martes, 4 de agosto de 2009

Te amo, Oh mi Dios - San Juan María Vianney


Te amo, Oh mi Dios.
Mi único deseo es amarte
Hasta el último suspiro de mi vida.
Te amo, Oh infinitamente amoroso Dios,
Y prefiero morir amándote que vivir un instante sin Ti.
Te amo, oh mi Dios, y mi único temor es ir al infierno
Porque ahí nunca tendría la dulce consolación de tu amor,
Oh mi Dios,
si mi lengua no puede decir
cada instante que te amo,
por lo menos quiero
que mi corazón lo repita cada vez que respiro.
Ah, dame la gracia de sufrir mientras que te amo,
Y de amarte mientras que sufro,
y el día que me muera
No solo amarte pero sentir que te amo.
Te suplico que mientras más cerca estés de mi hora
Final aumentes y perfecciones mi amor por Ti.
Amén.

San Juan Bautista María Vianney - 4 de agosto


por Lamberto de Echeverría (1)

Oficialmente, en libros litúrgicos, aparece su verdadero nombre: San Juan Bautista María Vianney. Pero en todo el universo es conocido con el título de Cura de Ars. Poco importa la opinión de algún canonista exigente que dirá, a nuestro juicio con razón, que el Santo no llegó a ser jurídicamente verdadero párroco de Ars, ni aun en la última fase de su vida, cuando Ars ganó en consideración canónica. Poco importa que el uso francés hubiera debido exigir que se le llamara el canónigo Vianney, ya que tenía este título concedido por el obispo de Belley. Pasando por encima de estas consideraciones, el hecho real es que consagró prácticamente toda su vida sacerdotal a la santificación de las almas del minúsculo pueblo de Ars y que de esta manera unió, ya para siempre, su nombre y la fama de su santidad al del pueblecillo.

Ars tiene hoy 370 habitantes, poco más o menos los que tenía en tiempos del Santo Cura. Al correr por sus calles parece que no han pasado los años. Únicamente la basílica, que el Santo soñó como consagrada a Santa Filomena, pero en la que hoy reposan sus restos en preciosa urna, dice al visitante que por el pueblo pasó un cura verdaderamente extraordinario.

Apresurémonos a decir que el marco externo de su vida no pudo ser más sencillo. Nacido en Dardilly, en las cercanías de Lyón, el 8 de mayo de 1786, tras una infancia normal y corriente en un pueblecillo, únicamente alterada por las consecuencias de los avatares políticos de aquel entonces, inicia sus estudios sacerdotales, que se vio obligado a interrumpir por el único episodio humanamente novelesco que encontramos en su vida: su deserción del servicio militar. Terminado este período, vuelve al seminario, logra tras muchas dificultades ordenarse sacerdote y, después de un breve período de coadjutor en Ecully, es nombrado, por fin, para atender al pueblecillo de Ars. Allí, durante los cuarenta y dos años que van de 1818 a 1859, se entrega ardorosamente al cuidado de las almas. Puede decirse que ya no se mueve para nada del pueblecillo hasta la hora de la muerte.

Y sin moverse de allí logró adquirir una resonante celebridad. Recientemente se ha editado, con motivo del centenario de su muerte, una obra en la que se recogen testimonios curiosísimos de esta impresionante celebridad: pliego de cordel, con su imagen y la explicación de sus actividades; muestras de las estampas que se editaron en vida del Santo en cantidad asombrosa; folletos explicando la manera de hacer el viaje a Ars, etc.

El contraste entre lo uno y lo otro, la sencillez externa de la vida y la prodigiosa fama del protagonista nos muestran la inmensa profundidad que esa sencilla vida encierra.

* * *

Nace el Santo en tiempos revueltos: el 8 de mayo de 1786. En Dardilly, no lejos de Lyón. Estamos por consiguiente en uno de los más vivos hogares de la actividad religiosa de Francia. Desde algunos puntos del pueblo se alcanza a ver la altura en que está la basílica de Fourvière, en Lyón, uno de los más poderosos centros de irradiación y renovación cristiana de Francia entera. Juan María compartirá el seminario con el Beato Marcelino Champagnat, fundador de los maristas; con Juan Claudio Colin, fundador de la Compañía de María, y con Fernando Donnet, el futuro cardenal arzobispo de Burdeos. Y hemos de verle en contacto con las más relevantes personalidades de la renovación religiosa que se opera en Francia después de la Revolución francesa. La enumeración es larga e impresionante. Destaquemos, sin embargo, entre los muchos nombres, dos particularmente significativos: Lacordaire y Paulina Jaricot.

Tierra, por consiguiente, de profunda significación cristiana. No en vano Lyón era la diócesis primacial de las Galias. Pero antes de que, en un período de relativa paz religiosa, puedan desplegarse libremente las fuerzas latentes, han de pasar tiempos bien difíciles. En efecto, es aún niño Juan María cuando estalla la Revolución Francesa. Al frente de la parroquia ponen a un cura constitucional, y la familia Vianney deja de asistir a los cultos. Muchas veces el pequeño Juan María oirá misa en cualquier rincón de la casa, celebrada por alguno de aquellos heroicos sacerdotes, fieles al Papa, que son perseguidos con tanta rabia por los revolucionarios. Su primera comunión la ha de hacer en otro pueblo, distinto del suyo, Ecully, en un salón con las ventanas cuidadosamente cerradas, para que nada se trasluzca al exterior.

A los diecisiete años la situación se hace menos tensa. Juan María concibe el gran deseo de llegar a ser sacerdote. Su padre, aunque buen cristiano, pone algunos obstáculos, que por fin son vencidos. El joven inicia sus estudios, dejando las tareas del campo a las que hasta entonces se había dedicado. Un santo sacerdote, el padre Balley, se presta a ayudarle. Pero... el latín se hace muy difícil para aquel mozo campesino. Llega un momento en que toda su tenacidad no basta, en que empieza a sentir desalientos. Entonces se decide a hacer una peregrinación, pidiendo limosna, a pie, a la tumba de San Francisco de Regis, en Louvesc. El Santo no escucha, aparentemente, la oración del heroico peregrino, pues las dificultades para aprender subsisten. Pero le da lo substancial: Juan María llegará a ser sacerdote.

Antes ha de pasar por un episodio novelesco. Por un error no le alcanza la liberación del servicio militar que el cardenal Fesch había conseguido de su sobrino el emperador para los seminaristas de Lyón. Juan María es llamado al servicio militar. Cae enfermo, ingresa en el hospital militar de Lyón, pasa luego al hospital de Ruán, y por fin, sin atender a su debilidad, pues está aún convaleciente, es destinado a combatir en España. No puede seguir a sus compañeros, que marchan a Bayona para incorporarse. Solo, enfermo, desalentado, le sale al encuentro un joven que le invita a seguirle. De esta manera, sin habérselo propuesto, Juan María será desertor. Oculto en las montañas de Noës, pasará desde 1809 a 1811 una vida de continuo peligro, por las frecuentes incursiones de los gendarmes, pero de altísima ejemplaridad, pues también en este pueblecillo dejó huella imperecedera por su virtud y su caridad.

Una amnistía le permite volver a su pueblo. Como si sólo estuviera esperando el regreso, su anciana madre muere poco después. Juan María continúa sus estudios sacerdotales en Verrières primero y después en el seminario mayor de Lyón. Todos sus superiores reconocen la admirable conducta del seminarista, pero..., falto de los necesarios conocimientos del latín, no saca ningún provecho de los estudios y, por fin, es despedido del seminario. Intenta entrar en los hermanos de las Escuelas Cristianas, sin lograrlo. La cosa parecía ya no tener solución ninguna cuando, de nuevo, se cruza en su camino un cura excepcional: el padre Balley, que había dirigido sus primeros estudios. Él se presta a continuar preparándole, y consigue del vicario general, después de un par de años de estudios, su admisión a las órdenes. Por fin, el 13 de agosto de 1815, el obispo de Grenoble, monseñor Simón, le ordenaba sacerdote, a los 29 años. Había acudido a Grenoble solo y nadie le acompañó tampoco en su primera misa, que celebró al día siguiente. Sin embargo, el Santo Cura se sentía feliz al lograr lo que durante tantos años anheló, y a peso de tantas privaciones, esfuerzos y humillaciones, había tenido que conseguir: el sacerdocio.

Aún no habían terminado sus estudios. Durante tres años, de 1815 a 1818, continuará repasando la teología junto al padre Balley, en Ecully, con la consideración de coadjutor suyo. Muerto el padre Balley, y terminados sus estudios, el arzobispado de Lyón le encarga de un minúsculo pueblecillo, a treinta y cinco kilómetros al norte de la capital, llamado Ars. Todavía no tenía ni siquiera la consideración de parroquia, sino que era simplemente una dependencia de la parroquia de Mizérieux, que distaba tres kilómetros. Normalmente no hubiera tenido sacerdote, pero la señorita de Garets, que habitaba en el castillo y pertenecía a una familia muy influyente, había conseguido que se hiciera el nombramiento.

Ya tenemos, desde el 9 de febrero de 1818, a San Juan María en el pueblecillo del que prácticamente no volverá a salir jamás. Habrá algunas tentativas de alejarlo de Ars, y por dos veces la administración diocesana le enviará el nombramiento para otra parroquia. Otras veces el mismo Cura será quien intente marcharse para irse a un rincón «a llorar su pobre vida», como con frase enormemente gráfica repetirá. Pero siempre se interpondrá, de manera manifiesta, la divina Providencia, que quería que San Juan María llegara a resplandecer, como patrono de todos los curas del mundo, precisamente en el marco humilde de una parroquia de pueblo.

