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martes, 25 de diciembre de 2012

Evangelio del día 25 de diciembre de 2012

Evangelio según San Juan 1,1-18. Solemnidad de la Natividad de Nuestro Señor Jesucristo


Al principio existía la Palabra, y la Palabra estaba junto a Dios, y la Palabra era Dios. Al principio estaba junto a Dios. Todas las cosas fueron hechas por medio de la Palabra y sin ella no se hizo nada de todo lo que existe. En ella estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres. La luz brilla en las tinieblas, y las tinieblas no la percibieron. Apareció un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan. Vino como testigo, para dar testimonio de la luz, para que todos creyeran por medio de él. El no era la luz, sino el testigo de la luz. La Palabra era la luz verdadera que, al venir a este mundo, ilumina a todo hombre. Ella estaba en el mundo, y el mundo fue hecho por medio de ella, y el mundo no la conoció. Vino a los suyos, y los suyos no la recibieron. Pero a todos los que la recibieron, a los que creen en su Nombre, les dio el poder de llegar a ser hijos de Dios. Ellos no nacieron de la sangre, ni por obra de la carne, ni de la voluntad del hombre, sino que fueron engendrados por Dios.
Y la Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros. Y nosotros hemos visto su gloria, la gloria que recibe del Padre como Hijo único, lleno de gracia y de verdad.
Juan da testimonio de él, al declarar: "Este es aquel del que yo dije: El que viene después de mí me ha precedido, porque existía antes que yo". De su plenitud, todos nosotros hemos participado y hemos recibido gracia sobre gracia: porque la Ley fue dada por medio de Moisés, pero la gracia y la verdad nos han llegado por Jesucristo. Nadie ha visto jamás a Dios; el que lo ha revelado es el Hijo único, que está en el seno del Padre.


Comentario:



“Y el Verbo se hizo carne” - Beato Guerrico de Igny




“Porque un niño nos ha nacido " (Is 9,5). Sí, verdaderamente por nosotros, porque esto no es por él, ni por los ángeles. En absoluto por él: este nacimiento en efecto no le daba la existencia ni se la mejoraba, ya que, antes de nacer en el tiempo, él mismo existía desde toda eternidad y poseía la felicidad perfecta, Dios nacido Dios (cf Credo)...

    Siendo Dios nacido de Dios, se hizo niño por nosotros. En cierto modo, él mismo se separaba y atravesaba de un salto a los ángeles para venir hasta nosotros y hacerse uno de nosotros. "Anonadándose" y descendiendo por debajo de los ángeles (He 2,7), se hizo igual a nosotros. Mientras que por su nacimiento eterno, era su propia felicidad y la de los ángeles, por su nacimiento en este mundo por nosotros, se hizo nuestra redención, porque nos veía penar solos bajo el pecado original de nuestro propio nacimiento.

    Jesús niño, tu nacimiento es nuestra felicidad: ¡digno de nuestro amor! Endereza nuestro nacimiento, restaura nuestra condición, elimina nuestras heridas, cancela la sentencia que condenaba nuestra naturaleza (Col. 2,14). En lo sucesivo los que se afligían por un nacimiento que les presagiaba pena y dolor, ahora pueden renacer colmados de felicidad. Porque "a cuantos lo recibieron, les dio poder de ser hijos de Dios" (Jn 1,12)...

    ¡Por tu natividad, eres a la vez Dios e hijo del hombre! Por ella "tenemos acceso a esta gracia en la cual nos encontramos, y nos gloriamos en la esperanza de la gloria” de hijos de Dios (Rm 5,2). ¡Qué admirable intercambio! Asumiendo nuestra carne, nos regalas tu divinidad; vaciado de ti mismo, nos colmaste.


Beato Guerrico de Igny (c 1080-1157), abad cisterciense. Sermón 3º para Navidad; SC 166

lunes, 24 de diciembre de 2012

SS Benedicto XVI encendió el Cirio de la Paz

La inauguración del Nacimiento y el encendido del cirio son los dos ritos tradicionales con los que dan comienzo las celebraciones navideñas en el Vaticano, donde a las 22.00 hora local (21.00 GMT), Benedicto XVI oficiará en la basílica de San Pedro la Misa del Gallo.

 Este es el cuarto año en el que la Misa del Gallo se adelanta dos horas para que no se fatigue Benedicto XVI, que tiene casi 86 años y que el martes oficiará los ritos de la Navidad.

 El encendido del cirio es una tradición polaca que seguía Juan Pablo II y que Benedicto XVI continúa.

Durante el encendido del cirio, el pontífice no pronunció frase alguna, sólo rezó unos segundos por la paz en el mundo y con la vela hizo la señal de la cruz. Después, en medio de la oscuridad de la tarde-noche romana, saludó con la mano y bendijo a los presentes en la plaza.

Una banda de música entonó “Noche de paz”, mientras un ayudante del papa colocó al lado del Cirio de la Paz otra vela.

El Portal de Belén fue inaugurado por el arzobispo Giovanni Bertello, gobernador del Estado de la Ciudad del Vaticano, ante la presencia de numerosos obispos, sacerdotes y varios centenares de fieles. Varios coros, algunos de ellos de niños, cantaron numerosas canciones navideñas.

El Nacimiento está ambientado en los Sassi (casas excavadas en la roca) de Matera, ciudad de la región sureña italiana de Basilicata, que lo ha regalado al Vaticano.

Los Sassi, que forman la ciudad vieja de Matera, fueron declarados en 1993 patrimonio de la humanidad por la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (Unesco).

 El autor del portal, el prestigioso maestro italiano Francesco Artese, de 55 años, ha colocado el lugar donde nació Jesús en una reproducción de una iglesia rupestre, una de las 150 existentes en los Sassi.

 El Portal de Belén ocupa una extensión de 150 metros cuadrados, está construido en varios niveles, en los que reproduce los Sassi (la ciudad vieja de Matera) y se pueden apreciar varias iglesias, palacios, calles empinadas, callejuelas, plazas y la casa de los pobres, donde los animales convivían con las personas.

El Belén cuenta con las figuras del asno (mula o burro, como se les conoce según la zona cristiana) y el buey, los dos animales por antonomasia que la iconografía cristiana siempre ha colocado en el lugar donde nació Jesús.

El regalo del portal por parte de la región de Basilicata ha permitido al Vaticano ahorrarse el coste del mismo, después de que un arzobispo -el actual nuncio en los Estados Unidos, Carlo María Viganó, denunciara en una carta enviada al papa la “corrupción y mala gestión” en la administración vaticana”, señalando, entre otros, que en el año 2009 el montaje del nacimiento llegó a costar la cifra “astronómica” de 550.000 euros.

Este año, el Belén, según dijo el presidente de la región de Basilicata, Vito De Filippo, ha costado 90.000 euros. El Vaticano ha pagado 21.800 euros, el coste de la mano de obra de los montadores.

