viernes, 6 de febrero de 2009

Experiencia inefable


El que cantó la celebración lírica de la confianza y seguridad del creyente ante todos los problemas e infortunios, complicaciones y demás situaciones de la vida fue el mismo San Pablo. Es un himno que no sólo deberíamos saber de memoria, sino sentirlo y vivirlo como una realidad. Sugerimos a los miles de deprimidos y sufridos a que lo lean, lo mediten, lo asimilen, lo gocen, lo vivan y comuniquen a los demás tan bella experiencia:
“¿Quién nos separará del amor de Cristo? Las tribulaciones, la angustia, la persecución, el hambre, la desnudez, los peligros o la espada? Como ya lo dice la Escritura: “Por tu causa nos arrastran continuamente a la muerte, nos tratan como a ovejas destinadas al matadero”. ¡No! En todo esto triunfaremos por la fuerza de Aquel que nos amó. Estoy seguro de que ni la muerte, ni la vida, ni los ángeles, ni los poderes espirituales, ni lo presente, ni lo futuro, ni lo alto, ni lo profundo, ni criatura alguna, podrá separarnos del amor de Dios, que encontraremos en Cristo Jesús, nuestro Señor” (Rm 8, 35-39).
Fray Contardo Miglioranza, “San Pantaleón Médico y Mártir”, Misiones Franciscanas Conventuales, 1997.

Teología del martirio


Para comprender un poco más la grandeza del martirio, es necesario que estudiemos sus principales aspectos a la luz del misterio de Cristo y de la Iglesia.
Cristo es el prototipo de todos los mártires; y la síntesis que nos ofrece San Pablo, nos ayuda a comprender su misterio:
“Tengan ustedes los mismos sentimientos que tuvo Cristo Jesús, el cual, siendo de condición divina, no se aferró a igualdad con Dios, sino que se anonadó a sí mismo, tomando la condición de esclavo, y llegó a ser semejante a los hombres. Y, estando en la condición de hombre, se humilló y se hizo obediente hasta la muerte y muerte en una cruz” (Flp 2, 6-8).
“Cristo es el siervo sufriente de Yavé, anunciado por Isaías (52, 13-15), que tiene que sufrir y morir para justificar a la muchedumbre (53, 11), y que vino a dar su vida en rescate por muchos (Mt 20, 28)” .
La salvación del mundo tiene que realizarse a través del sufrimiento y de la muerte: “No hay perdón sin derramamiento de sangre” (Hb 9.22)
Y el sacrificio de Cristo fue el acto supremo de su amor, de valor infinito: “Cristo, después de haber amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el fin” (Jn 13, 1). Podríamos interpretar este texto así: Jesús los amó hasta el de su vida, hasta agotar las posibilidades de todo amor, por que “no hay amor más grande que dar la vida por los amigos” (Jn 15, 13).
Todo tiene referencia a esa muerte; y esa muerte es fuente de toda bendición y gracia que nos llegan a nosotros, sobre todo a través del Evangelio, de la Iglesia, de los sacramentos; y su meta es la salvación y la vida eterna.
Y como Cristo fue el prototipo de los mártires, también es el animador para que sus discípulos sigan su camino. Así El sigue exhortando a los cristianos: “El que quiere seguirme, renuncie a sí mismo, tome su cruz y no me sigue, no es digno de mí. El que quiere conservar su vida, la perderá; y el que la pierda por mi causa, la encontrará” (Mt 16, 24; y 10, 38-39).
Por cierto estas palabras tienen amplios significados: exhortan a la conversión y a la penitencia y también reclaman una disponibilidad a morir por Cristo.
Por otra parte, a través del bautismo ya estamos insertados en la muerte de Cristo (Rm 6, 3). Y, como Cristo manifestó su amor ofreciendo su vida en sacrificio por el Padre y por los hermanos, también los cristianos deberíamos tener semejante disponibilidad.
Más aún, sabemos que Cristo es la cabeza de la Iglesia, de la que nosotros somos los miembros, y cuando sufre un miembro, sufre también la cabeza. Pues bien, cuando un miembro sufre el martirio, es el mismo Cristo quien sigue viviendo y sufriendo en ese miembro, en ese cristiano.
El martirio es el medio más eminente para asociarse a la pasión y a la muerte de Cristo, ya que con El formamos un solo cuerpo.
Más aún, el cristiano “completa la pasión de Cristo para el bien de la Iglesia” (Col 1, 24). No sólo se inserta en el misterio personal de Cristo, sino también en su obra. Y como la obra de Cristo es la salvación y la santificación de los hombres, el cristiano a través del sufrimiento coopera en la salvación de las almas. Esta grandiosa finalidad es un aliciente no sólo para los mártires, sino también para todos los misioneros y para todos los cooperadores de los misioneros, tanto desde los claustros como desde el seno de las familias.
En el credo proclamamos la comunión de los santos, una verdad lamentablemente tan descuidada y hasta un tanto ignorada. Como todo ladrillo coopera en la construcción de la casa y como toda gota de savia o de sangre aumenta la vitalidad de la planta y del cuerpo, así toda obra buena del cristiano: la oración, el sacrificio, el sufrimiento… redunda en crecimiento de la santidad personal de la gente y en beneficio de salvación y santificación de todos los cristianos.
¡Qué hermosa posibilidad, la de dar! Pero también, ¡qué hermosa reversibilidad! Lo mío se vuelve nuestro a beneficio de todos; y lo nuestro se vuelve mío en reciprocidad de donación y de beneficio.
He aquí cómo se expresa el Papa Pío XII: “Aunque nuestro Salvador, por medio de crueles sufrimientos y de una acerba muerte, mereció un tesoro infinito de gracias, sin embargo, estas gracias no se nos conceden de una vez; y la mayor o menor abundancia de las mismas dependen también no poco de nuestras buenas obras, con las que se atraen sobre las almas los dones celestiales, gratuitamente dados por Dios.
El martirio de San Pantaleón lo colmó de méritos a él, lo asoció al martirio de Cristo, lo hizo amigo de Dios y lo hizo bienhechor e intercesor por todos nosotros. P sea, los méritos del martirio de San Pantaleón se vuelven para nosotros un poder de intersección y una lluvia de gracias.

Fray Contardo Miglioranza, “San Pantaleón Médico y Mártir”, Misiones Franciscanas Conventuales, 1997.

Beato Alfonso María Fusco - 6 de febrero


Alfonso María Fusco, primogénito de cinco hijos, nació el23 marzo 1839 en Angri, provincia de Salerno, diócesis de Nocera-Sarno, del matrimonio Aniello Fusco y Giuseppina Schiavone, ambos de origen campesino y educados desde el nacimiento en sanos principios de vida cristiana y el santo temor de Dios. Se casaron en la Colegiata de San Juan Bautista el 31 enero 1834 y por cuatro largos años la cuna preparada con tanto amor quedó desoladamente vacía.

A Pagani, a poca distancia de Angri, se conservan las reliquias de San Alfonso María de' Liguori. En el año 1838 Aniello y Giuseppina fueron a su tumba para rezar. En esa circunstancia sintieron decir al redentorista Francesco Saverio Pecorelli: « Tendrán un hijo varón, lo llamarán Alfonso, será sacerdote y seguirá la vida del Beato Alfonso».

El niño demostró rápidamente un carácter suave, dulce, amable, amante de la oración y de los pobres. En la casa paterna tuvo profesores sacerdotes eruditos y santos que lo instruyeron y lo prepararon para su primer encuentro con Jesús. A los siete años recibió la Primera Comunión y en seguida la Confirmación.

A los once años manifestó a sus padres el deseo de hacerse sacerdote y el 5 noviembre 1850 «espontáneamente y solamente con el deseo de servir a Dios y a la Iglesia», como él mismo declaró mucho tiempo después, entró en el Seminario Episcopal de Nocera de Pagani.

El 29 mayo 1863 fue ordenado sacerdote por el Arzobispo de Salerno, Mons. Antonio Salomone, entre el regocijo de su familia y el entusiasmo del pueblo de Angri. Se distinguió bien pronto entre los sacerdotes de la Colegiata de San Juan Bautista de Angri por su celo, por su dedicación al servicio litúrgico y por la diligencia en administrar los sacramentos, especialmente la confesión, donde mostraba toda su paternidad y comprensión por el penitente. Se dedicaba a la evangelización del pueblo con una predicación profunda, sencilla e incisiva.

La vida diaria de don Alfonso era la de un sacerdote diligente que llevaba en su corazón un viejo sueño. En los últimos días de seminario, una noche había soñado que Jesús Nazareno le había pedido, apenas fuese ordenado sacerdote, fundar un Instituto de religiosas y un orfanato para niños y niñas.

Fue el encuentro con Maddalena Caputo en Angri, una joven de carácter fuerte y decidido, que aspiraba a la vida religiosa, lo que empujó a don Alfonso a acelerar el tiempo para la fundación del Instituto. El 25 septiembre, la señorita Caputo y otras tres jóvenes se retiraron al oscurecer, a una casa destartalada de Scarcella, en el distrito de Ardinghi en Angri. Las jóvenes querían dedicarse a su propia santificación, a través de una vida de unión con Dios, de pobreza y de caridad, y a través del cuidado e instrucción de los huérfanos pobres.

Así fue fundada la Congregación de las Hermanas Bautistinas del Nazareno; la semilla cayó en buena tierra, en aquellos cuatro corazones ardientes y generosos y a través de privaciones, luchas, oposiciones, y pruebas el Señor la hizo desarrollar abundantemente. La Casa Scarcella fue conocida rápidamente como la Pequeña Casa de la Providencia.

Empezaron a llegar otras postulantes y las primeras huérfanas y, con ellas, las primeras dificultades. El Señor, que hace sufrir mucho a quien ama mucho, no ahorró penas ni sufrimientos al Fundador y a sus hijas. Don Alfonso aceptó siempre las pruebas, a veces muy duras, manifestando una completa conformidad a la voluntad de Dios, una heroica obediencia a los superiores y una inmensa confianza en la Providencia.

La tentativa injusta del Obispo diocesano, Mons. Saverio Vitagliano, de remover, por culpa de una serie de acusaciones falsas, a don Alfonso como director de la obra; la negativa a abrirle la puerta de la casa en Via Germanico a Roma, de parte de sus mismas hijas, causado por un deseo de división; las palabras del Cardenal Respighi, Vicario de Roma: «Ha fundado una comunidad de hermanas competentes que han hecho su deber. ¡Ahora retírese!»; entre otros, fueron para él momentos de gran sufrimiento. Lo vieron rezar con un corazón angustiado, como Jesús en el huerto, en la capilla de la Casa Madre en Angri y en la Iglesia de S. Joaquín en Prati (Roma).

Don Alfonso no dejó mucho escrito. Preferiría hablar con su testimonio de vida. Las breves frases, ricas de sabiduría evangélica, que se pueden sacar de sus escritos y de los testimonios de los que lo conocían, son rayos que iluminan su vida sencilla, su gran amor por la Eucaristía, por la Pasión de Jesús y su filial devoción a la Virgen Dolorosa. Repetía frecuentemente a sus Religiosas: «Hagámonos santos siguiendo a Jesús de cerca... Hijas, si viven en la pobreza, en la castidad y en la obediencia, resplandecerán como estrellas arriba en el cielo».

Dirigía el Instituto con gran sabiduría y prudencia y, como padre amoroso, cuidaba sus Religiosas y las huérfanas. Tenía una ternura casi maternal para todos, especialmente para las huérfanas más necesitadas; para ellas había siempre un lugar en la Pequeña Casa de la Providencia, aún cuando el alimento era escaso o simplemente faltaba. Entonces don Alfonso tranquilizaba a sus hijas preocupadas, diciendo: «No se preocupen, hijas mías, ahora voy a ver a Jesús y Él proveerá». Y Jesús respondía con rapidez y gran generosidad. ¡Para quien cree todo es posible!