* * *

Podemos distinguir en la actividad parroquial de San Juan María dos aspectos fundamentales, que en cierta manera corresponden también a dos fases de su vida.

Mientras no se inició la gran peregrinación a Ars, el cura pudo vivir enteramente consagrado a sus feligreses. Y así le vemos visitándoles casa por casa; atendiendo paternalmente a los niños y a los enfermos; empleando gran cantidad de dinero en la ampliación y hermoseamiento de la iglesia; ayudando fraternalmente a sus compañeros de los pueblos vecinos. Es cierto que todo esto va acompañado de una vida de asombrosas penitencias, de intensísima oración, de caridad, en algunas ocasiones llevada hasta un santo despilfarro para con los pobres. Pero San Juan María no excede en esta primera parte de su vida del marco corriente en las actividades de un cura rural.

No le faltaron, sin embargo, calumnias y persecuciones. Se empleó a fondo en una labor de moralización del pueblo: la guerra a las tabernas, la lucha contra el trabajo de los domingos, la sostenida actividad para conseguir desterrar la ignorancia religiosa y, sobre todo, su dramática oposición al baile, le ocasionaron sinsabores y disgustos. No faltaron acusaciones ante sus propios superiores religiosos. Sin embargo, su virtud consiguió triunfar, y años después podía decirse con toda verdad que «Ars ya no es Ars». Los peregrinos que iban a empezar a llegar, venidos de todas partes, recogerían con edificación el ejemplo de aquel pueblecillo donde florecían las vocaciones religiosas, se practicaba la caridad, se habían desterrado los vicios, se hacía oración en las casas y se santificaba el trabajo.

La lucha tuvo en algunas ocasiones un carácter más dramático aún. Conocemos episodios de la vida del Santo en que su lucha con el demonio llega a adquirir tales caracteres que no podemos atribuirlos a ilusión o a coincidencias. El anecdotario es copioso, y en algunas ocasiones sobrecogedor.

Ya hemos dicho que el Santo solía ayudar, con fraternal caridad, a sus compañeros en las misiones parroquiales que se organizaban en los pueblos de los alrededores. En todos ellos dejaba el Santo un gran renombre por su oración, su penitencia y su ejemplaridad. Era lógico que aquellos buenos campesinos recurrieran luego a él, al presentarse dificultades, o simplemente para confesarse y volver a recibir los buenos consejos que de sus labios habían escuchado. Éste fue el comienzo de la célebre peregrinación a Ars. Lo que al principio sólo era un fenómeno local, circunscrito casi a las diócesis de Lyón y Belley, luego fue tomando un vuelo cada vez mayor, de tal manera que llegó a hacerse célebre el cura de Ars en toda Francia y aun en Europa entera. De todas partes empezaron a afluir peregrinos, se editaron libros para servir de guía, y es conocido el hecho de que en la estación de Lyón se llegó a establecer una taquilla especial para despachar billetes de ida y vuelta a Ars. Aquel pobre sacerdote, que trabajosamente había hecho sus estudios, y a quien la autoridad diocesana había relegado en uno de los peores pueblos de la diócesis, iba a convertirse en consejero buscadísimo por millares y millares de almas. Y entre ellas se contarían gentes de toda condición, desde prelados insignes e intelectuales famosos, hasta humildísimos enfermos y pobres gentes atribuladas que irían a buscar en él algún consuelo.

Aquella afluencia de gentes iba a alterar por completo su vida. Día llegará en que el Santo Cura desconocerá su propio pueblo, encerrado como se pasará el día entre las míseras tablas de su confesonario. Entonces se producirá el milagro más impresionante de toda su vida: el simple hecho de que pudiera subsistir con aquel género de vida.

Porque aquel hombre, por el que van pasando ya los años, sostendrá como habitual la siguiente distribución de tiempo: levantarse a la una de la madrugada e ir a la iglesia a hacer oración. Antes de la aurora, se inician las confesiones de las mujeres. A las seis de la madrugada en verano y a las siete en invierno, celebración de la misa y acción de gracias. Después queda un rato a disposición de los peregrinos. A eso de las diez, reza una parte de su breviario y vuelve al confesonario. Sale de él a las once para hacer la célebre explicación del catecismo, predicación sencillísima, pero llena de una unción tan penetrante que produce abundantes conversiones. Al mediodía, toma su frugalísima comida, con frecuencia de pie, y sin dejar de atender a las personas que solicitan algo de él. Al ir y al venir a la casa parroquial, pasa por entre la multitud, y ocasiones hay en que aquellos metros tardan media hora en ser recorridos. Dichas las vísperas y completas, vuelve al confesonario hasta la noche. Rezadas las oraciones de la tarde, se retira para terminar el Breviario. Y después toma unas breves horas de descanso sobre el duro lecho. Sólo un prodigio sobrenatural podía permitir al Santo subsistir físicamente, mal alimentado, escaso de sueño, privado del aire y del sol, sometido a una tarea tan agotadora como es la del confesonario.

Por si fuera poco, sus penitencias eran extraordinarias, y así podían verlo con admiración y en ocasiones con espanto quienes le cuidaban. Aun cuando los años y las enfermedades le impedían dormir con un poco de tranquilidad las escasas horas a ello destinadas, su primer cuidado al levantarse era darse una sangrienta disciplina...

Dios bendecía manifiestamente su actividad. El que a duras penas había hecho sus estudios, se desenvolvía con maravillosa firmeza en el púlpito, sin tiempo para prepararse, y resolvía delicadísimos problemas de conciencia en el confesonario. Es más: cuando muera, habrá testimonios, abundantes hasta lo increíble, de su don de discernimiento de conciencias. A éste le recordó un pecado olvidado, a aquél le manifestó claramente su vocación, a la otra le abrió los ojos sobre los peligros en que se encontraba, a otras personas que traían entre manos obras de mucha importancia para la Iglesia de Dios les descorrió el velo del porvenir... Con sencillez, casi como si se tratara de corazonadas o de ocurrencias, el Santo mostraba estar en íntimo contacto con Dios Nuestro Señor y ser iluminado con frecuencia por Él.

* * *

No imaginemos, sin embargo, al Santo como un ser completamente desligado de toda humanidad. Antes al contrario. Conservamos el testimonio de personas, pertenecientes a las más elevadas esferas de aquella puntillosa sociedad francesa del siglo XIX, que marcharon de Ars admiradas de su cortesía y gentileza. Ni es esto sólo. Mil anécdotas nos conservan el recuerdo de su agudo sentido del humor. Sabía resolver con gracia las situaciones en que le colocaban a veces sus entusiastas. Así, cuando el señor obispo le nombró canónigo, su coadjutor le insistía un día en que, según la costumbre francesa, usara su muceta. «¡Ah, amigo mío! -respondió sonriente-, soy más listo de lo que se imaginaban. Esperaban burlarse de mí, al verla sobre mis hombros, y yo les he cazado». «Sin embargo, ya ve, hasta ahora es usted el único a quien el señor obispo ha dado ese nombramiento». «Natural. Ha tenido tan poca fortuna la primera vez, que no ha querido volver a tentar suerte».

Servel y Perrin han exhumado hace poco una anécdota conmovedora: Un día, el Santo recibió en Ars la visita de una hija de la tía Fayot, la buena señora que le había acogido en su casa mientras estuvo oculto como prófugo. Y el Santo Cura, en agradecimiento a lo que su madre había hecho con él, le compró un paraguas de seda. ¿Verdad que es hermoso imaginarnos al cura y a la jovencita entrando en la modestísima tienda del pueblo y eligiendo aquel paraguas de seda, el único acaso que habría allí? ¿Verdad que muchas veces se nos caricaturiza a los santos ocultándonos anécdotas tan significativas?

Pero donde más brilló su profundo sentido humano fue en la fundación de «La Providencia», aquella casita que, sin plan determinado alguno, en brazos exclusivamente de la caridad, fundó el señor cura para acoger a las pobres huerfanitas de los contornos. Entre los documentos humanos más conmovedores, por su propia sencillez y cariño, se contarán siempre las Memorias que Catalina Lassagne escribió sobre el Santo Cura. A ella le puso al frente de la obra y allí estuvo hasta que, quien tenía autoridad para ello, determinó que las cosas se hicieran de otra manera. Pero la misma reacción del Santo mostró entonces hasta qué punto convivían en él, junto a un profundo sentido de obediencia rendida, un no menor sentido de humanísima ternura. Por lo demás, si alguna vez en el mundo se ha contado un milagro con sencillez, fue cuando Catalina narró para siempre jamás lo que un día en que faltaba harina le ocurrió a ella. Consultó al señor cura e hizo que su compañera se pusiera a amasar, con la más candorosa simplicidad, lo poquito que quedaba y que ciertamente no alcanzaría para cuatro panes. «Mientras ella amasaba, la pasta se iba espesando. Ella añadía agua. Por fin estuvo llena la amasadera, y ella hizo una hornada de diez grandes panes de 20 a 22 libras». Lo bueno es que, cuando acuden emocionadas las dos mujeres al señor cura, éste se limita a exclamar: «El buen Dios es muy bueno. Cuida de sus pobres».

* * *

El viernes 29 de julio de 1859 se sintió indispuesto. Pero bajó, como siempre, a la iglesia a la una de la madrugada. Sin embargo, no pudo resistir toda la mañana en el confesonario y hubo de salir a tomar un poquito de aire. Antes del catecismo de las once pidió un poco de vino, sorbió unas gotas derramadas en la palma de su mano y subió al púlpito. No se le entendía, pero era igual. Sus ojos bañados de lágrimas, volviéndose hacia el sagrario, lo decían todo. Continuó confesando, pero ya a la noche se vio que estaba herido de muerte. Descansó mal y pidió ayuda. «El médico nada podrá hacer. Llamad al señor cura de Jassans».

