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sábado, 6 de octubre de 2012

Sor Pacualina Lehnert, la abnegada cuidadora de SS Pío XII

SS PÍO XII CONFIÓ PLENAMENTE EN SU SECRETARIA, QUE MUCHOS MIRARON CON RECELO POR EL GRAN ASCENDIENTE QUE TUVO SOBRE EL PONTÍFICE


RODOLFO VARGAS RUBIO

«Es conocido el dicho: “Detrás de todo gran hombre hay una gran mujer”. Pío XII fue grande por muchos conceptos, aunque algunos ahora discuten su envergadura. Al menos no se le podrá negar haber sido el pontífice que mejor encarnó la idea de grandeza unida tradicionalmente al Papado. Pues bien, detrás de Eugenio Pacelli se escondía una mujer más bien diminuta, pero con un temple de acero y una voluntad a toda prueba: sor Pascualina Lehnert, monja de la congregación de las Hermanas de la Santa Cruz de Menzingen». Así comenzaba don Apeles Santolaria de Puey y Cruells un capítulo que en su enjundioso libro Historias de los Papas (1999) dedicó a la más influyente y menos visible mujer que ha habido cerca del trono de Pedro. Y las hubo de campanillas: desde las Teofilactas hasta la reina Cristina de Suecia, pasando por la condesa Matilde, Lucrecia Borgia y donna Olimpia Maidalchini.

La Madre Pascalina (o Pascualina) –como se la conocía popularmente– fue llamada de manera irónica y maliciosa la Virgo potens por aquellos que soportaban mal su ascendiente sobre Pío XII y su posición de privilegio en los Palacios Apostólicos. En un mundo tradicionalmente cerrado y dominado por hombres, las mujeres desempeñaban tareas muy subalternas y, desde luego, no en el entorno inmediato del Papa. Por eso, ya Pío XI había debido enfrentarse a los monseñores vaticanos cuando se trajo consigo desde Milán a su fiel gobernanta lombarda, Teodolinda Banfi, para que le llevara los apartamentos papales. Pero la monja a la que Eugenio Pacelli otorgó toda su confianza fue mucho más que un ama de llaves: fue también secretaria y confidente, fue la organizadora y gobernadora indiscutible del entorno del Papa, sólo que, imbuida de un sentido sobrenatural de las cosas, nunca abusó de esta circunstancia ventajosa. Y ello en medio de un mundillo donde el carrierismo es una tentación cotidiana.

La historia de esta extraordinaria mujer comienza en Ebersberg, un pueblo de la Baja Baviera (la misma región donde vería la luz Benedicto XVI), donde nació el 25 de agosto de 1894. Era la séptima de los doce hijos de un matrimonio de campesinos fervientemente católicos. Desde pequeña dio muestras de su gran sentido de responsabilidad y de orden, así como de su dedicación al trabajo. Ayudaba como ninguna en las tareas domésticas. Con quince años marchó de la casa paterna para seguir una temprana vocación religiosa, ingresando en la congregación de las Hermanas de la Santa Cruz de Menzingen, fundada en Suiza a mediados del siglo XIX y dedicada fundamentalmente a la enseñanza. Hecha la profesión religiosa con el nombre de sor Josefina, la joven monja fue destinada a la instrucción de niñas en colegios de la congregación. En uno de éstos se encontraba cuando en marzo de 1918 la mandó llamar la madre provincial de Alttöting (casa de la que dependía) para enviarla, junto a otra hermana, para ayudar en la organización material de la nunciatura de Munich por un período de dos meses. Sólo que, como escribió en sus memorias, la ayuda se prolongó indefinidamente.


Desde su primer encuentro surgió una mutua simpatía entre Pacelli y sor Pascalina. Ésta quedó impresionada por la elegancia natural y sin artificio del nuncio y adivinó la necesidad que tenía de un ambiente familiar e íntimo, en el que pudiera refugiarse una persona delicada como él. A su vez el prelado supo inmediatamente apreciar la laboriosidad, eficiencia y discreción de la monja y que podía contar con ella y otorgarle su confianza. Tanta depositó en ella que salió garante de su integridad cuando se suscitaron las primeras intrigas por parte de los otros empleados de la casa, que no llevaban bien el ritmo de trabajo impuesto por sor Pascalina, cuyo sentido de la disciplina y la energía con que la aplicaba la hacían parecer autoritaria. Aunque su fuerte carácter no contribuía a crearle simpatías, nadie pudo negar nunca su profunda fe y su lealtad a la Iglesia.

De los tiempos de Munich fue testigo de excepción de un dramático episodio del que fue protagonista Pacelli. Fue poco después del final de l Gran Guerra. La monarquía milenaria de los Wittelsbach había caído y había quedado instaurado un régimen socialdemócrata presidido por Kurt Eisner. Al ser asesinado éste en febrero de 1919, los comunistas se levantaron en armas y asaltaron el poder proclamando la efímera pero sangrienta República Soviética de Baviera. En medio de los desórdenes callejeros, volvió el nuncio a su residencia desde Suiza, donde había pasado un período de convalecencia. Cierto día los revolucionarios armados invadieron la nunciatura. Monseñor Pacelli salió y se enfrentó a los asaltantes, uno de los cuales llegó a apuntarle con su revólver en el pecho. Sólo el aplomo y la desarmante dignidad del prelado hicieron que aquéllos se retiraran sin causar más daño. A pesar de la campaña de desprestigio de la que fue objeto el nuncio por parte de las autoridades revolucionarias, no detuvo su acción benéfica a favor de los más necesitados, en la cual se había prodigado desde que puso pie en Alemania en 1917, fiel a la línea de Benedicto XV, que, no pudiendo detener l’inutile strage de la guerra, quería paliar sus efectos mediante el ejercicio de una intensiva y eficiente red de caridad.

En 1920 fue nombrado nuncio ante la República de Weimar, reteniendo la nunciatura de Munich. No marchó a Berlín hasta 1925, siendo precedido por sor Pascualina, a la que había enviado a la capital alemana para buscar una sede adecuada para la nueva representación pontificia y organizarla, lo cual hizo ella a satisfacción, escogiendo una bella residencia al lado del Tiergarten y dirigiendo los trabajos de restauración y adaptación. Gracias a la gran personalidad de Pacelli y a la sabia administración de su gobernanta, la nunciatura berlinesa se convirtió en el corazón de la vida católica en una ciudad de rigurosa tradición protestante. Sus salones fueron escenario de las más brillantes recepciones y su capilla el de bautizos, comuniones y hasta conversiones. El nuncio, decano del cuerpo diplomático y dotado de un extraordinario don de gentes, fue conocido y querido no sólo por los propios, sino también por los extraños. Por eso, cuando en 1929 fue llamado por Pío XI a Roma para recibir el rojo capelo, la despedida, en la estación ferroviaria de Berlín, fue apoteósica y muy emotiva.

Pascalina creyó llegada la hora de decir adiós a su querido monseñor tras once años de fieles servicios, pero Pacelli no supo, ni pudo ni quiso prescindir de ella y la llamó a Roma. Ella partió sólo después de haberse encargado personalmente de mandar expedir el nuevo mobiliario del neo-cardenal, que le fue regalado por los obispos germanos como recuerdo de su fructífera estancia en Alemania. En la Ciudad Eterna, la religiosa siguió siendo la fiel y discreta auxiliar de siempre. Fue testigo de la paciente elaboración de la encíclica Mit brenneder Sorge contra el nazismo, obra conjunta de los cardenales Pacelli y Faulhaber, que Pío XI firmó y mandó publicar desde los púlpitos de todas las parroquias de Alemania en 1934. Pascalina participó en los viajes del cardenal secretario de Estado para subvenir a sus necesidades de orden práctico, en lo que se desempañaba de maravilla. Lo hizo con tal prudencia y recato que nadie se percató de su presencia en los diferentes países que visitó junto a Pacelli. Se había hecho tan necesaria a éste que, incluso, por un privilegio sin precedentes, se la autorizó a asistir al cardenal durante el cónclave que siguió a la muerte de Pío XI y del que saldría aquél elegido, siendo la única mujer conclavista de la Historia.

Cuando Pío XII se instaló en los apartamentos papales en el tercer piso del Palacio Apostólico, sor Pascalina se encargó de recrear en ellos la atmósfera hogareña y sencilla que tanto necesitaba Pacelli y ella había sabido imponer en el pasado. El círculo íntimo de Pacelli era predominantemente alemán: monseñor Ludwig Kaas, a quien le unía una buena amistad desde los tiempos en que éste era presidente del Zentrum o partido católico alemán; el P. Robert Leiber, jesuita, su secretario; el P. Agustín Bea, su confesor, y, las hermanas Maria Corrada y Erwaldiss, dirigidas por sor Pascalina, encargadas de la tareas domésticas. A la familiaridad del Papa eran admitidos también el conde Enrico Galeazzi y su medio hermano el oftalmólogo Riccardo Galeazzi-Lisi –que fungía de arquíatra pontificio– y, por supuesto, los sobrinos del Papa. También los cardenales Faulhaber y Spellman, amigos personales de Pío XII. Sor Pascalina vigilaba atentamente para que el Santo Padre pudiera tener tranquilidad en sus pocas horas de intimidad, cosa que requería una gran firmeza y una buena dosis de coraje para enfrentarse a los curiales y a todo aquel que pretendía franquear ese pequeño mundo doméstico.

Y es que la solícita franciscana sabía mejor que nadie la vida de auténtico sacrificio que llevaba el Papa, que consideraba su deber no dejar de recibir a los fieles católicos del mundo entero que venían a verle (recuérdese que antaño los pontífices no viajaban). De las audiencias de rigor con sus colaboradores de los dicasterios de la Curia Romana y de las de protocolo para recibir a Jefes de Estado, gobernantes, diplomáticos y personalidades, pasaba a las audiencias generales, en las que no paraba de bendecir y extender la mano para que le la gente pudiera besarle el anillo o para acariciar con el sincero afecto del padre común a los atribulados y a los niños. Y aunque las audiencias le dejaban exhausto, no se permitía más solaz durante el día que su paseo cotidiano de una hora por los jardines vaticanos, para volver en seguida al trabajo, esta vez de despacho, escribiendo sus discursos y encíclicas, documentándolos cuidadosamente y repasándolos y corrigiéndolos una y otra vez, tanta era su meticulosidad. Sor Pascalina tenía siempre a mano manguitos para que no se ensuciara la blanca sotana con la tinta con la que escribía.

Durante los terribles años de la Segunda Guerra Mundial y de la ocupación la rutina en los apartamentos pontificios se vio alterada por nuevas responsabilidades. El Papa multiplicó las audiencias y abolió el protocolo para recibir a los heridos y mutilados. Además, creó una Oficina de Información para recabar y brindar toda clase de informaciones sobre prisioneros de guerra y desparecidos. Siguiendo el ejemplo de Benedicto XV durante la Gran Guerra, Pío XII ejerció una eficaz acción de beneficencia para paliar los horrores de la contienda. Sor Pascualina fue puesta al frente de los almacenes en los que se clasificaban toda clase de subsistencias que, a continuación, partían hacia los más diversos destinos llevando el auxilio y el consuelo material del Papa a las pobres víctimas. También fue testigo directo la gobernanta de cuanto se hizo por indicación suya a favor de los judíos perseguidos; cómo levantó la clausura de los monasterios y conventos femeninos para que pudieran recibir refugiados; cómo dispuso la apertura del palacio lateranense, de la villa papal de Castelgandolfo, de los edificios extraterritoriales y de las dependencias de la Santa Sede para acoger a los proscritos, sin distinción de raza ni de credo religioso o político; cómo vació las arcas papales para aliviar la penuria de los más desgraciados. Cuando Roma fue bombardeada, su hijo más ilustre, nacido en la Urbe, no dudó un momento en acudir a consolar a las víctimas. En esas correrías, sor Pascualina pidió a monseñor Montini que no dejara solo al Papa.