En el tiempo en que la instrucción era un privilegio de pocos, negada para los pobres y las mujeres, don Alfonso no ahorraba ningún sacrificio con tal de dar a los niños una vida tranquila, el estudio y la preparación necesarias para una ocupación digna, de manera que, una vez adultos, pudieran vivir como ciudadanos honrados y cristianos comprometidos. Quería también que sus Religiosas empezaran pronto a estudiar, para estar preparadas para enseñar a los pobres y, a través de la instrucción y evangelización, preparar los caminos de Jesús, especialmente en los corazones de los niños y jóvenes.

Su voluntad tenaz, totalmente anclada a la Divina Providencia, la colaboración sabia y prudente de Maddalena Caputo que, con el nombre de Sor Crocifissa, fue la primera superiora del naciente Instituto, el estímulo continuo por el amor de Dios y el prójimo, permitieron el desarrollo extraordinario de la obra en breve tiempo. Las muchas peticiones de asistencia para un número siempre mayor de huérfanos y de niños empujó a don Alfonso a abrir nuevas casas, primero en la región de la Campania y posteriomente en otras regiones de Italia.

El 5 febrero 1910 se sintió mal durante la noche. Pidió y recibió los Sacramentos, y la mañana del domingo 6 febrero, después de haber bendecido, con brazo tembloroso, a sus hijas que lloraban alrededor de su cama, exclamó: «Señor, te doy gracias, he sido un siervo inútil». Después se volvió hacia las Religiosas y dijo: «Del cielo no os olvidaré, rezaré siempre por vosotras». Y se quedó dormido tranquilamente en el Señor.

Rápidamente se difundió la noticia de su muerte, durante todo ese día, se formó una fila de personas que lloraban diciendo: «¡Ha muerto el padre de los pobres, ha muerto el santo!».

Su testimonio ha sido una fuente de vida y de gracia en particular para las Religiosas, hoy difundidas en cuatro continentes.

El 12 febrero 1976 el Papa Pablo VI reconoció sus virtudes heroicas y el Papa Juan Pablo II el 7 octubre 2001 proclamandolo beato, lo ofrece como ejemplo a los sacerdotes y lo indica a todos como modelo de educador y protector especialmente de los pobres y necesitados.

jueves, 5 de febrero de 2009

"Critica" y otro agravio más a Nuestro Señor


Desde esta pagina hacemos llegar nuestro más profundo repudio a el pasquín "Critica de la Argentina", dirigido por el impresentable Jorge Lanata y a su caterva de periodistas de poca monta y pseudo progresistas. En un acto de desagravio por manchar la imagen de nuestro Señor Jesucristo, haciendo una burla con la imagén del otro impresentable de Nefastor K, (ex presidente y consorte de Kretina Wilhem). Sólo publicamos la tapa del diario de hoy 05-02-09 para que vean hasta donde pueden llegar estos señores. Recordamos que hace unos pocos días publicaron en tapa una imagen del Santo Padre con una cruz esvástica colgada a su cuello. Que Dios se apiade de sus almas, porque no saben lo que hacen (?)

miércoles, 4 de febrero de 2009

El Vaticano pide frenar a la mano asesina que desconectará a Eluana


Eluana Englaro, la mujer sumida en coma desde hace 17 años y que se ha convertido en el símbolo de la lucha por la eutanasia en Italia, ha sido trasladada a un hospital de Udine donde puede ser desconectada en las próximas horas. La ambulancia llegó poco después de las 01.30 horas a la clínica Lecco, cera de Milán, donde la mujer, de 37 años, ha permanecido en estado vegetativo desde el accidente que le sumió en un coma en 1992. Como era previsible, el Vaticano ha expresado su más rotundo rechazo a la decisión. El cardenal y presidente del Consejo Pontificio para los agentes sanitarios, el mexicano Javier Lozano Barragan, ha pedido frenar "esa mano asesina" que suspenderá la alimentación artificial a Eluana Englaro. El cardenal, que ya se ha pronunciado sobre el caso Englaro en numerosas ocasiones, ha reiterado que "interrumpir la alimentación y la hidratación equivaldría a un abominable asesinato y así lo proclamará siempre la Iglesia en voz alta". Un grupo de manifestantes contra la eutanasia han tratado de impedir que la ambulancia se llevara a Eulana a gritos de "Eluana está viva" y "No matarás". El padre y tutor legal de Eluana, Giuseppe Englaro, había solicitado el traslado. Pero la señal de alerta la dio el neurólogo, Carlo Alberto Defanti, quien indicó que era inminente el traslado de la joven a la que el Tribunal Supremo autorizó el pasado mes de noviembre a desconectar de la sonda naso-gástrica que la mantiene con vida, pero que aún no ha encontrado un lugar en el que morir. "Creo que ya ha llegado la confirmación de la casa de curas de Udine, aunque no me han dicho nada seguro aún. Siento sólo no poder acompañar a Eluana porque tengo compromisos a los que no puedo renunciar", apuntó Defanti en declaraciones que recogen hoy los medios de comunicación italianos. "La sonda no será desconectada y durante los primeros tres días se seguirá alimentándola artificialmente, con el fin de permitir al personal que pueda comprobar la situación. Después de estos tres días, sin desconectar la sonda, será suspendida la alimentación", explicó. El de Eluana es un caso sin precedentes en Italia, país que vive dividido entre apoyar la decisión del Supremo de desconectar la sonda de la joven o la de la Sanidad italiana, que prohibió a los centros públicos y privados acoger su muerte. Este veto hizo que los responsables de la clínica "Ciudad de Udine", en la misma localidad que "La Quiete" y de donde procede la familia de Eluana, dieran marcha atrás en su decisión de desconectar a la joven, por cuya muerte ha luchado su padre en los tribunales durante más de una década. El Gobierno italiano cree que Eluana, quien hasta el momento ha estado cuidada por unas monjas en la ciudad de Lecco (norte), podrá ser desconectada de la sonda en la clínica "La Quiete" de Udine porque su estatus legal como casa de curas permite eludir la prohibición establecida por el Ministerio de Sanidad.

martes, 3 de febrero de 2009

San Blas - 3 de Febrero


Fuente: Catholic.net

Autor: P. Ángel Amo


Obispo de Sebaste de Armenia


Blas, etimológicamente significa “cojo y tartamudo”. Viene de la lengua griega. "Blas, obispo de Sebaste de Armenia, es un personaje bastante incierto desde el punto de vista histórico, pero todavía goza de mucha popularidad por un milagro que se le atribuye y que ha perpetuado la conocida bendición contra el mal de la garganta. En efecto, se conoce en su Pasión que mientras llevaban al santo al martirio, una mujer se abrió paso entre la muchedumbre y colocó a los pies del santo obispo a su hijo que estaba muriendo sofocado por una espina de pescado que se le había atravesado en la garganta. San Blas puso sus manos sobre la cabeza del niño y permaneció en oración. Un instante después el niño estaba completamente sano. Este episodio lo hizo famoso como taumaturgo en el transcurso de los siglos, y sobre todo para la curación de las enfermedades de la garganta. Gracias a esta tradición, el nuevo calendario litúrgico ha colocado en este día la memoria del santo, aunque se trata de un personaje históricamente incierto. San Blas fue obispo de Sebaste a comienzos del siglo IV, y sufrió la persecución de Licinio, el colega del emperador Constantino. Puede, pues, considerarse como uno de los últimos mártires cristianos de esa época. Era el año 316. Parece que San Blas, siguiendo la advertencia del Evangelio, huyó de la persecución y se refugió en una gruta. La leyenda, como de costumbre, abunda en particulares amenos y nos presenta al anciano obispo rodeado de animales salvajes que lo visitan y le llevan alimento; pero como los cazadores van detrás de estos animales, el santo fue descubierto y llevado amarrado como un malhechor a la cárcel de la ciudad. A pesar de los prodigios que el santo hacía en la cárcel, lo llevaron a juicio y como no quiso renegar de Cristo y sacrificar a los ídolos, fue condenado al martirio: primero lo torturaron y después le cortaron la cabeza con una espada.

Proceso de penetración del New Age



Fuente: Buenanueva


Autor: P. Alfonso Alfonso Vaz




Ya en 1986 un reportaje del New York Times dice: todo ha sido influido por el New Age: educación, salud, arte, economía, gerencia, gobierno, ciencia, entretenimiento y ... religión.
En el área religiosa hay gente muy comprometida, muy cristiana, católica practicante ... ¡hasta Sacerdotes y Religiosas! que inocentemente han ido "anexando" (así comienza la participación: agregando) a sus creencias y prácticas de siempre, teorías y prácticas del New Age ... y ya sabemos de dónde vienen estas "nuevas" creencias y prácticas. (!!!). Por ejemplo, una muy difundida y anexada por muchos cristianos es la creencia en la re-encarnación, que analizaremos más adelante.
Los propulsores del New Age no van directamente contra las creencias cristianas; "aparentemente" las aceptan. Se muestran muy abiertos -al comienzo. Proponen estos errores heréticos como algo compatible con el Cristianismo. Todas las religiones son aceptadas. ¡Claro! Si la Teosofía se basa en la igualación de las religiones -para así acabar con todas, en particular la Católica- para luego tratar de establecer la religión única.
Los que están promoviendo el New Age usan terminología de la Biblia, del Cristianismo y hasta mencionan actividades de la Iglesia Católica, para confundir, engañar y atraer a los Católicos.
¿Cómo ha sido el proceso de penetración del New Age?
Al pasar la humanidad de una concepción Teo-céntrica del mundo, en la cual Dios era el centro, a una concepción antropo-céntrica, en la que el hombre se convierte en el centro, se fueron introduciendo cambios en los conceptos de la fe, en las normas morales, en las actitudes y valores, en las formas de vida y costumbres de las personas. Aunque estos cambios se han venido sucediendo paulatinamente desde el Renacimiento, no hay duda que es en el siglo XX cuando se van dando las condiciones que posibilitan la penetración franca y más generalizada de los errores del New Age.
Para ver cómo ha sido el cambio en la sociedad y en los individuos que la integran desde fines del siglo XIX, puede verse al final en el ANEXO I la Encíclica “Humanum Genus” del Papa León XIII y un extracto de otra Encíclica suya, “Praeclara Gratulationis”. Además, ha habido un cambio de mentalidad que se ha producido en forma intensa y acelerada durante la segunda mitad del siglo pasado, y que lo resume de la siguiente manera Mássimo Introvigne, Director del Centro de Estudios de Nuevas Religiones de Roma:
1a. ETAPA: Iglesia NO - Cristo SI: Etapa de penetración de las sectas de origen cristiano y en nuestros países, etapa de descrédito de la Iglesia y de los sacerdotes: "Yo creo en Cristo, pero no en los curas", fue un comentario que comenzó a difundirse y a oírse entonces, convirtiéndose casi en "slogan".
2a. ETAPA: Cristo NO - Dios SI: Etapa de invasión de la religiosidad oriental y de los Gurúes orientales hacia el occidente cristiano.
3a. ETAPA: Dios NO - Religión SI: Etapa en que asuntos seculares se convierten en cuasi-religiosos. En política, el Marxismo; en Ciencia, el Freudismo y el comienzo de los movimientos del "desarrollo del potencial ilimitado del ser humano".
4a. ETAPA: Religión NO - Sacralidad SI: Etapa de promoción de creencias y prácticas del ocultismo que se promueven como sagradas: es ya la Etapa del New Age.
Este ha sido un proceso de penetración inadvertido y solapado, lento y paulatino, pero efectivo y certero. Han sido fases de alejamiento de la verdad que se han ido sucediendo una tras otra en todo el mundo.
- Penetración Literaria
En 1976 sale el bestseller "Juan Salvador Gaviota" de Richard Bach, publicación que es dictada por un espíritu. Este fue el lanzamiento de la literatura "canalizada" por espíritus. Este relato aparentemente inocuo e idealista traía la semilla del New Age. Se vendieron en poco tiempo 25 millones de ejemplares. Posteriormente sale "Las Enseñanzas del Don Juan" de Carlos Castañeda, el mayor exponente de la hechicería.
Hoy en día la literatura New Age es excesiva: para 1991, sólo en E.E.U.U., habían 2.500 librerías especializadas, sin contar las secciones New Age en todas las librerías, con 25.000 títulos en circulación y creciendo vertiginosamente, convirtiéndose este renglón en fuente de "grandes lucros", según reseña el diario "Jornal do Brasil" en Enero de 1995.
- Penetración Audiovisual
Es evidente en películas, videos, juegos de video, música y también en libros y revistas las siguientes influencias: gusto por el terror, por lo imaginario y fantasioso, por lo cósmico-mágico, lo feo y monstruoso, experiencias extra-sensoriales, poderes parapsicológicos como la telepatía, comunicación con espíritus a través de juegos como la Ouija; viajes al más allá, talismanes, brujería, hechicería, etc.... y hasta lo expresamente satánico. Las películas satánicas abundan y se transmiten frecuentemente por la televisión.
- Penetración por Símbolos
La simbología satánica puede verse abundantemente en periódicos, revistas, artes, publicidad, TV, cine, ropa, etc.
- Penetración en la Música
La llamada "Música New Age", con la repetición de sonidos en secuencias alternadas está realizada para crear atmósferas que lleven al oyente a un estado de relajación que favorezca la alteración de los estado de conciencia. En la Música Rock las letras con alabanzas -antes escondidas y ahora expresas- al mismo Satanás son cada vez más frecuentes.
- Drogas
En el New Age las drogas son usadas, más que todo, como un medio para lograr, a través de la alteración de los estados de conciencia y de la manipulación del sistema nervioso, supuestas experiencias divinizantes.
- Descrédito progresivo de la Moral y la Ley de Dios
Esta es una forma de penetración evidente en todos los sectores de la sociedad, a través de los medios de comunicación, tanto en programas de ficción (novelas, películas) como en los de no-ficción (programas de opinión, científicos, etc.)
Por esto S.S. Juan Pablo II en su Encíclica "Veritatis Splendor" (#35) escribe: estamos invadidos de "una orientación ética que tiene su centro en un pretendido conflicto entre la libertad y la Ley de Dios ... llegando a tal grado de autonomía moral que es casi una soberanía absoluta".