 Al lado del portal ha sido colocado el tradicional árbol de Navidad, que este año ha regalado la región sureña italiana de Molise.

 Se trata de un gran abeto blanco de 24 metros de alto y 3,5 metros de circunferencia. El árbol ha sido adornado con 1.800 bolas blancas y 2.500 bombillas amarillas y blancas, los colores de la Santa Sede.

Fuente: EFE

“Hoy brillará la luz sobre nosotros, porque nos ha nacido el Señor" - San Josemaría Escrivá de Balaguer


“Hoy brillará la luz sobre nosotros, porque nos ha nacido el Señor. Es el gran anuncio que conmueve en este día a los cristianos y que, a través de ellos, se dirige a la Humanidad entera. Dios está aquí. Esa verdad debe llenar nuestras vidas: cada navidad ha de ser para nosotros un nuevo especial encuentro con Dios, dejando que su luz y su gracia entren hasta el fondo de nuestra alma".


 San Josemaría Escrivá de Balaguer
Es Cristo que pasa, 12, 1

Evangelio del día 24 de diciembre de 2012

Evangelio según San Lucas 2,1-14. Natividad de Nuestro Señor Jesucristo (misa de la noche)


En aquella época apareció un decreto del emperador Augusto, ordenando que se realizara un censo en todo el mundo. Este primer censo tuvo lugar cuando Quirino gobernaba la Siria. Y cada uno iba a inscribirse a su ciudad de origen.
José, que pertenecía a la familia de David, salió de Nazaret, ciudad de Galilea, y se dirigió a Belén de Judea, la ciudad de David, para inscribirse con María, su esposa, que estaba embarazada.
Mientras se encontraban en Belén, le llegó el tiempo de ser madre; y María dio a luz a su Hijo primogénito, lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre, porque no había lugar para ellos en el albergue. En esa región acampaban unos pastores, que vigilaban por turno sus rebaños durante la noche. De pronto, se les apareció el Angel del Señor y la gloria del Señor los envolvió con su luz. Ellos sintieron un gran temor, pero el Angel les dijo: "No teman, porque les traigo una buena noticia, una gran alegría para todo el pueblo: Hoy, en la ciudad de David, les ha nacido un Salvador, que es el Mesías, el Señor. Y esto les servirá de señal: encontrarán a un niño recién nacido envuelto en pañales y acostado en un pesebre". Y junto con el Angel, apareció de pronto una multitud del ejército celestial, que alababa a Dios, diciendo: "¡Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra, paz a los hombres amados por él!".


Comentario:



San Francisco ante el primer pesebre de Navidad - Tomás de Celano



Unos quince días antes de Navidad, Francisco dijo: “Quiero evocar el recuerdo del Niño nacido en Belén y de todas las penurias que tuvo que soportar desde su infancia. Lo quiero ver con mis propios ojos, tal como era, acostado en un pesebre y durmiendo sobre heno, entre el buey y la mula...”

    Llegó el día de alegría... Convocaron a los hermanos de varios conventos de los alrededores. Con ánimo festivo la gente del país, hombres y mujeres, prepararon, cada cual según sus posibilidades, antorchas y cirios para iluminar esta noche que vería levantarse la Estrella fulgurante que ilumina a todos los tiempos. En llegando, el santo vio que todo estaba preparado y se llenó de alegría. Se había dispuesto un pesebre con heno; había un buey y una mula. La simplicidad dominaba todo, la pobreza triunfaba en el ambiente, toda una lección de humildad. Greccio se había convertido en un nuevo Belén. La noche se hizo clara como el día y deliciosa tanto para los animales como para los hombres. La gente acudía y se llenaba de gozo al ver renovarse el misterio. Los bosques saltaban de gozo, las montañas enviaban el eco. Los hermanos cantaban las alabanzas al Señor y toda la noche transcurría en una gran alegría. El santo pasó la noche de pie ante el pesebre, sobrecogido de compasión, transido de un gozo inefable. Al final, se celebró la misa con el pesebre como altar y el sacerdote quedó embargado de una devoción jamás experimentado antes.

    Francisco se revistió de la dalmática, ya que era diácono, y cantó el evangelio con voz sonora...Luego predicó al pueblo y encontró palabras dulces como la miel para hablar del nacimiento del pobre Rey y de la pequeña villa de Belén.


Tomás de Celano (c.1190 - c. 1260), biógrafo de San Francisco y de Santa Clara. Vita Prima de san Francisco,  § 84-86

domingo, 25 de diciembre de 2011

La Navidad secuestrada


La Navidad permanece secuestrada por esa alianza existente entre consumismo y cultura secularizada e intrascendente.

No se trata de ninguna exageración. El verdadero significado de la Navidad es ya desconocido para un sector muy importante de nuestra población. La Navidad permanece secuestrada por esa alianza existente entre consumismo y cultura secularizada e intrascendente. En la audiencia papal del 21 de Diciembre del año pasado, Benedicto XVI, hacía el siguiente llamamiento: “mientras una cierta cultura moderna y consumista intenta hacer desaparecer los símbolos cristianos de la celebración de la Navidad, asumamos todos el compromiso de comprender el valor de las tradiciones navideñas, que forman parte del patrimonio de nuestra fe y de nuestra cultura, para transmitirlas a las nuevas generaciones”

Uno de los principales símbolos religiosos navideños es la luz. Las velas de las iglesias, las luces del Nacimiento, del árbol de Navidad y de las calles, evocan otra Luz, que solo la fe puede contemplar. El Papa aprovechó la referida catequesis para ahondar en el significado de la luz: “La fiesta de Navidad coincide, en nuestro hemisferio, con la época del año en que el sol termina su parábola descendente y empieza la fase en la que se amplía gradualmente el tiempo de luz diurna, según el recorrido sucesivo de las estaciones.

Esto nos ayuda a comprender mejor el tema de la luz que prevalece sobre las tinieblas. Es un símbolo que evoca una realidad que afecta a lo íntimo del hombre: me refiero a la luz del bien que vence al mal, del amor que supera al odio, de la vida que vence a la muerte. Navidad hace pensar en esta luz interior, en la luz divina, que nos vuelve a presentar el anuncio de la victoria definitiva del amor de Dios sobre el pecado y la muerte....”

La secularización de la Navidad tiene también un importante aliado en el olvido del sentido religioso del tiempo y en la consecuente paganización de la celebración del inicio del año. Sin embargo, por mucho que nos empeñemos en negar las raíces cristianas de nuestra cultura, cada vez que fechamos una carta, cada vez que comemos las uvas al son de las campanadas, estamos reconociendo implícita -ojalá explícitamente-, que el nacimiento de Jesucristo es el acontecimiento central de la humanidad, a partir del cual dividimos la historia en un “antes de” y un “después de”.