Pasada la tormenta, mientras los hombres de Estado y los políticos se dedicaban a reconstruir la Europa martirizada, Eugenio Pacelli erigía a la Iglesia Católica como un faro y un punto de referencia para el resurgimiento de aquélla. Fueron años en los que la institución gozó el máximo prestigio alcanzado en tiempos modernos. No faltaban ciertamente los puntos obscuros (que andando el tiempo se manifestarían con virulencia), pero la Cristiandad estaba en su apogeo, el cual tuvo una expresión inequívoca con ocasión del Año Santo de 1950. A partir de entonces y tras el inaudito esfuerzo realizado por un hombre de salud delicada, las fuerzas de Pío XII empezaron a declinar, aunque él no se diera tregua ni se hiciera a sí mismo concesión alguna. Sólo interrumpió su habitual ritmo obligado por algunas graves crisis que hicieron tmer por su vida, siendo la peor la experimentada durante el Año Santo Mariano de 1954, durante la que estuvo a las puertas de la muerte. Tanto en los momentos de triunfo como en los de postración física, Pascalina Lehnert fue su ángel tutelar, que contrarrestó con su dedicación las inepcias de algunos tratamientos que recibió el Santo Padre y no hicieron otra cosa que debilitarlo aún más. El cerco en torno a él se cerró aún más con evidente disgusto de los miembros de la Curia Romana. Pero a la monja no le dolían prendas a la hora de preservar el necesario aislamiento del Papa. Gracias a sus cuidados y a una increíble capacidad de resistencia puede decirse que logró sobrevivir unos años más.

Hasta que sucedió lo inevitable, la inexorable ley de vida, a la que no escapan ni siquiera los Papas: la muerte. Ésta le sobrevino hallándose en Castelgandolfo, después de una agonía penosa, durante la cual sor Pascalina le rodeó de una atención conmovedora, ayudada de sus hermanas de hábito. De su dedicación amorosa al augusto moribundo dan fe unas fotografías que de los últimos momentos tomó subrepticiamente el profesor Galeazzi-Lisi para venderlas a un semanario francés y que revelan en medio del dramatismo la gran dimensión humana de la religiosa que estuvo cuarenta años al servicio lleno de devoción y desinteresado de un gran papa. De no haber sido por esta traición a la confianza depositada en él que cometió el arquíatra pontificio, la figura de sor Pascualina habría quedado definitivamente en la sombra bajo la que quiso vivir mientras estuvo junto a Pío XII. En efecto, en esos cuarenta años ella vivió siempre hurtándose escrupulosamente a las miradas ajenas, hasta el punto que, si todo el mundo hablaba de la monja que servía al Papa, a la que se atribuía un poder grandísimo, nadie era capaz de describirla porque simplemente no la habían visto nunca.

Momentos durísimos debieron ser para sor Pascalina los que siguieron al fallecimiento de su bienamado pontífice. Se desataron entonces todos los rencores contenidos en vida de éste y no le fueron ahorrados desaires e incomprensiones. Sin embargo, no era ella mujer que se arredrara ante la adversidad, de modo que se quedó en Roma como procuradora de su congregación y supervisora del servicio en el nuevo colegio para los seminaristas norteamericanos en el Janículo. Con el tiempo y donativos de gente amiga (entre ellos el conde Enrico Galeazzi) logró construir una casa de reposo para señoras ancianas, a la que puso por nombre Pastor Angelicus en recuerdo del papa Pacelli. Según ella misma declaró, sus últimos años quería dedicarlos a honrar la memoria de Pío XII y a rezar por su beatificación, aunque confesaba su escepticismo al ver con disgusto cómo se desperdiciaba la gran herencia de su pontificado. Fiel a su vocación, a sus recuerdos y a sí misma, sor Pascalina Lehnert murió un día como hoy en Viena, a los 89 años de edad, en la brecha y en el combate por honrar la memoria del gran Eugenio Pacelli. Sus exequias fueron oficiadas por el que fuera obispo vicario de la Ciudad del Vaticano, el mismo que compuso la hermosa oración por la beatificación de Pío XII: monseñor Petrus Canisius van Lierde. A ellas asistió el cardenal Joseph Ratzinger, hoy papa Benedicto XVI.

Tomado de: http://www.historiadelaiglesia.org

jueves, 21 de julio de 2011

Pueblo y "Masa" - SS Pío XII


El pueblo vive de la plenitud de la vida de los hombres que lo componen, cada uno de los cuáles —en su propio puesto y a su manera— es persona consciente de sus propias responsabilidades y de sus convicciones propias. La masa, por el contrario espera el impulso de fuera, juguete fácil en las manos de un cualquiera que explota sus instintos o impresiones, dispuesta a seguir, cada vez una, hoy ésta, mañana aquella otra bandera. De la exuberancia de vida de un pueblo verdadero, la vida se difunde abundante y rica en el Estado y en todos sus órganos, infundiendo en ellos con vigor, que se renueva incesantemente, la conciencia de la propia responsabilidad, el verdadero sentimiento del bien común.

De la fuerza elemental de la masa, hábilmente manejada y usada, puede también servirse el Estado; en las manos ambiciosas de uno solo o de muchos agrupados artificialmente por tendencias egoístas, puede el mismo Estado, con el apoyo de la masa reducida a no ser más que una máquina, imponer su arbitrio a la parte mejor del verdadero pueblo; así el interés común queda gravemente herido, y por mucho tiempo, y la herida es muchas veces difícilmente curable.

Con lo dicho parece clara otra conclusión: la masa es la enemiga capital de la verdadera democracia y de su ideal de libertad y de igualdad En un pueblo digno de tal nombre, el ciudadano siente en sí mismo la conciencia de su personalidad, de sus deberes y de sus derechos, de su libertad unida al respeto de la libertad y de la dignidad de los demás. En un pueblo digno de tal nombre todas las desigualdades que proceden, no del arbitrio sino de la naturaleza misma de las cosas, desigualdades de cultura, de bienes, de posición social —sin menoscabo, por supuesto, de la justicia y de la caridad mutuas— no son de ninguna manera obstáculo a la existencia y al predominio de un auténtico espíritu de comunidad y de fraternidad. Más aún, esas desigualdades, lejos de lesionar en manera alguna la igualdad civil, le dan su significado legítimo, es decir, que ante el Estado cada uno tiene el derecho de vivir honradamente su existencia persona1 en el puesto y en las condiciones en que los designios y la disposición de la Providencia lo han colocado.

Como antítesis de este cuadro del ideal democrático de libertad y de igualdad en un pueblo gobernado por manos honestas y próvidas, ¡qué espectáculo presenta un Estado democrático dejado al arbitrio de la masa! La libertad, de deber moral de la persona, se transforma en pretensión tiránica de desahogar libremente los impulsos y apetitos humanos con daño de los demás. La igualdad degenera en nivelación mecánica, en uniformidad monocroma, y el sentimiento del verdadero honor, la actividad personal, el respeto de la tradición, la dignidad, en una palabra, todo lo que da a la vida su valor, poco a poco se hunde y desaparece.

Y únicamente sobreviven, por una parte, las víctimas engañadas por la fascinación aparatosa de la democracia, fascinación que se confunde ingenuamente con el espíritu mismo de la democracia, con la libertad e igualdad, y, por otra, los explotadores más o menos numerosos que han sabido, mediante la fuerza del dinero o de la organización, asegurarse sobre los demás una posición privilegiada y aun el mismo poder.

SS Pío XII. 24 de diciembre de 1944. Extracto del radiomensaje "BENIGNITAS ET HUMANITAS" en la víspera de Navidad.

miércoles, 23 de febrero de 2011

Evangelio del día 23 de febrero de 2011


Evangelio según San Marcos 9,38-40. Miércoles de la VII Semana del Tiempo Ordinario


Juan le dijo: "Maestro, hemos visto a uno que expulsaba demonios en tu Nombre, y tratamos de impedírselo porque no es de los nuestros".
Pero Jesús les dijo: "No se lo impidan, porque nadie puede hacer un milagro en mi Nombre y luego hablar mal de mí.
Y el que no está contra nosotros, está con nosotros.

Comentario:

Se lo hemos querido impedir, porque no es de los nuestros - Venerable Pío XII

Imitemos la inmensidad del amor del mismo Jesús, modelo supremo de amor hacia la Iglesia. Indudablemente que la Esposa de Cristo, la Iglesia, es única; y sin embargo el amor del Esposo divino se extiende tan ampliamente que, sin excluir a nadie, abarca en su Esposa a todo el género humano. Si nuestro Salvador ha derramado su sangre, es con el fin de reconciliar con Dios, en la cruz, a todos los hombres, incluso aunque estén separados por la nación o la sangre y reunirlos en un solo Cuerpo. El verdadero amor de la Iglesia exige, pues, no solamente que unos sean miembros de los otros en el mismo Cuerpo, llenos de mutua solicitud (Rm 12,15), miembros que deben alegrarse cuando otro miembro es honorado y sufrir con él cuando él sufre (1C 12,26); sino que exige también que en los demás hombres todavía no unidos a nosotros en el Cuerpo de la Iglesia, sepamos reconocer en ellos a hermanos de Cristo según la carne, llamados igual que nosotros a la misma salvación eterna.

Sin duda que no falta gente, sobre todo hoy, ¡desgraciadamente!, que orgullosamente alaban la lucha, el odio y la envidia como medio para sublevar y exaltar la dignidad y la fuerza del hombre. Pero nosotros, que discernimos con dolor los lamentables frutos de esta doctrina, seguimos a nuestro Rey pacífico, que nos ha enseñado no sólo amar a los que no pertenecen a la misma nación o tienen el mismo origen (Lc 10,33s), sino incluso amar a nuestros enemigos (Lc 6,27s), Celebremos con san Pablo, el apóstol de las naciones lo ancho, lo largo, lo alto y lo profundo del amor de Cristo (Ef 3,18); amor que la diversidad de pueblos o de costumbres no puede romper, que la inmensidad que se extiende en el océano no puede disminuir, que, en fin, las guerras, hechas por una causa justa o injusta, no pueden disgregar.



Pío XII, papa desde 1939 a 1958. Encíclica «Mystici Corporis Christi»

domingo, 16 de enero de 2011

Oración por los sacerdotes - SS Pío XII




Oh Jesús, Pontífice Eterno, Buen Pastor, fuente de vida, que por singular generosidad de tu dulcísimo Corazón nos has dado nuestros sacerdotes para que podamos cumplir plenamente los designios de santificación que tu gracia inspira en nuestras almas; te suplicamos: ven y ayúdalos con tu asistencia misericordiosa.