San Miguel Arcángel: Defiéndenos en el combate, sé nuestro amparo contra la maldad y asechanzas del demonio. "Reprímale Dios", pedimos suplicantes. Y tú, Príncipe de la Milicia Celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a satanás y demás espíritus malignos, que vagan por el mundo para la perdición de las almas. Amén

lunes, 2 de febrero de 2009

¡Piedad para ellas! - Padre Christian Bouchacourt - Superior de Distrito América del Sur FSSPX


Estoy seguro que alguna vez les sucedió tener que asistir a las exequias de un amigo o de un miembro de la familia celebradas según el nuevo rito. Los cambios operados en las ceremonias de funerales manifiestan de modo contundente la devastación producida en la Iglesia por la doctrina conciliar.Sorprende comprobar que hoy todo el mundo tiene derecho a un entierro católico. Un homosexual, un comunista, un divorciado vuelto a casar, un concubino o un masón notorio, que ayer era señalado como pecador público, observa cómo se le abren las puertas de la Iglesia sin que voz episcopal o sacerdotal alguna levante la más mínima objeción.Así, quien despreció los mandamientos de Dios, la ley natural y los preceptos de la Iglesia recibe los mismos honores eclesiásticos que quien luchó toda su vida e hizo penitencia para practicar la virtud y esforzarse en vivir como hijo de Dios y de la Iglesia. En esto hay más que una injusticia: es un verdadero escándalo en sentido literal del término, porque el vicio se pone en pie de igualdad con la virtud.De vez en cuando acontece, sin embargo, que un sacerdote o un obispo tienen el valor de recordar la doctrina tradicional de la Iglesia respecto a los entierros católicos. La reacción de los medios de comunicación es entonces inmediata: ¡ponen el grito en el cielo y denuncian una vuelta al oscurantismo medieval y un grave daño a la caridad que la Iglesia enseña y que, con todo, pretende practicar!La nueva teología del misterio pascual, enseñada desde más de cuarenta años, es la causa de esta actitud inadmisible de los sacerdotes de hoy. Se ridiculizó completamente el sentido de las exequias católicas. Hasta el último concilio la Iglesia se negó a conceder los honores de un entierro católico a todos los pecadores públicos anteriormente mencionados. En un entierro católico la Iglesia eleva sus oraciones a favor del alma de uno de sus hijos para que Dios le haga misericordia, le perdone sus pecados y lo libre del purgatorio, lugar al que van en gran número para acabar de purificarse antes de entrar en la eternidad bienaventurada. Les ofrece, pues, las mejores y más eficaces plegarias que tiene, esto es, la Santa Misa que perpetúa el sacrificio de Nuestro Señor, cuyos méritos se aplican al difunto que es llevado a ella.¡Pero por ahí también pasó el Concilio Vaticano II! La predicación de los clérigos cambió. Ya no predican sobre las postrimerías. La existencia del infierno y el peligro que éste representa para el pecador empedernido son relegados al olvido, o clasificados entre las fábulas medievales completamente inadecuadas para una época como la nuestra.La doctrina sobre el purgatorio sufrió el mismo tratamiento. La liturgia, que es expresión de la fe, se adaptó a estos cambios. El color negro de los ornamentos, que llamaba a la conversión y al luto, fue suprimido por el púrpura que, pasando los años, se vuelve casi rosado, cuando no es sustituido por el blanco. Ya no se dice el Dies iræ, sublime petición del alma dirigida a su Creador y Juez implorando misericordia para sus faltas.¡De todo ello había que hacer tabla rasa! En virtud de la nueva teoría del misterio pascual, que afirma que Cristo muerto y resucitado salvó todas las almas de una vez y para siempre, ¡debemos reconocer que estamos salvados! El alma, llegado el término de su curso terrestre, tiene garantizada su reunión con Dios.En consecuencia, la finalidad de la liturgia de difuntos cambió completamente. En los entierros, ya no se trata de rezar por el eterno descanso del difunto —que probablemente está sufriendo en el purgatorio—, sino de agradecer a Dios por haberlo recibido junto a Él en los cielos; allí se encuentra seguramente y un día allí nos volveremos a reencontrar con él. ¡Comprenderán entonces por qué ya no es necesario ofrecer el Santo Sacrificio de la Misa para reparar los pecados del difunto, ni llamar a la conversión “antes de que sea demasiado tarde”!Antiguamente todos los sacerdotes aprovechaban los entierros para recordar en sus sermones las verdades relativas a las postrimerías, alentaban a los fieles a rezar por los difuntos y exhortaban a los presentes a la conversión. Así, pues, todos salían de la ceremonia deseosos de cambiar de vida y de ayudar las almas de los difuntos que sufrían en el purgatorio. ¡Muchos son los que se convirtieron después de haber asistido a una Misa de entierro celebrada según el rito tradicional! La nueva liturgia, emanación de la nueva teología, pervirtió completamente el sentido de las exequias. ¡Su única finalidad es reavivar en nosotros la esperanza! ¡El difunto está salvado! ¡Nosotros también! ¡Aleluya!Semejante teología tiene consecuencias gravísimas. ¡Cuántas almas se pierden debido a este optimismo feliz y culpable, completamente extraño a la doctrina católica tradicional! ¡Cuántas almas, en consecuencia, sufren en el purgatorio y están abandonadas porque nadie se da cuenta de la necesidad de rezar por ellas, por su alivio y su liberación!¡Los efectos de este cambio no se han hecho esperar! En muchos casos el día del entierro ya no se celebra la Misa. Sólo se prevé una simple bendición, luego un tiempo de recogimiento —a menudo entrelazado con lecturas profanas—, y seguidamente la presentación de testimonios emotivos presentados por los familiares y amigos del difunto, por supuesto, encomiásticos y laudatorios… ¡El que acaba de partir es un santo! A eso puede añadirse la audición de música o de discos que apreciaba el finado… Otra consecuencia lógica de esta nueva teología es que la Misa diaria de difuntos o la de aniversario prácticamente hoy ya no se celebran en las parroquias.En presencia de tales errores es imposible permanecer en silencio. ¡Debemos recordar las verdades eternas! ¡Piedad para las almas del purgatorio! Recemos por ellas, hagamos celebrar Misas por ellas. Es un deber de justicia y caridad. Estas almas, una vez que sean liberadas, sabrán manifestarnos su reconocimiento y se convertirán en nuestras abogadas cuando nosotros debamos dar cuenta sobre nuestra vida. ¡En ese momento tan delicado sí que necesitaremos de ellas!Hacer decir Misas por nuestros difuntos exige de nuestra parte, por cierto, un pequeño sacrificio financiero; sin embargo, somos perfectamente conscientes del gran beneficio que reportará a las almas para las que se celebran. Se cuenta que un padre difunto se apareció a su hija religiosa para decirle que estaba sufriendo en el purgatorio porque había descuidado ofrecer Misas por sus propios difuntos… Inmediatamente la religiosa hizo celebrar una para su padre, que después volvió a aparecérsele radiante y aliviado. ¡Había entrado en Paraíso! ¡Esto es para meditar!Además, es necesario recordar que Dios no nos salvará sin nosotros. Quiere nuestra colaboración. ¡Dios no se impone! Debemos llevar nuestra cruz diaria, hacer penitencia y hacer nuestro purgatorio en esta tierra para poder contemplar a Dios un día en el paraíso. Por esta razón permite que pasemos por pruebas. La enfermedad, el luto, los fracasos, las preocupaciones materiales o espirituales aceptadas y llevadas con fe y con la gracia de Dios son verdaderos ascensores para el paraíso. En cambio, un alma que a sabiendas vivió distante de Dios, de la Iglesia y de los sacramentos, al momento de separarse de su cuerpo con la muerte, no soportará la luz divina que rechazó sobre tierra, e irá por sí misma a precipitarse “allí donde hay llanto y crujir de dientes”, es decir, al infierno, tal como dijo Nuestra Señora a los pastorcitos de Fátima.En cuanto a los que vivieron en la tibieza a lo largo de su vida, pero que dejaron este mundo en estado de gracia, sin haber expiado completamente sus faltas y reparado su dejadez, éstos irán al purgatorio, donde sabemos que el más pequeño dolor es inmensamente más grande que el mayor sufrimiento que podríamos soportar sobre esta tierra. ¡Esto también debe hacernos reflexionar!Así, pues, queridos amigos, ¡piedad por las almas del purgatorio!, ¡piedad por nuestras almas!Les deseo a todos un santo tiempo de Adviento, y desde ya también, una santa fiesta de Navidad.¡Que Dios los bendiga!
Padre Christian BouchacourtSuperior de Distrito América del Sur