Ahora ya se dejaba cuidar como un niño. No rechistó cuando pusieron un colchón a su dura cama. Obedeció al médico. Y se produjo un hecho conmovedor. Éste había dicho que había alguna esperanza si disminuyera un poco el calor. Y en aquel tórrido día de agosto, los vecinos de Ars, no sabiendo qué hacer por conservar a su cura queridísimo, subieron al tejado y tendieron sábanas que durante todo el día mantuvieron húmedas. No era para menos. El pueblo entero veía, bañado en lágrimas, que su cura se les marchaba ya. El mismo obispo de la Diócesis vino a compartir su dolor. Tras una emocionante despedida de su buen padre y pastor, el Santo Cura ya no pensó más que en morir. Y en efecto, con paz celestial, el jueves 4 de agosto, a las dos de la madrugada, mientras su joven coadjutor rezaba las hermosas palabras «que los santos ángeles de Dios te salgan al encuentro y te introduzcan en la celestial Jerusalén», suavemente, sin agonía, «como obrero que ha terminado bien su jornada», el Cura de Ars entregó su alma a Dios.

Así se ha realizado lo que él decía en una memorable catequesis matinal: «¡Dios mío, cómo me pesa el tiempo con los pecadores! ¿Cuándo estaré con los santos? Entonces diremos al buen Dios: Dios mío, te veo y te tengo, ya no te escaparás de mí jamás, jamás».

Lo canonizó el papa Pío XI el 31 de mayo de 1925, quien tres años más tarde, en 1928, lo nombró Patrono de los Párrocos.

Lamberto de Echeverría, El Santo Cura de Ars, en Año Cristiano, Tomo III, Madrid, Ed. Católica (BAC 185), 1959, pp. 351-360.

(1) Sacerdote diocesano, miembro de la Tercera Orden Franciscana, que tuvo que superar incontables dificultades para llegar a ordenarse de presbítero. Su celo por las almas, sus catequesis y su ministerio en el confesonario transformaron el publecillo de Ars, que a su vez se convirtió en centro de frecuentes peregrinaciones de multitudes que buscaban al Santo Cura. Es patrono de los párrocos.

lunes, 3 de agosto de 2009

SS Benedicto XVI pide libertad religiosa para los cristianos perseguidos


RTVE.ES / AGENCIAS CIUDAD DEL VATICANO 02.08.2009El papa Benedicto XVI ha pedido rezar por los cristianos perseguidos y que les sean reconocidos los derechos humanos, la igualdad y la libertad religiosa para poder vivir y profesar libremente la propia fe, según informa Radio Vaticano.

Las peticiones del Pontífice se produce después de la noticia, destacada por Radio Vaticano, de que al menos siete cristianos, entre ellos uno niño y cuatro mujeres, murieron quemados vivos en las últimas horas por un grupo de fundamentalistas islámicos en la ciudad de Gojra, en la provincia del Punjab, en Pakistán.

La emisora de la Santa Sede, que ha incluido las peticiones del Papa en la información sobre los sucesos en Pakistán, ha señalado que el motivo de la agresión fue la supuesta profanación por parte de un niño cristiano del Corán, que ha desatado las iras de la población islámica.

Arrasan viviendas de cristianos

Según la radio del Papa, el ministro pakistaní para las minorías ha calificado las acusaciones de "un pretexto y de falsas" y ha denunciado que la policía no protegiera suficientemente a la pequeña comunidad cristiana, compuesta por entre dos mil y tres mil personas.

Ante las acusaciones, unos 3.000 musulmanes devastaron una decenas de casas de cristianos y quemaron dos iglesias.

Radio Vaticano ha subrayado que unos 200 millones de cristianos están perseguidos en el mundo por su fe.

Los lobbys abortistas y homosexuales engañan sistemáticamente


Tomado de http://www.redprovida.com
2009-03-23
Ana Escoda

Los abortistas exageran las cifras del aborto sistemáticamente para justificar su legalización. Lo mismo que sucedió en España pasa ahora en Colombia. El Director del Departamento de Bioética de la Facultad de Medicina de la Universidad de la Sabana, Pablo Arango Restrepo, ha afirmado que la campaña de despenalización del aborto, hablaron de 400.000 abortos clandestinos, desde que se legalizó en 2006 se han practicado 3.000.

En declaraciones a aciprensa.com, el experto en bioética explica que “después de la despenalización los abortos legales han sido mínimos, poco más de un centenar, y los más asombrados son los abortistas porque sus estadísticas no les cuadran”.

En mayo de 2006 la Corte Constitucional de Colombia despenalizó el aborto en tres circunstancias: cuando la vida de la madre está en peligro, cuando hay malformaciones congénitas incompatibles con la vida y en caso de violación. Arango advierte que los abortistas “ahora han vuelto a la campaña” para la despenalización “en cualquier circunstancia y vuelven a aparecer estadísticas ‘infladas’”.

Al mismo tiempo alerta de que “hay campañas contra el personal de salud, especialmente los médicos a los que se les está negando el derecho a la objeción de conciencia con amenazas sobre su futuro laboral”.

El bulo de las cifras del aborto, los anticonceptivos y el divorcio en España


La campaña pro abortista que tuvo lugar en España en la transición ha dejado cifras que desde la distancia impactan.

El 1976 apareció el primer número de El País Semanal, el 3 de octubre el semanario ‘informaba’ que se estaban produciendo 300.000 abortos clandestinos cada año. Además se apuntaba que 3.000 mujeres morían al año por someterse a un aborto ilegal “según el Tribunal Superior”. El año 1985 se despenaliza el aborto y el 1986 se producen 17.000 abortos. Los cuerpos de esos 3.000 fallecimientos no han aparecido.

Asimismo se decía que con más anticonceptivos habría menos abortos.

En 1997 según un estudio del equipo Daphne usaban anticonceptivos el 50% de las españolas y había 49.500 abortos. En el 2006 de nuevo según un estudio del equipo Daphne usaban anticonceptivos el 80% de las mujeres en España y había 112.000 abortos. Con lo que se demuestra que la sistematización de la mentira es continua en las cifras anteriores y posteriores.

El año 2001 el entonces presidente José María Aznar legaliza la píldora del día después para reducir la cifra del número de abortos que entonces era de 70.000 al año. En el 2007 la cifra de abortos se ha incrementado hasta situarse en 112.000 abortos cada año.
Asimismo las cifras se exageraron con el divorcio.

En 1980 el ministro Fernández Ordóñez -que más tarde se divorciaría- afirmó: “un millón de parejas esperan divorciarse” en España. En 1981 se legalizó el divorcio en España y 16.000 parejas optaron por separarse, en 1991 hubieron 67.000 divorcios y en 2006 alcanzó un pico de 146.000 divorcios.

Las cifras hinchadas de Argentina y Brasil

En el diario argentino Diario de Paraná el 1 de enero de 2008 publicó:

"Se estima que en la Argentina se producen 600 mil abortos por año, y en su conjunto constituyen una de las principales causas de muerte materna. De 100 mil mujeres que se practican un aborto, entre 350 y 400 mueren en el quirófano."

Estas cifras son absolutamente inventadas y, además, tampoco se adjudican a ninguna entidad concreta. Los grupos pro-aborto las hacen circular por las agencias y la prensa lo copia en los diversos países de lengua española donde se quiere implantar el aborto. Las cifras reales según recoge el médico Fernando de Saravi son las siguientes:

"En 2004 fallecieron 6.725 argentinas de 15 a 44 años. El aborto complicado fue la causa en sólo 94 casos (1,4%)."

Por lo tanto los grupos pro-aborto multiplican por 4 las mujeres que mueren por abortos (no se sabe si legales, ilegales, naturales o provocados).

De igual forma, en Brasil, país con 160 millones de habitantes -la mayoría en niveles de pobreza extrema-, la OMS recogía en 1983 tan sólo 371 muertes por abortos, y en México en 1988, sólo 216 muertes por abortos (naturales incluídos). Datos más actuales en Brasil, de su ministerio de salud, afirmaban que en 1996 murieron 146 mujeres por abortos, en 1997 eran 163 y en 1998 eran 119.

La realidad es que las cifras de fallecimiento se manipulan groseramente ya que incluso si una mujer se practica un aborto ilegal y se desangra, acude a un hospital. Incluso si la mujer no va al hospital y muere, su cadáver termina siendo examinado. Los muertos por aborto no ‘desaparecen’.

Asimismo esas muertes, absolutamente lamentables, están más ligadas a causas vinculadas a la maternidad que no tienen nada que ver con el aborto. Legalizar el aborto no impedirá que mueran mujeres por causas ligadas a abortos naturales y seguirán habiendo abortos clandestinos.

Cuando se afirma que "el aborto es la principal causa de muerte materna en Argentina" o en otro país, significa llamar a engaño. Se llama muerte materna a "la muerte de una mujer durante el embarazo o dentro de los 42 días siguientes a su finalización, independientemente de la duración y sitio del embarazo, por cualquier causa relacionada con, o agravada por, el embarazo o su tratamiento”, pero no por causas accidentales o incidentales.

Según Saravi, “el aborto (el natural y el provocado) causa en Argentina aproximadamente sólo un tercio de las muertes maternas. Más del 50 por ciento se debe a otras causas obstétricas directas (causadas por el embarazo), y la mayor parte del resto a causas obstétricas indirectas (enfermedades agravadas por el embarazo)”. Cabe recordar que se produjeron sólo 94 muertes relacionadas con abortos en 2004 en el país austral.