Sé en ellos, oh Jesús, fe viva en sus obras, esperanza inquebrantable en las pruebas, caridad ardiente en sus propósitos. Que tu palabra, rayo de la eterna Sabiduría, sea, por la constante meditación, el alimento diario de su vida interior. Que el ejemplo de tu veida y Pasión se renueve en su conducta y en sus sufrimientos para enseñanza nuestra, y alivio y sostén en nuestras penas.


Concédeles, oh Señor, desprendimiento de todo interés terreno y que sólo busquen tu mayor gloria. Concédeles ser fieles a sus obligaciones con pura conciencia hasta el postrer aliento. Y cuando con la muerte del cuerpo entreguen en tus manos la tarea bien cumplida, dales, Jesús, Tú que fuiste su Maestro en la tierra, la recompensa eterna: la corona de justicia en el esplendor de los santos. Amén

sábado, 4 de diciembre de 2010

La esposa es el sol de la familia - SS Pío XII


Alocución a los recién casados. (Discorsi e radiomessaggi, 11 de marzo de 1942: 3, 385-390)

La esposa viene a ser como el sol que ilumina a la familia. Oíd lo que de ella dice la sagrada Escritura: Mujer hermosa deleita al marido, mujer modesta duplica su encanto. El sol brilla en el cielo del Señor, la mujer bella, en su casa bien arreglada.

Sí, la esposa y la madre es el sol de la familia. Es el sol con su generosidad y abnegación, con su constante prontitud, con su delicadeza vigilante y previsora en todo cuanto puede alegrar la vida a su marido y a sus hijos. Ella difunde en torno a sí luz y calor; y, si suele decirse de un matrimonio que es feliz cuando cada uno de los cónyuges, al contraerlo, se consagra a hacer feliz, no a sí mismo, sino al otro, este noble sentimiento e intención, aunque les obligue a ambos, es sin embargo virtud principal de la mujer, que le nace con las palpitaciones de madre y con la madurez del corazón; madurez que, si recibe amarguras, no quiere dar sino alegrías; si recibe humillaciones, no quiere devolver sino dignidad y respeto, semejante al sol que, con sus albores, alegra la nebulosa mañana y dora las nubes con los rayos de su ocaso.

La esposa es el sol de la familia con la claridad de su mirada y con el fuego de su palabra; mirada y palabra que penetran dulcemente en el alma, la vencen y enternecen y alzan fuera del tumulto de las pasiones, arrastrando al hombre a la alegría del bien y de la convivencia familiar, después de una larga jornada de continuado y muchas veces fatigoso trabajo en la oficina o en el campo o en las exigentes actividades del comercio y de la industria.

La esposa es el sol de la familia con su ingenua naturaleza, con su digna sencillez y con su majestad cristiana y honesta, así en el recogimiento y en la rectitud del espíritu como en la sutil armonía de su porte y de su vestir, de su adorno y de su continente, reservado y a la par afectuoso. Sentimientos delicados, graciosos gestos del rostro, ingenuos silencios y sonrisas, una condescendiente señal de cabeza, le dan la gracia de una flor selecta y sin embargo sencilla que abre su corola para recibir y reflejar los colores del sol.

¡Oh, si supieseis cuán profundos sentimientos de amor y de gratitud suscita e imprime en el corazón del padre de familia y de los hijos semejante imagen de esposa y de madre!

sábado, 20 de noviembre de 2010

SS Benedicto XVI :SS Pío XII "salvó más judíos que nadie"


El papa Pío XII fue "uno de los grandes justos, que salvó más judíos que nadie", declara Benedicto XVI en un libro de entrevistas titulado "Luz del mundo", que saldrá a la venta el martes.

Pío XII "hizo todo lo que pudo para salvar gente", afirma el Sumo Pontífice según el texto original del libro en alemán, del que la AFP obtuvo una copia.

Benedicto XVI menciona por ejemplo el hecho de que el papa Pacelli escribió en 1938 a todos los obispos del mundo para que actuaran en favor de la entrega de visas a todos los judíos que quisieran abandonar la Alemania nazi.

"Naturalmente, siempre se puede preguntar: '¿Por qué no protestó con más fuerza?' Creo que vio las consecuencias que podría haber tenido una protesta pública", añade el Papa.

"Personalmente sufrió muchísimo, lo sabemos. Sabía que debía hablar, y sin embargo la situación se lo prohibía", agrega el obispo de Roma.

El 19 de diciembre de 2009, Benedicto XVI proclamó a Pío XII "venerable", última etapa antes de la beatificación, suscitando protestas de diversas comunidades judías.

viernes, 5 de noviembre de 2010

SS Pío XII, beatificación, Oración, película y la Verdad que triunfa siempre


En un artículo publicado en el Corriere della Sera, Vittorio Messori presenta esta oración y explica claramente que, por parte de la Iglesia, ya no se pondrá en discusión el tema. Ofrecemos nuestra traducción de este interesante artículo.

Ya está lista la oración por la beatificación del Papa Pío XII. El texto fue escrito por don Nicola Bux, estimado docente de liturgia y de teología, consultor de la Congregación para el Culto Divino y de la Oficina para las Celebraciones Pontificias. Autor de varios libros, traducidos en muchas lenguas, en apoyo de la “reforma de la reforma litúrgica” auspiciada por Joseph Ratzinger cuando todavía era cardenal, don Bux es particularmente cercano a Benedicto XVI.

Por lo tanto, el suyo es un texto autorizado. Y autorizadísimo es el imprimatur oficial, concedido por el cardenal Angelo Bagnasco, arzobispo de Génova y presidente de la Conferencia Episcopal Italiana. Monseñor Bagnasco ha querido subrayar su adhesión con una autorización manuscrita bajo el original del texto.

El texto no es otra cosa que la oración – aquí publicada – para obtener de Dios la glorificación, con la elevación a los altares, de aquel que por ahora es “venerable”: Eugenio Pacelli, Papa con el nombre de Pío XII. La difusión de la estampa ya ha comenzado y está a cargo del Comité “Papa Pacelli”, asociación libre de laicos que se ha propuesto una circulación masiva. De la Postulación para la beatificación han obtenido una franja de la sotana blanca del Pontífice: así se ha aplicado sobre algunas miles de copias una minúscula reliquia.

El rabino jefe de Roma ha usado el otro día palabras pesadas o carentes de generosidad para citar al director de L’Osservatore Romano (“patacca”, “propaganda”, “falsità”) a propósito del film sobre Pío XII transmitido por la Rai.

La verdad impone decirlo con evidente incomodidad: quien conoce desde dentro el mundo católico sabe que entre el “pueblo de las parroquias” pero también en la Jerarquía crece la impaciencia por la obstinación con que algunos sectores del mundo judío alimentan la leyenda negra sobre Pacelli, a pesar de la enorme cantidad de documentos y de testimonios que la desmienten.

De nada sirve, parece, recordar los mensajes de reconocimiento llegados a aquel Papa por todas las comunidades judías inmediatamente después de la guerra y el homenaje universal, comenzando por los líderes de Israel, tras su muerte, en 1958. Y ha caído el silencio sobre el rabino jefe de la Comunidad de Roma, Israel Zolli, que en 1945 pidió el bautismo y quiso tomar el nombre de Eugenio en señal de reconocimiento por todo lo que había hecho por los judíos aquel que una desconcertante campaña, que no comenzó sino en los años ’60, quiso presentar como “el Papa de Hitler”. Pero no casualmente hablábamos de “algunos sectores judíos” solamente.

En efecto, en el 2007 la reunión plenaria de la Congregación para los Santos aprobó por unanimidad el decreto sobre la “heroicidad de las virtudes” de Pacelli, que, por lo tanto, podía ser llamado “venerable”, la última etapa antes de la beatificación.

Pero aquel decreto debía ser aprobado y promulgado por el Papa. Benedicto XVI tiene, respecto a Pacelli, no sólo veneración por el hombre sino también grandísima estima por el teólogo: varias veces ha recordado que, después de la Biblia, las encíclicas de Pío XII son los textos más citados por el Vaticano II. Por lo tanto, su intención era firmar enseguida el decreto pero fue advertido de que, si lo hacía, se interrumpiría el diálogo con Israel. De este modo, Benedicto XVI ordenó una investigación adicional en los archivos, si bien ya varias veces habían sido explorados: la conclusión fue aquella ya bien conocida.

Y esto es que en el plano histórico no era posible para el Papa hacer más que lo hizo (que no era poco: la mayoría de los judíos salvados en Italia, pero también en otros países, lo deben a la Iglesia) y cualquier otra actitud habría provocado una catástrofe todavía peor. Como ocurrió en Holanda después de la protesta pública del episcopado por las deportaciones.

De este modo, SS Benedicto XVI, en diciembre del año pasado, ha roto toda ulterior demora y ha declarado “venerable” a su amado predecesor. Pero la decisión ha sido tomada también porque decenas de rabinos americanos, reunidos en un congreso, le enviaron un mensaje con el cual se distanciaban netamente de la campaña de difamación conducida por algunos colegas europeos. Aquellos rabinos recordaban cómo Pío XII llegó a hacer romper el sello de la clausura de los monasterios para hospedar a judíos, vestidos como monjas o frailes y provistos de documentos falsos facilitados por imprentas eclesiales.

La oración para obtener la beatificación del Papa, aprobada por el Presidente de la CEI, es explícita al respecto: “Ha abierto los brazos de Pedro, sin distinción, a todas las víctimas de la terrible tragedia de la II guerra mundial”. Y “con doctrina segura y mansa firmeza, ha guiado a la Iglesia a través del mar agitado de las ideologías totalitarias”.

Ahora, sin embargo, la palabra le corresponde a Dios y de nada servirán ya protestas, indignaciones, invectivas. La causa del Papa Pacelli ya ha terminado para la Iglesia: no queda más que esperar la confirmación divina, el imprimatur del Cielo sobre la convicción de los hombres de que Eugenio Pacelli ha vivido hasta el fondo “de modo heroico” las virtudes evangélicas. Es decir, se espera que sean analizados los casos (uno especialmente, en la diócesis de Sorrento: una mujer embarazada sanada de un linfoma maligno), inexplicables para la ciencia y para la Iglesia milagros.

Es decir, signos del poder de intercesión ante Cristo del candidato a ser venerado sobre los altares como “Beato Pío XII”.

Oración para pedir la Beatificación del Venerable Pío XII




Señor Jesucristo, te damos gracias por haber dado a la Iglesia al Papa Pío XII, maestro fiel de Tu verdad y pastor angélico.

Él, con doctrina segura y mansa firmeza, ha ejercido el supremo ministerio apostólico guiando a Tu Iglesia a través del agitado mar de las ideologías totalitarias.

Ha abierto los brazos de Pedro, sin distinción, a todas las víctimas de la terrible tragedia de la segunda guerra mundial advirtiendo que nada está perdido con la paz, obra de la justicia.

Con humildad y prudencia ha dado renovado esplendor a la Sagrada Liturgia, y ha manifestado la gloria de María Santísima proclamando su Asunción al Cielo.

Haz, oh Señor, que siguiendo su ejemplo también nosotros aprendamos a defender la verdad, a obedecer con alegría el magisterio católico y a dilatar los espacios de nuestra caridad.

Por esto te suplicamos, si es para Tu mayor gloria y para el bien de nuestras almas, que glorifiques a Tu siervo, el Papa Pío XII.

Amén.