domingo, 1 de febrero de 2009

El Único Bautismo - San Agustin


I. 1. Con mucha frecuencia, hermano Constantino, nos vemos obligados a responder a los que piensan de manera diferente y se extravían de la regla de la verdad, y esto aun sobre puntos que repetimos en múltiples tratados. Pienso que esto tiene gran utilidad, tanto por la rudeza de ciertos ingenios, que juzgan que se dicen cosas distintas, cuando leen que se dicen de otra manera, como con vistas a que abunden escritos polémicos, de suerte que no haya sólo uno raro que llegue a los que los están buscando, sino que, habiendo muchos, caiga alguno también en manos de otros más descuidados.
Por consiguiente, mira con qué facilidad, con la ayuda del Señor, voy a refutar ese tratado sobre el único bautismo, obra de quienes lo reiteran, que, tras haberlo recibido de no sé qué presbítero donatista, me entregaste cuando estábamos juntos en el campo, rogándome encarecidamente que le diera contestación, tan hinchado como estaba por la sonoridad de las palabras y erizado de acusaciones basadas en la calumnia.
2. El primer punto de mala voluntad que nos achacan es que saquemos a la luz pública un asunto secreto. Cállense, pues, quienes piensan que no debe hacerse esto; o si dicen que ellos se ven forzados a hablar para contestar a los que piensan de otra manera, éste es también nuestro caso: tenemos que responder a los que se nos oponen no sólo con su forma de pensar, sino también con su obrar.
Se debe refutar en público lo que daña ocultamente, porque también en público se busca su defensa cuando se aconseja lo que, si se lleva a cabo, daña ocultamente. En efecto, ¿quién bautiza a alguien ante los profanos? Y, sin embargo, ningún profano ignora que los cristianos se bautizan; el que oye hablar en público de lo que, si llega a creer, recibirá en secreto.
El bautismo sólo pertenece a Cristo
II. 3. Veamos, pues, qué dicen sobre la reiteración del bautismo quienes se avergüenzan de decir en público lo que ojalá temieran admitir a la vista de todos.
"Se pregunta, dice, dónde está el verdadero bautismo", y luego añade: "de tal manera es el mío, que el que ha sido dado únicamente por mí, no lo reiteran ni los mismos sacrílegos".
Le respondemos: No es sacrílego quien no se atreve a reiterar el bautismo, no porque es tuyo, sino porque es de Cristo. De Cristo es, en efecto, la única consagración del hombre en el bautismo; es tuya, en cambio, la reiteración del único bautismo. Corrijo en ti lo que es tuyo y reconozco lo que es de Cristo. Es justo que cuando reprobamos las malas obras de los hombres, aprobemos cuanto de bueno procedente de Dios encontremos en ellas. Es justo, digo, que ni aun en el hombre sacrílego profane el sacramento verdadero que encuentro, no sea que trate de enmendar al sacrílego cometiendo en él un sacrilegio.
Aceptar lo bueno y rechazar lo malo
III. 4. Efectivamente, son éstos malos aun con el bautismo bueno, lo mismo que son malos los judíos con una ley buena. De esta suerte, como éstos serán juzgados por esa misma ley que aun con su malicia no hicieron mala, así serán éstos juzgados por el mismo bautismo, un bien que tuvieron ellos aunque son malos.
Así, cuando un judío viene a nosotros para hacerse cristiano, no destruimos los bienes de Dios que haya en él, sino sus propios males; en efecto, corregimos el error de su fe al no creer que Cristo ya vino, que nació, padeció y resucitó, y destruida esa infidelidad, le consolidamos la fe con que se creen estas verdades, y lo mismo le apartamos del error de su adhesión a las sombras de los antiguos misterios y le mostramos que ya llegó el tiempo en el que anunciaron los profetas que había que suprimirlas y cambiarlas; en cambio, lo que se refiere a su fe en el culto de un solo Dios, que hizo el cielo y la tierra, al hecho de que aborrecen todos los ídolos y sacrilegios de los gentiles, esperan el juicio futuro y la vida eterna, no dudan sobre la resurrección de la carne, lo alabamos, lo aprobamos, lo reconocemos y afirmamos que hay que creer como él creía y mantener lo que él mantenía.
De la misma manera, cuando viene a nosotros un cismático o un hereje, para hacerse católico, procuramos abolir con la disuasión y la refutación su cisma y su herejía; pero lejos de nosotros atentar contra los sacramentos cristianos que encontramos en ellos, y contra cualquier verdad que conserven; lejos de nosotros reiterar lo que reconocemos debe darse sólo una vez, no sea que, preocupados por los vicios humanos, condenemos las medicinas divinas, o buscando curar lo que no está herido, vayamos a herir al hombre enfermo precisamente en la parte sana.
Por consiguiente, si yo descubro a un hereje que disiente de nosotros sobre alguna verdad relativa a la fe cristiana y católica, o aun en último término sobre la misma unidad de la Trinidad, y que, sin embargo, está bautizado conforme a la norma evangélica y católica, procuro corregir el pensamiento de este hombre, no atento contra el sacramento de Dios. Hablo, claro está, sobre los judíos y los cismáticos y herejes que yerran en cualquier sentido sobre el nombre de Cristo.
Positivo y negativo en los gentiles
IV. 5. Sobre los mismos gentiles y adoradores de los ídolos tan distantes de nosotros en su múltiple diversidad no nos indica el Apóstol otro recurso sino corregir también en ellos cuanto deforme encontremos, de tal modo que si se encuentra quizá algo bueno, lo aprobemos. En efecto, reconvenía a los idólatras, y lo que es mas importante, no sólo a los adoradores, sino a los mismos inventores de los ídolos allí donde dice: Porque habiendo conocido a Dios, no le glorificaron como a Dios ni le dieron gracias, antes bien se ofuscaron en vanos razonamientos y su insensato corazón se entenebreció: jactándose de sabios se volvieron estúpidos, y cambiaron la gloria del Dios incorruptible por una representación en forma de hombre corruptible, de aves, de cuadrúpedos, de reptiles 1.
Tales fueron, como sabemos, los ídolos de los egipcios; entre ellos se dice que se había establecido una idolatría más variada y mucho más ignominiosa. Y, sin embargo, ¿negó acaso que tuvieran conocimiento de Dios? ¿No lo confirmó más bien al decir: Habiendo conocido a Dios no lo glorificaron como a Dios?
Si intentara refutar y destruir este conocimiento como una mentira porque lo había descubierto entre los sacrílegos, ¿no se portaría, lo que Dios no permita, como un enemigo de la verdad? Cambiaron mucho convirtiéndolo en mentira. Por eso dijo también aquí el Apóstol: Cambiaron la gloria del Dios incorruptible por una representación en forma de hombre corruptible 2, es a saber: fingiéndose un Dios cual no existe, y enseñándoselo a los hombres como ellos lo conocieron; y un poco después dice de ellos: Cambiaron la verdad de Dios por la mentira, y adoraron y sirvieron a la criatura en lugar del Creador, que es bendito por los siglos 3. En efecto, la verdad de la criatura viene de Dios, pero ella no es Dios, y ellos la convirtieron en mentira, honrando como dioses al sol, la luna y todos los seres celestiales y terrestres. Por consiguiente, censura, detesta, echa por tierra todo lo que ellos trocaron en mentira suya; en cambio, aprueba, atestigua, confirma todo lo verdadero que conservaron en su doctrina, aunque esté mezclado y confundido con muchas falsedades, pues aun aquí comenzó este pasaje diciendo: La cólera de Dios se revela desde el cielo contra la impiedad e injusticia de los hombres que aprisionan la verdad en la injusticia 4, no por negar la verdad, sino por retenerla en la impiedad.
6. También en los Hechos de los Apóstoles, al ilustrar a los atenienses sobre el único y verdadero Dios, diciendo que en él vivimos, nos movemos y existimos, añade seguidamente: Como han dicho algunos de los vuestros. Eso, pues, de que en él vivimos, nos movemos y existimos pertenece a aquella verdad que conservan en la iniquidad aun aquellos adoradores de los ídolos, que habiendo conocido a Dios no lo glorificaron como Dios. Como vemos, el Apóstol no destruye esta verdad que existe entre los impíos y sacrílegos, sino que la confirma, y usa de su testimonio para ilustrar a los que ignoraban estas cosas.
Siguiendo esta misma norma apostólica, el obispo Cipriano discute sobre el único y verdadero Dios contra los adoradores de muchos dioses falsos y presenta numerosos testimonios tomados de los libros de aquellos autores que ellos tienen por ilustres, esto es, de aquella verdad que mantienen en la iniquidad. Y todavía destaca mucho más lo que hizo el Apóstol cuando, recorriendo sus templos, encontró un altar entre los dedicados a los demonios, en el cual se leía: Al dios desconocido 5; y lejos de destruir la dedicatoria negándola o refutándola, lo que hizo fue confirmarla y descubrir en ella un exordio muy a propósito para su discurso, y así dijo: Lo que adoráis sin conocer, eso os vengo yo a anunciar 6.
La norma apostólica
V. 7. Siguiendo, pues, nosotros esta norma apostólica, transmitida por nuestros antepasados, si encontramos algo justo aun en los perversos, procuramos enmendar su perversidad, y en modo alguno profanamos lo que hay en ellos de justo, a fin de que en el mismo hombre se corrijan los errores a partir de las verdades que poseen, no sea que la destrucción del error conlleve la destrucción de la verdad. Los que en tiempos de los apóstoles decían: Yo soy de Apolo, yo de Cefas 7, creaban impíos cismas no apoyándose en el nombre de los impíos, sino en el de los santos: éste era su propio y detestable vicio. Sabían que Cristo había sido crucificado por ellos y que habían sido bautizados en el nombre de Cristo, y esto no tenía nada que ver con su error, era fruto del don divino en ellos; conservaban esta verdad de Dios en la iniquidad de sus cismas. De esta verdad se apropió el bienaventurado Pablo, y no la destruyó a ella al destruir los vicios, sino que al confirmarla demostró que habían de ser destruidos aquéllos; dice: ¿Acaso fue Pablo crucificado por vosotros? ¿O habéis sido bautizados en el nombre de Pablo? 8 De suerte que por la verdad de Dios que conservaban se avergonzasen de la falsedad propia que practicaban.
Así, pues, como se dice al judío: "Mantén la fe en la resurrección de los muertos como la mantenías, pero cree que Cristo ha resucitado ya de entre los muertos, cosa que no creías antes; tú retienes la verdad de Dios sobre la resurrección de los muertos en tu iniquidad, que te impide creer que Cristo resucitó"; y como se dice al adorador de los ídolos: "Conserva el conocimiento que tenías sobre la creación del mundo por un solo Dios verdadero, pero no sigas creyendo que son dioses los troncos y piedras y ciertas partículas del mismo mundo, a las cuales tú adorabas, pues así retienes la verdad de Dios, por la que crees que el mundo fue creado por él, en tu iniquidad, por la que quieres ser adorador de los dioses falsos"; de la misma manera se le dice también al hereje, que no ha cambiado los sacramentos cristianos tal como son transmitidos en la Iglesia católica con falsedad alguna suya: "Conserva el bautismo cristiano en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo como lo tenías, pero reconoce a la Iglesia de Cristo que crece, como fue profetizado, en todo el orbe, Iglesia a la que maldecías con voz sacrílega; porque tú estás reteniendo en la impiedad de tu división la verdad sobre la unidad del bautismo. Corrige la iniquidad de la ficción herética, para que no te pierda, y no te ensoberbezcas sobre la verdad del sacramento cristiano, que está allí para juzgarte. Lejos de mí el detestar la iniquidad hasta el punto de negar la verdad de Cristo, que encuentro en ti para tu perdición; lejos de mí el corregirte de modo que destruya aquello por lo que te corrijo, a no ser que deba corregir lo verdadero que encuentro en el alma de los herejes, cuando el Apóstol no destruyó lo que encontró verdadero en la piedra de los paganos".
