viernes, 3 de febrero de 2012

Rogate ergo - San Aníbal María Di Francia




"¿Qué son estos pocos huérfanos que se salvan y estos pocos pobres que se evangelizan frente a millones que se pierden y están abandonados como rebaño sin pastor?... Buscaba un camino de salida y lo encontré amplio, inmenso en aquellas adorables palabras de nuestro Señor Jesucristo: Rogate ergo... Entonces me pareció haber hallado el secreto de todas las obras buenas y de la salvación de todas las almas"

San Aníbal María Di Francia

San Blas - 3 de Febrero


Para conocer su hagiografía clickear sobre la imagen.

jueves, 2 de febrero de 2012

Se celebra hoy la Jornada Mundial de la Vida Consagrada


Hoy, 2 de febrero, fiesta de la Presentación del Señor en el templo, la Iglesia ora y da gracias por quienes dedican su vida íntegra al servicio del Reino. Desde el año 1997, por iniciativa del beato Juan Pablo II, se celebra este día la Jornada Mundial de la Vida Consagrada. El lema escogido para este año es: “Ven y Sígueme”.

El Santo Padre Benedicto XVI presidirá la celebración eucarística y mañana tendrá lugar un encuentro fraterno y de formación permanente para las personas consagradas de habla española que viven en Roma.

Participará en este encuentro monseñor Joseph Tobin, Secretario de la Congregación para los Institutos de vida consagrada y las Sociedades de Vida Apostólica.

El organizador de la Jornada es el sacerdote claretiano español, Fernando Prado Ayuso, que es director de Publicaciones Claretianas en Madrid y autor del Blog sobre la vida consagrada: www.masdecerca.com.

El padre Prado Ayuso explicó que la característica de este 2012 está marcado por el 50 aniversario del Concilio Vaticano II, el próximo sínodo de los obispos sobre el tema: "La nueva evangelización para la transmisión de la fe cristiana (que se celebrará en Roma, del 7 al 28 de octubre), el Año de la Fe y la Nueva Evangelización.+

"No basta tener la teoría de la presencia de Dios" - Siervo de Dios Luis María Etcheverry Boneo


"No basta tener la teoría de la presencia de Dios. Se requiere que, en este instante, yo advierta la presencia de Dios dentro de mí como creador de todas las cosas, en el orden natural, o dentro de mí como Dios y como hombre por la gracia, en el orden sobrenatural, o muy cerca de mí, también en el orden sobrenatural, en el orden de la gracia, pero mostrándome, detrás del disfraz de la forma de pan, su presencia física, actuante en la eucaristía".


Siervo de Dios Luis María Etcheverry Boneo

Evangelio del día 2 de febrero de 2012


Evangelio según San Lucas 2,22-40. Fiesta de la Presentación del Señor


Cuando llegó el día fijado por la Ley de Moisés para la purificación, llevaron al niño a Jerusalén para presentarlo al Señor, como está escrito en la Ley: Todo varón primogénito será consagrado al Señor. También debían ofrecer en sacrificio un par de tórtolas o de pichones de paloma, como ordena la Ley del Señor.
Vivía entonces en Jerusalén un hombre llamado Simeón, que era justo y piadoso, y esperaba el consuelo de Israel. El Espíritu Santo estaba en él y le había revelado que no moriría antes de ver al Mesías del Señor. Conducido por el mismo Espíritu, fue al Templo, y cuando los padres de Jesús llevaron al niño para cumplir con él las prescripciones de la Ley, Simeón lo tomó en sus brazos y alabó a Dios, diciendo: "Ahora, Señor, puedes dejar que tu servidor muera en paz, como lo has prometido, porque mis ojos han visto la salvación que preparaste delante de todos los pueblos: luz para iluminar a las naciones paganas y gloria de tu pueblo Israel".
Su padre y su madre estaban admirados por lo que oían decir de él. Simeón, después de bendecirlos, dijo a María, la madre: "Este niño será causa de caída y de elevación para muchos en Israel; será signo de contradicción, y a ti misma una espada te atravesará el corazón. Así se manifestarán claramente los pensamientos íntimos de muchos".
Había también allí una profetisa llamada Ana, hija de Fanuel, de la familia de Aser, mujer ya entrada en años, que, casada en su juventud, había vivido siete años con su marido.
Desde entonces había permanecido viuda, y tenía ochenta y cuatro años. No se apartaba del Templo, sirviendo a Dios noche y día con ayunos y oraciones. Se presentó en ese mismo momento y se puso a dar gracias a Dios. Y hablaba acerca del niño a todos los que esperaban la redención de Jerusalén.
Después de cumplir todo lo que ordenaba la Ley del Señor, volvieron a su ciudad de Nazaret, en Galilea. El niño iba creciendo y se fortalecía, lleno de sabiduría, y la gracia de Dios estaba con él.