IMPRIMATUR: Angelus Card. Bagnasco
*Fuente: Carmelitas Teresianos de la Divina Misericordia

martes, 26 de octubre de 2010

Consejos del Papa Pío XII a la Familia Cristiana


• Que la modesta morada de Nazaret sea modelo de una santa vida familiar.

“Oh, hombres, volved la mirada a Nazaret, entrad en aquella modesta morada. Mirad a aquel carpintero, custodio santísimo de los secretos divinos, que con sus sudores sustenta a la familia humilde y elevada más que la de los césares de Roma; observad con qué veneración y respeto ayuda y venera a aquella Madre, su esposa inmaculada y pura: mirad al que se cree Hijo del carpintero (Mateo, 13, 55), virtud y sabiduría omnipotente, que hizo el cielo y la tierra, y sin el cual nada ha sido hecho (Juan, 1, 3), cómo ningún hombre puede sin Él hacer nada, y que, sin embargo, no se desdeña de los pequeños servicios de la casa y del taller y de estar sometido a María y a José. Contemplad un tan grande modelo de santa vida familiar, espectáculo que maravilla a las jerarquías angélicas, que lo adoran” (S.S. Pío XII, A los recién casados, 15 de abril de 1942).

• El esposo debe tomar ejemplo de San José en el ejercicio de la autoridad.

“Tomad ejemplo de San José. Él contemplaba frente a sí a la Santísima Virgen, mejor, más alta y más excelsa que él mismo; un respeto soberano le hacía venerar en ella a la Reina de los ángeles y de los hombres, a la Madre de Dios. Sin embargo, él permanecía y continuaba en su puesto de jefe de la Sagrada Familia, sin faltar a ninguna de las altas obligaciones que le imponía semejante título” (Pío XII, A los recién casados, 10 de septiembre de 1941).

• La esposa que aprenda de María Santísima, modelo perfectísimo de virtudes domésticas.

“La Madre divina es también y sobre todo un perfectísimo modelo de las virtudes domésticas, de aquellas virtudes que deben embellecer el estado de los cónyuges cristianos. En María tenéis el amor más puro y fiel hacia el castísimo esposo, amor hecho de sacrificios y delicadas atenciones; en ella la entrega completa y continua a los cuidados de la familia y de la casa, de su esposo y, sobre todo, del querido Jesús; en ella la humildad que se manifestaba en la amorosa sumisión a San José, en la paciente resignación a las disposiciones, ¡cuántas veces arduas y penosas!, de la Divina Providencia, en la amabilidad y en la caridad con cuantos vivían cerca de la casita de Nazaret” (Pío XII, A los recién casados, 3 de mayo de 1939).

• Toda familia, pues, puede y debe ser santa.

“Filii sanctorum sumus! (Tobías, 2, 18). Queridos hijos e hijas: debéis, pues, persuadiros bien de que vuestra nueva familia podrá y deberá ser una familia santa, es decir, inviolablemente unida a Dios por la gracia. Inviolablemente: porque aquel mismo sacramento que exige la indisolubilidad del vínculo conyugal, os confiere una fuerza sobrenatural contra la cual serán impotentes, si vosotros lo queréis, las tentaciones y las seducciones; las pérfidas insinuaciones del disgusto cotidiano, de la calma habitual, de la necesidad de novedad y de cambio, la sed de las experiencias peligrosas, la atracción del fruto prohibido, no tendrán poder alguno contra vosotros, si conserváis este estado de gracia, con la vigilancia, la lucha, la penitencia, la oración” (Pío XII, A los recién casados, 6 de noviembre de 1940).

• Y convertirse como en un cenáculo frente a las tormentas de la vida.

“Tened siempre vuestro cenáculo, un asilo de retiro y de oración en vuestro propio hogar doméstico. Allí encontraréis el reposo después de las más duras jornadas, en la fidelidad a vuestras promesas y en la unión perfecta de vuestras almas: Perseverantes unanimiter (Hechos, 1, 14); allí viviréis bajo la mirada de María cum Maria matre Iesu (ibid.), cuya imagen os reunirá cada noche para la oración en familia: unanimiter in oratione. Mejor aún, toda vida personal y familiar puede resultar una oración incesante: perseverantes unanimiter in oratione” (Pío XII, A los recién casados, 27 de marzo de 1940).

• Para sobrellevar las pruebas, la familia precisa la energía diaria de la comunión eucarística.

“La familia necesita, como base suya, la íntima unión no sólo de los cuerpos, sino sobre todo de las almas, unión hecha de amor y de paz mutua. Ahora bien, la Eucaristía es, según la bella expresión de San Agustín (Tract. in Ioan. 26, 13), signo de unión, vínculo de amor, signum unitatis, vinculum caritatis, y une por eso y como que suelda entre sí los corazones.
“Para sostener las cargas, las pruebas, los dolores comunes, a los que no puede sustraerse familia alguna, por bien ordenada que esté, os es necesaria una energía diaria: la comunión eucarística es generadora de fuerza, de valor, de paciencia, y con la suave alegría que difunde en las almas bien dispuestas, hace sentir aquella serenidad que es el tesoro más precioso del hogar doméstico” (Pío XII, A los recién casados, 7 de junio de 1939).

• Y que Cristo y su Santísima Madre presidan la vida del hogar.

“Haced que vuestra casa sea y parezca cristiana. Que el Sagrado Corazón sea Rey de ella; que la imagen del Salvador crucificado y la dulcísima Virgen María tengan puesto de honor, para hacer manifiesto a los ojos de todos que en vuestra morada se sirve a Dios y que los visitantes y amigos deben, como vosotros mismos, desterrar de ella todo lo que pueda violar su santa ley: conversaciones deshonestas, palabras mentirosas, cóleras o debilidades culpables; sino también para recordaros que Jesús y María son los más constantes y amadísimos testigos y como asociados a los sucesos de vuestra familia: júbilos que os auguramos numerosos, dolores y pruebas que nunca podrán faltar” (Pío XII, A los recién casados, 8 de noviembre de 1939).

• Que las familias cristianas aprendan a orar como se oraba en el hogar de Nazaret.

“El Evangelio, es verdad, no nos dice expresamente cuáles eran las plegarias que se hacían en la casa de Nazaret. Pero la fidelidad de la Sagrada Familia a la observancia de las prácticas religiosas nos ha sido explícitamente atestiguada, aunque no había ninguna necesidad de ello, cuando, por ejemplo, San Lucas nos cuenta (Lucas, 2, 41 y ss.) que Jesús iba con María y José al templo de Jerusalén por la Pascua, según la costumbre de aquella fiesta. Es, pues, fácil y dulce representarnos esta Sagrada Familia en Nazaret a la hora de la acostumbrada oración. En el alba dorada o el violáceo crepúsculo de Palestina, sobre la pequeña terraza de su casita blanca, vueltos hacia Jerusalén, Jesús, María y José están de rodillas; José, como cabeza de familia, recita la oración; pero es Jesús quien la inspira, y María une su dulce voz a la grave del santo patriarca.
“¡Futuros cabezas de familia! Meditad e imitad este ejemplo, que muchos hombres de hoy olvidan. En el recurso confiado a Dios encontraréis no solamente las bendiciones sobrenaturales, sino la mejor seguridad de aquel «pan cotidiano», tan ansiosamente, tan laboriosamente y a veces tan vanamente buscado” (Pío XII, A los recién casados, 3 de abril de 1940).

• A ejemplo de ellos, en el hogar han de orar todos, porque también los hombres son frágiles y necesitan la oración.

“Hay jóvenes que piensan que en el mundo, a partir de cierta edad, la oración es un incienso cuyo oloroso humo conviene dejar a las mujeres, lo mismo que ciertos perfumes de moda; otros acuden en alguna ocasión a la misa cuando les es cómodo; pero se creen, según parece, demasiado grandes para arrodillarse y no lo bastante místicos, como dicen algunos, para acercarse a la sagrada comunión. Tampoco faltan muchachas jóvenes que, aun habiendo sido educadas con todo cuidado por sus madres o por buenas religiosas, se creen eximidas, una vez casadas, de las más elementales normas de prudencia: lecturas, espectáculos, bailes, distracciones peligrosas, todo les es permitido.
“Pero en una familia verdaderamente cristiana, el marido sabe que su alma es de la misma naturaleza y no menos frágil que la de su mujer y la de sus hijos; por eso añade a la de éstos su oración diaria, y así como se complace en verlos en torno suyo en la mesa familiar, no deja de acercarse con ellos a la mesa eucarística” (Pío XII, A los recién casados, 24 de julio de 1940).

• Que no se pierda la bella tradición del Santo Rosario en familia.

“En el nombre de Nuestro Señor os lo suplicamos, queridos recién casados: empeñaos por conservar intacta esta bella tradición de la familias cristianas, la oración de la noche en común, que recoge al fin de cada día, para implorar la bendición de Dios y honrar a la Virgen Inmaculada con el rosario de sus alabanzas, a todos los que van a dormir bajo el mismo techo. Vosotros dos, y después, cuando hayan aprendido de vosotros a unir sus manecitas, los pequeños que la Providencia os haya confiado, y también, si para ayudaros en vuestras labores domésticas os los ha puesto el Señor a vuestro lado, los criados y colaboradores vuestros, que también son vuestros hermanos en Cristo y tienen necesidad de Dios” (Pío XII, A los recién casados, 12 de febrero de 1941).

Tomado de: http://legiomacabeachristi.blogspot.com/

domingo, 27 de junio de 2010

Algunos problemas actuales a la luz del Magisterio de SS Pío XII


DEBERES DEL ESTADO CATÓLICO CON LA RELIGIÓN



Que los enemigos de la Iglesia hayan obstaculizado su misión en todos los tiempos, negándole alguna –o incluso todas- sus divinas prerrogativas y poderes no es para maravillarse. El ímpetu del asalto, con sus falaces pretextos, prorrumpió ya contra el Divino Fundador de esta bimilenaria y, sin embargo, siempre joven institución: contra Él se gritó, en efecto –como se grita ahora- "Nolumus hunc regnare super nos", "no queremos que Éste reine sobre nosotros" (Luc. 19, 14).

Mientras, con paciencia y serenidad provenientes de la seguridad de los destinos que le han sido profetizados y de la certeza de su divina misión, la Iglesia canta a lo largo de los siglos: "Non eripit mortalla qui regna dal caelesti", "No quita los reinos mortales quien da los celestiales". Pero surge, en cambio, en nosotros el asombro, que crece hasta el estupor y se transforma en tristeza cuando la tentativa de arrancar las armas espirituales de la justicia y de la verdad de manos de esta Madre bondadosa que es la Iglesia la efectúan sus propios hijos; aun aquellos que, encontrándose en Estados confesionales donde viven en continuo contacto con hermanos disidentes, debieran sentir más que ningún otro el deber de gratitud hacia ésta Madre que usó siempre de sus derechos para defender, custodiar, salvaguardar a sus fieles.

¿IGLESIA CARISMÁTICA E IGLESIA JURÍDICA?