8. El Dios único es más que el único bautismo, ya que el bautismo no es Dios, sino que es algo grande porque es sacramento de Dios; y, sin embargo, el Dios único era adorado aun fuera de la Iglesia por los que lo desconocían. De la misma manera, el único bautismo es conferido aun fuera de la Iglesia por los que lo ignoran. El que dice que no puede ser que el Dios único y verdadero sea adorado fuera de la Iglesia por los que no le conocen, que considere qué responderá, no a mí, sino al mismo Apóstol, que dice: Lo que adoráis sin conocer, eso os vengo yo a anunciar 9.
Poseer los sacramentos no implica necesariamente la salvación
VI. Nada aprovechaba a la salvación de aquellos que, aun desconociendo al verdadero Dios, lo adoraban, antes bien contribuía a su ruina, ya que al adorar a la vez a los dioses falsos, cometían una injuria sacrílega contra el mismo Dios verdadero. De la misma manera nada les beneficia a los herejes para su salvación el hecho de conservar y administrar por ignorancia el verdadero bautismo, antes bien contribuye a su condenación, porque, aferrados a la sacrílega iniquidad del error humano, conservan aún la verdad del sacramento divino, no para ser purificados por ella, sino para ser juzgados con más rigor.
Y como el Apóstol, cuando corregía a aquellos sacrílegos, reconocía, no negaba, al Dios verdadero que era adorado fuera de la Iglesia por los que lo ignoraban, así también nosotros, cuando corregimos los errores de los herejes en su sacrílega separación, no debemos negar, sino reconocer el bautismo verdadero que por ignorancia confieren fuera de la Iglesia.
San Pablo y el bautismo de Juan
VII. 9. Pero ellos dicen: "Pablo, cuando vino a Éfeso, mandó bautizar en Cristo a algunos que decían que estaban bautizados con el bautismo de Juan". Si hay alguno que inducido por ese ejemplo piensa que debe bautizarse a los cismáticos y herejes, que se atreva, si puede, a afirmar que Juan fue hereje o cismático. Si el sostener esto es impío, sin duda se les dio a aquellos hombres lo que les faltaba, no se desaprobó lo que tenían, ya hubieran mentido diciendo que tenían el bautismo de Juan, como piensan algunos ya porque el bautismo de Juan no era el bautismo de Cristo, aunque él estaba al servicio de Cristo, al igual que los misterios antiguos de la Ley desempeñaban una función precursora y prefigurativa.
Pero dicen ellos: "Si se bautizó después de Juan, amigo del Esposo, ¡cuánto más preciso será bautizar después del hereje!"
De igual modo podría otro decir conmovido por cierta justa indignación: "Si se bautizó después de Juan, que no bebía vino en absoluto, ¡cuánto más justo es bautizar después de haberlo hecho un borracho!" Que lo hagan ellos si pueden; que bauticen después de sus ebrios, si los apóstoles bautizaron después del sobrio Juan. ¿Qué responden a esto, sino que ellos no bautizan después de aquéllos, porque los que fueron bautizados por los borrachos no recibieron el bautismo de éstos sino el de Cristo? Crean, pues, que si se bautizó después de Juan fue ni más ni menos por una de dos: o porque aquéllos no tenían bautismo alguno, o porque aún no tenían el bautismo de Cristo.
10. Esta dificultad se la propuso el mismo a quien respondemos y no la resolvió. Escribe en efecto: "Quizá diga alguien: 'Pero los que fueron bautizados de nuevo por Pablo, habían sido bautizados con el bautismo de Juan, no con el de Cristo. Por eso dijo que no es necesario rebautizar a los que consta han sido bautizados por los traditores aunque en nombre de Cristo'".
Esta es la dificultad que él se propuso; veamos cómo intentó inútilmente darle solución. Dice: "A esta cuestión respondió Cristo el Señor con estas palabras: El que no recoge conmigo, desparrama 10, y también: No todo el que dice: Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos, sino el que haga la voluntad de mi Padre celestial. Muchos me dirán aquel día: Señor, Señor, ¿no profetizamos en tu nombre, y en tu nombre expulsamos demonios, y en tu nombre hicimos muchos milagros? Y entonces les declararé: ¡No os conozco; apartaos de mí, agentes de la iniquidad! 11
Por consiguiente, no hay duda que echaron a perder su obra falsa quienes, aunque en nombre de Cristo, osaron actuar como sacrílegos. Y así, quieran o no quieran, los traditores con sus sacramentos sacrílegos ofenden más a Cristo. Y si éstos se atreven a decir: ¿No profetizamos en tu nombre?, les dirá: Apartaos de mí, obradores de la iniquidad, no os conozco. Con razón les dirá esto, porque en los indignos son obras parecidas el bautizar, expulsar los demonios y realizar las maravillas restantes".
Mira cuántas cosas ha dicho y cómo no ha podido resolver en absoluto la objeción que se había propuesto. Y no sólo no la resolvió, sino que nos recordó a nosotros mismos lo que deberíamos decir contra ellos. Pues estos testimonios evangélicos no sólo no le prestan ayuda alguna, sino que más bien favorecen nuestra causa.
11. Se trataba del bautismo de Juan. Si el Apóstol bautizó a algunos ya bautizados por él, no dio ciertamente el bautismo de Juan a los que ya lo tenían, sino que mandó bautizar en el nombre de Cristo a los que no tenían este bautismo; y por esto no destruyó ninguno de los dos, sino que distinguió el uno del otro. Esto lo vio también este contra quien hablamos: y así, habiéndose forjado como tomada de los adversarios la objeción de que los llamados traditores bautizan y son bautizados con el bautismo de Cristo y no con el de Juan y por eso no se puede después de ellos ni rescindir ni reiterar, afirmó que a esta cuestión había respondido Jesucristo cuando dijo: El que no recoge conmigo, desparrama 12, como si Cristo hubiera dicho: "En los que no recogen conmigo niéguese, expúlsese, destrúyase lo que, aun siendo verdadero y mío, se encuentre allí". Asegura también que a algunos que dicen: Señor, Señor, ¿no profetizamos en tu nombre, y en tu nombre expulsamos los demonios, y en tu nombre hicimos muchos milagros?, les responderá Cristo: ¡No os conozco; apartaos de mí, obradores de iniquidad! 13
¿Acaso dijo también: "A causa de vuestra iniquidad, negaré también mi verdad que retenéis en vuestra iniquidad"? En efecto, él no recibirá en su reino a todos aquellos en quienes encuentre alguna verdad, sino a aquellos en quienes encuentre la caridad adecuada a la verdad; y si falta la caridad, se hace presente la iniquidad. Sin embargo, no se negará la verdad mantenida en esta iniquidad, pero ha de ser condenada la iniquidad sin destruir la verdad.
Por eso dice el Apóstol: Aunque tuviera el don de profecía, y conociera todos los misterios y toda la ciencia; aunque tuviera plenitud de fe como para trasladar montañas, si no tengo caridad, nada soy 14. Dijo que no era nada si no tenía caridad, no si carecía de los sacramentos, la ciencia, la profecía, la fe. Cosas grandes, aunque no sea nada aquel que las tiene sin caridad y retiene la verdad de las mismas en su propia iniquidad. Esto es lo que decimos también nosotros a estos herejes: "No destruimos la verdad del bautismo que retenéis en vuestra iniquidad, sino que, cuando os corregimos, destruimos vuestra iniquidad y la desbaratamos, pero reconocemos y aceptamos aquélla".
Así, pues, nada le favorecen a éste esos numerosos testimonios evangélicos.
12. Nota, en cambio, cómo nos favorecen muchísimo a nosotros; presta atención a sus mismas palabras. Dice: "No hay duda que han echado a perder su falsa obra quienes, aunque en nombre de Cristo, han osado obrar como sacrílegos".
Esto es una verdad palmaria: quienes han osado obrar como sacrílegos en nombre de Cristo, echaron a perder su propia obra falsa. Pero ¿acaso por eso es sacrílego el mismo nombre de Cristo, aun cuando por su medio hacen algo los sacrílegos? ¿Quién, por demente que sea, se atreverá a decir esto; quién, aun siendo pagano, se atreverá a afirmarlo aun en este tiempo?
Por eso el mismo Jesucristo, habiendo dicho con toda verdad: El que no recoge conmigo, desparrama 15, sin embargo, al decirle los discípulos que habían encontrado a un individuo que echaba los demonios en su nombre y que se lo habían prohibido, porque no seguía con ellos al Señor, respondió a esta cuestión: No se lo impidáis, pues no hay nadie que obre un milagro invocando mi nombre y que luego sea capaz de hablar mal de mí 16. Tenía éste, ciertamente, su propia iniquidad, puesto que no recogía con el Señor ni seguía con los discípulos al Pastor en la unidad del rebaño; y en esa su iniquidad retenía la verdad ajena, puesto que expulsaba los demonios en nombre de Cristo Jesús y no hablaba mal de él. Por tanto, condena la iniquidad de este hombre el Señor con aquellas palabras: El que no recoge conmigo, desparrama 17, pero no niega ni reprueba su propia verdad en él cuando dice: No se lo impidáis, pues no hay nadie que obre un milagro invocando mi nombre y que luego sea capaz de hablar mal de mí 18.
Siguiendo este ejemplo del Señor, nosotros no podemos negar según nuestras fuerzas la verdad del bautismo y cualquier otra verdad que tengan los herejes; no nos atrevemos a reprobarla y a destruirla; en cambio, detestamos justamente la iniquidad de los mismos por la cual no recogen en Cristo, sino que desparraman, y la condenamos y en cuanto podemos la enmendamos valiéndonos de la verdad íntegra que hay en ellos.
Validez sacramental y provecho espiritual
VIII. 13. Vea, pues, éste qué error le ha impulsado a añadir a continuación: "Por ello, quieran o no, los traditores ofenden más a Cristo con sus sacrílegos sacramentos". Por una parte, es una temeridad, aunque en cierto modo tolerable, llamar traditores a los que no prueba que lo sean; pero, por otra, ¿quién puede tolerar que llame sacrílegos a los sacramentos de Cristo, aunque los tuvieran, como él calumnia, verdaderos traditores, sacramentos que se celebran según la norma evangélica en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo? Quizá diga aquí que ya no es sacramento de Cristo el que dan los sacrílegos. Y ¿por qué no dice entonces que tampoco es el nombre de Cristo si lo pronuncian los sacrílegos? Esto no se atreve en modo alguno a proclamarlo. Dice, en efecto: "No hay duda, por consiguiente, que han echado a perder su falsa obra quienes, aunque en nombre de Jesucristo, han osado obrar como sacrílegos". "En el nombre de Jesucristo", dice. ¿Ha dicho acaso que no existe el nombre de Jesucristo?
En consecuencia, como de nada les sirve a los sacrílegos obrar en el nombre de Jesucristo, así de nada les sirve a los herejes bautizar o ser bautizados con el bautismo de Cristo. Pero como aquél es el nombre de Jesucristo, así éste es el bautismo de Jesucristo; y uno y otro han de ser reconocidos y aprobados, no negados ni aniquilados, no sea que se vaya a causar injuria a tan grandes dones de Dios cuando se enmienda la vida de los sacrílegos que usan mal de estos dones.
14. Según él, el Señor dirá a los sacrílegos que bautizan fuera de la Iglesia o expulsan los demonios u obran maravillas en el nombre de Jesucristo: Apartaos de mí, obradores de iniquidad 19; nosotros, en cambio, decimos; más aún, la misma Verdad dice, que el Señor dirá esto a todos, aun a los peces malos que dentro de las redes de la unidad nadan con los buenos hasta la orilla. ¿Qué otra cosa les dirá, en efecto, cuando, reunidos los buenos en las cestas, sean separados los malos y arrojados; qué otra cosa les dirá sino: Apartaos de mí, obradores de iniquidad? 20
