes materiales más elementales. Pero no menos manifiesta es la enorme dependencia en su capacitación intelectual, pues o bien cada individuo es capaz de adquirir todos los conocimientos por sí mismo (tesis rousseauniana del Emilio) o bien los adquiere por vía de enseñanza, la cual implica dependencia de los demás hombres. Lo primero es de suyo más perfecto, pero mucho menos frecuente. La condición normal del aprendizaje humano es la dependencia con relación a diversos magisterios.

Aún más marcada es la dependencia del hombre en la línea de su perfección moral. La naturaleza de la voluntad, como apetito racional, está de suyo ligada al lento desenvolvimiento de la capacidad cognoscitiva, y ello por muchos años. Pero durante los mismos, se van arraigando en el temperamento infantil una serie de disposiciones del temperamento o complexión individual, que lo inducen a determinados modos de conducta (timidez, egoísmo, generosidad, etc.). Como la perfección moral estriba en el obrar según la razón, es decir, en la posesión de las virtudes morales como hábitos operativos buenos (11), o bien el individuo se rectifica a sí mismo en su obrar, o bien lo logra con la ayuda de otros. Pero la adquisición de la virtud moral, supone por parte del individuo la capacidad para determinar por sí mismo el justo medio en que radica el obrar virtuoso, o sea, con dominio de sí. Ello es prácticamente imposible al niño, por el escaso desarrollo intelectual de los primeros años, por su inexperiencia, por el arraigo progresivo de ciertas disposiciones negativas antes mencionadas y la imposibilidad en que se encuentra de introducir una medida en sus propios actos. De ahí la tremenda importancia de la primera educación que el niño ha de recibir en el hogar. La misma consistirá en introducir en las actividades infantiles un orden racional (sueño, alimento, higiene, etc.) y en disponerlo favorablemente o sensibilizarlo a los bienes connaturales perfectivos, propios de cada virtud cardinal.

Así favorablemente dispuesto, el niño irá ejercitando su voluntad, bajo la guía prudencial paterna; cuando ésta falta, el adolescente tendrá enormes dificultades en alcanzar una madurez ética suficiente.

Con estas consideraciones de índole antropológica, podemos pasar a desarrollar algunos de los principios básicos de la doctrina tomista sobre el orden social. Nótese, empero, que lo expuesto ya nos ubica en un punto absolutamente trascendente con relación sea al inmanentismo optimista del liberalismo individualista, sea al inmanentismo pesimista del materialismo socialista.

2. EL ORDEN NATURAL Y LOS TRES PRINCIPIOS BÁSICOS DEL ORDEN SOCIAL

La perspectiva antropológica antes señalada nos permite considerar un tema fundamental: el orden natural. En efecto, el análisis de la persona humana y de sus cualidades o propiedades esenciales, nos lleva espontáneamente al reconocimiento de un ordenamiento natural, expresión de la sabiduría divina, que ha de servir de base al orden social, determinando las normas éticas básicas que lo expresan en el plano de la conducta humana. La conciencia moral de la humanidad testimonia desde los tiempos más remotos que existe un ordenamiento normativo esencial, que todos los hombres han de respetar en su mutua convivencia.

Así la Antígona de Sófocles encarna de modo eminente la primacía de ciertas normas de conducta que escapan al arbitrio humano, y operan a modo de cimiento sobre el cual han de asentarse los diferentes órdenes legales humanos. De allí surge el concepto clásico del derecho natural como aquello que es debido al hombre en virtud de su esencia, con sus tres notas de universalidad, pues rige para todos los hombres y todos los tiempos, de inmutabilidad, pues escapa en sus normas primeras a las contingencias geográficas, históricas y culturales, y de cognoscibilidad, en razón de ser captado espontáneamente por la conciencia moral de los individuos (12).

En consecuencia, el ordenamiento jurídico positivo dictado por la autoridad política ha de reflejar su respeto eficaz del orden natural: "Por consiguiente, es claro que la bondad o malicia de las acciones humanas no solamente lo son por preceptuarlo la ley, sino según el orden natural (secundum naturalem ordinem)" (13).

Esta consideración previa sobre la idea del orden natural ha de guiarnos en la formulación de tres principios básicos del ordenamiento social: 1) la primacía del bien común; 2) el principio de solidaridad; y 3) el principio de subsidiariedad. De su respeto cabal depende la armoniosa estructuración de los vínculos de convivencia sociales, en cuanto la sociedad política es medio necesario para la obtención de nuestra realización humana plena (14).