La cuestión clave es que el calendario asume el "concepto" de que el tiempo se cuenta en referencia al nacimiento de Cristo. El tiempo no se mide en base a un criterio convencional numérico, ni astrológico, sino histórico teológico. En el fondo, hay dos concepciones irreconciliables de la historia. La primera la entiende como una dialéctica en la que al hombre sólo le cabe buscar en sí mismo su propia realización. La segunda percibe en la construcción de la ciudad terrena la antesala de un destino eterno; hasta el punto de que sólo desde éste, a la luz de Dios, cabe descubrir el sentido definitivo de la historia humana.

La afirmación cristiana de que Dios ha asumido nuestra naturaleza humana, adentrándose en nuestras coordenadas de espacio y tiempo, supone que en adelante la historia del hombre es también historia de Dios, y que la historia de Dios comienza a ser historia del hombre. Todo lo auténticamente humano interesa a Dios, y, a su vez, todo lo divino concierne también al hombre. Antes de Cristo, aún sin conocerle, la historia le estaba esperando. El hombre buscaba una plenitud que era incapaz de darse a sí mismo. El inicio de un nuevo año, (...), será una manifestación, una vez más, de la continua presencia viva y salvífica de Jesús en el tiempo y el espacio. El es el centro del universo y de la historia.

Y aún tenemos que dar un paso más, para extraer las consecuencias debidas de las “formas” y “maneras” en las que tuvo lugar la encarnación y nacimiento del Hijo de Dios en Nazaret y Belén. La imagen del niño débil, no es un mero signo de ternura, es también una invitación a poner en práctica la doctrina de Cristo: “si no cambiáis y os hacéis como niños, no entraréis en el Reino de los Cielos” (Mt 18, 3) “¿Cómo puede uno nacer siendo ya viejo? ¿Puede acaso entrar otra vez en el seno de su madre y nacer? Respondió Jesús: En verdad, en verdad te digo: el que no nazca de agua y de Espíritu no puede entrar en el Reino de Dios. Lo nacido de la carne, es carne; lo nacido del Espíritu, es espíritu.” (Jn 3, 4-6).

Dicho de otra forma, los signos de la Navidad, no esconden sólo hermosas evocaciones místicas, sino que son una llamada muy concreta a la conversión personal, al arrepentimiento de nuestros pecados, al abajamiento del orgullo para acceder a la fe, al cultivo de la “pobreza de espíritu”, al desprendimiento generoso de nuestras riquezas para poder así reconocer los signos pobres con los que los ángeles anuncian al recién nacido: “...y esto os servirá de señal: encontraréis un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre” (Lc 2, 12)

¡Feliz Navidad y próspero Año Nuevo!... os desea vuestro pastor.

escrito de: www.enticonfio.org

sábado, 24 de diciembre de 2011

Textos de san Josemaría Escrivá de Balaguer sobre la Navidad


"Hoy brillará la luz sobre nosotros, porque nos ha nacido el Señor". Es el gran anuncio que conmueve en este día a los cristianos y que, a través de ellos, se dirige a la Humanidad entera"


Cuando llegan las Navidades, me gusta contemplar las imágenes del Niño Jesús. Esas figuras que nos muestran al Señor que se anonada, me recuerdan que Dios nos llama, que el Omnipotente ha querido presentarse desvalido, que ha querido necesitar de los hombres. Desde la cuna de Belén, Cristo me dice y te dice que nos necesita, nos urge a una vida cristiana sin componendas, a una vida de entrega, de trabajo, de alegría.

No alcanzaremos jamás el verdadero buen humor, si no imitamos de verdad a Jesús; si no somos, como El, humildes. Insistiré de nuevo: ¿habéis visto dónde se esconde la grandeza de Dios? En un pesebre, en unos pañales, en una gruta. La eficacia redentora de nuestras vidas sólo puede actuarse con la humildad, dejando de pensar en nosotros mismos y sintiendo la responsabilidad de ayudar a los demás.

Es a veces corriente, incluso entre almas buenas, provocarse conflictos personales, que llegan a producir serias preocupaciones, pero que carecen de base objetiva alguna. Su origen radica en la falta de propio conocimiento, que conduce a la soberbia: el desear convertirse en el centro de la atención y de la estimación de todos, la inclinación a no quedar mal, el no resignarse a hacer el bien y desaparecer, el afán de seguridad personal. Y así muchas almas que podrían gozar de una paz maravillosa, que podrían gustar de un júbilo inmenso, por orgullo y presunción se trasforman en desgraciadas e infecundas.

Cristo fue humilde de corazón (Cfr. Mt 11, 29). A lo largo de su vida no quiso para El ninguna cosa especial, ningún privilegio. Comienza estando en el seno de su Madre nueve meses, como todo hombre, con una naturalidad extrema. De sobra sabía el Señor que la humanidad padecía una apremiante necesidad de El. Tenía, por eso, hambre de venir a la tierra para salvar a todas las almas: y no precipita el tiempo. Vino a su hora, como llegan al mundo los demás hombres. Desde la concepción hasta el nacimiento, nadie -salvo San José y Santa Isabel- advierte esa maravilla: Dios que viene a habitar entre los hombres.


Opus Dei -"José y María camino a Belén", de William Hole.

La Navidad está rodeada también de sencillez admirable: el Señor viene sin aparato, desconocido de todos. En la tierra sólo María y José participan en la aventura divina. Y luego aquellos pastores, a los que avisan los ángeles. Y más tarde aquellos sabios de Oriente. Así se verifica el hecho trascendental, con el que se unen el cielo y la tierra, Dios y el hombre.

¿Cómo es posible tanta dureza de corazón, que hace que nos acostumbremos a estas escenas? Dios se humilla para que podamos acercarnos a El, para que podamos corresponder a su amor con nuestro amor, para que nuestra libertad se rinda no sólo ante el espectáculo de su poder, sino ante la maravilla de su humildad.

Grandeza de un Niño que es Dios: su Padre es el Dios que ha hecho los cielos y la tierra, y El está ahí, en un pesebre, quia non erat eis locus in diversorio (Lc 2, 7), porque no había otro sitio en la tierra para el dueño de todo lo creado.
Es Cristo que Pasa, 18

Nuestro Señor se dirige a todos los hombres, para que vengan a su encuentro, para que sean santos. No llama sólo a los Reyes Magos, que eran sabios y poderosos; antes había enviado a los pastores de Belén, no ya una estrella, sino uno de sus ángeles (Lc 2, 9). Pero, pobres o ricos, sabios o menos sabios, han de fomentar en su alma la disposición humilde que permite escuchar la voz de Dios.
Es Cristo que pasa, 33

"Hoy brillará la luz sobre nosotros, porque nos ha nacido el Señor". Es el gran anuncio que conmueve en este día a los cristianos y que, a través de ellos, se dirige a la Humanidad entera. Dios está aquí. Esa verdad debe llenar nuestras vidas: cada navidad ha de ser para nosotros un nuevo especial encuentro con Dios, dejando que su luz y su gracia entren hasta el fondo de nuestra alma.
Es Cristo que pasa, 12

sábado, 25 de diciembre de 2010

“¿Qué busca nuestro corazón si no una Verdad que sea Amor?” - SS Benedicto XVI


Mensaje navideño que dirigió a mediodía Benedicto XVI desde el balcón de la fachada de la Basílica de San Pedro del Vaticano antes de impartir la bendición "Urbi et Orbi".