Pero no por ello destruimos en ellos los sacramentos de Cristo, cuando reconocemos dentro de las mismas redes de la unidad a los tales que bautizan o son bautizados. No creo tampoco, no creo sean tan desvergonzados que osen decir que el Señor no les dirá: Apartaos de mí, obradores de iniquidad 21 a tantos malos y perversos, que en su partido se hallan tan perdidos y manchados con manifiestas torpezas y crímenes, esto es, a los avaros y raptores o terribles usureros o crueles circunceliones; y, sin embargo, saben, ven, sostienen que muchos de éstos bautizan, que muchos son bautizados por ellos, y no violan entre ellos el sacramento de Cristo ni siquiera los que ven con desagrado sus crímenes.
Así, pues, al presentar estos testimonios evangélicos, no sólo no ha dicho nada contra nosotros, sino que nos ha recordado lo que tenemos que decir contra ellos.
Qué defiende la Iglesia católica
IX. 15. Por consiguiente, respecto a lo que, exultante, dice a continuación: "He resuelto la cuestión", es verdad que la ha resuelto, pero a nuestro favor, puesto que al decir que en los indignos son cosas semejantes bautizar, expulsar los demonios y realizar semejantes maravillas, y puesto que al decir éstos "En tu nombre hemos hecho esto", el Señor les dirá: No os conozco; apartaos de mí, obradores de iniquidad, puso bien de manifiesto que es tan verdadero que bautizan con el bautismo de Cristo los que están separados de la Iglesia como que arrojan los demonios en el nombre de Jesucristo; pero, en cambio, que ni una cosa ni otra los lleva a la vida eterna ni los libra de los eternos suplicios.
Por eso, como si viniera a la Iglesia cualquiera de aquellos de quienes expulsó los demonios aquel que vieron los discípulos separado de la grey de Cristo expulsar los demonios en el nombre de Jesucristo, no se negaría en modo alguno la maravilla que se había realizado en él, sino que se le añadiría lo que aún le faltaba, de la misma manera cualquiera que fuera de la Iglesia haya sido bautizado por los herejes o cismáticos, pero con el bautismo de Cristo, cuando viene a la Iglesia no se puede negar que posea el sacramento de la verdad en que está iniciado, sino que se le ha de añadir la pieza de la caridad de la cual estaba separado y sin la cual podía estar en él aquel sacramento, mas no le podía aprovechar.
Esto es lo que hacemos, esto es lo que recibimos de nuestros antepasados, esto es lo que, contra todas las tinieblas del error, defendemos en la Iglesia católica, extendida por todo el orbe. ¿Por qué, pues, hemos de disputar más, cuando él mismo nos ha resuelto brevemente la cuestión al recordar los testimonios evangélicos, que, a buen seguro, si él renunciara a litigar, le obligarían a condenar su error y a reconocer la verdad del bautismo?
16. ¿Qué necesidad hay ya de ensartar todas sus palabras, en las que le parece hablar con mucho ingenio, y explicar con sutilidad y elocuencia que es una prueba de que ellos tienen el verdadero bautismo el que nosotros lo reconozcamos y no lo neguemos? Efectivamente, quien tiene como firme e inconcuso lo que enseña la norma tan auténtica e inviolable de la verdad, esto es, que hay que reprobar o enmendar en cada uno lo que es falso y vicioso y aceptar lo que es verdadero y recto, ése ve a la vez qué es lo que nosotros detestamos en la herejía de los donatistas y qué es aquello contra lo cual en modo alguno debemos atentar. Como quiera que en la iniquidad de su separación retienen la verdad del bautismo, recriminamos su iniquidad, pero reconocemos y aprobamos, dondequiera que sea, la verdad del bautismo.
Paralelismo entre el bautismo de los herejes y la confesión de los demonios
X. 17. Quien dice que debe anularse el bautismo cuando bautizan los herejes, consecuentemente debe decir que hay que negar al mismo Cristo cuando son los demonios quienes lo confiesan. Por eso se alabó a Pedro cuando dijo: Tú eres Cristo, el Hijo del Dios vivo 22, y fueron expulsados los demonios diciendo esto mismo: Sabemos quién eres, el Hijo de Dios 23. Por tanto, esta profesión fue provechosa para Pedro, perjudicial para los demonios; pero en ambos casos no fue falsa, sino verdadera; no se debe negar, sino reconocer; no se debe rechazar, sino aprobar.
De la misma manera, el bautismo de la verdad es dado por los católicos que caminan rectos, como aquella confesión fue hecha por Pedro, y es dado por los extraviados herejes, como fue hecha aquella confesión por los demonios; a aquéllos les ayuda, condena a éstos, pero hay que aprobarla con el reconocimiento, en ningún modo debe violarse con la negación.
Por eso el apóstol Santiago, al reargüir a algunos que decían le bastaba al hombre la verdadera fe y no añadían las obras de la caridad, los refuta con esta comparación de los demonios: no han de pensar que pertenecen a Dios por tener una verdadera fe sobre Dios, sin preocuparse de acompañarla con obras. Dice así: ¿Tú crees que hay un solo Dios? Haces bien. También los demonios lo creen y tiemblan 24. Así es que comparó con los demonios a los que tienen una fe verdadera sobre Dios y viven mal; pero no rechazó con la negación, por el odio a los demonios, la misma verdad que los demonios creen de Dios.
Por eso al proponernos éste, contra quien disputamos, las palabras del Apóstol: Un solo Dios, una sola fe, un solo bautismo 25, descubrimos en esto que el mismo Dios es adorado fuera de la Iglesia por los que lo ignoran; descubrimos que fuera de la Iglesia confiesan la misma fe sobre un solo Dios no sólo algunos hombres, sino también los demonios, y una y otra fe ha sido confirmada más que negada por los apóstoles. ¿Por qué de manera semejante no confirmamos, en vez de negar, un solo bautismo cuando lo encontramos en algunos fuera de la Iglesia, de suerte que, por haber en ellos algo torcido, echemos a mala parte lo que tienen de recto, sino que, por lo que tienen recto, corrijamos aquello que los hace malos?
Bautismo y fe
XI. 18. ¿Qué significa, pues, su afirmación de que el verdadero bautismo está donde se encuentra una verdadera fe? Bien puede suceder que algunos tengan el verdadero bautismo y no tengan la fe verdadera, como puede darse también que tengan el Evangelio verdadero y, no entendiéndolo rectamente, crean algo falso sobre Dios: ¿acaso por la falsedad de esa fe vamos a juzgar que hay que rechazar y condenar el Evangelio verdadero que tienen? No creo que los mismos corintios, a quienes increpa por haber caído en divisiones, tuvieran una fe verdadera cuando decían: Yo soy de Pablo 26, pues esto era falso. Y, sin embargo, tenían el bautismo, y por esta verdad tienen que escuchar de él las palabras que tratan de corregir aquella falsedad: ¿Acaso fue crucificado Pablo por vosotros? ¿O habéis sido bautizados en el nombre de Pablo? 27
Había también allí quienes no creían en la resurrección de los muertos, y en esto ni tenían ni mantenían la verdadera fe. Sin embargo, partiendo de la verdad que poseían, puesto que creían en la resurrección de Cristo, en quien habían sido bautizados, procura el Apóstol curarlos allí donde su fe no era sana, diciéndoles: Si los muertos no resucitan, tampoco Cristo resucitó 28. Así, como habían creído que Cristo había resucitado, y en esto su fe era sana, sería sanado el error perniciosísimo que tenían de que los muertos no resucitan.
Por lo cual, como en las santas Escrituras canónicas ni ellos encuentran que los herejes, al venir a la Iglesia católica, hayan sido rebautizados, ni nosotros encontramos que hayan sido recibidos en el mismo bautismo que habían recibido en la herejía, síguese que en esta materia son pariguales nuestras causas; en efecto, no se confirma con ejemplo alguno expreso de los tiempos apostólicos ni lo que hacen ellos, es decir, rebautizar a los herejes a los que tienen por tales, ni lo que hacemos nosotros, esto es, aceptar el bautismo de Cristo dado por los herejes. Pero nosotros hallamos que confirmaron y no negaron lo verdadero que conocieron en algunos equivocados y sacrílegos por cualquier impiedad, y que trataron de enmendar o corregir el error e impiedad de los hombres, dejando a salvo la verdad que en ellos había. Esta es la regla que seguimos en la verdad del bautismo: donde la encontramos mantenida y conservada como se mantiene y conserva en la Iglesia católica, no la negamos ni la destruimos, sino que, dejándola en pie, procuramos curar, corregir, enmendar o, si no podemos, evitar como detestable y digno de condenación cuanto de perverso y falso se encuentre en cada uno.
19. Por consiguiente, cuando los aceptamos a ellos, no aceptamos su iniquidad, por la cual se separaron de la Iglesia de Cristo con sacrílego cisma, en el cual persiguen con acusaciones calumniosas y maldicientes al orbe cristiano, al que Dios tantos testimonios suministra en los profetas, en el Evangelio, en los salmos, en los apóstoles; tampoco aceptamos aquel mismo error en virtud del cual no quieren reconocer, osan destruir, no dudan en reiterar el bautismo de Cristo conservado aun entre los herejes según la norma apostólica. Más aún, si logran atraer hacia sí a algunos seducidos como sea, llegan hasta degradarlos a la categoría de catecúmenos, no sólo a los laicos, sino también a algunos clérigos, y no cualesquiera clérigos, sino hasta presbíteros y obispos, aunque hayan sido bautizados en las iglesias fundadas con los sudores de los mismos apóstoles. No aceptamos en modo alguno estos males detestables, ya que si no se corrigen de ellos, no pueden pasar a nosotros.
Comportamiento de la Iglesia católica con los clérigos apóstatas
XII. 20. Y no podemos pasar adelante sin hacer una distinción sobre esto: quienes siendo miembros bautizados de la Iglesia católica la abandonaron, tienen que sufrir una penitencia de más humildad que los que no estuvieron en ella, y no serán admitidos al estado clerical, ya hayan sido rebautizados por los herejes, ya hayan vuelto a ellos después de ser recibidos entre nosotros, hayan sido entre ellos clérigos o laicos. Puede haber algunos entre nosotros que descuiden algo esta norma y hagan clérigos a los tales o les permitan seguir ejerciendo: aunque ellos sean censurados fraternalmente por los que son más escrupulosos, sin embargo ni aun a éstos juzgan debe otorgárseles el estado clerical, a no ser a algunos de quienes saben o creen se han corregido de esos males.
Por ello calumnian gratuitamente a la Iglesia católica cualesquiera que se separan de su unidad con un crimen impío. Para servirme más bien de las palabras del Apóstol, la cólera de Dios se revela desde el cielo contra la impiedad e injusticia de los hombres, que aprisionan la verdad en la injusticia 29. Esta cólera, si no se enmiendan, alcanzará también a los que retienen la verdad del bautismo cristiano en la iniquidad de su sacrílega separación.
Ejemplos históricos
XIII. 21. La Iglesia católica, que, según se ha anunciado de ella, se extiende con rica fecundidad por todos los pueblos, no corrige la iniquidad de nadie, de suerte que destruya en él no su verdad propia, sino la verdad de su Señor. ¿Por qué entonces exclama éste con tal petulancia y seguridad de sí mismo: "He bautizado tranquilo a quien tú, sacrílego, manchaste; lo bauticé, repito; hice lo que hizo el apóstol Pablo?" Que nos lea dónde hizo esto el apóstol Pablo. Si acaso quiere interpretarlo de aquellos de Éfeso, que ose decir que los había bautizado el sacrílego Juan. Si no se atreve a decir esto, porque es una impiedad bien clara, deje ya de promover, por un asunto tan dispar, nebulosidades de falsa semejanza.