El homosexualismo político también infló las cifras

En septiembre de 2004, en plena campaña para aprobar la nueva definición de matrimonio, el diario catalán El Periódico de Cataluña titulaba a portada completa: “100.000 parejas gays se casarán con la nueva ley en los próximos 3 años”.

En la misma línea se manifestaba un suplemento de El Mundo dando por buenas las cifras del lobby gay esos días:

"En España hay 2.400.000 homosexuales de entre 18 y 65 años. Unos 238.000 viven en parejas. En los próximos dos años, según las asociaciones del colectivo, podrían casarse 100.000 parejas. Ello supondría una inyección en el sector de 2.400 millones de euros. Un 26% de los gays quiere tener hijos".

Según la dirección general de Registros y Notariado desde 2004 hasta 2007 se celebraron en España tan solo 5.243 "matrimonios del mismo sexo": 3.675 fueron entre hombres y 1.568 entre mujeres.


FUENTE:
http://www.forumlibertas.com/frontend/forumlibertas/noticia.php?id_noticia=13206

domingo, 2 de agosto de 2009

Retorno a la Barbarie: Eutanasia


Revista Sí Sí No No
Junio 2007 Año XVII, n. 173

1. Resumen histórico

El homicidio de personas viejas y decré­pitas, de niños deformes o débiles, en uso entre los pueblos más o menos bárbaros, constituía una forma de eutanasia. El cristia­nismo hizo desaparecer también dicha cos­tumbre inhumana. A la eutanasia se la trató universalmente, en la moral y el derecho, como homicidio o suicidio.

Hemos de constatar hoy un triste retorno a esa bárbara costumbre. Tal retorno se ma­nifiesta en proposiciones de ley que autorizan a los médicos a matar tranquilamente a los enfermos que quieran la muerte, o que dis­ponen el homicidio, por orden de la autori­dad pública o con el permiso de ésta, de per­sonas que son inútiles para la sociedad a causa de enfermedades, locura, imbecilidad o ve­jez, o bien la eliminación física de soldados mutilados o gravemente heridos sin esperan­za de curación.

2. División

Resulta de lo que se ha consignado más arriba que se dan dos casos esencialmente distintos:

a) Causar una muerte buena, es decir, cau­sar la muerte y, al mismo tiempo, hacer que sea buena (indolora).

b) Causar una muerte buena, no provo­cando directamente la muerte, sino intervinien­do para que la muerte, la cual es provocada por otras causas (enfermedad, locura, imbe­cilidad, vejez...), acaezca sin dolor.

Tenemos un auténtico homicidio en el primer caso, no así en el segundo. Existe, pues, una eutanasia que mata y otra que no lo hace. Cuando hablemos de eutanasia, así, sin más, sin calificativo, se entiende que nos es­tamos refiriendo a la eutanasia que mata.

3. Moralidad

a) La eutanasia que mata es un acto intrín­secamente malo. Es suicidio u homicidio se­gún los casos. Es homicidio aunque se ejecu­te a petición del paciente o con el consenti­miento de éste, entre otras cosas porque las penosas condiciones en que se halla no pue­den ser, ciertamente, expresión de una vo­luntad libre. No cambia nada la circunstancia o el hecho de que la persona sufra o no viva mucho. La eutanasia siempre es pecado gra­ve por las mismas razones por las que lo son el homicidio y el suicidio. Aparte el hecho de que no se puede estar nunca seguro de la absoluta incurabilidad de una enfermedad y de que siempre pueden darse errores de diag­nóstico y pronósticos equivocados al respec­to, hay que observar que la eutanasia se opone diametralmente al fin propio de la medici­na y del noble oficio de médico. El médico debe mederi, esto es, curar, y, por ende, sal­var la vida de los hombres, usando para ello, en la medida de sus posibilidades, todos los recursos médicos de que disponga. La euta­nasia es matar, así que se opone derecha­mente al oficio y al deber del médico. Ade­más, la eutanasia como práctica aceptada y no impedida por la autoridad dañaría grandísimamente a la sociedad. Los hombres per­derían la confianza en los médicos y no se fiarían fácilmente de sus tratamientos, lo que tendría gravísimas consecuencias para el es­tado de salud del pueblo. Tampoco a las au­toridades públicas les asiste el derecho de matar a un inocente. Las leyes que permiten o imponen tal acto, a los médicos o a otros, son leyes malas. Obedecer a tales leyes es cometer pecado de homicidio. Por lo demás, si, por un absurdo, se admitieran dichas leyes, ¿cómo podrían impedirse multitud de delitos? (por ejemplo, que unos parientes de un enfermo deseosos de heredarlo procura­ran obtener a toda costa que éste consintiera en la eutanasia y persuadiesen al médico para que la llevara a cabo). ¡Qué bajada tan peli­grosa de la sensibilidad moral de la humani­dad! De ahí la legitimidad de la condena del Sto. Oficio, fechada el 2 de diciembre de 1940 (AAS, 32 1940, pp. 553-554).

b) La eutanasia que no mata, pero que quita o disminuye los dolores del moribundo, no está prohibida, a no ser por causa de los efectos dañinos que se derivan a menudo de los medios usados, es decir, de la adminis­tración de narcóticos. A veces tales efectos son la aceleración de la muerte, la privación temporal o permanente de los sentidos, etc. Nunca es lícito emplear tales medios sin per­miso del paciente. Peca gravísimamente un médico que priva de la conciencia a una per­sona que no está preparada para la muerte, sobre todo en el aspecto espiritual y sobre­natural, o sea, a un paciente que aún necesita reconciliarse con Dios y recibir los santos sa­cramentos. Pecan gravísimamente los consan­guíneos o los amigos del enfermo que le piden al médico que haga eso. Un médico dig­no del nombre de cristiano se opondrá a tal manifestación de amor mal entendido y de ig­norancia religiosa, y procurará instruir tanto al paciente cuanto a aquellos a cuyo cargo está. Pero tampoco es conveniente que per­sonas preparadas para la muerte se priven de la conciencia, o sean privadas de ella, en los momentos que preceden a aquélla. El cris­tiano sabe que los sufrimientos y la propia muerte, si se la acepta con santa resignación a la voluntad de Dios, son un medio óptimo de expiar los pecados cometidos en la vida. Jesús instituyó un sacramento especial, la extremaunción, para dar a los hombres fuer­zas especiales para morir bien y soportar los sufrimientos que acompañan a la muerte. Por eso quiere también la Iglesia que se ruegue en esos momentos por el moribundo y con el moribundo. Por lo demás, la ciencia médica moderna dispone de varios medios (quirúrgi­cos y farmacológicos) para mitigar los sufri­mientos de los enfermos sin embotar las acti­vidades psíquicas superiores: medios válidos y perfectamente lícitos.

(Del Diccionario de teología moral dirigido por el Card. Francesco Roberti)

San Pedro Julián de Eymard - 2 de agosto


Pedro Julián nació en un pueblito de la diócesis francesa de Grénoble, llamado Mure d'Isére, en el año 1811. En la misma diócesis ocurrieron las apariciones de la Virgen en La Salette.

Trabajó con su padre en su fábrica de cuchillos y mas tarde en una prensa de aceite, hasta que cumplió 18 años. En sus horas libres estudiaba latín y recibía clases de un sacerdote de Grénoble, con quien también trabajo por un tiempo.

En 1831 entra en el seminario de Grénoble y en tres años es ordenado sacerdote.

En sus primeros cinco años de sacerdote sirvió en una parroquia en Chatte y Monteynard. Luego pidió permiso al obispo para ingresar en la Congregación de los Maristas. El obispo le concede diciendo: "La mejor prueba de estima que puedo dar a esa congregación es permitir a un sacerdote como vos ingresar en ella". Al terminar su noviciado, Pedro Julián fue nombrado director espiritual del seminario menor de Belley y mas tarde fue elegido provincial de Lyon en 1845.

La Eucaristía incendia su corazón

El centro de su vida espiritual había sido siempre la devoción al Santísimo Sacramento. El santo decía: "Sin El, perdería yo mi alma". El santo nos relata una experiencia extraordinaria en una procesión de Corpus Christi, mientras llevaba al Santísimo en sus manos: "Mi alma se inundó de fe y de amor por Jesús en el Santísimo Sacramento. Las dos horas pasaron como un instante. Puse a los pies del Señor a la Iglesia de Francia, al mundo entero, a mi mismo. Mis ojos estaban llenos de lágrimas, como si mi corazón fuese un lagar. Hubiese yo querido en ese momento que todos los corazones estuvieran con el mío y se incendiaran con un celo como el de San Pablo".

Hizo una peregrinación al Santuario de Nuestra Señora de Fourviéres en 1851: "Me obsesionaba la idea de que no hubiese ninguna congregación consagrada a glorificar al Santísimo Sacramento, con una dedicación total. Debía existir esa congregación … Entonces prometí a María trabajar para ese fin. Se trataba aún de un plan muy vago y no me pasaba por la cabeza abandonar la Compañía de María…¡Que horas tan maravillosas pasé ahí! ".

Las Fundaciones y las pruebas

Fue aconsejado por sus superiores a no tomar ninguna decisión hasta que su proyecto estuviera más maduro. Después de 4 años en la Seyne, alentado por los mismos fundadores de los Maristas, Pío IX y el venerable Juan Colin, decide salir de la Compañía de María para fundar la nueva Congregación de Sacerdotes adoradores del Santísimo Sacramento, en 1856. Presenta su plan al Monseñor Sibour, Arzobispo de París. Recibió la aprobación de Mons. Sibour a los 12 días.