Hoy se admite por algunos, en la Iglesia, tan sólo un orden "pneumático"; de donde pasan a sentar como principio que la naturaleza del derecho eclesiástico está en contradicción con la naturaleza de la Iglesia misma. Según estos tales, el elemento sacramental original habría ido debilitándose cada vez más para ceder el lugar al elemento jurisdiccional; el cual constituye ahora la fuerza y el poder de la Iglesia. Prevalece así la idea, como afirma el jurista protestante Sohm, de que está constituida como el estado. Sin embargo el cánon 108,3, que habla de la existencia en la Iglesia del poder de orden y del de jurisdicción, invoca el derecho divino. Y que esta invocación sea legítima, lo demuestran los textos evangélicos, las alegaciones de los Actos de los Apóstoles, las citas de sus epístolas, frecuentemente aducidos por los autores de Derecho Público Eclesiástico para demostrar el origen divino de tales poderes y derechos de la Iglesia. En la Encíclica "Mystici Corporis" el Augusto Pontífice felizmente reinante lo expresaba, a tal propósito, en los siguientes términos: "Lamentamos y reprobamos el funesto error de los que se antojan una Iglesia ilusoria, a manera de sociedad alimentada y formada por sólo la caridad, a la cual, no sin desdén, oponen la otra que llaman jurídica. Pero se engañarían al introducir semejante distinción, pues no advierten que el Divino Redentor por lo mismo que quiso que la comunidad de hombres por Él fundada fuese una sociedad perfecta en su género y dotadas de los elementos jurídicos y sociales precisos para perpetuar en la tierra la obra saludable de la Redención, por lo mismo la quiso también enriquecida con los dones y gracias del Espíritu Santo. "No quiere pues la Iglesia ser un Estado pero su Divino Fundador la constituyó como sociedad perfecta con todos los poderes inherentes a tal condición jurídica, para desarrollar su misión en todo Estado sin conflicto entre ambas sociedades, ya que de ambas Él es de diverso modo autor y sostén".

ADHESIÓN AL MAGISTERIO ORDINARIO

Surge aquí el problema de la convivencia ente la Iglesia y el Estado laico. Hay católicos que, en esta manera, están divulgando ideas no del todo adecuadas. A muchos no puede negársele ni el amor a la Iglesia ni a la recta intención de encontrar un camino de posible adaptación a las circunstancias de los tiempos. Pero no es menos cierto que su postura recuerda a la de aquel "delicatus miles", de aquel soldado afeminado que quería vencer sin combatir o a la del ingenuo que acepta una insidiosa "mano tendida" sin darse cuenta de que esta mano le arrastrará luego a pasar el Rubicón hacia el error y la injusticia. La primera falla de estos tales está en no aceptar las "armas veritatis", las armas de la verdad y las enseñanzas de los Romanos Pontífices en éste último siglo –y de modo particular el Pontífice reinante Pío XII– han dirigido al respecto a los católicos con Encíclicas, Alocuciones y toda clase de actos de magisterio. 3

Esos, para justificarse, afirman que el conjunto de enseñanzas de la Iglesia figura una parte permanente y otra caduca o pasajera reflejo, esta última, de las circunstancias particulares de los tiempos. Más extienden lo último incluso a los principios establecidos en los documentos pontificios, acerca de los cuales se mantiene constante la enseñanza de los Papas, y que forman parte del patrimonio de la doctrina católica. En ésta materia no es aplicable la teoría del péndulo, introducida por algunos escritores al estimar el alcance de las Encíclicas en las diversas épocas. "La Iglesia –se ha llegado a escribir– acompasa la historia del Mundo al modo de un péndulo oscilante que, cuidadoso de guardar la medida, mantiene su propio movimiento invirtiéndolo de sentido cuando juzga alcanzada la máxima amplitud… Podría hacerse toda una historia de las Encíclicas desde este punto de vista: así en materia de Estudios bíblicos: Divino Afflante Spiritu sucede a Spiritus Paraclitus, a Providentissimus. En materia de Teología o de Política: Summi Pontificatus, Non abbiamo bisogno, Ubi arcano Dei, suceden a Inmortale Dei" (cfr. Temoignage chretien. 1 de setiembre de 1950).

Si se entendiese lo anterior en el sentido de que los principios generales y fundamentales del derecho público eclesiástico, solemnemente afirmados en la Encíclica Inmortale Dei se limitan reflejar unos momentos históricos del pasado, mientras que después el péndulo de las enseñanzas pontificias en las Encíclicas de Pío XI y Pío XII habría pasado, en su "reversement", a posiciones diversas, habría que juzgarlo totalmente erróneo; no solo porque no corresponde, de hecho al contenido de las Encíclicas mismas, sino también porque es inadmisible en correcta doctrina. El Pontífice reinante nos enseña, en efecto, en la Humani generis cómo debemos aclarar en las Encíclicas el magisterio ordinario de la Iglesia: "Ni hay que creer que las enseñanzas contenidas en las Encíclicas no exijan de por sí el asentimiento, bajo pretexto de que en ellas no ejercen los Papas el poder de su Magisterio supremo. Porque enseñan esto por el Magisterio ordinario, acerca del cual tiene también valor aquello: "Quien a vosotros oye, a Mi me oye"; y las más de las veces, cuando viene propuesto e inculcado en las Encíclicas pertenece ya por otras razones al patrimonio de la doctrina católica".

Por miedo a la acusación de que quiere volver a la Edad Media, algunos escritores nuestros no se atreven a mantener que las posiciones doctrinales que están constantemente afirmadas en las Encíclicas pertenecen a la vida y al derecho de la Iglesia de todos los tiempos. Para ellos vale la admonición de León XIII, quien, al recomendar la concordia y la unidad al combatir el error, añade: "Y en esto hay que evitar que nadie entre en connivencia de manera alguna con las opiniones falsas, o les resista más blandamente de lo que consiente la verdad".
Negrita
DEBERES DEL ESTADO CATÓLICO

Tratada ya esta cuestión particular al deber de asentir a las enseñanzas de la Iglesia, aun en su Magisterio ordinario, pasemos a una cuestión práctica que, en términos vulgares, podríamos llamar "candente", a saber: la cuestión de un Estado católico y de las consecuencias que de ello se siguen con respecto a los cultos no católicos. Es sabido que, en algunos países con absoluta mayoría de población católica, la Religión católica está proclamada Religión del Estado en las Constituciones respectivas. Citaremos, a modo de ejemplo, el caso más típico, a saber: el de España. En el "Fuero de los Españoles", carta fundamental de los derechos y deberes del ciudadano español, en su artículo 6° se establece cuando sigue: "La profesión y práctica de la religión católica, que es la del Estado español gozará de la protección oficial". "Nadie será molestado por sus creencias religiosas ni en el ejercicio privado de su culto". "No se permitirán otras ceremonias ni manifestaciones externas que las de la Religión católica". Esto ha levantado protestas de muchos no católicos e incrédulos; pero, lo que es más desagradable, lo consideran un anacronismo algunos católicos también, pensando que la Iglesia puede convivir pacíficamente y gozar de la plena posesión de sus derechos, en el Estado laico, incluso compuesto por católicos.

Conocida es la controversia, desarrollada recientemente en un país de ultramar, ente dos autores de opuestas tendencias, en el cual el que sostenía la tesis citada afirma:
1. El Estado, propiamente hablando, no puede realizar actos religiosos, (pues el Estado es mero símbolo, o conjunto de instituciones).
2. "Una inherencia inmediata del orden de la verdad ética y teológica al de la ley constitucional es, en principio, dialécticamente inadmisible". Es decir, que la obligación del Estado a dar culto a Dios no podría entrar nunca a formar parte de la esfera constitucional.
3. Finalmente, incluso para un Estado compuesto por católicos no hay obligación alguna de que profese la Religión católica; y en cuanto a la obligación de protegerla, ésta no es eficaz más que en determinadas circunstancias, precisamente cuando la libertad de la Iglesia no puede garantizarse por otros medios. A causa de esto, tienen lugar muchos ataques a la enseñanza expuesta en los manuales de derecho público eclesiástico, sin parar mientes en que, tales enseñanzas se basan, en su máxima parte, en la doctrina expuesta en los documentos pontificios.

Ahora bien. Si hay verdad cierta e indiscutible entre los principios generales del derecho público eclesiástico es la del deber de los gobernantes, en un Estado compuesto en su casi totalidad por católicos y, consiguiente y coherentemente, gobernado por católicos, de informar la legislación en sentido católico. Lo que implica tres inmediatas consecuencias:

1. La profesión social y no solamente privada de la religión del pueblo.
2. La inspiración cristiana de la legislación.
3. La defensa del patrimonio religioso del pueblo contra cualquier asalto de quien quisiera robarle el tesoro de su fe y de la paz religiosa.

He dicho en primer lugar que el Estado tiene el deber de profesar: incluso socialmente su religión. "Los hombres no están menos sujetos al poder de Dios unidos en sociedad que cada uno de por sí; ni está la Sociedad menos obligada que los particulares a dar gracias al Supremo Hacedor, que la formó y compaginó, que pródigo la conserva y benéfico le otorga innumerable copia de bienes. De este modo, así como a ningún individuo es lícito descuidar sus deberes para con Dios y para con la Religión con la que Dios quiere ser honrado, de la misma manera "no pueden las Sociedades políticas obrar lícitamente como si Dios no existiese, a volver la espalda a la Religión como si les fuera extraña o inútil". "Pío XII refuerza tales enseñanzas, condenando el error contenido en aquellas concepciones que no dudan en desligar la autoridad civil de cualquier dependencia con respecto al Ser supremo. (Causa primera y Señor absoluto lo mismo del hombre que de la Sociedad); así como de todo lazo de ley trascendente derivada de Dios como de su fuente primera; concediéndole facultad ilimitada de acción, abandonándola a las ondas mudables del arbitrio o únicamente a los dictámenes de exigencias históricas contingentes y de intereses relativos". (Summi Pontificatus, A.C.E. pág. 395. a: párr. 22).

Y, prosiguiendo el Augusto Pontífice pone en evidencia qué consecuencias tan desastrosas se siguen de tal error incluso para la libertad y los derechos del hombre: "Renegando en tal modo de la autoridad de Dios y del imperio de su ley, el poder civil, por consecuencia ineluctable, tiende a apropiarse aquella absoluta autonomía que sólo compete al supremo Hacedor y a hacer las veces del Omnipotente, elevando el Estado a la colectividad a fin último de la vida, a supremo criterio del orden moral y jurídico" (Summi Pontificatus, A.C.E. pág. 395. a: párr. 23).

He dicho, en segundo lugar, que es deber de los gobernantes informar la propia actividad social y la legislación con los principios morales de la religión. Es una consecuencia del deber de religiosidad y de sumisión a Dios no sólo individualmente sino también socialmente; y ello con segura ventaja para el bienestar del pueblo. Contra el agnosticismo moral y religioso del Estado cristiano en su Augusta Carta del 19 de octubre de 1945 a la XIX Semana Social de los católicos italianos, en la cual se debía estudiar precisamente el problema de la nueva Constitución. 5
"Si bien se reflexiona sobre las consecuencias deletéreas que una Constitución que, abandona la "piedra angular" de la concepción cristiana de la vida, intentase fundarse en el agnosticismo moral y religioso, acarrearía a la sociedad y su discurrir histórico, todo católico comprenderá que en ese momento la cuestión que, de preferencia a cualquier otra, ha de atraer su atención y estimular su actividad, consiste en asegurar a la presente generación y a las futuras el beneficio de una ley fundamental del Estado que no se oponga a los sanos principios religiosos y morales, antes al contrario tome de ellos una vigorosa inspiración, proclamando y persiguiendo sabiamente a los altos fines a que aquellos se ordenan" (Acta ap. Sed. Vol. 37. p. 274). "El Sumo Pontífice, a este respecto, no ha dejado de tributar las debidas alabanzas a la sabiduría de aquellos gobernantes que, o bien favorecen siempre, o de nuevo supieron honrar, con ventaja del pueblo, los valores de la civilización cristiana, por medio de felices relaciones entre la Iglesia y el Estado, tutelando la santidad del matrimonio y la educación religiosa de la juventud" (Radio-Mensaje de Navidad de 1941. Cir. Ecclesia núm. 25, 3 enero 1947).