Comentario: "He aquí el Señor Dios que viene con poder; viene para iluminar nuestra mirada "(Is 35,4-5)- Adán de Perseigne


El Padre de la luz (Jc 1,17) invita a los hijos de la luz (Lc 16,18) a celebrar esta fiesta de luz: " Acercaos y sed inundados de claridad ", dice el salmo (33,6). De hecho, " el que habita una luz inaccesible " (1Tm 6,16) se dignó hacerse accesible; él descendió en la desnudez de la carne para que lo débil y lo pequeño puedan subir hasta él. ¡Qué descenso de misericordia! "Inclinó los cielos ", es decir las cumbres de la divinidad, " y descendió " haciéndose presente en la carne, " y una nube oscura estaba bajo sus pies " (Sal. 17,10)...
¡Oscuridad necesaria para devolvernos la luz! La luz verdadera se escondió bajo la nube de la carne, (cf Ex 13,21) nube oscura por su semejanza con "nuestra condición humana de pecadores" (Rm 8,3)... Ya que la verdadera Luz hizo de la carne su escondite, ¡Que los mortales nos acerquemos hoy al Verbo hecho carne para dejar atrás las obras de la carne y aprender a pasar, poco a poco, a las obras del Espíritu! Que nos acerquemos pues, hoy, ya que un nuevo sol brilla en el firmamento. Hasta este momento encerrado en el pueblo de Belén, en la estrechez de un pesebre y conocido por un pequeño número de personas, hoy viene a Jerusalén, al templo del Señor. Está presente ante varias personas. Hasta ahora, tú Belén, te alegrabas, tú sola, de la luz que nos ha sido dada a todos. Orgullosa de tal privilegio de novedad inaudita, podías compararte con el mismo Oriente por tu luz. Mejor aún, cosa increíble, había dentro de ti, en un pesebre más luz que en el mismo sol cuando se levanta el día...Pero hoy, este sol se dispone a irradiar en todo el mundo. Hoy es ofrecido en el templo de Jerusalén, el Señor del templo.
¡Ojalá mi alma pudiera arder en el deseo que inflamaba a Simeón, para que merezca ser el portador de una luz tan grande! Pero si el alma primero no ha sido purificada de sus faltas, no podrá ir " al encuentro de Cristo sobre los nubarrones " de la verdadera libertad (1T 4,17)... sólo entonces podrá gozar con Simeón de la luz verdadera y, como él, irse a paz.


Adán de Perseigne (? -1221), abad cisterciense. Sermón 4 para la Purificación

La Presentación del Señor en el Templo - 2 de febrero


Para conocer sobre esta festividad clickear sobre la imagen.

miércoles, 1 de febrero de 2012

Mensaje de monseñor Antonio Marino, obispo de Mar del Plata para la Semana Vocacional (Mar del Plata, 4-12 de febrero de 2012)




“La cosecha es abundante, pero los trabajadores son pocos. Rueguen al dueño de los sembrados que envíe trabajadores para la cosecha” Lc 10,2).


“Rueguen”

Este pedido del Señor sigue resonando en los oídos de la Iglesia a lo largo de los siglos. Jesucristo nos pide oración por las vocaciones de especial consagración dentro de la comunidad de los fieles. Dios quiere concedernos las gracias que necesitamos, como respuesta a nuestra oración perseverante.

Este sencillo mensaje, con ocasión de la “Semana Vocacional” aspira a ser un fuerte estímulo para que todos crezcamos en la conciencia de una responsabilidad compartida.