"Verbum caro factum est" - "El Verbo se hizo carne" (Jn 1,14).


Queridos hermanos y hermanas que me escucháis en Roma y en el mundo entero, os anuncio con gozo el mensaje de la Navidad: Dios se ha hecho hombre, ha venido a habitar entre nosotros. Dios no está lejano: está cerca, más aún, es el "Emmanuel", el Dios-con-nosotros. No es un desconocido: tiene un rostro, el de Jesús.

Es un mensaje siempre nuevo, siempre sorprendente, porque supera nuestras más audaces esperanzas. Especialmente porque no es sólo un anuncio: es un acontecimiento, un suceso, que testigos fiables han visto, oído y tocado en la persona de Jesús de Nazaret. Al estar con Él, observando lo que hace y escuchando sus palabras, han reconocido en Jesús al Mesías; y, viéndolo resucitado después de haber sido crucificado, han tenido la certeza de que Él, verdadero hombre, era al mismo tiempo verdadero Dios, el Hijo unigénito venido del Padre, lleno de gracia y de verdad (cf. Jn1,14).

"El Verbo se hizo carne". Ante esta revelación, vuelve a surgir una vez más en nosotros la pregunta: ¿Cómo es posible? El Verbo y la carne son realidades opuestas; ¿cómo puede convertirse la Palabra eterna y omnipotente en un hombre frágil y mortal? No hay más que una respuesta: el Amor. El que ama quiere compartir con el amado, quiere estar unido a él, y la Sagrada Escritura nos presenta precisamente la gran historia del amor de Dios por su pueblo, que culmina en Jesucristo.

En realidad, Dios no cambia: es fiel a sí mismo. El que ha creado el mundo es el mismo que ha llamado a Abraham y que ha revelado el propio Nombre a Moisés: Yo soy el que soy... el Dios de Abraham, Isaac y Jacob... Dios misericordioso y piadoso, rico en amor y fidelidad (cf. Ex 3,14-15; 34,6). Dios no cambia, desde siempre y por siempre es Amor. Es en sí mismo comunión, unidad en la Trinidad, y cada una de sus obras y palabras tienden a la comunión. La encarnación es la cumbre de la creación. Cuando, por la voluntad del Padre y la acción del Espíritu Santo, se formó en el regazo de María Jesús, Hijo de Dios hecho hombre, la creación alcanzó su cima. El principio ordenador del universo, el Logos, comenzó a existir en el mundo, en un tiempo y en un lugar.

"El Verbo se hizo carne". La luz de esta verdad se manifiesta a quien la acoge con fe, porque es un misterio de amor. Sólo los que se abren al amor son cubiertos por la luz de la Navidad. Así fue en la noche de Belén, y así también es hoy. La encarnación del Hijo de Dios es un acontecimiento que ha ocurrido en la historia, pero que al mismo tiempo la supera. En la noche del mundo se enciende una nueva luz, que se deja ver por los ojos sencillos de la fe, del corazón manso y humilde de quien espera al Salvador. Si la verdad fuera sólo una fórmula matemática, en cierto sentido se impondría por sí misma. Pero si la Verdad es Amor, pide la fe, el 'sí' de nuestro corazón”

Y, en efecto, ¿qué busca nuestro corazón si no una Verdad que sea Amor? La busca el niño, con sus preguntas tan desarmantes y estimulantes; la busca el joven, necesitado de encontrar el sentido profundo de la propia vida; la busca el hombre y la mujer en su madurez, para orientar y apoyar el compromiso en la familia y en el trabajo; la busca la persona anciana, para dar cumplimiento a la existencia terrenal.

"El Verbo se hizo carne". El anuncio de la Navidad es también luz para los pueblos, para el camino conjunto de la humanidad. El "Emmanuel", el Dios-con-nosotros, ha venido como Rey de justicia y de paz. Su Reino -lo sabemos- no es de este mundo, sin embargo, es más importante que todos los reinos de este mundo. Es como la levadura de la humanidad: si faltara, desaparecería la fuerza que lleva adelante el verdadero desarrollo, el impulso a colaborar por el bien común, al servicio desinteresado del prójimo, a la lucha pacífica por la justicia. Creer en el Dios que ha querido compartir nuestra historia es un constante estímulo a comprometerse en ella, incluso entre sus contradicciones. Es motivo de esperanza para todos aquellos cuya dignidad es ofendida y violada, porque Aquel que ha nacido en Belén ha venido a liberar al hombre de la raíz de toda esclavitud.

Que la luz de la Navidad resplandezca de nuevo en aquella Tierra donde Jesús ha nacido e inspire a israelíes y palestinos a buscar una convivencia justa y pacífica. Que el anuncio consolador de la llegada del Emmanuel alivie el dolor y conforte en las pruebas a las queridas comunidades cristianas en Irak y en todo Oriente Medio, dándoles aliento y esperanza para el futuro, y animando a los responsables de las Naciones a una solidaridad efectiva para con ellas. Que se haga esto también en favor de los que todavía sufren por las consecuencias del terremoto devastador y la reciente epidemia de cólera en Haití. Y que tampoco se olvide a los que en Colombia y en Venezuela, como también en Guatemala y Costa Rica, han sido afectados por recientes calamidades naturales.

Que el nacimiento del Salvador abra perspectivas de paz duradera y de auténtico progreso a las poblaciones de Somalia, de Darfur y Costa de Marfil; que promueva la estabilidad política y social en Madagascar; que lleve seguridad y respeto de los derechos humanos en Afganistán y Pakistán; que impulse el diálogo entre Nicaragua y Costa Rica; que favorezca la reconciliación en la Península coreana.

Que la celebración del nacimiento del Redentor refuerce el espíritu de fe, paciencia y fortaleza en los fieles de la Iglesia en la China continental, para que no se desanimen por las limitaciones a su libertad de religión y conciencia y, perseverando en la fidelidad a Cristo y a su Iglesia, mantengan viva la llama de la esperanza. Que el amor del "Dios con nosotros" otorgue perseverancia a todas las comunidades cristianas que sufren discriminación y persecución, e inspire a los líderes políticos y religiosos a comprometerse por el pleno respeto de la libertad religiosa de todos.