En tercer lugar, he dicho que es deber de los gobernantes de un Estado católico impedir toda ruptura de la unidad religiosa de un pueblo que se siente unánimemente en posesión segura de la verdad religiosa. Sobre este punto, son numerosos los documentos en los que el Santo Padre afirma los principios enunciados por sus predecesores, especialmente por León XIII. Al condenar el indiferentismo religioso del Estado, León XIII, mientras en la Encíclica "Inmortale Dei" recurre al derecho divino, en la Encíclica "Libertas" recurre además a los principios de justicia y a la razón. En la "Inmortale Dei" pone en evidencia que los gobernantes no pueden "otorgar indiferentemente carta de vecindad a los varios cultos", porque –argumenta– están obligados, en el culto divino, a profesar aquella ley y aquellas prácticas con que Dios mismo ha mostrado que quiere ser honrado: "quo coli se Deus ipse demostravit velle" ("Inmortale Dei", loc. cit. supra). Y en la Encíclica "Libertas" inculca, apelando a la justicia y a la razón: "Veda, pues, la justicia, y védalo también la razón que el Estado sea ateo o lo que viene a parar en el ateísmo, que se comporte de igual modo con respecto a las varias que llaman religiones concediendo a todos indiferentemente los mismos derechos" ("Libertas". A.C.E. pág. 197, 26).

El Papa invoca la justicia y la razón, porque no es justo atribuir los mismos derechos al bien y al mal, la verdad y el error. Y la razón se rebela al pensar que, por referencias a las exigencias de una pequeña minoría, se lesionen los derechos, la fe y la conciencia de la casi totalidad del pueblo, y se le traicione permitiendo a los que indican contra su fe de introducir en medio de él la escisión con todas las consecuencias de la lucha religiosa.

FIJEZA DE LOS PRINCIPIOS

Estos principios son sólidos e inmutables: valieron en tiempos de Inocencio III, de Bonifacio VIII; valen en tiempos de León XIII y de Pío XII, que los ha confirmado en más de un Documento. Por esto Él, con severa firmeza ha vuelto a llamar a los gobernantes al cumplimiento de sus deberes, invocando la admonición del Espíritu Santo, que no conoce límites de tiempo: "Debemos pedir con insistencia a Dios –dice Pío XII en la Encíclica "Mystici corporis" – que cuantos desempeñan el gobierno de los pueblos amen la sabiduría para que no recaiga nunca sobre ellos esta gravísima sentencia del Espíritu Santo": "El Altísimo examinará vuestras obras y escrutará vuestros pensamientos; ya que, ministros de su reino no habéis gobernado rectamente, ni habéis observado la ley de la justicia, ni habéis caminado según el beneplácito de Dios. Terrible y veloz caerá sobre vosotros, ya que se hará rigurosísimo juicio de aquellos que están en lo alto: pues el pequeño hallará misericordia, pero los poderosos serán poderosamente atormentados. Pues el Señor de todos no hace acepción ni teme el poder de nadie, pues ha creado igualmente al grande y al pequeño y cuida igualmente de todos" (Sap. 6, 3-7; apud. Pío XII, Encíclica "Mystici Corporis". Ed. Cit., p.p. 59-60).

Refiriéndome, pues, a cuanto he dicho más arriba sobre la concordia de las Encíclicas puesta en cuestión, estoy cierto de que nadie podrá demostrar la menor oscilación, en materia de estos principios, entre la "Summi Pontificatus" de Pío XII, las Encíclicas de Pío XI "Divini Redemptoris" contra el comunismo, "Mit brennender Sorge" contra el nazismo, "Non abbiamo bisogno" contra el monopolio estatal del laicismo y las precedentes Encíclicas de León XIII "Inmortale Dei", "Libertas" y "Sapientiæ Christianæ". "Las últimas y más profundas normas, que son piedra fundamental de la Sociedad –proclama el Augusto Pontífice en el Radio-Mensaje de Navidad de 1942– no pueden ser modificados por la intervención de ingenio humano alguno; podrán ser negadas, ignoradas, despreciadas, transgredidas, pero nunca abrogadas con eficacia jurídica". (Cfr. Ecclesia. Núm. 79; 16 enero 1943).

LOS DERECHOS DE LA VERDAD

Pero aquí es preciso resolver otra cuestión, o mejor, una dificultad, tan especiosa que, a primera vista, parecería insoluble. Se objeta: vosotros sostenéis dos criterios o normas de acción diversos según os conviene: en países católicos, sostenéis la idea del estado confesional, con el deber de protección exclusiva de la religión católica; viceversa, donde sois minoría, reclamáis el derecho a la tolerancia o, francamente, a la paridad de los cultos. Por lo tanto, tenéis dos pesas y dos medidas: una verdadera duplicidad embarazosa, de la cual los católicos que toman en cuenta el desarrollo actual de la civilización quieren desembarazarse. Pues bien: justamente dos pesas y dos medidas es preciso usar: uno para la verdad, otro para el error. Los hombres, que se sienten en posesión segura de la verdad y de la justicia, no se avienen a transacciones. Exigen el pleno respeto de sus derechos. Aquellos, en cambio, que no se sienten seguros en la posesión de la verdad, ¿cómo pueden exigir el dominio de la situación sin compartirlo con quienes proclaman el respeto de los propios derechos basándose en otros principios?

El concepto de igualdad de cultos o de tolerancia es un producto del libre examen y de la multiplicidad de confesiones. Es una lógica consecuencia de las opiniones de quienes en materia de religión, sostienen que no hay lugar para dogma alguno y que la sola conciencia de cada individuo es criterio y norma para la profesión de la fe y el ejercicio del culto. Ahora bien: en aquellos países donde vigen tales teorías, ¿es de maravillar que la Iglesia católica procure tener un lugar para el desarrollo de su divina misión, y trate de hacerse reconocer aquellos derechos que, por lógica consecuencia de los principios adoptados en la legislación de los países, puede reclamar? Ella querría hablar y reclamar en nombre de Dios: pero en estos pueblos no se reconoce la exclusividad de su misión. Entonces, se contenta con reclamar en nombre de aquella tolerancia, de aquella paridad y de aquellas garantías comunes en que se inspiran las legislaciones de los países en cuestión.

Cuando, en 1949, se reunió en Amsterdam un Congreso de varias Iglesias heterodoxas para el progreso del movimiento ecuménico, estaban representadas en el mismo unas 146 iglesias o confesiones diversas. Los delegados presentes pertenecían a 50 naciones: había calvinistas, luteranos, coptos, viejos católicos, anabaptistas, valdenses, metodistas, episcopalianos, presbiteranos, del rito malabar, adventistas, etc. La Iglesia católica, que se siente ya en posesión segura de la verdad y de la unidad, no debía, lógicamente, estar presente para buscar la unidad que los otros no tienen. Pues bien: después de tantas discusiones, los reunidos no se hallaron acordes ni tan siquiera para una común celebración final del banquete eucarístico, que debía ser el símbolo de su unión, ya que no en la fe, por lo menos en la caridad; hasta el punto de que en la sesión plenaria del 23 de agosto de 1949 el doctor Kraemer, calvinista holandés y después director del nuevo instituto Ecuménico de Celigny, en Suiza, hacía observar que habría sido mejor omitir toda cena eucarística en lugar de tanta división, haciendo muchas cenas separadas.

En tal estado de cosas –digo yo–, ¿podría una de estas confesiones, si conviene con las otras o incluso predomina sobre ellas en un Estado, asumir una postura intransigente, y exigir lo que la Iglesia católica reclama de gran mayoría católica? ¡Nos es pues maravilla que la Iglesia invoque por lo menos los derechos del hombre cuándo se desconocen los derechos de Dios! Así lo hizo en los primeros siglos del cristianismo, frente al imperio y al mundo pagano; así continúa haciéndolo hoy, especialmente donde se niega todo derecho religioso, como en los países sometidos a la dominación soviética.

El Pontífice reinante, ante la persecución de que son objeto todos los cristianos –y en primer lugar– los católicos, ¿cómo podía no apelar a los derechos del hombre, a la tolerancia, a la libertad de conciencia, cuando incluso de estos derechos se hace tan deplorable escarnio? 7
Tales derechos del hombre, el Papa los reivindicó para todos los campos de la vida individual y social, en su mensaje de Navidad de 1942, y más recientemente, en el Mensaje de Navidad de 1952, a propósito de los sufrimientos de la "Iglesia del silencio". Aparece pues claro, en consecuencia, con cuanto sin razón se quiere hacer creer que el reconocimiento de los derechos de Dios y de la Iglesia que tenían lugar en el pasado es inconciliable con la civilización moderna, como si fuese un retroceso aceptar los justo y verdadero de todos los tiempos. A un retorno de la Edad Media alude, por ejemplo, el siguiente texto de un conocido autor: "La Iglesia católica insiste sobre el principio de que la verdad ha de tener preferencia sobre el error, y que la verdadera religión, cuando es conocida, debe ser ayudada en su misión espiritual con preferencia a las religiones cuyo mensaje es más o menos defectuoso, y en las que el error se mezcla con la verdad. Sin embargo, sería muy falso concluir de ello que este principio no tiene otra posible aplicación más que reclamando para la verdadera religión los favores de un poder absolutista, o la asistencia de "dragonadas" o reivindicando la Iglesia católica de las sociedades modernas los privilegios de que disfrutaba en una civilización de tipo sacral, como en la Edad Media". Para cumplir el propio deber, un gobernante católico de un Estado no tiene necesidad de ser un absolutista, ni un mero policía, ni un sacristán, ni de retroceder a la civilización de la Edad Media.

Otro autor objeta: "Casi todos aquellos que trataban hasta la fecha de reflexionar y examinar el problema del "pluralismo religioso" chocaban con un peligroso axioma, a saber: que la verdad sola tiene derechos, mientras que el error no tiene ninguno. De hecho, todos estamos de acuerdo hoy en reconocer que éste axioma es falaz, no porque queramos reconocer derechos al error, sino, simplemente, nos acogemos a esta verdad de Pero Grullo de que ni el error ni la verdad –que no son más que abstracciones– son objeto de derecho, o son capaces de tener derechos, esto es, de crear deberes exigibles de persona a persona".