La doctrina tomista del bien común de la sociedad política constituye la clave de todo el pensamiento político del Santo; todos los demás conceptos serán elaborados en función de aquél. Decimos que un bien es común o particular según que sea participable por muchos o por uno solo; así, por ejemplo, la verdad científica es de suyo un bien común, ilimitadamente apropiable, mientras un alimento tiene razón de bien particular, por cuanto es apropiable por uno sólo. El bien común es un término análogo, que admite diversos significados; puede hablarse de bien común temporal, o de bien común sobrenatural, bien común nacional o internacional, bien común de la universidad, del sindicato, de la empresa, etc. El bien común sobrenatural es Dios mismo, en cuanto es fin de todo el universo creado. Lo distinguimos del bien común de la sociedad política o bien común inmanente o temporal, que incluye en sí todos aquellos elementos o bienes que, por naturaleza, son participables a todos los miembros del cuerpo social: la unidad, la verdad, el orden, la justicia, la seguridad y la paz. Incluye asimismo, subordinadamente, todos aquellos bienes que, siendo particulares por su naturaleza, son medios indispensables para la obtención de la verdad, la justicia, la paz, etc.; así por ejemplo los bienes económicos tienen de suyo razón de bienes particulares, pero en cuanto el dinamismo económico es indispensable para el buen ordenamiento de la sociedad, son incluidos a título de medios y la autoridad política debe, en consecuencia, asumir ciertas funciones en materia económica.
Al implicar el bien común político los bienes más excelentes del hombre, o sea, aquéllos que son más indispensables para el logro de su felicidad, se sigue que el bien común tiene una primacía natural sobre los bienes particulares y que éstos le estarán, por lo tanto, subordinados (15).
En esto radica la primacía del bien común sobre el bien particular, presupuesto fundamentalpara el buen funcionamiento de la sociedad, negado por el liberalismo. Ya Aristóteles calificaba al bien común de "más divino" y Santo Tomás emplea la misma expresión "divinius'' para subrayar su excelencia y afirma que ha de procurársele del mejor modo posible (16). Todo el esfuerzo de la autoridad política se define, consecuentemente, en la línea de la procuración del bien común, que constituye su razón de ser (17).

El segundo principio es el principio de solidaridad, difundido por autores tales como Heinrich Pesch, G. Gundlach y O. Nell-Breuning bajo el término de "solidarismo", en nuestra opinión inadecuado, por cuanto ningún concepto o principio aislado puede reflejar fielmente el pensamiento del Doctor Angélico ni la doctrina social de la Iglesia. Hecha esta salvedad, la idea de solidaridad encierra un valor substancial que merece ser destacado, como el "hacerse cargo los unos de los otros". La solidaridad humana tiene una triple raíz. En primer lugar, todos los hombres somos solidarios en virtud de poseer una misma naturaleza, naturaleza que incluye, según vimos, la tendencia a la vida social como a un medio indispensable para la perfección personal; en consecuencia, el hombre es solidario para con su alter ego, su otro sí mismo o prójimo. Pero esta comunidad de naturaleza se funda, a su vez, en una comunidad de origen, ya que todos los hombres somos creaturas de un mismo Dios el cual en su plan providencial nos vincula unos a otros. Por último, todos los hombres compartimos un mismo destino común, ya que hemos sido creados para participar de la visión divina por toda la eternidad, y en esta perspectiva todos debemos ayudarnos los unos a los otros.

Lo dicho surge claramente de las múltiples referencias que Santo Tomás hace a la sociedad como "cuerpo" (18) y en los pasajes en que comenta el texto de San Pablo "membrum alterlus", miembros los unos de los otros, en la perspectiva del Cuerpo místico de Cristo (1 Cor. 12,12-30; Eom. 12,4-8; Ef. 5, 21-33).
El principio de solidaridad nos permite comprender que todas las actividades e instituciones sociales incluyen una doble dimensión, la una personal, la otra social, ambas indisolublemente unidas. Ejemplo de ellos son la familia, la propiedad, el trabajo, los grupos intermedios, etc.