22. Aduce el caso de Agripino de Cartago, del ilustre mártir Cipriano, de setenta predecesores de Cipriano, que hicieron esto y ordenaron que se hiciera; ¡oh error detestable de hombres que piensan imitar laudablemente ciertos hechos lamentables de los varones ilustres y están tan lejos de sus virtudes! De la misma manera pretenden algunos compararse con el apóstol Pedro si niegan a Cristo; y si aun fuerzan los paganos a judaizar, se tienen como hermanos del mismo. Estos extremos fueron reprensibles en un varón tan notable, pero se destacó tanto en la gracia del apostolado que los borró inmediatamente, y no puede, no digo anteponérsele, pero ni aun igualarlo o compararse de cerca con él, cualquier cristiano de nuestros tiempos o incluso un obispo aunque no haya negado a Cristo ni haya forzado a los pueblos a seguir las costumbres judías.
Esto mismo sucede con el gloriosísimo mártir Cipriano: si es verdad que no quería reconocer el bautismo dado por los herejes y cismáticos al sentir profunda aversión a los que lamentaba separados de la unidad católica que él tanto amó; contrajo, sin embargo, méritos tan grandes, hasta llegar al triunfo del martirio, que el destello de aquella caridad en que sobresalió ahuyentó esa sombra, y, para que el sacramento fructuoso llegara a ser más fructuoso, se le cortó lo que en él quedaba por purificar, aparte de otro recurso, con el golpe final de la espada de la pasión.
Claro que nosotros, al reconocer antes que negar la verdad del bautismo, aun en la iniquidad de los herejes, no somos por esto mejores que Cipriano, como tampoco mejores que Pedro por el hecho de que no forzamos a los pueblos a seguir las costumbres judías.
Esto mismo respondería acerca de Agripino y los otros obispos que se dice celebraron aquellos concilios, quienes de tal manera discreparon, que persistieron en la unidad en la que la caridad cubre la multitud de los pecados 30 con los que opinaban diversamente. Pues caminando así en la unidad de la Iglesia, a la cual habían llegado, pudo el Señor, como dice el Apóstol, revelarles aun aquello sobre lo cual tenían un concepto equivocado.
En efecto, surgió entonces por primera vez la cuestión de cómo había que recibir a los herejes, que perturbó por su novedad a algunos hermanos que aborrecían justamente la peste de la herejía, y llegó a tal punto su perturbación, que creían que hasta había que desaprobar el que conservaban el bien que era para su mal.
Por mi parte diré brevemente mi opinión sobre esto: bautizar a los herejes, como se dice hicieron aquéllos, fue entonces obra de un error humano; pero rebautizar a los católicos, como hacen éstos aún, es siempre fruto de diabólica presunción.
Incongruencias de la postura donatista
XIV. 23. Pero deseo que éste me resuelva una dificultad: al enumerar por su orden los obispos de la Iglesia de Roma, citó a Esteban entre los que ejercieron intachablemente su episcopado. Ahora bien: Esteban no sólo no rebautizaba a los herejes, sino que juzgaba dignos de excomunión a los que lo hacían o determinaban que se hiciera, como lo demuestran cartas de otros obispos y del mismo Cipriano; y, sin embargo, Cipriano permaneció en la unidad de la paz con él.
¿Qué tienen que decir a esto? Agucen sus ingenios cuanto puedan y consideren si pueden responder. Ahí tienen a dos personas contemporáneas, por no citar más, que pensaban de manera diferente; ambos pertenecían a las Iglesias más eminentes, la de Roma y la de Cartago, los obispos Esteban y Cipriano, establecidos ambos en la unidad de la Católica: Esteban juzgaba que en nadie había que reiterar el bautismo de Cristo y recriminaba severamente a quienes lo hacían; Cipriano, en cambio, juzgaba que había que bautizar en la Iglesia católica, como si no tuvieran el bautismo de Cristo, a los que habían sido bautizados en la herejía o el cisma. Muchos pensaban como aquél, algunos cómo éste, pero unos y otros se mantenían en la unidad.
Si es verdad lo que dicen éstos, y por lo cual intentan afirmar o exculpar la causa de su separación: "En una misma comunión de sacramentos, los malos contagian a los buenos, y por eso es preciso apartarse con una separación material del contagio de los malos, a fin de que no perezcan todos igualmente"; si es verdad esto, hay que confesar que ya en los tiempos de Esteban y de Cipriano pereció la Iglesia y que no les quedó ella ya a los posteriores, de la cual pudiera nacer espiritualmente el mismo Donato.
Si piensan que es impío hablar así, como en verdad lo es, si desde aquellos tiempos permaneció la Iglesia hasta los de Ceciliano y Mayorino o Donato, y no pudieron hacerla perecer manchándola quienes fueron admitidos en ella, según los mismos, sin el bautismo, llenos de todos sus crímenes y pecados; si no causaron división alguna de la comunión de aquéllos Cipriano y los que pensaban como él sobre el bautismo, porque no juzgaban que podían mancharles a ellos los males ajenos en la unidad y comunión de los sacramentos de Cristo; si todo esto es así, bien pudo permanecer después la Iglesia a la que, creciendo, como de ella se anunció, por el orbe entero, no podían manchar en modo alguno los crímenes ajenos de algunos traditores o criminales, como en una era no pueden manchar al grano las pajas hasta el tiempo de la bielda, como los peces malos no echan a perder a los buenos nadando juntos en las mismas redes hasta llegar a la orilla.
24. No hubo, pues, motivo alguno, sino que fue un rabioso furor el que hizo que éstos, evitando entrar en comunión con los malos, se separase de la Iglesia de Cristo, extendida por el orbe entero. A no ser que ellos se las ingenien admirablemente para distinguir unos crímenes de otros, sacando las reglas de la distinción no precisamente de las Escrituras, sino de sus corazones, y diciendo que en la unidad de los sacramentos algunos crímenes ajenos se toleran sin contaminación; en cambio, el crimen de la entrega afecta a todos los que participan de los sacramentos con los autores de ella. Pero acerca de esto es superfluo disputar por más tiempo, sobre todo porque rarísima vez se atreven a decir esto, ellos que se avergüenzan también y se dan cuenta de hablar vanamente, y que cuando dicen estas cosas, no se esfuerzan por apoyarse en testimonio alguno divino.
Más bien suelen tener en la boca, cuando acusan a unos de los pecados de otros, para excusar la impiedad de su separación, testimonios de este tenor: Veías a un ladrón y corrías con él 31, y: No te hagas partícipe de los pecados ajenos 32, y: ¡Apartaos, salid de aquí! ¡No toquéis nada impuro! 33, y: El que toque lo que es impuro, quedará impuro 34, y: Un poco de levadura fermenta toda la masa 35, y aun otros por el estilo: en todos ellos no se hace distinción alguna entre el crimen de la entrega y los otros crímenes, sino que se prohíbe cualquier participación en el pecado.
Sin embargo, si Cipriano entendiera estos testimonios o mandatos divinos como los entendieron éstos, se hubiera apartado sin duda de Esteban y no hubiera permanecido en la comunión de la unidad católica con él. En efecto, si atendemos a la opinión que éstos piensan debe tenerse sobre el bautismo, Esteban, al admitir en la Iglesia a los herejes y cismáticos, que en opinión de aquéllos no tienen el bautismo, comulgaba en los pecados ajenos, ya que los que no habían sido lavados por el bautismo, permanecían sin duda en sus pecados.
Por consiguiente, Cipriano debió apartarse de la comunión de aquél para no correr con el ladrón, para no comulgar en los pecados ajenos, para no contagiarse con el inmundo, para no mancharse tocando a un manchado, para no corromperse con el fermento de los otros. De suerte que, al no hacer esto, al permanecer en la unidad con ellos, ya entonces quedó corrompida la masa entera de la misma unidad y no perseveró la Iglesia que diera luego a luz a los santos de éstos, Mayorino y Donato.
Esto no se atreven en modo alguno a decirlo; síguese que deben confesar que los buenos perseveraron sin mancha alguna suya con los malos en la comunión de los sacramentos cristianos, y que hasta los tiempos de Ceciliano perseveró la Iglesia de Cristo, no ciertamente sin la compañía de los malos como encerrada ya en el granero, sino como mezclada todavía con la paja en la era. De esa manera pudo permanecer después, como permanece, hasta que en el último día quede limpia en la bielda del juicio.
Sólo mancha el consentimiento al pecado
XV. 25. ¿Qué pretende ese exacerbado furor de separación de éstos de la unidad del Cuerpo de Cristo, que, como se lee que ha sido ya anunciado y cumplido, se dilata por el orbe entero y entre todos los pueblos? Aquí, ciertamente, como está escrito: El hijo malo se cree justo, pero él no lava su salida 36, esto es, no presenta excusa, no desmiente, no se defiende de no haber tenido temor de dejarse arrastrar de su furor cismático para salir de la casa de Dios y entrar en la peste herética. En efecto, si fuera justo en verdad, como el apóstol Pablo con los hermanos falsos, de los cuales se lamenta en sus cartas, y como Cipriano con aquellos que pensaba que sin el bautismo estaban llenos de sus pecados y sabía que eran admitidos en la Iglesia por Esteban, permanecería sin mancha alguna suya en la Iglesia de Cristo con los que conocía o tenía por injustos, y no abandonaría a los buenos por causa de los malos; antes bien, toleraría a los malos por causa de los buenos; como el grano llevado por el peso de la caridad soporta la trilla junto con la paja, no como cede a leves soplos aun antes de la bielda el polvillo finísimo.
De esta suerte, también perseverando en la unidad de la Iglesia con los inicuos, que es necesario estén contenidos en las redes hasta la orilla, no correría junto con el ladrón, ni comulgaría en los pecados ajenos, ni se vería contagiado con el contacto de la inmundicia de alguno, ni se mancharía al tocar a un manchado, ni se corrompería por el fermento de cualquiera. Todo esto tiene lugar por el consentimiento al pecado, con el cual, mediante la mujer, engañó al primer hombre la serpiente aun en la felicidad del paraíso, no en cambio por la comunión de los sacramentos, en la cual el inmundo Judas no pudo contaminar a los discípulos limpios.
De los malos, en cambio, con quienes comulgan en los sacramentos de Dios al presente, aun en la era, no todavía en el granero, se apartan ya los buenos y se separan por la diversidad de sus costumbres, no por la segregación corporal, viviendo de otra manera, no acudiendo a otros lugares de reunión. De este modo ni se hacen una cosa con los malos ni se alejan de la unidad de la Iglesia.
26. ¿Por qué, pues, exageran el crimen de no sé qué traditores, cuya culpabilidad nunca pudieron demostrar? Claro que si nosotros los defendiéramos contra las calumnias de éstos, parecería que defendíamos la causa de algunos particulares, no la de la Iglesia.
Según ellos, admitía Esteban en la Iglesia, sin distinción, a toda clase de traditores y dondequiera que se hallasen, y no sólo el pecado tan enorme de los traditores, sino el de los mismos que forzaban a la entrega y el de toda suerte de malvados, desvergonzados, sacrílegos; porque si no tenían el bautismo, en ellos se encontraban todos los pecados que hubieran cometido, por grandes y sorprendentes que fuesen, y los retenían como reos sin remisión alguna. A estos tales admitía Esteban, con estos tales permanecía en la unidad de la Católica Cipriano, y, sin embargo, no pereció, sino que perseveró en la Iglesia. Por consiguiente, a nadie en su unidad manchan los pecados ajenos; en vano el mal hijo se dio prisa por salir de la casa de su padre; en vano dice que él es justo, pero no lava su salida.