Me parece, en cambio, que la verdad de Pero Grullo consiste más bien en esto, a saber: que los derechos en cuestión tienen un óptimo sujeto en los individuos que se encuentran en posesión de la verdad, y que no pueden exigirlos iguales los individuos amparándose en el error. Ahora bien: en las Encíclicas citadas por nosotros resulta que le primer sujeto de tales derechos es el propio Dios; de lo que sigue que únicamente están en el verdadero derecho quienes obedecen sus mandatos y están en su verdad y en su justicia. En conclusión, la síntesis de la doctrina de la Iglesia en esta materia, ha ido, incluso en nuestros días, clarísimamente expuesta en la carta que la Sagrada Congregación de Seminarios y de Universidades de Estudios mandada a los Obispos del Brasil el 7 de marzo de 1950. Esta carta, que continuamente invoca las enseñanzas de Pío XII, pone en guardia, ente otras cosas, contra los errores del renaciente liberalismo católico, el cual "admite y alienta la separación de los Poderes. "Niega a la Iglesia cualquier poder directo en materia mixta, afirma que el Estado ha de mostrarse indiferente en materia religiosa, y reconocer la misma libertad a la verdad y al error. No competen a la Iglesia privilegios, favores o derechos superiores a los que reconocen a las demás confesiones religiosas en otros países católicos, y así sucesivamente".

CONTRASTE DE LEGISLACIONES
Negrita
Tratada la cuestión desde el aspecto doctrinal y jurídico, ruego se me permita hacer un pequeño "excursus" de carácter práctico. Quiero hablar de la diferencia y de la desproporción entre el clamor levantado contra los principios expuestos, aplicados a la Constitución española, y el escaso resentimiento que, viceversa, ha demostrado todo el mundo laicista por el sistema legislativo soviético, opresivo de toda religión. Y sin embargo, son testimonio de las consecuencias de aquel sistema los mártires que languidecen en los campos de concentración, en las estepas de Siberia, en las cárceles, sin contar la multitud de aquellos que han experimentado con la vida y con toda su sangre, hasta el extremo, la iniquidad de tal sistema. El artículo 124 de la Constitución staliniana, promulgado en 1936, e íntimamente conexo con las leyes sobre Asociaciones religiosas de los años 1929 y 1932, dice textualmente:
"Con el fin de asegurar a los ciudadanos la libertad de conciencia, la Iglesia está separada del Estado y la escuela de la Iglesia. La libertad de religión, así como la de hacer propaganda antirreligiosa se reconocen a todos los ciudadanos". Aparte de la ofensa hecha a Dios, a toda religión y a la conciencia de los creyentes, garantizando la constitución la plena libertad de propaganda antirreligiosa –propaganda que se ejerce del modo más licencioso–, es preciso puntualizar en qué consiste la famosa libertad de fe garantizada por la ley bolchevique. Las normas vigentes que regulan el ejercicio de los cultos, se recogen en la ley del 18 de mayo de 1929, la cual da la interpretación del artículo correspondiente de la Constitución de 1918, y cuyo espíritu informa el artículo 124 de la Constitución actual.

Se niega toda posibilidad de propaganda religiosa y se garantiza tan sólo la propaganda antirreligiosa. En lo referente al culto, se autoriza tan sólo en el interior de los templos: se prohíbe toda posibilidad de formación religiosa, sea con discursos, sea con la prensa, con diarios, libros, opúsculos, etc.; se impide cualquier iniciativa social y caritativa, y los organizadores que aspiran a este ideal están privados de cualquier derecho fundamental de propagarse para bien del prójimo. En prueba de ello, basta leer la exposición sintética que de tal estado de cosas hace un ruso soviético. Orleanskij, en su opúsculo acerca de la "Ley sobre las asociaciones religiosas en la República Socialista Federal Soviética Rusa" (Moscú, 1930. p. 224). "Libertad de profesión religiosa significa que la acción de los creyentes en la profesión de los propios dogmas religiosos se limita al mismo ambiente de los creyentes y se considera como estrechamente ligada con el culto religioso de una u otra religión tolerada en nuestro Estado… En consecuencia cualquier actividad propagandista y agitadora departe de hombres de Iglesia o religiosos –y mucho más de misioneros– no puede considerarse como actividad que les sea permitida por la ley de asociaciones religiosas, antes bien se considera que traspasa los límites de la libertad religiosa tutelada por la ley y deviene, por lo mismo, objeto de las leyes penales y civiles en cuanto las contraiga". La lucha contra la religión, además, la lleva el Estado incluso al campo de todas aquellas actividades que la práctica del Evangelio trae consigo, sea con respecto a la moral, sea con respecto a las relaciones sociales entre los hombres.

Los soviéticos han comprendido muy bien que la religión está íntimamente ligada con la vida de cada uno así como la colectividad; de ahí que, para combatir la religión, sofocan todas sus actividades en el campo educativo, moral y social. He ahí, al respecto, el testimonio de un soviético: "El propagandista antirreligioso (dice el autor del artículo "Constitución staliniana y libertad de conciencia", en Sputnik Antireligioznika, Moscú, 1939, págs. 131-133) ha de recordar que la legislación soviética, aún reconociendo a todo ciudadano la libertad de realizar actos de culto, limita la actividad de las organizaciones religiosas, que no tienen el derecho de inmiscuirse en la vida político-social de la U.R.R.S. Las asociaciones pueden única y exclusivamente ocuparse de los asuntos referentes al ejercicio de su culto, y nada más. Los presbíteros no pueden dar a la luz publicaciones oscurantistas, hacer propaganda en fábricas u oficinas, en el Kolchoz, en el Sovchoz, en los clubs, en las escuelas, etc., de sus ideas reaccionarias y anticientíficas. Según la ley de 8 de abril de 1929, se prohíbe a las Asociaciones religiosas fundar Cajas de socorros mutuos, Cooperativas, Sociedades de producción y, en general, servirse de los bienes que se encuentran a su disposición para otros propósitos que no caigan en el ámbito de las necesidades religiosas". Antes, pues, de lanzar la piedra contra los gobernantes católicos, que cumplen con su deber con respecto a la religión de sus ciudadanos, los tutores de los "derechos del hombre" deberían preocuparse de una situación tan injuriosa para la dignidad del hombre, sea la que sea la religión a la que pertenezca, por parte de un poder tiránico, ¡cuyo peso carga sobre una tercera parte de la población mundial!
Negrita
CULTOS TOLERADOS

Ahora bien, la Iglesia reconoce, sin embargo, la necesidad de que pueden encontrarse algunos gobernantes de países católicos de tener que conceder, por razones gravísimas, la tolerancia a otros cultos. "En verdad –enseña León XIII–, aunque la Iglesia juzga no ser lícito el que las diversas clases de y formas del culto divino gocen del mismo derecho que compete a la Religión verdadera, no por eso condena a los encargados del Gobierno de los Estados que, ya sea para conseguir un bien importante, ya que evitar algún grave mal, toleren en la práctica la existencia de dichos cultos en el Estado". 9

Pero tolerancia no quiere decir libertad de propaganda, fomentadora de discordias religiosas y perturbadora de la segura y unánime posesión de la verdad y de la práctica religiosa en países como Italia, España y otros. Refiriéndose a las leyes italianas sobre "cultos admitidos", Pío XI escribía: "Cultos tolerados, permitidos, admitidos; no seremos Nos quien haga cuestión de palabras. La cuestión viene resuelta, no sin elegancia, distinguiendo ente texto estatutario y texto puramente legislativo: en aquél, de por sí más teórico y doctrinal, parece cuadrar mejor la palabra "tolerados": en éste, ordenado a la práctica, puede aceptarse "permitidos o admitidos", con tal que se entienda lealmente: es decir, con tal que quede clara y lealmente entendido que la Religión católica, y solamente ella, según el Estatuto y los Tratados, es la Religión del Estado; con las consecuencias lógicas y jurídicas de una tal situación de derecho constitucional, especialmente en orden a la propaganda… No es admisible que se interprete una libertad absoluta de discusión, de tal manera que se comprenda en la misma aquellas formas de discusión que pueden fácilmente engañar la buena fe de creyentes poco ilustrados, y que devienen fácilmente formas disimuladas de una propaganda que daña no menos fácilmente a la Religión del Estado, y por eso mismo, al propio Estado, especialmente en aquello que tiene de más sagrado la tradición del pueblo italiano y su unidad de más esencial". (Carta del 30 de mayo de 1929 al cardenal Gasparri sobre los tratados de Letrán).

Pero los acólitos que querrían venir a evangelizar los países de donde ha salido y por los que se ha difundido la luz del Evangelio, no se contentan con lo que la ley les concede antes bien quisieran, contra la ley y sin someterse a las modalidades prescritas, tener plena licencia de romper la unidad religiosa de los pueblos católicos. Y se lamentan si los Gobiernos cierran capillas abiertas, en definitiva, sin la debida autorización, o expulsan a los que se dicen "misioneros", que entraron en el país por fines diversos a los declarados para obtener los permisos. Es significativo, además, que en esta campaña cuenten entre sus más fuertes aliados y defensores a los comunistas; los cuales, mientras en Rusia prohíben toda propaganda religiosa y lo establecen así en el artículo de la Constitución que hemos citado, son, en cambio, colosísimos en la apología de todas las formas de propaganda protestante en Países católicos. Y hasta en los Estados Unidos de América, donde muchos hermanos disiden, les ignoran algunas circunstancias de hecho o de derecho referentes a nuestros Países, hoy quien imita el celo de los comunistas para protestar con continuo clamoreo contra la llamada intolerancia en daño de los misioneros enviados para "evangelizarnos". Pero –por favor–, ¿por qué debería negarse a las autoridades italianas hacer en sus casa lo mismo que las autoridades americanas hacen en su País, cuando aplican, "in virga ferrea", leyes tendientes a impedir el ingreso en su territorio o incluso a expulsar del mismo a quienes son considerados como peligrosos con respecto a ciertas ideologías y nocivos a los libros, tradiciones e instituciones de la patria? Por otra parte, si los creyentes que, allende el Océano, recogen fondos para sus misioneros y para los neófitos conquistados por ellos, supiesen que la mayor parte de tales "conversos" son auténticos comunistas, a los cuales no importa poco ni mucho la religión a no ser cuando se trata de atacar el catolicismo, mientras en cambio les importa muy mucho usufructuar los donativos que llegan copiosamente de ultramar, creo que lo pensarían dos veces antes de enviar lo que, en última instancia, acabará por alentar el comunismo.

EN EL TEMPLO Y FUERA DEL TEMPLO

Una última cuestión, que frecuentemente recobra actualidad. Trátase de la pretensión de aquellos que querrían Negritaser ellos quienes determinasen, según el propio arbitrio o las propias teorías, la esfera de acción y de competencia de la Iglesia, para poder acusarla, cuando traspasara dicha esfera, de "meterse en política". Tal es la pretensión de cuantos quisieran encerrar a la Iglesia entre las cuatro paredes del templo, separando la religión de la vida, la Iglesia del mundo.

Ahora bien. Más que a las pretensiones de los hombres, la Iglesia debe atenerse a los mandatos divinos. "Prædicate Evagelium omni creaturas", "Predicad el Evangelio a toda criatura". Y la Buena Nueva se refiere a toda la Revelación, con todas las consecuencias que esto entraña para la conducta moral del hombre, considerado en sí mismo, en la vida familiar, con respecto al bien de la "polis". "Religión y moral –enseña el Augusto Pontífice– constituyen en su íntima unión un todo indivisible; el orden moral, los Mandamientos de la Ley de Dios, valen igualmente para todos los campos de la actividad humana, sin excepción; más, hasta donde ellos se extiendan, hasta allí se extiende también la misión de la Iglesia y, por lo tanto, la palabra del Sacerdote, su enseñanza, sus amonestaciones, sus consejos a los fieles confiados a su cuidado. "La separación entre la Religión y la vida, entre la Iglesia y el mundo, es contraria a la idea cristiana y católica".