En efecto, toda comunidad cristiana debe sentirse implicada en este mandato del Señor. Se trate de la diócesis, como Iglesia particular presidida por el Obispo, o bien de la parroquia, capilla, colegio, asociaciones laicales, instituciones de Iglesia. Lo mismo decimos de todas las categorías de fieles. La situación vocacional de nuestra Iglesia marplatense, y también la de nuestra patria y de la Iglesia esparcida por el mundo, debe ser para todos motivo de examen de conciencia.


Vocaciones ¿En quiénes pensamos al hablar de aumento de vocaciones?

La palabra vocación significa “llamada”. Todo cristiano, en virtud del sacramento del Bautismo y de la Confirmación, queda comprometido con Cristo para dar testimonio de Él ante el mundo, mediante sus buenas obras, en primer lugar, y también mediante sus palabras. Debemos ser “la sal de la tierra” y “la luz del mundo” (Mt 5,13-16).

Pero la Iglesia es como un cuerpo (1Cor 12,12-31; Rom 12,3-8), cuyos miembros tenemos distintas funciones. Por eso, distinguimos la vocación de los laicos, la vocación a la vida consagrada en sus variadas formas (monjes y monjas, religiosos y religiosas, pertenecientes a las diversas órdenes y congregaciones, o bien miembros de institutos seculares) y la vocación de los llamados al ministerio ordenado (obispo, presbíteros, diáconos).

La misión primera de los laicos es santificar las realidades terrenas asumiendo desde la fe la construcción de un mundo mejor.

La vocación a la vida consagrada, es propia de algunos hermanos y hermanas nuestros que reciben una llamada especial a entregar por entero sus vidas al servicio de Cristo y de su Iglesia, en muy variadas formas. Su compromiso queda sellado habitualmente mediante la emisión de los votos, por los cuales renuncian libremente al matrimonio, por el Reino de los Cielos, y se comprometen a llevar vida sobria y austera, según las normas de cada orden, congregación o instituto, y sujetarse en obediencia a la autoridad de un superior.

La vocación al ministerio ordenado, es un servicio por el cual el ministro lleva ante la comunidad cristiana la representación sacramental de Cristo. De este modo, mediante el sacramento del Orden, la misión de enseñar, santificar y gobernar a los creyentes, que Cristo confió a los Apóstoles, se perpetúa hasta el fin de los siglos.



Vocaciones de especial consagración


Si en la Iglesia faltara el testimonio de radical entrega a Cristo y a su Reino mediante los votos de castidad, pobreza y obediencia, como don precioso que algunos reciben como vocación divina, estaría faltando una riqueza vinculada con la fecundidad de la tarea evangelizadora.

Y sin la presencia de los ministros ordenados, no habría Eucaristía ni perdón de los pecados, ni signos sacramentales de Cristo Cabeza y Pastor, Siervo y Esposo de la Iglesia.

Durante la semana vocacional oramos por el florecimiento de todas las vocaciones y carismas dentro de nuestra Iglesia. Todos los bautizados podemos y debemos enriquecer a la Iglesia con nuestro testimonio ante el mundo. Pero de un modo especial rezamos por las vocaciones de especial consagración.



Signos para el discernimiento de la llamada divina


¿Cómo sabe un joven que Dios lo llama, sea a la vida consagrada o bien al sacerdocio? Aquí estamos ante un misterio que sólo se aclara con el paso del tiempo, poniendo atención a los signos y dentro de una actitud de fe y de oración. Como en toda vocación, prestamos atención a los siguientes aspectos: atracción, centralidad, perseverancia.

Un primer camino para el discernimiento lo tenemos en el gusto o la atracción o inquietud que se siente por un determinado género de vida, que implica determinados ideales y compromisos y conlleva tales renuncias. Este signo es importante. Sin embargo, no es suficiente, pues a un joven, muchacho o chica, le pueden atraer muchas cosas, que podrá cultivar en algunos momentos como un pasatiempo distensivo y enriquecedor. Y no por ello ese atractivo es signo de una vocación específica.