El tercer principio, complementario de los anteriores, es el de subsidiariedad, que tanta proyección ha alcanzado en la doctrina pontificia, especialmente a partir de la Cuadragésimo Anno de Pió XI. Su origen deriva de subsidium, en latín, ayuda. La idea central de este principio radica en que debe dejarse a los particulares y a los grupos que integran la sociedad política la plenitud de iniciativa, de creatividad, de responsabilidad, que ellos puedan asumir eficazmente por sí mismos. Complementariamente, la acción de las asociaciones más poderosas y del mismo Estado consiste en suplir lo que los miembros menos dotados no pueden realizar. Santo Tomás expresa esta idea en sus comentarios a la Política de Aristóteles, pues ya éste señalaba que los hombres se asocian en razón no de su igualdad o semejanza (como dirían luego Rousseau y Marx) sino de sus desemejanzas, de sus desigualdades de talentos, condiciones, oficios, etc.

Nuestro santo advierte sobre el peligro de buscar una uniformidad excesiva, monolítica, lo cual atraería aparejado consecuencias negativas como desaparecen la sinfonía y armonía de las voces cuando todas cantan en un mismo tono (19). También insiste en la importancia de respetar las competencias reales de los distintos miembros del grupo: "Un hombre no hace bien a la vez más que una sola cosa. Si se ocupa de muchas a la vez, necesariamente ha de fallar en una o en todas ellas. Por eso importa que el gobernante no encargue muchos oficios simultáneamente a un mismo hombre, i.e., ser sastre y corneta al mismo tiempo. A no ser que se trate de pequeños burgos, en los que todos tienen que hacer algo de todo. Pero en las grandes sociedades en donde hay gente para todo, es preferible distribuir las cargas y los oficios según la competencia de cada uno. Entonces se procura mejor el bien común, porque cada oficial ejecuta mejor y más pronto lo que se le ha encomendado" (20).

¡Admirable realismo del santo dominico, que nada ha perdido de su actualidad en estos tiempos alejados de la monarquía descentralizada medieval, con sus corporaciones artesanales, sus ligas, sus fueros comunales!..., para dejar paso a los totalitarismos y plutocracias que desconocen la subsidiariedad y confunden las funciones gubernativas con la de mera administración.

La conjugación práctica de los tres principios enunciados, permite establecer en cada caso particular las "reglas de juego" básicas que asegurarán una plena convivencia social, en el respeto de las eternas exigencias del orden natural.

¡Cuan parciales resultan a la luz de estas reflexiones las ideologías contemporáneas del liberalismo negador de la solidaridad, y del socialismo marxista, negador de la subsidiariedad! El rigor de la articulación de los grandes principios sociales del tomismo, resalta aún más en el contraste con los grandes errores de la modernidad.

3. LA JERARQUÍA DE LAS FUNCIONES SOCIALES

A la luz de lo expuesto, surge una jerarquización de las diversas funciones sociales de acuerdo a la medida en que aseguran bienes humanos más elevados y, en particular, la plena realización del bien común político. Una vez más, la reflexión del Doctor Angélico está presidida por las conclusiones de su antropología y de su ética, que operan a modo de communia o principios comunes, reguladores del quehacer político.

Debemos partir de la subordinación intrínseca de lo sensible a lo racional y de lo corpóreo a lo espiritual. Según la jerarquía ontológica de las facultades humanas, se constituirá una jerarquía complementaria de los bienes correspondientes y de las funciones o actividades que tienden a realizarlos: Operatio sequitur esse.

Santo Tomás nos brinda una síntesis acabada de su pensamiento al culminar su análisis de los diferentes bienes que, según la experiencia de las cosas humanas, se presentan como constituyendo la beatitud o felicidad de la persona: "Si, pues, la felicidad suprema del hombre no está en los bienes exteriores, llamados de fortuna, ni en los bienes del cuerpo, ni en los del alma respecto de la parte sensitiva, ni tampoco en los de la parte intelectiva respecto a los actos de las virtudes morales, ni en las intelectuales que se refieren a la acción, como el arte y la prudencia, resultará que la suprema felicidad del hombre consistirá en la contemplación de la verdad... Todas las operaciones parecen estar ordenadas a ésta (contemplación) como a su fin. Pues para una perfecta contemplación se requiere la integridad corporal, que es el fin de todas las cosas artificiales necesarias para la vida. Requiérese también el sosiego de las perturbaciones pasionales, que se alcanza mediante las virtudes morales y la prudencia; y también el de las perturbaciones externas, a lo que se ordena toda la convivencia social. De modo que, bien consideradas las cosas, todos los oficios humanos se ordenan al servicio de quienes contemplan la verdad" (21).

Esta riquísima doctrina nos permite establecer la subordinación intrínseca de lo económico a lo social y a lo político, y la de éste a lo cultural y sapiencial (tanto natural, cuanto sobrenatural).