Pedro Julián junto con un compañero se instaló en la casa que el mismo Monseñor puso a su disposición. El 6 de enero de 1857, en la capilla de la casa, Julián por primera vez expuso el Santísimo Sacramento y predicó en la nueva congregación.

El Padre Eymard tuvo que enfrentar muchas críticas por haberse salido de la Compañía de María y sufrió oposición a su obra. El Santo les decía: "No comprenden la obra y creen que hacen bien en oponerse a ella. Ya sabía yo que la obra iba a ser perseguida. ¿Acaso el Señor no fue perseguido durante su vida?".

Muchos eran los llamados, pero pocos los escogidos. Los P.P. de Cuers y Champion fueron los primeros miembros de la Congregación. El progreso fue lento y con muchas dificultades. Tuvieron que cambiar de casa. En 1858 consiguieron una capillita en el suburbio de Saint-Jacques. El P. Eymard llamó a ese lugar "la capilla de los milagros" porque por 9 años, el Señor se derramó allí en abundancia. El Santísimo se exponía 3 veces por semana. El siguiente año, Pío IX emitió un breve en alabanza a la congregación.

Se abre la segunda casa en Marsella y la tercera en Angers en 1862. Para entonces habían suficientes miembros para establecer un noviciado regular. Los sacerdotes rezan el oficio divino en coro y ejercen ministerios pastorales. Su principal misión es la adoración del Santísimo Sacramento, en lo cual ayudan los hermanos legos.

El P. Eymard funda la congregación de las Siervas del Santísimo Sacramento en 1852, también dedicadas a la adoración perpetua y a propagar el amor al Señor. También funda la Liga Eucarística Sacerdotal cuyos miembros se comprometen a una hora diaria de oración ante el Santísimo.

Trabajar con los sacerdotes y religiosas no fue su único objetivo. Funda la "Obra de Adultos", organización que se dedica a preparar a hombres y mujeres adultos para la primera comunión cuando por razón de edad o trabajo no podían asistir a la catequesis parroquial.

Organizó la Archicofradía del Santísimo Sacramento que luego el derecho canónico ordena establecer en todas las parroquias. Escribió varias obras sobre la Eucaristía que han sido traducidas a varios idiomas.

Muchos lo consideraban un verdadero santo, se le notaba en todo: en su vida diaria llena de obras y virtudes, en especial el amor, y en sus dones sobrenaturales. Tenía visiones proféticas, adivinaba los pensamientos y leía los corazones.

San Juan Bautista Vianney lo conoció personalmente y dijo de él: "Es un santo. El mundo se opone a su obra porque no la conoce, pero se trata de una empresa que logrará grandes cosas por la gloria de Dios. ¡Adoración Sacerdotal, que maravilla! … Decid al P. Eymard que pediré diariamente por su obra".

En sus últimos años de vida, el P. Eymard tuvo una gota reumática, padecía de insomnio y otras tantas enfermedades. A sus sufrimientos se añadían innumerables dificultades.

Una vez dejó ver el desaliento que sufría, según escribe el P. Mayet en 1868: "Nos abrió su corazón y nos dijo: 'Estoy abrumado bajo el peso de la cruz, aniquilado, deshecho'. Necesitaba el consuelo de un amigo, ya que, según nos explicó: 'Tengo que llevar la cruz totalmente solo para no asustar o desalentar a mis hermanos' ".

Presentía su muerte. Su hermana le pidió en febrero que fuera con mas frecuencia a Mure, el le dijo: "Volveré mas pronto de lo que imaginas". El P. Eymard fue a visitar a sus amigos y penitentes, hablándoles como si fuese la última vez que los veía. El 21 de febrero el Padre Eymard salió de Grénoble rumbo a la Mure. Por el intenso calor y cansancio, llega casi sin conocimiento y con un ataque de parálisis parcial.

Muere el 1 de agosto. Antes de finalizar ese año ocurren varios milagros en su tumba.

En 1895 la Santa Sede confirmó la Congregación "in perpetuum".

El Padre Eymard es beatificado en 1925 y es canonizado el 9 de diciembre de 1962 por S.S. Juan XXIII.

Bibliografía:
J.M. Lambert, Colección Les Saints (1925).

Santa María de los Angeles - 2 de agosto


Autor: Padre Jesús Martí Ballester

San Francisco de Asís pidió a Cristo, mediante la intercesión de la Reina de los Ángeles, el gran perdón o «indulgencia de la Porciúncula», confirmada por mi venerado predecesor el Papa Honorio III a partir del 2 de agosto de 1216. Desde entonces empezó la actividad misionera que llevó a Francisco y a sus frailes a algunos países musulmanes y a varias naciones de Europa. Allí, por último, el Santo acogió cantando a «nuestra hermana la muerte corporal» (Cántico de las criaturas). De la experiencia del Poverello de Asís, la iglesita de la Porciúncula conserva y difunde un mensaje y una gracia peculiares, que perduran todavía hoy y constituyen un fuerte llamamiento espiritual para cuantos se sienten atraídos por su ejemplo. A este propósito, es significativo el testimonio de Simone Weil, hija de Israel fascinada por Cristo: «Mientras estaba sola en la capillita románica de Santa María de los Angeles, incomparable milagro de pureza, donde san Francisco rezó tan a menudo, algo más fuerte que yo me obligó, por primera vez en mi vida, a arrodillarme» (Autobiografía espiritual). La Porciúncula es uno de los lugares más venerados del franciscanismo, no sólo muy entrañable para la Orden de los Frailes Menores, sino también para todos los cristianos que allí, cautivados por la intensidad de las memorias históricas, reciben luz y estímulo para una renovación de vida, con vistas a una fe más enraizada y a un amor más auténtico. Por tanto, me complace subrayar el mensaje específico que proviene de la Porciúncula y de la indulgencia vinculada a ella” Con estas palabras comenzaba el mensaje de Juan Pablo II en 1999, dirigido al Ministro General de la Orden Franciscana, en la reapertura de la Basílica y de la capilla de la Porciúncula.

¿QUÉ OCURRIÓ EN LA PORCIÚNCULA?

Cuenta Doña Emilia de Pardo Bazán en su “Vida de San Francisco” que una noche, en el monte cercano a la Porciúncula, ardía Francisco de Asís en ansias de la salvación de las almas. Un ángel le ordenó bajar del monte a su Santa María de los Angeles. Allí vio a Jesucristo, a su Madre y a multitud de espíritus. Oyó la voz de Jesús: - Pues tantos son tus afanes por la salvación de las almas, pide, Francisco, pide. Francisco pidió una indulgencia plenaria, que se ganase con sólo entrar confesado y contrito en aquella capilla de los Ángeles.- Mucho pides, Francisco, pero accedo contento. Acude a mi Vicario, que confirme mi gracia. Al alba, tomó el camino de Perusa, acompañado de Maseo de Marignano. Estaba en Perusa el Papa Honorio III. - Padre Santo -dijo Francisco, en honor de María he reparado una iglesia; hoy vengo a solicitar para ella indulgencia. Dime cuántos años e indulgencias pides.- Padre Santo -replicó Francisco-, lo que pido no son años, sino almas. No puede conceder esto la Iglesia -objetó el Papa.- Señor -replicó Francisco-, no soy yo, sino Jesucristo, quien os lo ruega. En esta frase hubo tal calor, que ablandó el ánimo de Honorio, moviéndole a decir: - Me place, me place, me place otorgar lo que deseas. Y llamó a Francisco: -Otorgo, pues, que cuantos entren confesados en Santa María de los Ángeles sean absueltos de culpa y pena; esto todos los años perpetuamente, mas sólo en el espacio de un día natural. Bajó Francisco la cabeza en señal de aprobación, y sin despegar los labios salió de la cámara. - ¿Adónde vas, hombre sencillo? -gritó el Papa-. Me basta -respondió Francisco- lo que oí; si la obra es divina, Dios se manifestará en ella. Sirva de escritura la Virgen, Cristo el notario y testigos los ángeles. Y se volvió de Perusa a Asís. Llegando a Collestrada, se desvió de sus compañeros para desahogar su corazón en ríos de lágrimas; al volver de aquel estado de plenitud y de gozo, llamó a Maseo a voces: ¡Maseo, hermano! De parte de Dios te digo que la indulgencia que obtuve del Pontífice está confirmada en los cielos.

RETRASO

El tiempo corría el tiempo sin que Honorio autorizara la indulgencia; el retraso atribulaba a Francisco. En una fría noche de enero se encontraba abismado. Impensadamente pensó que obraba mal, que faltaba a su deber trasnochando y extenuándose a fuerza de vigilias, siendo un hombre cuya vida era tan esencial para el sostenimiento de su Orden. Pensó que tanta penitencia pararía en enflaquecer y perder su razón, y le entró congoja. Para desechar esta tentación, nacida del cansancio de su cuerpo, se levantó, y se arrojó sobre una zarza, revolcándose en ella. Manaba sangre de su piel, y se cubría el zarzal de rosas, como las de mayo. Francisco se encontró rodeado de ángeles que cantaban a coro:- Ven a la iglesia; te aguardan Cristo y su Madre. Francisco se levantó transportado y caminó luminoso. Sobre su cuerpo veía Francisco un vestido transparente como el cristal. Cogió de la zarza florida doce rosas blancas y doce rojas, y entró en la capilla. Allí estaban Cristo y su Madre, con innumerables ángeles. Francisco cayó de rodillas. María se inclinó hacia su hijo, y éste habló así: - Por mi madre te otorgo lo que solicitas; y sea el día aquel en que mi apóstol Pedro, encarcelado por Herodes, vio milagrosamente caer suscadenas (1 de agosto). Ve a Roma; notifica mi mandamiento a mi Vicario; llévale rosas de las que han brotado en la zarza; yo moveré su corazón. Francisco se levantó, fue a Roma con Bernardo de Quintaval, Ángel de Rieti, Pedro Catáneo y fray León, la ovejuela de Dios.