Queridos hermanos y hermanas, "el Verbo se hizo carne", ha venido a habitar entre nosotros, es el Emmanuel, el Dios que se nos ha hecho cercano. Contemplemos juntos este gran misterio de amor, dejémonos iluminar el corazón por la luz que brilla en la gruta de Belén. ¡Feliz Navidad a todos!


[Traducción distribuida por la Santa Sede © Libreria Editrice Vaticana]

Navidad - Reverendo Padre R. L. Bruckberger


Del libro del Padre R. L. Bruckberger, O. P. ”La historia de Jesucristo”, extraemos estos párrafos acerca de la naturaleza profunda del Nacimiento del Hijo de Dios.

Hay silencios musicales

Cuando la liturgia pone en escena el nacimiento de Jesucristo, utiliza un poema de la Escritura que subraya un silencio así.

Cuando todas las cosas estaban en paz
Y guardaban un silencio armonioso,
Cuando la noche estaba en medio de su camino
Tu Palabra omnipotente bajó del cielo
Dejando el trono de majestad.
Antes del desencadenamiento de la sinfonía liberadora,
hay ese silencio plenario y esa
quietud nocturna.

Cuando se acude al contexto de que se ha sacado ese poema, se observa que se trata ante todo de la noche trágica en que el ángel exterminador hirió de muerte a todos los primogénitos de Egipto, hombres y animales, dejando a salvo sólo a Israel: castigo terrible que doblegó el odio del Faraón y permitió a Israel salir de ese campo de concentración.
La liturgia cristiana considera que el Faraón era la figura de otra potencia enemiga, temible esta vez para toda la humanidad; que el cautiverio de Egipto era una figura de la prisión del pecado, pero sin embargo, la liturgia mantiene toda la imaginería de guerra y liberación, dándole otro sentido que el sentido histórico primario, y aplicándola directamente a la Encarnación del Verbo, sostenida en esto por el texto mismo de la Sabiduría, que identifica al ángel exterminador y liberador con la Palabra misma de Dios.
La continuación del poema es muy significativa y da a la fiesta de Navidad una resonancia bélica:
Guerrero despiadado, tu Palabra cayó sobre una tierra destinada a la exterminación,
Llevando por aguda espada tu decreto irrevocable,
Se detuvo y llenó de muerte el universo,

Tocaba el cielo y pisaba la tierra

La liturgia cristiana llega hasta el fin de este texto, es decir, toma las palabras fuertes en su sentido absoluto y pleno. Puesto que el texto personifica la Palabra de Dios, no cabe imaginar que esa Palabra omnipotente se personifique mejor ni más enteramente que con ese Niño, hijo de María, que es Dios en persona, y que pisa por primera vez la tierra sin dejar de tomar el cielo. Pero al mismo tiempo, el contexto histórico de este nacimiento se invierte en relación con el de la evasión de Israel fuera de Egipto. En esta noche de la primera Navidad, ya no hay en el cielo más que una tropa de ángeles que cantan la gloria de Dios y prometen, no ya la muerte y la exterminación, sino la paz en la tierra a todos los hombres de buena voluntad.
El primer contexto histórico no queda con eso enteramente eliminado. La paz de Navidad es una paz victoriosa. Es la seguridad de que el enemigo de los hombres y de Dios, el Faraón pensativo que reina sobre el imperio de las tinieblas, será liquidado, y que los días de su reino están contados. Este niñito, acostarlo en un pesebre, es un guerrero ya victorioso que llevará a su colmo la gloria de Dios, que extenderá su dominio más lejos que los reyes, más allá de la exterminación y la muerte, hasta una nueva creación del universo.
Para preservar a tus hijos de todo mal, La creación entera, obediente a tus órdenes, Se reconstituyó de nuevo en su naturaleza.

La palabra del Apóstol

San Pablo volvió a tomar la misma concepción grandiosa de una liberación en Jesucristo, no sólo de la humanidad, sino del universo entero:
"La creación, expectante, está aguardando la plena manifestación de los hijos de Dios; ella fue sometida a la frustración, no por su voluntad, sino por uno que la sometió;pero fue con la esperanza de que la creación misma se vería liberada de la esclavitud de la corrupción, para entrar en la libertad gloriosa de los hijos de Dios. Porque sabemos que hasta hoy la creación entera está gimiendo toda ella con dolores de parto. Y no sólo eso: también nosotros, que poseemos las primicias del Espíritu, gemimos en nuestro interior, aguardando la hora de ser hijos de Dios, la redención de nuestro cuerpo."
Hay que tomar estos textos al pie de la letra: llevan consigo su luz y nuestra esperanza.
La falta de los cristianos mediocres es no tener bastante esperanza. Hijos de Dios por Jesucristo, somos solidarios del universo y lo arrastramos a la misma salvación. Pero no me hago ninguna ilusión: sé muy bien cómo pueden comprender tal esperanza la mayor parte de los cristianos de mi tiempo. No es del todo culpa suya. El espíritu del cristianismo es un
espíritu de conquista y de victoria y hace trescientos años que los cristianos se excusan de existir y están a la defensiva. Solidarios del universo, como el poeta se siente solidario del universo, de las flores, de los animales salvajes, de los árboles, de las montañas, del amanecer, de la lluvia y del rayo, solidarios del universo por el nacimiento, por la muerte y por la resurrección de Jesucristo, eso es lo que quiere decir la palabra catolicismo, pero sólo los poetas pueden sentir tal solidaridad, que, en efecto, es de naturaleza poética. Y ¿cuántos cristianos modernos no pondrían una cuenta bancaria por encima de la poesía y de tal solidaridad'?
Ciertamente, creo que la sagrada Escritura considerada como poema es más profundamente verdadera, y, en un sentido muy fuerte, más obligatoria que cuando se considera solamente como Ley, pero ¿cuántos cristianos se toman la molestia de considerar la sagrada Escritura? Sin embargo, ella da forma y expresión a nuestra fe y a nuestra esperanza.
Nos da una comprensión del universo mismo que ninguna ciencia podrá dar nunca. Cuando las nubes esconden al enemigo el campamento de Israel, cuando el mar Rojo se abre para dejar paso al pueblo elegido, cuando la naturaleza entera protege a los amigos de Dios y les obedece, entonces es cuando está en su verdad profunda. El milagro es lo que está en el orden, porque está en el orden de Dios.
Haciéndose Hijo del hombre, la Palabra todopoderosa de Dios somete a toda la naturaleza sensible a la obediencia de los hombres de buena voluntad; protege a todos los hombres de buena voluntad bajo la nube de su Presencia luminosa: todos los hombres de buena voluntad pueden ya atravesar a pie enjuto el mar Rojo del pecado del sufrimiento y de la muerte. Así pues, vale la pena de que ese nacimiento se celebre con cantos. La bendición prometida a Abraham no se limita ya a su raza: se extiende al infinito en el espacio y el tiempo, donde quiera que haya un hombre de buena voluntad.