De esta manera queda afirmada la primacía de la contemplación sobre la praxis. El hombre, capax universa, posee una naturaleza intelectual y, en razón de ello, la inteligencia es la facultad superior y especificadora de todo lo humano. La primación de la inteligencia sobre la voluntad y la del espíritu sobre la materia, permiten a Santo Tomás sostener que la capacidad contemplativa tiene razón de fin último, mientras que el orden de la acción práctica, tanto moral como técnica o artística, le está subordinada. Igual doctrina sienta nuestro autor al comentar la Política aristotélica y las Sentencias de Pedro Lombardo, siguiendo al Estagirita quien anuncia al comienzo del libro séptimo que la contemplación es la forma suprema de la acción y, como tal, constituye el bien supremo de la polis: "Ad perfectionem humanae multiudinis sit necessarium aliquos contemplativae vitae inservire".

Resulta interesante señalar que el Angélico Doctor desarrolla el tema de la subordinación del trabajo manual y de todo el orden económico a los bienes espirituales, al resolver las objeciones por las cuales algunos se oponían a la vida religiosa. De su exposición resulta una elocuente refutación del primado de la praxis en general y del trabajo manual en particular, tal como la expondrán Marx y sus discípulos más modernamente. Comienza caracterizando el trabajo manual como aquél que realizan los hombres para satisfacer sus necesidades más imperiosas, sobre todo la del alimento; para lo cual se sirven los hombres de su esfuerzo corporal. Pero añade que dicha tarea no es obligatoria para todos los hombres, en la medida en que la ayuda solidaria de otros puede compensar dicha abstención. Por otra parte, sostiene que aún en el plano económico, hay tareas que no implican de suyo trabajo manual, como las correspondientes a la organización y coordinación (23). Siguiendo el hilo argumental podemos concluir que, para nuestro Autor, el régimen del salariado es de suyo legítimo, siempre que se vea justamente retribuido; también se sigue que otras actividades ajenas a lo manual, son tanto o más legítimas que el trabajo manual mismo, y que las tareas económicas organizativas han de gobernar las de mera ejecución.
La doctrina así resumida configura una refutación cabal del primado marxista de la praxis, aún en el plano específico de lo económico, manteniendo plena vigencia en una economía substancialmente diferente a la medieval cual es la contemporánea.




(1) Cfr. Summa Th, I, q.75, a.4, 2m.
(2) Cfr. In II de Anima, 1.2, n.233.
(3) Cfr. Summa Th., I, q.74, a 4; Summa c.Gentiles, 11,82.
(4) "Anima humana... ita tamen quod non sit a corpore totaliter compre-hensa quasi ei inmersa, sicut aliae jormae materiales, sed excedat capad taiem totius materiae corporalis": Q.D. de Anima, art.2, c.
(5) Cfr. Summa Th., I, q.76, a.5.
(6) Cfr. Q.D. De Malo, q.6.
(7) Summa c.Gentiles, 11,48.
(8) Summa c.Gentiles, III, c.lll; cfr. caps.112 y 113.
(9) Cír. Summa Th., I, q.50, a.4.
(10) Cfr. Summa Th., I, q.5, a.l, Im.
(11) Cfr. Summa Th., MI, q.50.
(12) Cfr. Summa Th., I-II, q.94.
(13) Summa c.Gentíles, III, c.130.
(14) Clr. ln I Polit., 1.1, n.40.
(15) Cfr. Summa Th., I, q.60, a.5.
(16) "sed ut sit óptimo modo quo fien potest", Contra impugnantes, n.26.
(17) Cfr. Summa Th. II-II. q.58, a.7, 2m. Respecto de la polémica suscitada en los últimos treinta años sobre la doctrina tomista del bien común, cfr. C. De Koninck, De la primacía del bien común contra los personalistas, Madrid 1952; L. Lachance, L'humanisme politique de St. Tho-mas, Montréal, 1965; Julio Meinvielle, De Lamennais a Marítain, Bs. As. 1967, y Crítica a la concepción de Marítain sobre la persona humana, Bs. As., 1948.
(18) Cfr. Summa Th., I-II, q.81, a.l.
(19) Cfr. In U Polit., 1.5.
(20) In II Polit., 1.16, n.339.
(21) Summa c.Gentiles, III, c. 37.
(22) In IV Sent., d.26, q.l, a.2, c.
(23) Cír. Summa c.Gentiles, IIf, c.134 y 135.

Tomado de la revista Mikael Nº 5
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