Por ello debemos estar atentos a otra señal, que es la centralidad que pasa a tener la realidad que me atrae. En caso de conflicto o superposición de gustos y propuestas ¿cuál es la realidad que elijo, aquella por la cual soy capaz de renunciar a otras cosas buenas y atractivas para mí? Junto a una vocación auténtica pueden coexistir varias cosas que me gustan o llaman la atención. Pero está claro que las mantengo o cultivo en la medida en que no interfieren con aquello que he elegido como mi camino de vida. Cuando hay vocación por algo soy capaz de renuncias a veces dolorosas.

Lo decisivo aparecerá con el tiempo. Quien se adentra en un camino vocacional, tarde o temprano experimentará dificultades, oscuridades, tentaciones de volver atrás, cansancio ante lo arduo del fin que se intenta alcanzar. Cuando hay vocación verdadera, aprendemos a perseverar, a saltar por encima de los obstáculos, juntamos fuerzas y crecemos. Desarrollamos espíritu de lucha.

En el caso de las vocaciones de las cuales hablamos, debemos contar con la luz y el auxilio de la gracia. Aquí marcamos una diferencia. Cuando un joven descubre su vocación a la política, a cultivar algún arte u oficio, o a la medicina, o al deporte profesional, o a alguna profesión, podemos decir que el camino de descubrimiento de su vocación (y por tanto de la voluntad de Dios) es su propia naturaleza y las circunstancias que vuelven posible entregarse a ese ideal.

Pero cuando alguien se plantea este otro tipo de vocaciones, el camino no siempre es el atractivo natural. La gracia puede producir de pronto una inquietud que va en sentido contrario a la inclinación natural primera. ¿Qué debemos pensar del profeta Jeremías? Este profeta se defendía de la llamada de Dios alegando su incapacidad para hacer discursos y su juventud. Al parecer había desproporción entre el objeto de la llamada y las fuerzas e inclinaciones de la naturaleza. Y sin embargo, Dios le dice: “No digas: ‘Soy demasiado joven’, porque tú irás donde yo te envíe y dirás lo que yo te ordene. No temas delante de ellos, porque yo estoy contigo para librarte” (Jer 1,7-8). ¿Y no podríamos decir lo mismo de San Pablo cuando fue llamado y tuvo que reorientar su vida? (cf. Hch 9,1-8; Gal 1,10-17).



“Dios llama desde dentro y desde fuera” (Santo Tomás de Aquino)


¿Cómo debe actuar aquél que percibe en su interior una inquietud vocacional hacia la vida consagrada o hacia el sacerdocio? Para responder a esta pregunta prestemos atención al sentido de la palabra vocación, que significa “llamada”. Esto presupone que hay alguien que llama. El significado de la palabra no es, por tanto, sólo subjetivo, en cuanto atractivo natural o llamado de la propia naturaleza. Es más, debemos decir que prevalece el sentido objetivo, en cuanto llamada divina a través del reconocimiento oficial de la Iglesia, a la cual compete discernir los signos y confirmar en la vocación, reconociéndola como auténtica. Por eso, Santo Tomás de Aquino afirmaba que Dios llama “desde dentro y desde fuera”. Interiormente, a través de la gracia y la iluminación del Espíritu Santo, quien pone el gusto y da la fuerza para seguir a Cristo en este género de vida totalmente dedicada a la causa del Reino de Cristo en las almas y en el mundo. Exteriormente, a través de la Iglesia, representada por el obispo, los superiores de comunidad, o por los sacerdotes que, en comunión con él, deben discernir la autenticidad de los signos de una verdadera vocación.

De allí la importancia, desde el primer momento, de la guía o dirección espiritual. La palabra definitiva la tendrá la Iglesia, debidamente informada, al aceptar los compromisos o conferir el Orden Sagrado a quienes fueron presentados como candidatos aptos.



“El que quiera servirme, que me siga” (Jn 12,26).


¿Qué actitudes interiores y exteriores deben caracterizar la respuesta ante la vocación? Tomemos como guía al Evangelio. En el Evangelio de San Juan dice Jesús: “El que quiera servirme, que me siga, y donde yo esté, estará también mi servidor. El que quiera servirme, será honrado por mi Padre” (Jn 12,26).