¿Pueden decir acaso que los que admitía así Esteban quedaban purificados por la participación de la misma unidad, ya que el amor cubre multitud de pecados? 37 ¡Ojalá lo dijeran! Esto es lo que decimos nosotros cuando los urgimos o exhortamos a que vuelvan a la unidad. Con este pacto no quedará ya entre nosotros cuestión alguna sobre el bautismo. En efecto, si los bautizados entre los herejes o cismáticos quedan limpios por la caridad de la misma unidad cuando vienen a la Iglesia, sin duda son rebautizados sin motivo.
Acusaciones donatistas contra obispos católicos
XVI. 27. Ved, por consiguiente, cuántas cosas ha dicho en nuestro favor en este tratado, al que quisiste respondiera. ¿Qué necesidad, pues, hay ya de que desmintamos las acusaciones que él ha reprochado a los obispos de la Iglesia de Roma, a quienes ha perseguido con calumnias increíbles? Marcelino y sus presbíteros Milciades, Marcelo y Silvestre son acusados por él del crimen de entrega de los códices divinos y de haber ofrecido incienso. Pero ¿acaso por eso quedan convictos o los demuestra convictos con documento de algún valor?
Él afirma que fueron malvados y sacrílegos, yo respondo que han sido inocentes. ¿Para qué voy a esforzarme por probar mi defensa, si él no ha intentado demostrar ni débilmente siquiera su acusación? Si existe alguna humanidad en las cuestiones humanas, pienso que nosotros podríamos ser reprendidos con más razón si tuviéramos por culpables y no por inocentes a personas desconocidas que son objeto de la acusación de sus enemigos sin aducir testimonio alguno de ella; ya que si por casualidad la verdad fuera otra muy distinta, se contrae ciertamente un deber de humanidad, si el hombre no sospecha temerariamente nada malo del hombre y no cree con facilidad a cualquier acusador, cuando acusando sin testigo ni documento alguno se comporta más bien como difamador maldiciente que como acusador verídico.
28. A esto se añade que era Milciades, obispo de la Iglesia de Roma, el presidente del Tribunal, por orden del emperador Constantino, a quien los acusadores del obispo de Cartago Ceciliano llevaron toda aquella causa por medio del cónsul Anulino, siendo el mismo Ceciliano declarado inocente.
Sobre este proceso se quejaron los antepasados de éstos, con una terquedad sin límites, ante el citado emperador, de que no se había llevado a cabo con plena claridad y justicia. No dijeron nada, sin embargo, sobre la entrega y la ofrenda de incienso por parte de Milciades, a cuya audiencia ni siquiera debieron acudir; sino más bien sugerir antes al emperador o insistir en que se le sugiriera que ellos no debían tratar su causa ante un traditor de los divinos códices y un manchado con los sacrificios de los ídolos.
Esto no lo habían sugerido antes ni aun después de recaer sentencia contra ellos en favor de Ceciliano, ni aun vencidos e irritados juzgaron reprocharlo; ¿por qué ahora ensartan tan tarde calumnias como para perjudicar a la misma Iglesia de Roma al denigrar a Milciades, que juzgó sobre la inocencia de Ceciliano, en lo cual no pudieron ni perjudicar a nadie en juicio alguno suyo, ni proponer a alguno de los suyos en lugar del condenado?
Contra la Iglesia misma enviaban desde lejos y furtivamente, para unos pocos africanos de su partido, primeramente administradores advenedizos, cuyos nombres no tuvo éste el pudor de callar, para ver si los ordenaban como obispos propios para ese pequeño pueblo engañado.
Luego, tras la justificación de Ceciliano, acusaron ante el emperador a Félix, obispo de Abtonga, de que era un traditor bien manifiesto, y por eso Ceciliano no podía ser obispo, ya que había sido ordenado por aquel traditor. Constantino no se negó a escuchar la acusación de éstos, aunque ya los tenía bien conocidos como calumniadores en los falsos crímenes de que acusaron a Ceciliano, y por eso ordenó que se discutiera la causa de Félix.
La trató en África el procónsul Eliano; también Félix fue declarado inocente. Nos quedan las actas consulares; tómelas y léalas el que quiera. Esto no sólo conduce a coronar la demostración de la inocencia de Ceciliano, y a la plena justificación del mismo Félix, y a sacar a la luz las calumnias de aquellos que le habían señalado en el concilio como fuente de todos los males; también obliga a pensar en que la vida de Milciades estaba totalmente ajena a las acusaciones que vertían contra él. A no ser que haya alguien tan necio que piense que quienes no perdonaron a Félix, que había consagrado a Ceciliano, pudieron perdonar a Milciades, que le había absuelto, si cualquier insignificante rumor hubiera ensombrecido la vida de aquel obispo, aunque no la hubiera oscurecido el más pequeño defecto de la conciencia. ¿Acaso habían de apoyar su acusación en lo que se había fingido en el foro de Abtonga y pasar en silencio lo que había tenido lugar en el Capitolio de Roma?
29. Y acerca de Mensurio, ¿qué he de responder si en su tiempo hasta el día de su muerte no sufrió escisión alguna el pueblo de la unidad, y las mismas cartas de Segundo de Tigisi, en las que se dice fue reprendido, confirman que las habían escrito ellos en pacíficas relaciones mutuas y que se habían mantenido en la unión colegial?
Ahora bien: respecto a lo que quiso decir sobre la Iglesia de Cirta y sobre la persecución de que con sus maldiciones hizo objeto a los obispos católicos, ¿qué otra cosa hizo sino manifestarnos, al vituperar aun a los santos varones de nuestros tiempos, tan conocidos por nosotros; qué tenemos que pensar también de los desconocidos, a quienes maldice de modo semejante? Por tanto, como fueron maniqueos Profuturo, muerto muy pocos años ha, y Fortunato, que aún vive y sucedió a aquel obispo, así fueron traditores aquellos a quienes, totalmente desconocidos, no cesan de acusar a tal distancia de nuestros tiempos, y cuya vida limpia de las injurias de éstos tan conocida nos es a nosotros.
30. No es ciertamente oscuro y poco glorioso el consuelo de cada uno de nosotros al vernos acusados con la misma Iglesia por los enemigos de ella; sin embargo, la defensa de la misma no está precisamente en la defensa de aquellos hombres a quienes atacan éstos nominalmente con falsas acusaciones. Fueren cuales hayan sido, Marcelino, Marcelo, Silvestre, Milciades, Mensurio, Ceciliano y otros, a quienes reprochan a tono con su escisión cuanto se les antoja, en nada perjudican a la Iglesia católica difundida por todo el orbe terráqueo: ni su inocencia puede servirnos en modo alguno de corona, ni tampoco nos puede condenar su iniquidad. Si fueron buenos, quedaron limpios como el grano en la trilla de la era católica; si fueron malos, fueron triturados en la misma trilla de la era católica como la paja. Dentro de esta era pueden estar los buenos y los malos, fuera de ella no pueden estar los buenos. Quien se vea separado de esta unidad, como la paja separada por el viento de la soberbia, ¿por qué calumnia a la era del Señor por la paja mezclada que hay allí?
Los autores del cisma fueron traditores
XVII. 31. Nosotros también decimos, y no sólo decimos, sino que lo confirmamos con documentos escritos, eclesiásticos y civiles, que Segundo de Tigisi, cuyo concilio es el que dicen que condenó a Ceciliano, otorgó la paz a los traditores confesos a fin de que no se siguiera un cisma, ya que le había reprochado también a él el crimen de la entrega Purpuno de Limata; decimos también que Víctor de Rusicade, Donato de Calama, Donato de Máscula, Mariano de Aguas Tibilitanas, Silvano de Cirta fueron a la vez traditores y severísimos condenadores de los traditores.
Probamos todo esto con las actas eclesiásticas, municipales y judiciales. Pero no son traditores todos los del partido de Donato por el hecho de haber estado éstos con él, como tampoco es inocente el partido de Donato aunque se demuestre que éstos son inocentes de la iniquidad de la entrega. En efecto, es preferible escuchar la santa Escritura a calumniar a alguien por pecados ajenos o temer semejante calumnia de cualquiera. Pues dice así: El que peque es quien morirá 38, y: Cada uno tiene que llevar su propia carga 39, y: Quien come y bebe indignamente, come y bebe su propio castigo 40, para sí, no para otro. También se dice que se deja crecer el grano y la cizaña hasta la recolección, no sea que, si se recoge antes la cizaña, se arranque a la vez el trigo; e igualmente, que pacen juntos en los excelentes pastos los cabritos y los corderos, hasta ser separados por el pastor, que no puede equivocarse, y que las redes de la unidad se encuentran llenas de toda suerte de peces hasta que se los lleve al juicio de la orilla.
Lo que sucede es que por su perversa y falsa opinión se perjudican éstos a sí mismos al decir que por los pecados ajenos se han separado ellos justamente de la comunión del orbe cristiano. Con esa absurda e insensata opinión consiguen que los pecados de algunos de los suyos se les imputen a todos ellos. Si juzgan esto justo, se hacen todos reos de cualquier crimen evidente que se encuentre entre ellos en un solo hombre. Por otra parte, si lo reconocen, como es en realidad, injusto, se hacen reos de la separación más inicua.
Resumen de lo tratado
XVIII. 32. Pero como en este tratado la cuestión se refiere sobre todo al único bautismo, concluye esta nuestra discusión por donde comenzó: como en la misma unidad de la era del Señor no se debe alabar a los malos por causa de los buenos, ni se debe abandonar a los buenos por causa de los malos; como en el mismo hombre no se debe aceptar su perversidad por la verdad que hay en él, ni se debe negar su verdad por la perversidad que en él haya, ya que en la misma iniquidad de los judíos se encuentra la verdad de la resurrección de los muertos, y en la iniquidad de los paganos se encuentra la verdad de un solo Dios, que creó el mundo, y en la iniquidad de los que al no recoger con Cristo desparraman se encuentra la verdad mediante la cual arrojan en su nombre el espíritu inmundo, y en la iniquidad de los templos sacrílegos se encontró la verdad con la que adoraban al Dios desconocido , y en la iniquidad de los demonios se encontró la verdad por la que confesaron a Cristo, de la misma manera en la iniquidad de los herejes no se debe negar la verdad que en ellos se encuentra, en la cual conservan el sacramento del bautismo.

San Cecilio - 1 de febrero


San Cecilio fue el primer obispo de Granada cuando, bajo la dominación romana, se llamaba todavía Illíberis. Fue uno de los que la tradición llama "varones apostólicos" enviados a España por San Pedro y San Pablo a predicar el evangelio. Los otros seis son: Torcuato, Segundo, Indalecio, Tesifonte, Eufrasio y Hesiquio. La vida de todos ellos está oculta tras los velos de la leyenda transmitida oralmente. Se sabe a ciencia cierta que San Cecilio fue obispo de Illíberis, que escribió algunos tratados para instrucción de los fieles y que sufrió martirio bajo la dominación de Nerón, supuestamente quemado en el monte Illipulitano. Pero la larga dominación árabe destruyó todos los rastros de cristianismo. Granada estuvo bajo los sarracenos casi ochocientos años; no los suficientes para perderse la memoria y la tradición, pero sí para no quedar ni rastro de documentos ni reliquias. San Cecilio es patrón de Granada, y su fiesta se celebra el 1 de febrero.
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