TRES ROSAS

Se presentó al Papa llevando en sus manos tres rosas encarnadas y tres blancas de las del prodigio. Intimó a Honorio de parte de Cristo que la indulgencia había de ser en la fiesta de San Pedro ad Víncula. Le ofreció las rosas, frescas y fragantes. Se reunió el Consistorio, y ante las flores que representaban en enero la primavera, fue confirmada la indulgencia.

Escribió el Papa a los obispos circunvecinos de la Porciúncula, citándoles para que se reunieran en Asís el primer día de Agosto, a fin de promulgar la indulgencia solemnemente. «En el día convenido apareció Francisco en un palco con los siete obispos a su lado, y pronunció una plática ferviente sobre la indulgencia. Los obispos se indignaron, y cuando el obispo de Asís se levantó resuelto a proclamar la indulgencia por diez años solos, en vez de esto repitió las palabras de Francisco; unos después de otros, reprodujeron los obispos el primer anuncio.

LA PORCIÚNCULA

Durante muchos años, fue sólo conocida oralmente la indulgencia de la Porciúncula. Medio siglo después del tránsito de Francisco hallamos el primer documento de Benito de Arezzo, que dice así: «En el nombre de Dios, Amén. Yo Fray Benito de Arezzo, que estuve con el beato Francisco mientras aún vivía, y que por auxilio de la gracia fui recibido en su Orden por el mismo Padre Santísimo; yo que fui compañero de sus compañeros, y con ellos estuve frecuentemente, ya mientras vivía el santo Padre nuestro, ya después que se partió de este mundo, y con los mismos conferencié frecuentemente de los secretos de la Orden, declaro haber oído repetidas veces a uno de los compañeros del beato Francisco, llamado Fray Maseo de Marignano, que estuvo con el hermano Francisco en Perusa, en presencia del papa Honorio, cuando el santo pidió la indulgencia de todos los pecados para los que, contritos y confesados, viniesen al lugar de Santa María de los Ángeles (que por otro nombre se llama Porciúncula) el primer día de agosto, desde las vísperas de dicho día hasta las vísperas del día siguiente. La cual indulgencia, habiendo sido pedida por el beato Francisco, fue otorgada por el Sumo Pontífice, aunque él mismo dijo no ser costumbre en la Sede Apostólica conceder tales indulgencias». Del entusiasmo que en el pueblo despertaban las indulgencias podemos juzgar por las crónicas que refieren el acontecimiento que, estremeciendo hasta las últimas fibras de la conciencia de Dante, dio por resultado la Divina Comedia. La multitud que acudía a Asís a lucrar la indulgencia era enorme. El jubileo determinaba una suspensión de discordias y luchas: la tregua de Dios.

Sitiado Asís por las tropas de Perusa, el día 2 de Agosto se interrumpió el ataque, para que los peregrinos pudieran entrar en la villa para obtener la indulgencia. Gregorio XV, hizo extensivo el jubileo de la Porciúncula a todas las iglesias franciscanas del mundo. Según Fray Pánfilo de Magliano, la indulgencia fue concedida el año 1216, y en 1217 la proclamación solemne de la Porciúncula por siete obispos. La víspera del solemne día llamaba a los fieles la Campana de la Predicación; se cubría el campo de toldos y enramadas y acampaban al raso los peregrinos. Al lucir el nuevo sol se verificaba la ceremonia de la absolución, descrita por el Dante, en el canto IX del Purgatorio.

sábado, 1 de agosto de 2009

Doctrina Moral de San Alfonso María de Ligorio


El moralista del s. XXI no puede ignorarlo, ni puede tampoco contentarse con copiarle al pie de la letra

Visión general.
El estudio de las leyes le sirvió para su futura actuación como moralista. Su formación eclesiástica moral la adquirió, como él mismo declara, de la mano de la más rígida de las escuelas que existían en su tiempo, caracterizado precisamente por el desarrollo de sistemas o síntesis de Teología moral centrados en el tema de la formación de la conciencia. «El primer autor, que me pusieron en las manos, fue Genet, caudillo de los probabilioristas, por lo cual durante algún tiempo fui yo también acérrimo defensor del probabiliorismo» (Respuesta apologético, 1764, 14). Después, poco a poco la vida y la experiencia pastoral le llevaron a posiciones más matizadas y comprensivas. Adopta una forma corregida del probabilismo, que se ha designado con el nombre de equiprobabilismo en cuanto que sostiene que, en la situación de duda de si una ley obliga o no, es lícito seguir la opinión contraria a ley en el caso de que sea al menos igualmente probable de la opuesta. En realidad A. trasciende el marco estricto de los sistemas de moralidad en su sentido restringido (probabiliorismo, probabilismo, etc.), para proponer una actitud basada en una prudencia cristiana animada e informada por una honda aspiración ascética. Y desde esa perspectiva aborda las numerosas cuestiones morales que estudia en sus obras.

Formación cristiana y Teología moral.
Recordando acaso los problemas que tuvo a propósito de su formación moral, A. dio gran importancia al estudio de la Teología moral en relación con los jóvenes misioneros redentoristas. Pocos centros de estudios podían parangonarse en este orden a la casa redentorista de Pagani. Desde Nápoles, por indicación del card. Sersale, acudían alumnos a participar en sus cursos (Lettere I, 419) y lo mismo ellos que los jesuitas usaban el Homo Apostolicus como libro de texto (Lettere, III, 86.88.101). «El profesor de Moral, dice S. Alfonso, ha de ser el religioso más competente del Instituto, dad<) que para nosotros ésa es la ciencia más imprescindible» (Lettere, 1, 598).

Solidez doctrinal.
La doctrina moral de S. Alfonso se caracteriza, ante todo, por su solidez. No es el fruto de una improvisación, sino el resultado de un largo y difícil proceso de maduración teológico y pastoral. La Theologia Moralis, decía, «me ha costado años y años de fatigas; especialmente en los últimos cinco años le he dedicado ocho, nueve y diez horas diarias, de suerte que, cuando lo pienso, me espanto yo mismo». En efecto, en la Teología Moral encontramos la flor y nata de los escritores moralistas desde S. Tomás a Roncaglia, pasando por Lesio, Lacroix, Lugo, Laymann y Bonacina, y deteniéndose especialmente en la escuela carmelitana de Salamanca. Hay en la Teología Moral más de 80.000 citas de diferentes autores. A esto hay que añadir que la Moral de A. contiene, remansada, una larga y riquísima experiencia pastoral, que da a su doctrina un carácter profundamente vívido y realista. Supo unir armoniosamente en la Teología Moral erudición, experiencia y reflexión personal. De ahí el carácter de solidez y seriedad que encontramos siempre en su obra moral.

Síntesis teológica.

Siguiendo el uso de su tiempo, A. separa en sus escritos los diversos aspectos de la Teología, Dogmática, Moral y Espiritualidad, pero no de un modo absoluto. Así, p. ej., las Glorias de María y el Gran Medio de la Oración, que son dos obras fundamentalmente espirituales, tienen, sin embargo, una importantísima base dogmática, que constituye una verdadera aportación a la Mariología y a la Teología de la Gracia respectivamente. Pero, en general, A., como los demás teólogos de su tiempo, presentan por separado los diferentes aspectos del misterio cristiano. Por eso, si queremos quedarnos en última instancia con la visión integral de A. sobre la Moral, no podremos limitarnos al estudio de sus obras estrictamente morales, sino que hemos de tener también en cuenta las dogmáticas y las espirituales, especialmente la Práctica del Amor a Jesucristo, que constituye una verdadera moral cristiana de la Caridad.

Sentido pastoral.
Toda la producción teológico-moral de A. está impregnada de un profundo sentido pastoral. Como dijimos antes, A. recibe una primera formación académica de tendencia probabiliorista. Pero una vez lanzado al ministerio pastoral, sobre todo en el campo de las misiones populares, se orienta pronto hacia un probabilismo moderado, que se concreta en una serie de reglas originales, que él mismo llama equiprobabilismo, sabia solución, igualmente opuesta a la moral laxa y a la moral rígida. Por lo demás, en el conjunto de la moral alfonsiana, el estudio de las circunstancias concretas de la acción moral domina siempre sobre la aplicación mecánica de un sistema, todo lo justo que se quiera. Así, pues, A. es un casuista, pero en el mejor sentido de la palabra, un hombre dotado de una gran prudencia en el discernimiento de los casos.

Influencia moral.
Éxito de las obras morales de San Alfonso. La influencia de la Teología moral de A. ha sido verdaderamente importantísima, a pesar de la oposición que encontró desde un principio en ciertos ambientes rigoristas. El 15 jul. 1755 Benedicto XIV escribió a A. felicitándole por su Teología Moral y pronosticándole que «hallaría aceptación general» (Lettere, I, 243-287). Este éxito repercutió favorablemente en la ulterior actividad literaria de A. al relacionarle con una de las editoriales más fuertes de Venecia, la de Remondini, quien vio enseguida la posibilidad de colocar los escritos de moral de A. en «Alemania, España y otros países» (Lettere, III 31; cfr. R. BAYÓN, Cómo escribió San Alfonso, Madrid 1942). En Francia, gracias a la lustification de la morale de Saint Alphonse, escrita por el card. Gousset, la Teología Moral se extendió rápidamente.