“El que quiera servirme…”. Esto significa que Jesús nada impone, sino que propone. Espera una decisión de nuestra parte, nos invita a elegirlo a él. Esta invitación se dirige a todo cristiano, a cada uno según su vocación específica. Y cada uno de nosotros debe responder con plena conciencia y libertad. Pero al resonar estas palabras en los oídos de quienes se sienten llamados a una consagración especial a Él, las mismas adquieren un significado especial, con renuncias y compromisos específicos.

“El que quiera servirme…”. El Señor llama. Debemos decidirnos, quiere que lo elijamos, pero no nos fuerza a ello. Al elegirlo a él, nos damos cuenta de que él nos eligió primero: “No son ustedes los que me eligieron a mí, sino yo el que los elegí a ustedes, y los destiné para que vayan y den fruto y ese fruto sea duradero” (Jn 15,16). Nos ha elegido para que lo elijamos.

Al elegir a Cristo, no estamos nunca solos. Nos acompaña su gracia. “Nadie puede venir a mí, si no lo atrae el Padre que me envió” (Jn 6,44). La gracia del Espíritu Santo, amor del Padre y del Hijo, ha actuado secretamente en el corazón.

Ante esta vocación divina, la única respuesta posible es la prontitud incondicional y la totalidad. Como cuando el Maestro llamaba a Andrés y a Pedro, a Santiago y a Juan, a Leví y a Natanael.

Jesús nos pide prontitud en la respuesta. Leemos en el Evangelio de San Mateo: “Mientras caminaban a orillas del mar de Galilea, Jesús vio a dos hermanos: a Simón, y a su hermano Andrés, que echaban las redes al mar porque eran pescadores. Entonces les dijo: ‘Síganme, y yo los haré pescadores de hombres’. Inmediatamente, ellos dejaron la barca y a su padre y lo siguieron” (Mt 4,18-22).

También nos pide no presentar excusas ni otras prioridades, ni poner condiciones para seguirlo. Nada puede estar antes ni ser más importante: “Mientras iban caminando, –leemos en el Evangelio de San Lucas– alguien le dijo a Jesús: ‘¡Te seguiré adonde quiera que vayas!’. Jesús le respondió: ‘Los zorros tienen sus cuevas y las aves del cielo sus nidos, pero el Hijo del hombre no tiene dónde reclinar la cabeza’. Y dijo a otro: ‘Sígueme’. Él respondió: ‘Permíteme que vaya primero a enterrar a mi padre’. Pero Jesús le respondió: ‘Deja que los muertos entierren a sus muertos; tú vé a anunciar el Reino de Dios’. Otro le dijo: ‘Te seguiré, Señor, pero permíteme antes despedirme de los míos’. Jesús le respondió. ‘El que ha puesto la mano en el arado y mira hacia atrás, no sirve para el Reino de Dios’ ” (Lc 9, 57-62).

Jesús reclama igualmente un gran desprendimiento, pues para seguirlo a Él es preciso dejarlo todo. Como leemos en el Evangelio de San Lucas: “Ellos atracaron las barcas a la orilla y, abandonándolo todo lo siguieron” (Lc 5,11).


“Hijo, si te decides a servir al Señor, prepara tu alma para la prueba” (Eclo 2,1)


El servicio del Señor implica la prueba y el esfuerzo. Escuchemos las sabias advertencias del libro del Eclesiástico: “Hijo, si te decides a servir al Señor, prepara tu alma para la prueba. Endereza tu corazón, sé firme, y no te inquietes en el momento de la desgracia (…) Porque el oro se purifica en el fuego, y los que agradan a Dios, en el crisol de la humillación” (Eclo 2,1-2.5).

Quien ha sido llamado debe entender que le esperan las pruebas del tiempo, de la vida en común, donde junto con innegables alegrías aparecerán los límites y aristas de lo humano, conflictos interiores y perplejidades. Pero no estará solo. En la fe se encontrará con Aquél que da la fuerza. Aprenderá que no se santificará a pesar de estas dificultades, sino precisamente con ocasión de ellas.



Conclusión para un comienzo


Queridos fieles de mi diócesis marplatense, La ausencia o escasez de vocaciones causa tristeza a la Iglesia. El único remedio es el indicado por el Señor: orar y actuar.