Regreso a la poesía

Hubo, pues, ese silencio nocturno, y luego ese acontecimiento carnal y espiritual a la vez, del nacimiento del Hijo del hombre, que ponía un término de plenitud y de cumplimiento, no sólo a la gestación de una mujer entre las mujeres, sino a la espera milenaria de Israel. Es un acontecimiento esencialmente poético y que canta por sí solo. La Palabra de Dios toma un cuerpo singular destinado a la gloria y a la incorruptibilidad. Es, en realidad, el acontecimiento más esencial y completamente poético que haya tenido lugar en toda la historia del mundo. En ese niño recién nacido, el Antiguo Testamento se extasía y se consuma en una sola Palabra, la más concreta, más viva y más definida que haya habido, con resonancia infinita.
En ese niño, también queda liberado todo el universo. Es verdad que en el principio existía la Palabra, pero también está ya en el fin último de todas las cosas. El universo entero no tiene otro destino concebible que ser expresado finalmente en él, pues, según las admirables palabras de Valéry a Bergson, 'el porvenir es causa del pasado", si no, la profecía y la poesía misma no tendrían ya ningún sentido.
Aquí, en ese establo de Belén, es donde empieza el desacuerdo entre judíos y cristianos. Hay muchas maneras de valorar y sopesar este desacuerdo. Personalmente, me parece que entre una interpretación judía de las Escrituras y una interpretación auténticamente cristiana de las mismas Escrituras, hay todo el abismo de diferencia que existe entre la prosa y la poesía.
Es significativo que los judíos llamen a los libros santos —suyos y nuestros—la Ley, por excelencia. Una ley está escrita en un lenguaje práctico, es decir, abstracto, que busca el camino más corto, con términos intercambiables; es prosa, que sólo se puede leer con la dicción de la prosa, "sin verse obligados a llevar la voz al canto”, según lo que dice también Paul Valéry. La lectura cristiana de las mismas Escrituras obliga a la voz al canto. Pero el poeta es aún más riguroso y preciso que el jurista: danza en vez de caminar. La inteligencia poética es más comprensiva, la inteligencia jurídica permanece en la superficie de la realidad y la sustituye con un sueño coherente.
La ley pone orden en las cosas y en las acciones humanas, regula, dirige, determina, limita, opone, concluye y pronuncia respecto a lo que ya existe sin ella y antes de ella. Pero no produce las cosas ni las acciones humanas. La poesía hace y produce, según leyes muy estrictas, pero un arte poético, por si solo, nunca ha hecho un poema. No negamos el carácter legislativo, necesario y obligatorio de las Escrituras; por el contrario, pensamos que su necesidad obligatoria va más lejos y más hondo de lo que creen los propios judíos, pero siempre pondremos el poema por encima del Arte poético. Creemos que el ritmo de Dios en su revelación es el ritmo del canto, y que la Ley sólo estaba hecha para regular ese canto hasta su obra maestra expresiva, Jesucristo.

La voz de Jesús

El propio Cristo habló del misterio del nacimiento humano. Es significativo que hablara de ello en el discurso solemne que tuvo la víspera de su muerte, como si, para él, la concepción y la muerte tuvieran el mismo sentido, el de un acto de excarcelación, un ensanchamiento, el paso de un ser ya vivo pero atado a las tinieblas al ensanchamiento de su propia vida en la luz. "La mujer cuando va a dar a luz siente tristeza, porque ha llegado su hora; pero en cuanto da a luz al niño, ni se acuerda del apuro, por la alegría de que al mundo le ha nacido un hombre.”
Los cristianos creemos que nuestra vida temporal es una gestación de nuestra eternidad y que la muerte es el nacimiento a la vida eterna. Creemos también que no hay posibilidad de aborto, que el fruto de nuestra vida no puede dejar de llegar a un buen término; que, si perdemos nuestra vida de aquí abajo, también podemos perder nuestra muerte, es decir, nuestro propio nacimiento a la vida eterna.
Hablo de inmortalidad individual; no hablo sólo de la inmortalidad del alma. Esta última es una noción filosófica. En la perspectiva cristiana, uno no se imagina la inmortalidad sin que vaya unido el cuerpo: "Creo en la resurrección de la carne”, lo que llama san Pablo "la redención de nuestro cuerpo”. Por eso también el sufrimiento y la muerte corporales, en el cristianismo, están tan íntimamente unidos a nuestra participación, en Cristo, de la naturaleza divina: consortes divinae naturae.
Un nacimiento es una evasión del seno materno. Pero para ese Hijo del hombre que es Jesús, y que va a nacer en Belén, ciudad de los reyes, de una virgen hija de David, su nacimiento temporal plantea más cuestiones de las que resuelve. Como todo destino humano, el de Jesús está hecho de umbrales decisivos que hay que franquear. Para todo hombre,
existen el umbral del nacimiento y el umbral de la muerte. El carácter excepcional del destino de Cristo es que también tiene un umbral antes del nacimiento y un umbral después de la muerte, que ya ha franqueado.
Para un hombre ordinario, la concepción no puede ser considerada como umbral, si no es abusivamente. Pero la nada no existe, no se pasa de la nada al ser, se comienza a existir absolutamente. Para Jesús, lo anterior a su existencia temporal no es la nada, la no-existencia, sino su existencia de persona divina en la eternidad. Para él, la concepción es un umbral, el paso a la existencia temporal en el seno de una mujer. Su nacimiento es un nuevo umbral, desde el oscuro seno materno de la Virgen María, a la existencia solar. Su muerte es un nuevo umbral, por lo demás misterioso, pues su cadáver de hombre muerto nunca cesó de estar unido hipostáticamente a la Persona divina: ese cadáver era ese alguien. Hay, finalmente, para Jesucristo, otro umbral, el de la resurrección corporal; es el primero en haberlo franqueado, pero la puerta, para todos nosotros, ha quedado abierta detrás de él.
De umbral en umbral, el destino de Cristo va así, pues, de la eternidad a la eternidad.
Eso es lo que dice él mismo a Nicodemo: "Nadie ha subido al cielo, sino el que bajó del cielo, el Hijo del hombre [que está en el cielo]." Palabras extrañas, si se piensa que quien así hablaba era un hombre entre los hombres, sentado ante otro hombre, una noche entre las noches, bajo el cielo oscuro de Galilea. Hay que creer que ese Hijo del hombre estaba a la vez en la tierra y en el cielo, y que si su destino va desde la eternidad a la eternidad, sin embargo, nunca se ha desprendido de la eternidad, y está contenido en ella como una esfera en otra mayor. Al encarnarse, al hacerse hombre, Jesús no se ha sumergido en el tiempo: ha aspirado el tiempo en su eternidad.
Precisamente, por su emergencia en la eternidad, la vida temporal de Cristo es muy diferente de la vida humana ordinaria, y aún más diferente de la vida de un animal. Al pasar por el nacimiento y la muerte, el animal va de la nada a la nada. Al pasar por el nacimiento y la muerte, el hombre va de la nada a la eternidad. Al pasar por el nacimiento y la muerte, Jesús va de la eternidad a la eternidad. Cada una de las grandes vicisitudes del destino temporal de Jesús, lo que llamo yo sus diferentes umbrales, tiene una equivalencia de analogía con todas las demás. San Pablo, predicando ante los judíos, dice: "Os damos la buena noticia: la promesa dada a nuestros padres, Dios la ha cumplido a favor de nosotros, sus hijos, resucitando a Jesús. Como está escrito en el Salmo segundo: Tú eres Hijo mío, hoy te he engendrado". Uno esperaría que se hiciera esa cita a propósito del nacimiento de Cristo en Belén, o incluso a propósito de la generación eterna del Verbo. No, san Pablo la aplica directamente a la resurrección de Cristo, al último umbral de ese destino al paso de la muerte temporal a la vida eterna y gloriosa.
Y es cierto que, en la tradición cristiana, entre esos diferentes umbrales de la aventura temporal de Cristo, —y aun con su generación eterna—, hay analogías, como si fueran símbolos unos de otros. Por eso la liturgia de Navidad celebra al mismo tiempo el nacimiento eterno de Cristo en el seno del Padre, el nacimiento temporal de Cristo saliendo del seno de la Virgen María, y el nacimiento espiritual de Cristo en el seno del alma agraciada por el Espíritu Santo. Pero la analogía siempre está centrada en la filiación de Cristo por referencia a Dios, filiación única, plena e íntegra desde la partida y desde toda eternidad. Pero filiación que se manifiesta gradualmente en el tiempo, y que alcanza el pleno esplendor de su revelación, con la Resurrección y la Ascensión en que Jesús rescata el mundo visible, en que es consagrado solemnemente Señor de la eternidad.
Jesucristo es la misma juventud perpetuamente naciente y renovada. En él la eternidad absorbe no sólo los años sino el tiempo entero. Cada acontecimiento de su vida tiene el carácter nuevo, inesperado, del rayo que surge del cielo y desaparece en un instante. Para todo hombre, el nacimiento natural es el término de una maduración de nueve meses, es un fruto que se desprende normalmente del árbol. El nacimiento de Jesús también es eso, pero es ante todo la aparición, en nuestro mundo oscurecido y miserable, de la dulzura y la sonrisa de Dios: Apparait Benignitas... “Nos han aparecido la dulzura y la humanidad de Dios, Salvador nuestro...” La muerte de todo hombre llega por accidente o por agotamiento de la vida corporal. La muerte de Jesús es un accidente violento que pone término a su vida temporal, pero también es un ofertorio en que, a la vez sacerdote y víctima, Jesús se inmola libremente a la voluntad de su Padre en expiación por nuestros pecados. Nacido de una mujer, tiene la debilidad y la vulnerabilidad humanas; nacido de Dios, se resucita a sí mismo y recobra por derecho su lugar a la derecha de su Padre. Pero la conquista esta vez, no sólo como Persona divina, sino como un hombre entre los hombres. Y eso es un prodigioso vuelco de las cosas.
Para nosotros, si Jesucristo no fuera Dios, no podría curar ni salvar nuestra naturaleza humana, y si no fuera hombre, no podría servirnos de ejemplo. Es una obra maestra de condescendencia y misericordia.