Manuales de Teología Moral inspirados en San Alfonso. Nada tiene de particular, visto el éxito de la Teología Moral de A., que surgiera inmediatamente un grupo de discípulos y vulgarizadores, que compusieron manuales de Teología moral para los seminarios «ad mentem Sti. Alphonsi». La última de las obras inspiradas en A. es la de Aertnys, actualizada primero por Damen y, finalmente, por Visser (Turín 1967). Para defender la moral alfonsiana de la acusación de laxismo se publicaron las Vindicae Alphonsianae (París 1872).

Centros de estudios de Teología moral inspirados en San Alfonso. Fruto de la obra alfonsiana, y concretamente de la continuación (y en parte renovación y modificación) de la misma por parte de diversos redentoristas del s. XX, es la creación en Roma de la llamada Academia Alfonsiana. Es el primer Inst. Superior de Teología moral que existe en el mundo y ha sido erigido bajo el patrocinio de A. para promover los s estudios morales, según las necesidades de los tiempos. El 25 mar. 1957 fue erigido por decreto de la Sagrada Congr. de Religiosos como escuela interna pública de la CSSR, mientras que el 2 ag. 1960, en la fiesta de A., fue incorporado, por decreto de la Sagrada Congr. de Seminarios y Estudios Universitarios, a la Facultad teológico de la Univ. de Letrán, con derecho a conceder el doctorado en Teología moral. Órgano de la Acad. Alfonsiana es la col. Studia Moralia.

Aprobación pontificia de la moral de San Alfonso. Escogemos sólo una de las muchas declaraciones pontificias a favor de la moral alfonsiana. Pío XII, en el breve apostólico de 26 abr. 1950, en que constituye patrono de confesores y moralistas a A., dice: «Para formar y dirigir a los confesores nos dejó... una eximia doctrina recomendada a menudo con graves palabras por los Soberanos Pontífices, cual norma segura de los que administran el sacramento de la Penitencia y de los que se ocupan de la dirección de las almas» (AAS 32, 1950, 595-597).

San Alfonso en la actualidad.
Los citados anteriormente citados muestran el gran influjo ejercido por A. en la Teología moral a lo largo de las centurias que anteceden. ¿Conserva hoy la obra alfonsiana capacidad de influjo? No han faltado, en tiempos pasados y presentes, críticas a la obra teológica de A. (a algunas de ellas respondieron unas Vindiciae alfonsianae de 1873). Así, a partir de la ofensiva que contra él inició Dóllinger, varios protestantes, viejo-católicos y ortodoxos atacaron a principios de este siglo la moral de A. Después de la renovación tomista, consagrada por León XIII en la Aeterni Patris, que da lugar a una necesaria renovación de la Teología moral sistemática, se advierten diversos síntomas en campo católico de una evidente hostilidad contra la casuística y sus métodos, que alcanza de un modo indirecto a A., representante más calificado.

No es, sin embargo, de ahí de donde vienen las mayores críticas al magisterio moral de A., sino de aquellas corrientes que, auspiciando una reforma radical de la Teología, se revuelven a la vez contra la moral escolástica y contra la moral casuística, en nombre de una vuelta a las fuentes entendida como ruptura con la entera tradición teológico posterior a la Patrística (y a veces incluso con esta misma) y de una adaptación a las que consideran exigencias o rasgos de la mentalidad o del pensamiento moderno, tanto de orden filosófico (personalismo, existencialismo, sociologismo...) como científico (biología, psicología, sociología, etc.).

Ese abandono de A. es un error: su obra puede y debe seguir ejerciendo un magisterio fecundo en el campo de la Teología moral. Esto no quiere decir, obviamente, que esa Teología haya de reducirse a una repetición de la moral alfonsiana, aumentada simplemente de una manera cuantitativa con la aplicación de los principios, tal como se exponían en el s. XVIII, a los nuevos problemas de nuestra época. Esta concepción es en extremo simplista. La renovación de la moral puede ser cosa mucho más profunda y afectar no sólo a la aplicación de los principios, sino también a los métodos propios de la Teología moral e incluso a la estructuración de la misma. Tratar de estudiar y exponer la Teología moral como si no hubiera ocurrido nada a partir del s. XVIII, como si los estudios sobre la Patrística y la Escolástica y las nuevas ciencias humanas no hubieran aportado al acervo científico cosas de valor, es una ilusión y un error. El mismo A. es contrario a este inmovilismo en Teología moral. Durante su vida, en las sucesivas ediciones de la Teología Moralis tuvo siempre muy en cuenta la evolución del pensamiento contemporáneo y el influjo de los acontecimientos históricos más importantes.

El moralista del s. XX no puede ignorar a A., ni puede tampoco contentarse con copiarle al pie de la letra. Los moralistas han de hacer ahora lo que haría A. si viviera en nuestro tiempo. Hemos de distinguir entre lo que hay en A. de permanente y lo que hay en él de dependiente de su época y del país en que vivió. Hecha esta distinción, dejemos de un lado los valores contingentes y quedémonos con lo que podríamos llamar la moral eterna de A. y según ella juzguemos de la renovación de la Teología moral. Sin temor a equivocarnos, podemos afirmar que A. aceptaría muchas cosas de la Teología contemporánea, p. ej., una adecuada vuelta a las fuentes de la Revelación, el empleo criteriado de la Filosofía, Psicología, etc., la orientación de la moral al kerigma , etc. Otras cosas, en cambio, las rechazaría de plano, p. ej., la moral de situación, el relativismo moral, el desprecio hacia el Magisterio eclesiástico o la tradición, etc.

Bibliografía.
A. M. DE LIGORIO, Opera Dogmatica, Roma 1903, ÍD, Theologia Moralis, Roma 1905-12; ÍD, Obras ascéticas, Madrid 1952-54; Lettere, Roma 1887.-Estudios: L. GAUDE, De Morali systemate S, Alphonsi M. de Ligorio, Roma 1894; J. HERMANN, Tractatus de divina gratia secundum S. Alphonsi M. de Ligorio doctrinam et mentem, Roma 1904; J. KANNENGIESER, Alphonse de Liguori (Saint), en DTC, I, 901-921; A. PALMIERI, Alphonse de Liguori (Saint), en DHGE, II, 715-735; P. PÉREZ DE GAMARRA, El discípulo más ilustre de la Escuela Ascética Española, San Alfonso de Ligorio, Madrid 1924; F. DELERUE, Le systéme moral de Saint Alphonse, Saint-Etienne 1929; C. DILLENSCHNEIDER, La Mariologie de S. Alphonse de Liguori, Friburgo 1931; B. HXRING y L. VEREECKE, La Théologie Morale de S. Thomas d´Aquin d S. Alphonse de Liguori, «Nouvelle Rev, Théologique» 77 (1955) 673-692; G. LTEVIN, Alphonse de Liguori (Saint), en DSAM, I, 357-389.

San Alfonso María Ligorio - 1 de agosto


San Alfonso nació en Nápoles el 27 de Septiembre de 1696. Sus padres Don José de Liguori y Doña Ana Cavalieri eran de familias nobles y distinguidas.

Era un "niño prodigio" con gran facilidad para los idiomas, ciencias, arte, música y demás disciplinas. Empezó a estudiar leyes a los 13 años y a los 16 años presentó el examen de doctorado en derecho civil y canónico en la Universidad de Nápoles. A los 19 años ya era un abogado famoso.

Conversión

Según se cuenta, en su profesión como abogado no perdió ningún caso en 8 años, hasta que un día después de su brillante defensa, un documento demostró que él había apoyado (aunque sin saberlo), lo que era falso. Eso cambió su vida radicalmente.

Hizo un retiro en el convento de los lazaristas y se confirmó en la cuaresma de 1722. Estos dos eventos reavivaron su fervor. Al año siguiente, en dos ocasiones oyó una voz que le decía: "abandona el mundo y entrégate a mi". Hizo voto de celibato y abandonó completamente su profesión. Muy pronto Dios le confirmó cual era su voluntad.

Se fue a la iglesia Nuestra Señora de la Misericordia a pedir ser admitido en el oratorio. Su padre trató de impedirlo, pero al verlo tan decidido le dio permiso de hacerse sacerdote pero con la condición de que se fuese a vivir a su casa. Alfonso aceptó, siguiendo el consejo de su director espiritual que era oratoriano.

Hizo los estudios sacerdotales en su casa. Fue ordenado sacerdote en 1726 a los 30 años. Los dos años siguientes se dedicó a los "vagos" de los barrios de las afueras de Nápoles.

La predica sencilla desde el corazón

En los comienzos del siglo XVIII combatió la prédica muy florida y el rigorismo jansenista en los confesionarios. El predicaba con sencillez. El santo decía a sus misioneros: "Emplead un estilo sencillo, pero trabajad a fondo vuestros sermones. Un sermón sin lógica resulta disperso y falto de gusto. Un sermón pomposo no llega a la masa. Por mi parte, puedo deciros que jamás he predicado un sermón que no pudiese entender la mujer más sencilla".

San Alfonso abandonó su casa paterna en 1729, a los 33 años de edad y se fue de capellán a un seminario donde se preparaban misioneros para la China.

En 1730 el Obispo de Castellamare, el Monseñor Falcoia, invita a Alfonso a predicar unos ejercicios en un convento religioso en Scala. Este hecho tuvo grandes consecuencias, porque ayudó a discernir a las religiosas una revelación que tuvo la hermana María Celeste. El día de la transfiguración de 1731, las religiosas vistieron el nuevo hábito y empezaron la estricta clausura y vida de penitencia. Así comienza la Congregación de las Redentoristas.

En 1732 se despide de sus padres y vuelve a Scala, y con la ayuda y colaboración de un grupo de laicos, a los 36 años funda la Congregación del Santísimo Redentor, cuya primera casa perteneció al convento de las religiosas. San Alfonso era el superior inmediato y Monseñor Falcoia era el director general.