En particular, con apostólica firmeza, el Santo Padre prosigue: "El ejercicio del derecho de voto es un acto de grave responsabilidad moral, por lo menos cuando se trata de elegir aquellos que están llamados a dar al País su Constitución y sus leyes, en especial las referentes, por ejemplo, a la santificación de las fiestas, al matrimonio, la familia, la escuela, la regulación equitativa de las múltiples condiciones sociales. Compete por lo mismo a la Iglesia explicar a los fieles los deberes morales que derivan de aquel derecho electoral". Y esto, no ya por ambición de ventajas terrenas, no para arrebatar a la autoridad civil un poder al que Ella no debe ni puede aspirar –"Non eripit mortalia qui regna dai cælesti" –, sino por el Reino de Cristo, para que sea una realidad la "Pax Christi in Regno Christi", la "Paz de Cristo en el reino de Cristo"; por eso, la Iglesia no dejará de predicar, enseñar y luchar hasta la victoria. Por este mismo fin, Ella sufre, llora y derrama su sangre. Pero el camino del sacrificio es justamente aquel por el cual la Iglesia suele llegar a sus triunfos.

Así nos lo recordaba Pío XII en su Radiomensaje de Navidad de 1941: "Nos miramos hoy, amados hijos, al Hombre-Dios, nacido en una gruta para elevar de nuevo al hombre a aquella grandeza de la que por su culpa había caído, y colocarle otra vez en el trono de libertad, de justicia y de honor que los siglos de los falsos dioses le negaron. Pena de ese trono será el Calvario; su ornato, no el oro y la plata, sino la Sangre de Cristo, Sangre divina que desde hace veinte siglos se está derramando sobre el mundo y empurpura el rostro de su Esposa la Iglesia; y que, purificando, consagrando, santificando y glorificando a sus hijos, deviene candor celestial. "¡Oh Roma cristiana, aquella Sangre es tu vida!"

S.E.R Alfredo Cardenal Ottaviani

Tomado de Stat Veritas

martes, 15 de junio de 2010

Sobre el culto al Sagrado Corazón de Jesús - SS Benedicto XVI


Con motivo del 50 aniversario de la publicación de la encíclica "Haurietis aquas", de Pío XII, sobre el culto al Sagrado Corazón de Jesús, el Papa Benedicto XVI escribe:

Las palabras del profeta Isaías, «sacaréis agua con gozo de los hontanares de salvación» (Isaías 12, 3), que dan inicio a la encíclica con la que Pío XII recordaba el primer centenario de la extensión a toda la Iglesia de la fiesta del Sagrado Corazón de Jesús, no han perdido nada de su significado hoy, cincuenta años después. Al promover el culto al Corazón de Jesús, la encíclica «Haurietis aquas» exhortaba a los creyentes a abrirse al misterio de Dios y de su amor, dejándose transformar por él. Cincuenta años después, sigue en pie la tarea siempre actual de los cristianos de continuar profundizando en su relación con el Corazón de Jesús para reavivar en sí mismos la fe en el amor salvífico de Dios, acogiéndolo cada vez mejor en su propia vida.

El costado traspasado del Redentor es el manantial al que nos invita a acudir la encíclica «Haurietis aquas»: debemos recurrir a este manantial para alcanzar el verdadero conocimiento de Jesucristo y experimentar más a fondo su amor. De este modo, podremos comprender mejor qué significa «conocer» en Jesucristo el amor de Dios, experimentarlo, manteniendo fija la mirada en Él, hasta vivir completamente de la experiencia de su amor, para poderlo testimoniar después a los demás. De hecho, retomando una expresión de mi venerado predecesor, Juan Pablo II, «junto al Corazón de Cristo, el corazón humano aprende a conocer el auténtico y único sentido de la vida y de su propio destino, a comprender el valor de una vida auténticamente cristiana, a permanecer alejado de ciertas perversiones del corazón, a unir el amor filial a Dios con el amor al prójimo. De este modo --y ésta es la verdadera reparación exigida por el Corazón del Salvador-- sobre las ruinas acumuladas por el odio y la violencia podrá edificarse la civilización del Corazón de Cristo» («Insegnamenti», vol. IX/2, 1986, p. 843).

Conocer el amor de Dios en Jesucristo.

En la encíclica «Deus caritas est» he citado la afirmación de la primera carta de san Juan: «Nosotros hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en él» para subrayar que en el origen de la vida cristiana está el encuentro con una Persona (Cf. n. 1). Dado que Dios se ha manifestado de la manera más profunda a través de la encarnación de su Hijo, haciéndose «visible» en Él, en la relación con Cristo podemos reconocer quién es verdaderamente Dios (Cf. encíclica «Haurietis aquas», 29-41; encíclica «Deus caritas est», 12-15). Es más, dado que el amor de Dios ha encontrado su expresión más profunda en la entrega que Cristo hizo de su vida por nosotros en la Cruz, al contemplar su sufrimiento y muerte podemos reconocer de manera cada vez más clara el amor sin límites de Dios por nosotros: «tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna» (Juan 3, 16).

Por otro lado, este misterio del amor de Dios por nosotros no constituye sólo el contenido del culto y de la devoción al Corazón de Jesús: es, al mismo tiempo, el contenido de toda verdadera espiritualidad y devoción cristiana. Por tanto, es importante subrayar que el fundamento de esta devoción es tan antiguo como el mismo cristianismo. De hecho sólo se puede ser cristiano dirigiendo la mirada a la Cruz de nuestro Redentor, «a quien traspasaron» (Juan 19, 37; Cf. Zacarías 12, 10). La encíclica «Haurietis aquas» recuerda que la herida del costado y las de los clavos han sido para innumerables almas los signos de un amor que ha transformado cada vez más incisivamente su vida (Cf. número 52). Reconocer el amor de Dios en el Crucificado se ha convertido para ellas en una experiencia interior que les ha llevado a confesar, junto a Tomás: «¡Señor mío y Dios mío!» (Juan 20, 28), permitiéndoles alcanzar una fe más profunda en la acogida sin reservas del amor de Dios (Cf. encíclica «Haurietis aquas», 49).

Experimentar el amor de Dios dirigiendo la mirada al Corazón de Jesucristo El significado más profundo de este culto al amor de Dios sólo se manifiesta cuando se considera más atentamente su contribución no sólo al conocimiento sino también y sobre todo a la experiencia personal de ese amor en la entrega confiada a su servicio (Cf. encíclica «Haurietis aquas», 62). Obviamente, experiencia y conocimiento no pueden separarse: la una hace referencia a la otra. Además, es necesario subrayar que un auténtico conocimiento del amor de Dios sólo es posible en el contexto de una actitud de oración humilde y de generosa disponibilidad. Partiendo de esta actitud interior, la mirada puesta en el costado traspasado de la lanza se transforma en silenciosa adoración. La mirada en el costado traspasado del Señor, del que salen «sangre y agua» (Cf. Gv 19, 34), nos ayuda a reconocer la multitud de dones de gracia que de ahí proceden (Cf. encíclica «Haurietis aquas», 34-41) y nos abre a todas las demás formas de devoción cristiana que están comprendidas en el culto al Corazón de Jesús.

La fe, comprendida como fruto del amor de Dios experimentado, es una gracia, un don de Dios. Pero el hombre podrá experimentar la fe como una gracia sólo en la medida en la que él la acepta dentro de sí como un don, del que trata de vivir. El culto del amor de Dios, al que invitaba a los fieles la encíclica «Haurietis aquas» (Cf. ibídem, 72), debe ayudarnos a recordar incesantemente que Él ha cargado con este sufrimiento voluntariamente «por nosotros», «por mí». Cuando practicamos este culto, no sólo reconocemos con gratitud el amor de Dios, sino que seguimos abriéndonos a este amor de manera que nuestra vida quede cada vez más modelada por él. Dios, que ha derramado su amor «en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado» (Cf. Romanos 5, 5), nos invita incansablemente a acoger su amor. La invitación a entregarse totalmente al amor salvífico de Cristo (Cf. ibídem, n. 4) tiene como primer objetivo la relación con Dios. Por este motivo, este culto totalmente orientado al amor de Dios que se sacrifica por nosotros, tiene una importancia insustituible para nuestra fe y para nuestra vida en el amor.

Vivir y testimoniar el amor experimentado Quien acepta el amor de Dios interiormente queda plasmado por él. El amor de Dios experimentado es vivido por el hombre como una «llamada» a la que tiene que responder. La mirada dirigida al Señor, que «El tomó nuestras flaquezas y cargó con nuestras enfermedades» (Mateo 8, 17), nos ayuda a prestar más atención al sufrimiento y a la necesidad de los demás. La contemplación en la adoración del costado traspasado de la lanza nos sensibiliza ante la voluntad salvífica de Dios. Nos hace capaces de confiar en su amor salvífico y misericordioso y al mismo tiempo nos refuerza en el deseo de participar en su obra de salvación, convirtiéndonos en sus instrumentos. Los dones recibidos del costado abierto, del que han salido «sangre y agua» (Cf. Juan 19, 34), hacen que nuestra vida se convierta también para los demás en manantial del que manan «ríos de agua viva» (Juan 7, 38) (Cf. encíclica «Deus caritas est», 7). La experiencia del amor surgida del culto del costado traspasado del Redentor nos tutela ante el riesgo de replegarnos en nosotros mismos y nos hace más disponibles a una vida para los demás. «En esto hemos conocido lo que es amor: en que él dio su vida por nosotros. También nosotros debemos dar la vida por los hermanos» (1 Juan 3, 16) (Cf. encíclica «Haurietis aquas», 38).

La respuesta al mandamiento del amor se hace posible sólo con la experiencia que este amor ya nos ha sido dado antes por Dios (Cf. encíclica «Deus caritas est», 14). El culto del amor que se hace visible en el misterio de la Cruz, representado en toda celebración eucarística, constituye por tanto el fundamento para que podamos convertirnos en personas capaces de amar y entregarse (Cf. encíclica «Haurietis aquas», 69), convirtiéndonos en instrumentos en las manos de Cristo: sólo así podemos ser heraldos creíbles de su amor. Esta apertura a la voluntad de Dios, sin embargo, debe renovarse en todo momento: «El amor nunca se da por "concluido" y completado» (Cf. encíclica «Deus caritas est», 17). La contemplación del «costado traspasado por la lanza», en la que resplandece el voluntad sin confines de salvación por parte de Dios, no puede ser considerada por tanto como una forma pasajera de culto o de devoción: la adoración del amor de Dios, que ha encontrado en el símbolo del «corazón traspasado» su expresión histórico-devocional, sigue siendo imprescindible para una relación viva con Dios (Cf. encíclica «Haurietis aquas», 62).

Con el deseo de que la quincuagésimo aniversario sirva para estimular en tantos corazones una respuesta cada vez más fervorosa al amor del Corazón de Cristo, le imparto a usted, reverendísimo padre, y a todos los religiosos de la Compañía de Jesús, siempre sumamente activos en la promoción de esta devoción fundamental, una especial bendición apostólica.

Vaticano, 15 de mayo de 2006 BENEDICTUS PP. XVI
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