El Magisterio

Cuando san León, Papa, quiere exponer a sus fieles la significación de Navidad, lo hace con una amonestación apremiante que, por desgracia, no ha perdido nada de su actualidad: Agnosce, o Christiane, dignitatem tuam... "Reconoce, cristiano, tu dignidad. Te has hecho partícipe de la naturaleza divina. No vayas, con tu conducta, a recaer al nivel de tu antigua perdición."
Ahora que el optimismo de los humanistas y de la filosofía ilustrada se ha hundido en el ridículo y el horror bajo el golpe de la experiencia de dos guerras mundiales, en que la naturaleza del hombre se ha mostrado más inquietante de lo que se hubiera imaginado, asistimos a una amplia empresa de difamación de la humanidad y en especial de la imagen de Dios en el hombre. Desde hace años, la literatura, el cine, e incluso la filosofía, sin hablar de las doctrinas políticas y económicas tratan de convencernos de que, salidos de la nada, volvemos a la nada tras una carrera fugitiva en que nuestros motivos de acción más elevados apenas superan el nivel de los apetitos y de los instintos más elementales: casi diríamos, de los tropismos. Si el hombre es eso verdaderamente, ¿para qué el hombre? Y diré muy seriamente que es injuriar a los animales más nobles, como los gatos y los caballos, ponerle en el mismo género que ellos.
Que los cristianos que se dejan arrastrar por la moda sacudan su inteligencia, tengan el valor de juzgar y vuelvan a hallar altivez para despreciar imágenes tan falsas y degradantes de la naturaleza humana. Y que la luz de Navidad, levantándose sobre nuestra noche, haga huir asustados todos los peligros.

R.-L. Bruckberger
New York City,
14 de noviembre de 1964.

Cuento de Navidad


En 1994 dos americanos respondieron una invitación que les hiciera llegar el Departamento de Educación de Rusia, para enseñar moral y ética en las escuelas públicas, basada en principios bíblicos. Debían enseñar en prisiones, negocios, el departamento de bomberos, de la policía y en un gran orfanato.

En el orfanato había casi 100 niños y niñas que habían sido abandonados, y dejados en manos del Estado. De allí surgió esta historia relatada por los mismos visitantes:

Se acercaba la época de las fiestas de 1994, los niños del orfanato iban a escuchar por primera vez la historia tradicional de la Navidad. Les contamos acerca de María y José llegando a Belén, de cómo no encontraron lugar en las posadas, por lo que debieron ir a un establo, donde finalmente el niño Jesús nació y fue puesto en un pesebre.

A lo largo de la historia, los chicos y los empleados del orfanato no podían contener su asombro. Algunos estaban sentados al borde de la silla tratando de captar cada palabra. Una vez terminada la historia, les dimos a los chicos tres pequeños trozos de cartón para que hicieran un tosco pesebre. A cada chico se le dic un cuadradito de papel cortado de unas servilletas amarillas que yo había llevado conmigo. En la ciudad no se podía encontrar un solo pedazo de papel de colores.

Siguiendo las instrucciones, los chicos cortaron y doblaron el papel cuidadosamente colocando las tiras como paja.

Unos pequeños cuadraditos de franela, cortados de un viejo camisón que una señora americana se olvidó al partir de Rusia, fueron usados para hacerle la manta al bebé. De un fieltro marrón que trajimos de los Estados Unidos, cortaron la figura de un bebé.