Todos debemos sentirnos implicados en la inquietud vocacional. El Obispo, en primer lugar, quien mira, con cierta angustia y con esperanza a la vez, las necesidades pastorales y los vacíos de presencia de operarios apostólicos en el vasto territorio de la diócesis. Los sacerdotes y consagrados, que deben prestar atención a los jóvenes para saber orientarlos por los variados caminos del Señor e irradiar entusiasmo y alegría. Las familias que deben educar a sus hijos en el respeto y aprecio por las vocaciones de especial consagración a Dios. Los catequistas y agentes pastorales que deben transmitir conocimiento sobre las diversas vocaciones en la viña del Señor. Las parroquias, movimientos e instituciones. Los mismos jóvenes, que deben tomar conciencia de su responsabilidad intransferible.

Que a todos nos alcance la abundancia de la bendición divina, que de corazón les imparto invocando el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.


Mons. Antonio Marino, obispo de Mar del Plata

La Verdadera Paciencia - San Francisco de Asís


"El siervo de Dios no puede saber cuánta paciencia y humildad tiene mientras todo le vaya bien. Pero cuando quienes debieran darle satisfacción lo contrarían, allí podemos decir cuanta paciencia y humildad tiene exactamente".

San Francisco de Asís

Evangelio del día 1 de febrero de 2012


Evangelio según San Marcos 6,1-6. Miércoles de la cuarta semana del tiempo ordinario


Jesús salió de allí y se dirigió a su pueblo, seguido de sus discípulos. Cuando llegó el sábado, comenzó a enseñar en la sinagoga, y la multitud que lo escuchaba estaba asombrada y decía: "¿De dónde saca todo esto? ¿Qué sabiduría es esa que le ha sido dada y esos grandes milagros que se realizan por sus manos? ¿No es acaso el carpintero, el hijo de María, hermano de Santiago, de José, de Judas y de Simón? ¿Y sus hermanas no viven aquí entre nosotros?". Y Jesús era para ellos un motivo de tropiezo.
Por eso les dijo: "Un profeta es despreciado solamente en su pueblo, en su familia y en su casa". Y no pudo hacer allí ningún milagro, fuera de curar a unos pocos enfermos, imponiéndoles las manos. Y él se asombraba de su falta de fe. Jesús recorría las poblaciones de los alrededores, enseñando a la gente.


Comentario:



¿No es el hijo del carpintero? - San Josemaría Escrivá de Balaguer



José amó a Jesús como un padre ama a su hijo, lo trató dándole todo lo mejor que tenía. José, cuidando de aquel Niño, como le había sido ordenado, hizo de Jesús un artesano: le transmitió su oficio. Por eso los vecinos de Nazareth hablarán de Jesús, llamándole indistintamente faber y fabri filius: artesano e hijo del artesano (Mt 13,55)...
Porque Jesús debía parecerse a José: en el modo de trabajar, en rasgos de su carácter, en la manera de hablar. En el realismo de Jesús, en su espíritu de observación, en su modo de sentarse a la mesa y de partir el pan, en su gusto por exponer la doctrina de una manera concreta, tomando ejemplo de las cosas de la vida ordinaria, se refleja lo que ha sido la infancia y la juventud de Jesús y, por tanto, su trato con José.
No es posible desconocer la sublimidad del misterio. Ese Jesús que es hombre, que habla con el acento de una región determinada de Israel, que se parece a un artesano llamado José, ése es el Hijo de Dios. Y ¿quién puede enseñar algo a Dios? Pero es realmente hombre, y vive normalmente: primero como niño, luego como muchacho, que ayuda en el taller de José; finalmente como un hombre maduro, en la plenitud de su edad. Jesús crecía en sabiduría, en edad y en gracia delante de Dios y de los hombres (Lc 2,52).
José ha sido, en lo humano, maestro de Jesús; le ha tratado diariamente, con cariño delicado, y ha cuidado de Él con abnegación alegre. ¿No será ésta una buena razón para que consideremos a este varón justo, a este Santo Patriarca en quien culmina la fe de la Antigua Alianza, como Maestro de vida interior?


San Josemaría Escrivá de Balaguer (1902-1975), sacerdote, fundador. Homilía del 19/03/63 en Es Cristo que pasa

Santa Brígida de Kildare, Patrona de Irlanda - 1 de febrero

Para conocer su hagiografía clickear sobre la imagen.
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