Grandes pruebas

Al poco tiempo comenzaron los problemas. La congregación se dividió entre los dos superiores. Al poco tiempo la hermana María Celeste se va a fundar otra congregación. A los 5 meses el santo se quedó solo con un hermano, pero mas tarde se presentaron nuevos candidatos y se estableció en una casa más grande.

En 1734 funda otra casa en Villa degli Schiavi y se dedica a misionar allí. Su confesionario estaba siempre lleno. Trataba a sus penitentes como almas que era necesario salvar.

En 1737, se divulgan rumores sobre la casa de Villa degli Schiavi y San Alfonso decide suprimir esa fundación. Al año siguiente también cierra la casa de Scala.

Organizó misiones en Nápoles por 2 años a pedido del Cardenal Spinelli, arzobispo.

En 1743, al morir Mons. Falcoia, San Alfonso vuelve a ocuparse de su congregación como superior general y se encarga de redactar las constituciones. A pesar de la oposición de las autoridades españolas, los misioneros reorganizados fundan varias casas.

En 1748 San Alfonso publica en Nápoles la primera edición de su "Teología Moral". La segunda edición apareció entre los años 1753 y 1755.

En 1749 el papa Benedicto XIV aprobó la congregación y a partir de eso, el éxito fue enorme.

En 1750, los Jansenistas comienzan a divulgar que la devoción a la Santísima Virgen era una superstición. San Alfonso defiende a Nuestra Señora, publicando "Las Glorias de María".

San Alfonso era estricto, pero a la vez tierno y compasivo.

En el proceso de beatificación el P. Cajone dijo: "A mi modo de ver, su virtud característica era la pureza de intención. Trabajaba siempre y en todo, por Dios, olvidado de si mismo. En cierta ocasión nos dijo: 'Por la gracia de Dios, jamás he tenido que confesarme de haber obrado por pasión. Tal vez sea porque no soy capaz de ver a fondo en mi conciencia, pero, en todo caso, nunca me he descubierto ese pecado con claridad suficiente para tener que confesarlo' ". Esto es realmente admirable, teniendo en cuenta que San Alfonso era un Napolitano de temperamento apasionado y violento, que podía haber sido presa fácil de la ira, el orgullo y de la precipitación.

Obispo


A los 60 años fue elegido obispo de Sant' Agata de' Goti, diócesis pequeña con 30,000 habitantes, diecisiete casas religiosas y cuatrocientos sacerdotes entre los cuales habían varios que no practicaban su ministerio sacerdotal o llevaban mala vida. Algunos celebraban la misa en 15 minutos. San Alfonso los suspendió "ipso facto", a no ser que se corrigiesen, y escribió un tratado sobre ese punto: "En el altar el sacerdote representa a Jesucristo, como dice San Cipriano. Pero muchos sacerdotes actuales, al celebrar la misa, parecen mas bien saltimbanquis que se ganan la vida en la plaza pública. Lo mas lamentable es que aun los religiosos de ordenes reformadas, celebran la misa con tal prisa y mutilando tanto los ritos, que los mismos paganos quedarían escandalizados….Ver celebrar así el Santo Sacrificio es para perder la fe".

Poco tiempo después se desata en su diócesis una terrible epidemia que San Alfonso había profetizado 2 años antes. Se morían por millares. El santo, para ayudar a las víctimas, vendió todo lo que tenía y La Santa Sede le autoriza a usar fondos de la diócesis y contrae grandes deudas.

Sus esfuerzos por reformar la moralidad pública le trajo numerosos enemigos que lo amenazaron de muerte. Solía decir: "Cada obispo está obligado a velar por su propia diócesis. Cuando los que infringen la ley se vean en desgracia, arrojados de todas partes, sin techo y sin medios de subsistencia, entraran en razón y abandonaran su vida de pecado".

Dirigió la diócesis de Santa Agata por 19 años.

Y mas pruebas...

En Junio de 1767, sufre un terrible ataque de reumatismo que casi lo lleva a la muerte.

Al terminar de celebrar la misa el 21 de septiembre de 1774, San Alfonso se desmayó y quedó inconsciente por 24 horas. Cuando regresó en sí, dijo a los presentes: "Fui a asistir al Papa, que acaba de morir". El Papa Clemente XIV muere el 22 de Septiembre de 1774.

En 1775 San Alfonso pidió a Pío VI que le permitiera renunciar al gobierno de su sede. El Papa le concede teniendo en cuenta su enfermedad. San Alfonso se retiró ciego y sordo. Fue a pedir hospitalidad a sus hijos espirituales, en Nocera, cerca de Nápoles, pensando así acabar tranquilamente sus días.

En 1777, los Redentoristas son atacados de nuevo. El Santo sufre con paciencia muchas humillaciones a causa de la traición de Monseñor Testa que era Capellán del Rey. El Santo se vio excluido de la congregación que había fundado.

Dios le reservaba una prueba aún mas dura. Entre 1784 y 1785, el santo atraviesa por un terrible periodo de "noche obscura del alma", sufre tentaciones sobre su fe y sus virtudes. Se ve abrumado por sus escrúpulos, temores y alucinaciones diabólicas. Le duró 18 meses, con intervalos de luz y reposo. A esto le siguió un periodo de éxtasis, profecías y milagros.

Gran escritor

Sus últimos 12 años de vida se dedicó a escribir, aumentando así sus obras ascéticas y teológicas. Sus mas conocidos libros son: La Practica de amar a Jesucristo, la Preparación para la muerte, las Glorias de María.

La Teología Moralis fue una obra que influyó en la formación del clero hasta hace pocos años.

El santo murió 2 meses antes de cumplir 91 años, la noche del 31 de julio al 1 de agosto de 1787.

El Papa Pío VI en 1796 decreta la introducción de la causa de beatificación de Alfonso María Ligorio. La beatificación se da en 1816

Fue canonizado en 1839.

En 1871 fue declarado Doctor de la Iglesia y propuesto como patrono de los confesores y de los teólogos de moral.

Tomado de:www.corazones.org

Comunicado a las "Legiones de Cristo Rey" sobre la Organización Nacional del Yunque en México


Hace algún tiempo que ciertos laicos pertenecientes a un movimiento católico, procedente de México, denominado “Yunque” (u otros nombres sinónimos, como “La Organización”, “La Empresa”, etc.), quienes por “táctica” ocultan o disimulan dicha identidad, con el astuto propósito de “pescar en río ajeno” y escapar a cualquier intento de ser “localizados”… abusando de nuestra buena fe, han asistido “de incógnito” a diversos actos apostólicos organizados por nuestro Instituto, aprovechando la situación para “invitar” a sus actividades, pedir datos personales y, en definitiva, llevárselos para trabajar en “su molino”…

Y, lo que es mucho más grave y desleal: a algún joven, decidido a ingresar próximamente en nuestro Instituto (después de mucho tiempo de militancia en nuestras filas, de retiros ignacianos, de jornadas de Legión juvenil C.R., y del necesario seguimiento vocacional con nuestros sacerdotes) le han ido mentalizando y presionando sutil y descaradamente, hasta conseguir confundirle y desviarle del camino correcto emprendido… y ganárselo también para su “Organización”.

¡Tendrán que dar cuenta a Dios por esta “manipulación” y otras tantas, de quienes no respetan ni la voluntad divina ni la libertad de elección de estos jóvenes, pobres víctimas de los que “tiran la piedra y esconden el brazo.

Los “infiltrados” de “Yunque”, por delante aparentan sintonizar con nuestro “carisma” (Cristo Rey, María Reina, La Iglesia, el Papa, elementos de espiritualidad ignaciana, estilo militante, etc.) pero, “por detrás”… muestran las “cartas” escondidas en la manga…

Como dice el refrán castellano: ¡no es oro todo lo que reluce! Una cosa es la “letra”… y otra cosa es el “espíritu”.

Dejo bien aclarado, que no pretendo generalizar, como es lógico. No obstante, con tanto respeto como dolor, me veo obligado, por amor a la verdad, a declarar lo que sigue:

1º) El Instituto y la Obra de “Cristo Rey” no tienen nada que ver (salvo la caridad) con el “encubierto”
grupo de “YUNQUE” (o llámese como se llame).

2º) Si los que formamos la gran familia de “Cristo Rey” no estamos bien convencidos y definidos en lo que se refiere a nuestro carisma y misión, dentro de nuestra Santa Madre Iglesia, caeremos, tarde o temprano, en situaciones ambiguas y nocivas para nuestra Fundación.

En la actual “encrucijada” de nuevos movimientos, de líneas pastorales, de falsos pluralismos, de divisiones intraeclesiales y de las interminables y fastidiosas tendencias “pre” y “post” conciliares… es una cuestión de vida o muerte, el conocimiento y recta aplicación de las Reglas Ignacianas concernientes a la “elección”, al “discernimiento de espíritus” y al “sentir con la Iglesia”.

No olvidemos aquella repetida consigna de Jesús a los apóstoles: “Vigilad y orad, para no caer en la tentación”.

3º) por último: los miembros comprometidos oficialmente con nuestra Obra, no pueden pertenecer a “Yunque”.

En caso contrario, deberán abandonarla inmediatamente.

Recemos los unos por los otros, de manera que hagamos realidad el anhelo del Sagrado Corazón de Jesús: “Donde hay dos o tres reunidos en mi Nombre allí estoy Yo en medio de ellos” (Mateo 18,20).

Os bendice y abraza

JOSÉ LUIS TORRES-PARDO CR
Padre Fundador
Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...