Mientras los huérfanos estaban atareados armando sus pesebres, yo caminaba entre ellos para ver si necesitaban alguna ayuda. Todo fue bien hasta que llegué donde el pequeño Misha estaba sentado. Parecía tener unos seis años y había terminado su trabajo. Cuando miré el pesebre quedé sorprendido al no ver un solo niño dentro de él, sino dos. Llamé rápidamente al traductor para que le preguntara por qué había dos bebes en el pesebre. Misha cruzó sus brazos y observando la escena del pesebre comenzó a repetir la historia muy seriamente.

Por ser el relato de un niño que había la historia de Navidad una sola vez estaba muy bien, hasta que llegó la parte donde María pone al bebé en el pesebre. Allí Misha empezó a inventar su propio final para la historia, dijo: "Y cuando María dejó al bebé en el pesebre, Jesús me miró y me preguntó si yo tenía un lugar para estar. Yo le dije que no tenía mamá ni papá y que no tenía un lugar para estar. Entonces Jesús me dijo que yo podía estar allí con El. Le dije que no podía, porque no tenía un regalo para darle. Pero yo quería quedarme con Jesús, por eso pensé qué cosa tenía que pudiese darle a El como regalo; se me ocurrió que un buen regalo podría ser darle calor.Por eso le pregunté a Jesús: Si te doy calor, ¿ese sería un buen regalo para ti? Y Jesús me dijo: Si me das calor, ese sería el mejor regalo que jamás haya recibido. Por eso me metí dentro del pesebre y Jesús me miró y me dijo que podía quedarme allí para siempre."

Cuando el pequeño Misha terminó su historia, sus ojitos brillaban llenos de lágrimas empapando sus mejillas; se tapó la cara, agachó la cabeza sobre la mesa y sus hombros comenzaron a sacudirse en un llanto profundo. El pequeño huérfano había encontrado a alguien que jamás lo abandonaría ni abusaría de él. ¡Alguien que estaría con él para siempre! Y yo aprendí que no son las cosas que tienes en tu vida lo que cuenta, sino quienes tienes, lo que verdaderamente importa.

Autor Anónimo

La Navidad de Greccio - Tomás de Celano


Digno de recuerdo y de celebrarlo con piadosa memoria es lo que hizo Francisco tres años antes de su gloriosa muerte, cerca de Greccio, el día de la natividad de nuestro Señor Jesucristo. Vivía en aquella comarca un hombre, de nombre Juan, de buena fama y de mejor tenor de vida, a quien el bienaventurado Francisco amaba con amor singular, pues, siendo de noble familia y muy honorable, despreciaba la nobleza de la sangre y aspiraba a la nobleza del espíritu. Unos quince días antes de la navidad del Señor, el bienaventurado Francisco le llamó, como solía hacerlo con frecuencia, y le dijo: «Si quieres que celebremos en Greccio esta fiesta del Señor, date prisa en ir allá y prepara prontamente lo que te voy a indicar. Deseo celebrar la memoria del niño que nació en Belén y quiero contemplar de alguna manera con mis ojos lo que sufrió en su invalidez de niño, cómo fue reclinado en el pesebre y cómo fue colocado sobre heno entre el buey y el asno». En oyendo esto el hombre bueno y fiel, corrió presto y preparó en el lugar señalado cuanto el Santo le había indicado.

Llegó el día, día de alegría, de exultación. Se citó a hermanos de muchos lugares; hombres y mujeres de la comarca, rebosando de gozo, prepararon, según sus posibilidades, cirios y teas para iluminar aquella noche que, con su estrella centelleante, iluminó todos los días y años. Llegó, en fin, el santo de Dios y, viendo que todas las cosas estaban dispuestas, las contempló y se alegró. Se prepara el pesebre, se trae el heno y se colocan el buey y el asno. Allí la simplicidad recibe honor, la pobreza es ensalzada, se valora la humildad, y Greccio se convierte en una nueva Belén. La noche resplandece como el día, noche placentera para los hombres y para los animales. Llega la gente, y, ante el nuevo misterio, saborean nuevos gozos. La selva resuena de voces y las rocas responden a los himnos de júbilo. Cantan los hermanos las alabanzas del Señor y toda la noche transcurre entre cantos de alegría. El santo de Dios está de pie ante el pesebre, desbordándose en suspiros, traspasado de piedad, derretido en inefable gozo. Se celebra el rito solemne de la misa sobre el pesebre y el sacerdote goza de singular consolación.

El santo de Dios viste los ornamentos de diácono, pues lo era, y con voz sonora canta el santo evangelio. Su voz potente y dulce, su voz clara y bien timbrada, invita a todos a los premios supremos. Luego predica al pueblo que asiste, y tanto al hablar del nacimiento del Rey pobre como de la pequeña ciudad de Belén dice palabras que vierten miel. Muchas veces, al querer mencionar a Cristo Jesús, encendido en amor, le dice «el Niño de Bethleem», y, pronunciando «Bethleem» como oveja que bala, su boca se llena de voz; más aún, de tierna afección. Cuando le llamaba «niño de Bethleem» o «Jesús», se pasaba la lengua por los labios como si gustara y saboreara en su paladar la dulzura de estas palabras.

Se multiplicaban allí los dones del Omnipotente; un varón virtuoso tiene una admirable visión. Había un niño que, exánime, estaba recostado en el pesebre; se acerca el santo de Dios y lo despierta como de un sopor de sueño. No carece esta visión de sentido, puesto que el niño Jesús, sepultado en el olvido en muchos corazones, resucitó por su gracia, por medio de su siervo Francisco, y su imagen quedó grabada en los corazones enamorados. Terminada la solemne vigilia, todos retornaron a su casa colmados de alegría.

Se conserva el heno colocado sobre el pesebre, para que, como el Señor multiplicó su santa misericordia, por su medio se curen jumentos y otros animales. Y así sucedió en efecto: muchos animales de la región circunvecina que sufrían diversas enfermedades, comiendo de este heno, curaron de sus dolencias. Más aún, mujeres con partos largos y dolorosos, colocando encima de ellas un poco de heno, dan a luz felizmente. Y lo mismo acaece con personas de ambos sexos: con tal medio obtienen la curación de diversos males.

El lugar del pesebre fue luego consagrado en templo del Señor: en honor del beatísimo padre Francisco se construyó sobre el pesebre un altar y se dedicó una iglesia, para que, donde en otro tiempo los animales pacieron el pienso de paja, allí coman los hombres de continuo, para salud de su alma y de su cuerpo, la carne del Cordero inmaculado e incontaminado, Jesucristo, Señor nuestro, quien se nos dio a sí mismo con sumo e inefable amor y que vive y reina con el Padre y el Espíritu Santo y es Dios eternamente glorioso por todos los siglos de los siglos. Amén. Aleluya. Aleluya.
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